De un certero bocado, le arrebató el pincel. Juanma no se amedrentó. No era el primer tiburón que pintaba. Sostuvo en alto la paleta emborronada de témperas y esperó. Cuando el muy tozudo saltó para alcanzarla, con un movimiento rápido de la mano izquierda, estrujó el papel en el que ondulaba un mar  azul. El tiburón no pudo masticar la paleta que sostenía triunfante entre sus mandíbulas. Los colores tiñeron disímiles su dentadura. Juanma pensó que parecía un absurdo arcoíris y se cruzó de brazos a esperar. Entre violentos espasmos, el escualo se retorció sobre la mesa hasta morir.