Había conseguido regresar. Contaba los días que lo separaban del aeropuerto, los abrazos, los gritos, las lágrimas de bienvenida. Pero cuando puso pie en tierra, comprendió que deshacer el camino no significa regresar. Los árboles no eran tan verdes, y el aire no olía a naranjos. Las sonrisas no eran tan radiantes y las ausencias borroneaban las caras avejentadas que le aguardaban. Sollozó abrazado a su pasado, mientras palmeaban su espalda y le preguntaban si se iba a quedar. La respuesta le estremeció el alma. El tiempo había desplazado los sitios y él ya no sabía dónde estaba el suyo.

Estos sentimientos de ser y no ser.. Son compartidos por muchos emigrantes. Pienso que nunca se terminan de superar, pero creo que el secreto está es ser de donde uno está.. aunque eso cuesta…
Un saludo
Gracias por tu comentario, Andrea. Se trata sin duda de un sentimiento compartido. Y eso es lo que lo hace reconocible. Volver nunca es posible porque en la coordenadas que dejamos atrás, el sitio no puede seguir siendo el mismo. Por eso, coincido contigo, hay que intentar hacer propio el lugar en que uno está.