Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína que iba a Sevilla a visitar a su hermana. Venían también tres hermanas que regresaban a casa después de acudir al funeral de su tía abuela Berta. Dos comerciales de esos que hablan hasta por los codos. Un señor de Alcalá que iba a conocer a su nueva nieta. Un trabajador que iba a pasar el fin de semana en casa después de trabajar en la ciudad. Un joven muerto de miedo que acudía a conocer a sus futuros suegros. Y, como no, un cura (siempre debe haber un cura en una historia).

El hecho de que viajaran en el vagón del silencio era en sí mismo una gran contradicción. Porque a todos ellos les encantaba hablar, parlotear en todo momento y con quien cuadrara.

Pero allí estaban. Y cada vez que uno de ellos osaba a pronunciar una palabra: “disculpe” “apoyabrazos” “ventanilla” o lo que fuera, un coro de chistidos y lenguas chasqueadas se alzaba desde los asientos hasta formar una nube censuradora que quedaba flotando por encima de todas las cabezas.

Los chistidos provenían, claro está, de las personas que ocupaban los asientos del vagón del silencio por elección propia y no porque la imaginación desenfrenada de Lía los hubiera puesto allí.

Lía observaba pasar el paisaje por la ventanilla. Iba demasiado de prisa como para poder plasmarlo en una descripción clara y detallada. Por eso debía centrarse en el interior del coche de AVE en el que viajaba. Por eso había otorgado a cada uno de sus compañeros de viaje una historia, una personalidad, un motivo para estar allí. Y los escribía. Los construía con ladrillos de palabras y cemento de silencios. En un relato debe pesar tanto lo que se dice como lo que se oculta. Y Lía ocultaba que el cura era un borracho empedernido y que la señora vizcaína iba a visitar a su hermana para convencerla de que se hiciera cargo de unos padres demasiado mayores y dependientes.

No decía que el trabajador que iba a pasar el fin de semana en casa donde lo esperaban una mujer y dos niños, había dejado a su amante en la ciudad aguardando ansiosa que llegara el lunes. Tampoco que el joven muerto de miedo se iba a arrepentir de hacerle caso a su novia, ni que las tres hermanas de regreso del funeral venían peleadas a muerte a causa de la herencia de su tía.

No lo decía, pero lo sabía. Lo dejaba caer entre líneas. Entre una frase y un diálogo de los que sus personajes no podían pronunciar y por eso lo hacían solo en el papel.

Cuando el tren se detuvo con un chirrido agudo seguido de un estruendo entre dos fogonazos, y el vagón del silencio descarriló ladeando para siempre las vidas de sus ocupantes, los folios que Lía había estado garrapateando volaron sin sentido por sobre las vías retorcidas, por sobre la maleza que crecía a ambos lados de ellas y por sobre los cuerpos desmembrados de los auténticos ocupantes del vagón.

La mujer vizcaína, las hermanas peleadas, el trabajador infiel, el abuelo afortunado, el joven nervioso y hasta el propio cura fueron los únicos sobrevivientes del fatal accidente.

Y ahora, libres de las prohibiciones, parlotean entre ellos no muy lejos del escenario de la tragedia que poco a poco se va poblando de altisonantes sirenas.

A %d blogueros les gusta esto: