Baipás

Baipás

Esta es una familia española, aquí las mujeres no cortan ni pinchan. Fue lo primero que me dijo mi suegro cuando nos presentaron. En ese momento se ganó mi perpetua antipatía. Y yo, su eterno calificativo de marimandona.

Dejé de pertenecer a su arcaica familia una hipoteca y dos niños después.

Ahora volvemos a vernos. Bueno, él ya está dormido. Pero yo sí veo su inconfundible corpachón sobre la mesa de operaciones. Observo su abdomen prominente y me acomodo los guantes.

Pues, mire usted, en mi familia las mujeres sí pinchamos y cortamos, querido suegro, pienso mientras cojo el bisturí.

Supervivientes

Supervivientes

Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína que iba a Sevilla a visitar a su hermana. Venían también tres hermanas que regresaban a casa después de acudir al funeral de su tía abuela Berta. Dos comerciales de esos que hablan hasta por los codos. Un señor de Alcalá que iba a conocer a su nueva nieta. Un trabajador que iba a pasar el fin de semana en casa después de trabajar en la ciudad. Un joven muerto de miedo que acudía a conocer a sus futuros suegros. Y, como no, un cura (siempre debe haber un cura en una historia).

El hecho de que viajaran en el vagón del silencio era en sí mismo una gran contradicción. Porque a todos ellos les encantaba hablar, parlotear en todo momento y con quien cuadrara.

Pero allí estaban. Y cada vez que uno de ellos osaba a pronunciar una palabra: “disculpe” “apoyabrazos” “ventanilla” o lo que fuera, un coro de chistidos y lenguas chasqueadas se alzaba desde los asientos hasta formar una nube censuradora que quedaba flotando por encima de todas las cabezas.

Los chistidos provenían, claro está, de las personas que ocupaban los asientos del vagón del silencio por elección propia y no porque la imaginación desenfrenada de Lía los hubiera puesto allí.

Lía observaba pasar el paisaje por la ventanilla. Iba demasiado de prisa como para poder plasmarlo en una descripción clara y detallada. Por eso debía centrarse en el interior del coche de AVE en el que viajaba. Por eso había otorgado a cada uno de sus compañeros de viaje una historia, una personalidad, un motivo para estar allí. Y los escribía. Los construía con ladrillos de palabras y cemento de silencios. En un relato debe pesar tanto lo que se dice como lo que se oculta. Y Lía ocultaba que el cura era un borracho empedernido y que la señora vizcaína iba a visitar a su hermana para convencerla de que se hiciera cargo de unos padres demasiado mayores y dependientes.

No decía que el trabajador que iba a pasar el fin de semana en casa donde lo esperaban una mujer y dos niños, había dejado a su amante en la ciudad aguardando ansiosa que llegara el lunes. Tampoco que el joven muerto de miedo se iba a arrepentir de hacerle caso a su novia, ni que las tres hermanas de regreso del funeral venían peleadas a muerte a causa de la herencia de su tía.

No lo decía, pero lo sabía. Lo dejaba caer entre líneas. Entre una frase y un diálogo de los que sus personajes no podían pronunciar y por eso lo hacían solo en el papel.

Cuando el tren se detuvo con un chirrido agudo seguido de un estruendo entre dos fogonazos, y el vagón del silencio descarriló ladeando para siempre las vidas de sus ocupantes, los folios que Lía había estado garrapateando volaron sin sentido por sobre las vías retorcidas, por sobre la maleza que crecía a ambos lados de ellas y por sobre los cuerpos desmembrados de los auténticos ocupantes del vagón.

La mujer vizcaína, las hermanas peleadas, el trabajador infiel, el abuelo afortunado, el joven nervioso y hasta el propio cura fueron los únicos sobrevivientes del fatal accidente.

Y ahora, libres de las prohibiciones, parlotean entre ellos no muy lejos del escenario de la tragedia que poco a poco se va poblando de altisonantes sirenas.

Todo está en los libros

Todo está en los libros

Mamá decidió que este verano nos iremos de vacaciones al libro de geografía de mi hermano David. Él es mayor, y como ya terminó quinto, en su libro aparecen lugares con nombres raros y que quedan lejos, muy lejos.

David dice que él quiere irse a la sabana africana, que allí hay animales salvajes y se los puede ver de cerca. Pero a mi mamá le dan un poco de miedo los leones y esas cosas. ¿Qué os parece si nos vamos a Australia?, sugiere papá con el dedo marcando la página 53. Nos muestra una foto de dos koalas preciosos y casi logra convencernos, pero Laurita, la menor, es alérgica a los gatos y no sabemos si a los koalas también. ¿Los koalas son como gatos?, pregunto. No lo sé, pero tienen pelo y tu hermana no se lleva bien con tanto pelo, dice mi madre. La idea de Australia queda descartada.

