Sus zapatos. Era lo único que vería de él. No le estaba permitido levantar la mirada. Cuando terminó de hablar con su padre, se marchó. Tenía la voz ronca, y los pies más grandes que había visto nunca. Los suyos, dentro de las bailarinas heredadas de su hermana Aissa, eran la mitad de pequeños. Aún la echaba de menos y habían pasado tres años desde que otros zapatos se la llevaran.

Cuando se quedaron solas, su madre dijo que el momento había llegado. Una semana después de que, muy a su pesar, manchara de rojo las sábanas por primera vez.

A %d blogueros les gusta esto: