Primera línea

Primera línea

Parte en cuanto despunta el sol. A los héroes no les importa madrugar. Cruzada sobre la espalda, la sombrilla grande, y repartidos entre sus brazos, la nevera azul, esterillas, cubos, palas, toallas y tumbonas.

Ella niega con la cabeza. Tampoco esta vez ha podido convencerle de que se quede. Desde el balcón lo ve subir con dificultad la cuesta hacia el paseo marítimo.

Él disimula los resoplidos con un silbido gastado y transita por la arena recién rastrillada hasta el lugar preciso: húmedo pero lejos del alcance de la pleamar. Allí clava la sombrilla y marca los lindes del terreno con esterillas, tumbonas y chanclas.

Sentado, observa al mar gelatinoso a través de sus cataratas. Esa es la única licencia que se da. Luego, todo será litigar contra los desaprensivos que llegan a la playa a cualquier hora.

Nada puede contra sus poderes. Imperturbable, detecta y neutraliza cada pie descalzo, cada toalla ajena invadiendo su parcela.

Al atardecer, recoge esterillas, tumbonas, cubos que nadie ha usado (los hijos y nietos hace rato que prefieren veranear en el extranjero) y se marcha a casa con su piel de camarón y la satisfacción  del deber cumplido cubierta de arena.

Primera línea

Duelo desigual

De un certero bocado, le arrebató el pincel. Juanma no se amedrentó. No era el primer tiburón que pintaba. Sostuvo en alto la paleta emborronada de témperas y esperó. Cuando el muy tozudo saltó para alcanzarla, con un movimiento rápido de la mano izquierda, estrujó el papel en el que ondulaba un mar  azul. El tiburón no pudo masticar la paleta que sostenía triunfante entre sus mandíbulas. Los colores tiñeron disímiles su dentadura. Juanma pensó que parecía un absurdo arcoíris y se cruzó de brazos a esperar. Entre violentos espasmos, el escualo se retorció sobre la mesa hasta morir.

Primera línea

Contrastes

Para que el amor verdadero, ese que sin duda la estaba buscando, la encontrase, fue dejándole pistas. Empezó por depositar sus mejores ilusiones sobre un banco del parque. Desde allí un rastro de sonrisas que lo condujeran hasta la salida norte. Como un reguero de migas de pan, esparció a continuación, sueños, noches de luna, besos furtivos. Con eso consiguió llegar hasta el cruce sobre las vías. Al otro lado, agotadas sus mejores posesiones, fue deshaciéndose de miedos, pensamientos oscuros, y obsesiones.

Vacía, llegó a casa, donde el otro amor la esperaba impaciente. Era hora de preparar la cena.

Pompas

Pompas

A veces me salen al encuentro dos niños disfrazados y sé que uno de ellos soy yo, pero no consigo determinar cuál. Si lo intento, me empieza a doler de cabeza y la imagen estalla como si hubiera estado flotando dentro de una pompa de jabón. Me salpica apenas el rostro y hago como si me fuera a secar la humedad con la manga, pero en realidad, lo que me seco son las lágrimas que si las dejara comenzarían a salir.

La mujer de la chaqueta gris no quiere que llore. Siempre me lo dice. Y yo quiero complacerla, porque sé que la amo. Cuando llega y se sienta a mi lado después de plantarme dos besos, sé que la amo. Habla y habla sin parar, y me coge las manos, y me muestra unas fotografías de cuando era pequeña, dice. Y me pone crema. Eso me gusta mucho. Tiene las manos suaves, como la voz.

– ¿Dónde está Juanito? – le pregunto. Uno de los niños de la fotografía se llama Juanito. – Si no volvemos temprano mamá se enfadará…

Ella vuelve a cogerme las manos y me mira como si no estuviera preocupada. Pero sé que lo está. Que estoy diciendo algo que la pone triste.

Por eso no hablo hasta que se va después de darme otros dos besos.

La pompa vuelve a flotar frente a mí, pero ahora tiene una niña en su interior. Una niña cogida de la mano de un hombre que mira feliz a la cámara. Es la imagen de una de las fotografías que la mujer de la chaqueta gris me ha mostrado.

– Aquí estamos los dos – me ha dicho y ha deslizado mi dedo por el papel amarillento acariciando el pelo de la niña. El hombre sonriente he de ser yo. Y la niña se parece a él.

La pompa estalla otra vez. Un hombre de traje habla en la tele. Creo haberlo visto antes.Tengo ganas de llorar y no sé por qué.

