Para que el amor verdadero, ese que sin duda la estaba buscando, la encontrase, fue dejándole pistas. Empezó por depositar sus mejores ilusiones sobre un banco del parque. Desde allí un rastro de sonrisas que lo condujeran hasta la salida norte. Como un reguero de migas de pan, esparció a continuación, sueños, noches de luna, besos furtivos. Con eso consiguió llegar hasta el cruce sobre las vías. Al otro lado, agotadas sus mejores posesiones, fue deshaciéndose de miedos, pensamientos oscuros, y obsesiones.

Vacía, llegó a casa, donde el otro amor la esperaba impaciente. Era hora de preparar la cena.