Había conseguido regresar. Contaba los días que lo separaban del aeropuerto, los abrazos, los gritos, las lágrimas de bienvenida. Pero cuando puso pie en tierra, comprendió que deshacer el camino no significa regresar. Los árboles no eran tan verdes, y el aire no olía a naranjos. Las sonrisas no eran tan radiantes y las ausencias borroneaban las caras avejentadas que le aguardaban. Sollozó abrazado a su pasado, mientras palmeaban su espalda y le preguntaban si se iba a quedar. La respuesta le estremeció el alma. El tiempo había desplazado los sitios y él ya no sabía dónde estaba el suyo.