– Lo único que tienes tú de princesa, es el blanco del ojo – dijo mamá cuando le pedí que me hiciera un traje para la fiesta del cole.
– Se te da tan bien la costura, que podrías… Con esa tela que te sobró del vestido de la comunión de Paquita…
– Quítate esos pajarillos – gruñó.
Bajé la cabeza. Lucir con orgullo un vestido de princesa era mi sueño de siempre. Con volantes y piedrecitas, con diadema, y zapatos dorados.
Soñaba con abrir la caja del maquillaje de mi madre y probarlo. A veces lo hacía a escondidas, pero nunca me animaba a ir más allá de pintarme el dorso de la mano y oler la barra de labios.
– Anda, vete a jugar y déjate de tonterías – insistió mi madre.
Algo se me atragantaba entre la nariz y la garganta.
Mi padre, que entraba en ese momento, vio las lágrimas colgando de mis ojos antes de que me fuera corriendo al cuarto.
– ¿Y ahora qué le pasa a este niño? – escuché que preguntaba.
