Ya no estaba allí. Nuestro planeta azul había quedado reducido a desiertos humeantes y fósiles carbonizados. Sin poder creerlo, nos preguntábamos qué había pasado, mientras agotábamos las escasas reservas de oxígeno y agua de la estación. No teníamos a dónde regresar. Tampoco teníamos a dónde ir.

Alguien sugirió que nos pusiéramos los trajes y flotáramos en el espacio hasta el final. Otros, que nos adelantáramos a esa terrible muerte usando métodos menos dolorosos. Contábamos con ciertas medicinas, que administradas en grandes dosis…

Eso es asesinato, opinaban unos. A ver qué tribunal te va a juzgar ahora, decía otro señalando nuestro humeante hogar a través de la escotilla.

Diez personas, once opiniones. Imposible llegar a un consenso

Ahora todos escribimos frenéticamente crónicas del final. Estoy seguro de que las versiones resultarán de lo más variadas. Las dejaremos flotando en el espacio. Y luego, cada uno, individualmente, decidirá cómo afrontar el final.

Si estáis leyendo la mía, de algún modo, contra todo pronóstico, en este folio enrollado dentro de un tubo de ensayo, habré logrado sobrevivir.