– Es la hora de la cena, Don Francisco – dice la mujer de la bata azul y conduce mi silla por un pasillo.

Soplo para intentar formar una nueva pompa que me saque de la oscuridad. Pero ya no lo consigo. La mujer acerca una cuchara llena a mi boca. La abro sin protestar.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Raquel Rodríguez Suárez:

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Desencuentro

Llegar de madrugada a Ciudad de México no había sido la mejor idea, pero allí estábamos. Y allí estaba la ciudad. Recibiéndonos silenciosa, introvertida, como dándonos la espalda. Su columna vertebral era una calle sombría y estrecha que el taxista cogió con el mismo silencio pertinaz con que nos recibió cuando se nos acercó en el aeropuerto. No había semáforos y el coche atravesaba las bocacalles sin aminorar la marcha. Me aferré con fuerza al bolso que llevaba sobre el regazo, como si presintiera que terminaríamos volando por el aire. No había cinturones de seguridad, ni trabas en las puertas, y la amortiguación había perdido la batalla con aquellas calles mucho tiempo atrás. Nos miramos en la penumbra iluminada de vez en cuando por el brillo tétrico de una bombilla lejana. No hizo falta pronunciar palabra para entendernos. Pare, por favor, dijiste con voz demasiado aguda. Lo repetiste en inglés, en francés y otra vez en español. Le sacudiste el hombro. Le mostraste el papel con el nombre del hotel, como habías hecho al subir, poniéndoselo casi ante los ojos y diciéndole que no, que ya no queríamos llegar hasta allí. Que se detuviera.

Continuó la marcha como si no nos escuchara, aunque ambos le gritábamos que por favor nos permitiese bajar.

Empezaste a buscar en el móvil un número al qué llamar, aunque en aquella ciudad no teníamos a quién pedir auxilio. A la luz de la pantalla, vi la cabeza del hombre y di un grito aterrado. Una maraña de gusanos se desplazaba por su nuca en un trayecto de ida y vuelta entre una oreja y otra. Pero lo peor era el corte justo por debajo. No era reciente. La sangre se había coagulado después de desparramarse por dentro de su camisa, un lago oscuro que se perdía por detrás del respaldo.

Teníamos que salir de allí. A la de tres saltamos, gritaste señalándome con un gesto mi puerta y acercándote a la tuya. Me arrojé con todas mis fuerzas contra mi lado. La puerta cedió bruscamente y rodé por un costado de la carretera, raspándome rostro y manos. El coche siguió su rumbo y yo hice un esfuerzo por incorporarme ignorando los dolores que me salían al encuentro desde todos los rincones de mi cuerpo. ¿Estás ahí?, grité a la oscuridad. El silencio fue la peor de las respuestas. Iluminé la carretera con mi móvil, caminé varios metros arriba y abajo, pero nada.  El contenido de mi bolso se había desparramado parcialmente a lo largo de la calzada. Cogí el libro que había estado leyendo en el avión, como aferrándome a algo conocido. De tu lado no había nada, era evidente que no habías podido salir. Comencé a caminar calle arriba intentando encontrarte.

Tal vez nuestro único error no haya sido llegar de madrugada a esta ciudad. Tal vez nunca debimos hacerlo en la madrugada del Día de muertos.

Pasó mucho tiempo hasta que me enteré de que nuestro avión había tenido un accidente. Sin sobrevivientes. Vas conociendo gente y empiezas a comprender. Confío en que tú también estés deambulando por alguna de estas calles  en las que nunca amanece. En algún momento, te encontraré.

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Otros sueños

– Lo único que tienes tú de princesa, es el blanco del ojo – dijo mamá cuando le pedí que me hiciera un traje para la fiesta del cole.

–  Se te da tan bien la costura, que podrías… Con esa tela que te sobró del vestido de la comunión de Paquita…

– Quítate esos pajarillos – gruñó.

Bajé la cabeza. Lucir con orgullo un vestido de princesa era mi sueño de siempre. Con volantes y piedrecitas,  con diadema, y zapatos dorados.

Soñaba con abrir la caja del maquillaje de mi madre y probarlo. A veces lo hacía a escondidas, pero nunca me animaba a ir más allá de pintarme el dorso de la mano y oler la barra de labios.

– Anda, vete a jugar y déjate de tonterías – insistió mi madre.

Algo se me atragantaba entre la nariz y la garganta.

Mi padre, que entraba  en ese momento, vio las lágrimas colgando de mis ojos antes de que me fuera corriendo al cuarto.

– ¿Y ahora qué le pasa a este niño?  – escuché que preguntaba.