¿Y si vamos al fondo del mar?, propongo entusiasmada cuando, avanzando páginas, aparece la fotografía de una costa. Son arrecifes de coral, dice David con su voz de sabelotodo. Pero tampoco este destino nos cuadra. En el fondo del mar no se puede respirar, y las mascarillas se nos mojarían.

Terminamos yendo a un pueblo de Cantabria que aparece en la página 87. Se llama Iguña y es precioso. Tiene callecitas angostas y al final, una plaza con fuente y todo.

Mamá opina que este año es mejor no irnos muy lejos. Que las cosas no están para grandes aventuras con la que está cayendo.

Eso lo dice porque el año pasado, que nos fuimos de vacaciones al libro de lengua de David, terminamos navegando en el barco de un tal Espronceda. Yo me mareé un montón y Laurita vomitó entre los diez cañones que tenía de un lado. Pero lo peor fue que papá tuvo que pelear con los piratas para que nos dejaran regresar a casa.

Y el anterior, en cambio, fueron unas vacaciones súper aburridas, la verdad. Como Laura era todavía bebé, nos fuimos a uno de sus libros de cuentos. Solo dibujos, nada escrito, todo rosa… Una lata. Un pato que hacía cuac, una rana que hacía croac, un cerdo que hacía oink. Esa era toda la diversión.

Esperemos que, en el pueblo de Cantabria las cosas sean un poco más tranquilas que en el barco pirata, pero más divertidas que en “La granja de Tobías”. Mala pinta no tiene. Según parece, hay un río que pasa cerca y además por las noches no hace tanto calor como en casa.

Mamá dice que se conforma con que no nos confinen. Pero yo me conformo con que podamos andar mucho en bici, con que vayamos a tomar un helado en la heladería que se ve al final de la plaza, y con que mamá, que nunca nos deja hacer cosas divertidas, nos permita llenar unos cuantos globos de todos los colores con el agua de la fuente.

En sus zapatos

En sus zapatos

Como muchas otras veces, llegaron de madrugada portando una caja de zapatos. Me tocaba trabajar. Recurrían a mis servicios cuando un caso se les atascaba y era demasiado peligroso dejar pasar más tiempo.

Dijeron que se trataba de un cruento asesino en serie con tendencias caníbales. Ponerme en sus zapatos no iba a resultar agradable. Pero era el único modo que tenían de dar con él. No me podía negar.

En cuanto los calcé percibí un ardor en la garganta. Necesitaba escupir. Los policías miraron horrorizados la oreja que vomité sobre la mesa del salón. Me ordenaron que me los quitara, pero no podía. Como tampoco podía sacarme de la cabeza esa idea de hacerle creer a la sargento que me sentía enfermo, para conseguir que se me acercara.  

El día en que mi mamá pisó la luna

El día en que mi mamá pisó la luna

El 20 de julio de 1969 mi mamá pisó la luna. Tenía entonces ocho años recién cumplidos. Ocho años es la edad que yo tengo ahora, y mi abuela Aurora a veces me confunde con ella.

Lo de la abuela es una cosa rara. Mamá dice que debemos tener paciencia y comprender que la abuela está enferma, aunque yo no creo que lo esté.

Te da unos abrazos que te dejan sin aire, come chuches hasta que mamá se las quita, y dice palabrotas a toda hora.

La abuela cuenta unas historias fantásticas. Mamá dice que mezcla cosas, que no le hagamos caso, pero escuchándola fue como me enteré de que mamá fue la primera mujer en pisar la luna. La profe dice que las primeras mujeres en hacer algo se llaman pioneras. Así que mi mamá es una pionera.

A veces la abuela cree que los mellizos, ella y yo somos hermanos. Especialmente cuando mamá nos regaña a todos porque la hemos atiborrado con dulces, o porque hemos jugado a bombas de agua en el patio y la abuela está empapada de pies a cabeza y muerta de risa.

Pero otras veces, la abuela cree que yo soy su hija, es decir, mi madre, sobre todo cuando recuerda el asunto de la luna.

Entonces nos cuenta que la familia completa estaba frente a la tele esperando que el hombrecillo disfrazado de blanco pisara la luna.

La tele en aquel entonces era en blanco y negro. Lo sabemos porque dice que yo (o sea mi mamá) llevaba un camisón rosa, pero cuando me metí en la tele se tiñó de gris.

Que yo quería ser astronauta y que ella me decía que esas no eran cosas de mujeres. Y que yo, testaruda como siempre, me había metido en la tele aquella noche para ser, de la mano de Armstrong, la primera mujer en pisar la luna.

