Desde que un par de lejanos y respetables científicos nórdicos habían descubierto y probado la relación entre cefaleas e ideologías políticas, la mitad del mundo (la que vivía en democracia) se había tambaleado, mientras que la otra mitad permanecía embebida en sus propias escaramuzas, sin darse cuenta de nada.

Al principio, los partidos políticos se habían tomado el tema a la ligera, permitiendo que las cosas llegaran más lejos. Esta debilidad había sido detectada por los aprovechados de siempre quienes habían llegado a una rápida conclusión: si la gente dejaba de creer que tenía potestad sobre sus propias ideas, dejaría de tenerlas. Ya no habría ideales por los que luchar, valores que defender, pensamientos que construir y mantener.

La orientada campaña de comunicación había sido iniciada entonces por los tambaleantes gobierno de turno, a quienes les calzaba como anillo al dedo promover la inmovilidad,  y quienes hallaron en las conclusiones de los nórdicos científicos, sus tablas de salvación.

Pugnaban por difundir, bajo la imagen de hallazgo científico determinante para el futuro de la humanidad, la inacción. El “para qué involucrarse”, el “si al final la gente vota porque sí”. Si hoy le duele el lado derecho de la cabeza, votará conservadores, fascistas, capitalistas o progresistas. Si mañana les duele el izquierdo, votará a sindicalistas, obreros, comunistas. Un concepto que dieron en llamar Caprichosismo Morfológico Involuntario.

Recién cuando la maniobra comenzó a tomar visos importantes, el resto de los partidos políticos empezaron a ser conscientes de a qué tipo de enemigo se estaban enfrentando. Intentaron de inmediato contrarrestar el mensaje, pero el inmovilismo había calado hondo. Resulta tan fácil dejarse llevar cuando lo único que hay que hacer es flotar sin sentido, sin esfuerzo, que a eso pronto se acostumbra la gente.

Como siempre ocurre en estos casos, se enredaron en absurdas luchas internas, escaramuzas heredadas del pasado y giros bruscos de timón que sólo apuntaban a intentar ganarse el favor de la opinión pública.

Para complicar aún más las cosas, algunos medios periodísticos comenzaron a asegurar que la cura definitiva para las cefaleas y migrañas era un hecho consumado. Y que si los laboratorios no sacaban al mercado la parafernalia química que tenían diseñada y probada, era por cuestiones de índole ética. El fin de los dolores de cabeza significaría  el fin de la democracia. Si a la gente no le dolía la cabeza, no se inclinaría por ninguna de  las cada vez más escasas opciones disponibles. Y ya no habría votaciones ni soberanía ni poder de decisión.

El panorama era nefasto. O al menos eso percibían quienes aún no se habían dejado arrastrar por la propaganda y el tsunami de la comunicación de masas.

La revolución contra tan funestas perspectivas, se forjó, como suele ocurrir, en la clandestinidad.

Y no fueron los desorientados políticos, ni los reputados neurólogos, ni los poderosos dueños de los laboratorios quienes consiguieron rehacerse con el timón de la situación.

El movimiento se fue forjando en la calle, en los medios de transporte, en las esquinas, en las plazas, en los campos de fútbol, en las oficinas. Sin recursos económicos y sin influencia sobre los medios de comunicación, los revolucionarios empezaron a identificarse y a reconocerse de un modo muy visual. Se rapaban por completo, y justo en mitad del cráneo se realizaban una incisión que dividía la cabeza en dos, dejando a su vez visible y expuesta, parte del cráneo. Esto tenía un doble significado: equilibrio y mentalidad abierta.

Los craneoletas, que así empezaron a ser llamados, fueron poco a poco haciéndose fuertes en la sociedad. Y aunque las campañas con slogans ridículos y machacones seguían en marcha y se multiplicaban intentando contrarrestarlos, no lo conseguían.

El conflicto estaba servido. El gobierno comenzó a perseguir a lo que llamaban “hordas de bárbaros descabezados” sin ofrecer ningún tipo de garantía de justicia.

Los craneoletas, por su parte, no se quedaron detrás, y comenzaron a organizarse en células cada vez más violentas.

Durante décadas, la situación se mantuvo al borde del colapso. El gobierno retrasaba indefinidamente las convocatorias de elecciones, con la excusa del Caprichosismo Morfológico Involuntario, mientras que los cranoelatas intentaban debilitar su poder utilizando medios clandestinos de presión, y conductas que rozaban el terrorismo.

Cuando aquellos lejanos sabios nórdicos murieron, nuevas generaciones de  científicos, llegaron para refutar sus irrefutables y comprobadísimas teorías, como siempre ocurre en todas las ciencias.

Entonces, ahondando en nuevas líneas de investigación, se descubrió una relación incuestionable entre la ideología política y la longitud de las alas que llevábamos sobre nuestras espaldas.

¿Qué no sabéis de qué alas os hablo? Perdón. Esa es otra larga historia, que creí que conocíais ya.

Recién ahora caigo en que ya no quedan vivas generaciones que hayan sido testigo de nuestras habilidades aerodinámicas. Una verdadera pena. Fue aquella una época gloriosa para la humanidad.

Pero desafortunadamente, a partir de que las alas y la política se mezclaron, la raza humana perdió su capacidad de volar.

 

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