— ¿Y por qué quería ser astronauta? —pregunto yo, que no termino de entender qué tiene de espectacular lo de pisar la luna, ni para qué sirve. Más aun teniendo el poder de meterte en la tele. Yo me metería en cualquier capítulo de los Simpson o en una peli de princesas, pero ¿meterse en una borrosa escena en blanco y negro?

—Porque querías ser la primera mujer astronauta —dice ella, mirándome asombrada como si la que no tuviera memoria fuera yo.

—Mamá, ¿de pequeña tú querías ser astronauta? —le pregunto después a mamá.

Ella me dice que me deje de tontadas. Que no le haga caso a la abuela.

— ¿Por qué?

—Porque yo lo digo y se acabó —contesta mi mamá, como siempre que quiere dar por cerrado un tema sin dar más explicaciones.

Eso pasa siempre que los mellizos o yo preguntamos por papá.  Que hace años que no sabe nada de él, es todo lo que nos dice.

Pero yo una vez la escuché hablando por teléfono con la tía Inés, y le decía que, si mi padre lo estaba pasando mal, bien merecido se lo tenía. Que estaba claro que esa lagarta lo había enredado con sus piernas de vedete, pero que aquello mucho no le iba a durar.

A mí me dio un poco de cosa que a papá se lo hubiera llevado una lagarta, con lo fríos y tontos que son los reptiles. Pero cuando le pregunté a mamá si podíamos pedirle a la lagarta que nos lo devolviera, que para qué quería ella un humano flaco y alto como mi papá, me mandó a la cama sin darme oportunidad de repreguntar.

La lagarta, como la luna, son temas prohibidos para mamá.

Pero, a pesar de su empeño, la historia nos la sabemos súper bien.

Da un poco de pena cuando la abuela se pone a recordar aquella noche de julio del 69. Porque después del festejo, de los aplausos, de mi paseíllo (o el de mi madre), pasa algo. Algo que ensombrece su mirada y hace que interrumpa el relato.

Se queda así, con los ojos brillantes que parecen haber olvidado cómo llorar. Como sus palabras más repetidas en esos momentos, son “papá” y “marchó”, supongo que se trata de que alguien se ha ido.

Si consideramos que la abuela mezcla épocas como ensaladas, tal vez a quien llama papá, no sea su padre, ¡sino su marido!

—Mamá ¿hace mucho que murió el abuelo?

Ella se encoje de hombros.

—No lo sé, cariño.

—¿Cómo que no lo sabes?

—El abuelo… bueno, que no sabemos nada de él desde hace años…

— ¿Desde el 69, tal vez?

¡Bingo! Mi mamá se gira, apoya la cuchilla grande en la encimera y pone su cara de “este es un tema del que no voy a hablar”.

Pero antes de que pueda decir nada, le digo que la abuela nos lo ha contado. Que, si prefiere que nos quedemos con la versión de la abuela y sus huecos, vale.

—No, cariño. Supongo que ya eres lo suficientemente mayor para saberlo. La noche aquella en que el hombre llegó a la luna, estábamos todos frente al televisor. Yo volaba de fiebre y deliraba con pisar la luna. Tu abuelo salió a comprarme algo a la farmacia y nunca más regresó.

—Ah… ahora entiendo…

Mamá me abraza y me dice que ya es suficiente de hurgar en el pasado.

— ¿Y papá cuándo se marchó…? —empiezo a preguntar.

—Esa es otra historia, cariño.

—Lo sé, pero quiero saberla

—No hay llegada del hombre a la luna, ni paseíllo, ni frase célebre. Por lo demás, se parece demasiado a aquella otra.

—De mayor, seré astronauta, como tú —aseguro orgullosa.

— ¿Astronauta? ¡Yo no soy astronauta!, cariño

—Pues… como si lo fueras. No te agobia meterte en una escafandra con tal de acercarnos la luna, eres tan valiente como para dar esos pasos que nadie se atreve a dar, y sobre todo…

— ¿Sobre todo?

—No le tienes miedo a las lagartas —concluyo mientras mi mamá me abraza riendo.

Médico – Nanorrelato finalista en el certamen «Con pocas palabras basta»

Médico – Nanorrelato finalista en el certamen «Con pocas palabras basta»

Llegaba a casa con el corazón estrujado. Pero cada mañana lo planchaba con esmero para entregarlo en la siguiente guardia.

Hoy me han comunicado desde la Biblioteca Municipal de Villamalea, que mi nanorrelato «Médico» ha resultado finalista en su certamen «Con pocas palabras basta». Se trataba de escribir un relato de entre 10 y 20 palabras que tuviera como temática la pandemia de Coronavirus.

Muy agradecida al jurado y a la organización, que me ha tratado con mucho cariño.