– Sí, claro que hay tierra del otro lado. Solo que no se ve

– ¿Y por qué no se ve? – preguntamos una noche mi hermano, la siguiente yo.

Entonces papá nos cuenta que el mar se balancea para no mostrarnos lo que esconde. Porque si nos lo mostrara, echaríamos a nadar como locos y como no sabemos nadar, nos ahogaríamos.

– ¿Entonces cómo cruzaremos?

-Cuando llegue el momento lo veréis – responde en tono misterioso y cenamos cosquillas, que es lo que papá nos trae cuando no consigue raíces o algún animal pequeño para asar.

Esperamos. Hemos esperado que mamá se pusiera buena para irnos de la aldea. Al final, la tuvimos que dejar.

Hemos esperado hasta que el amigo de papá vino a por nosotros y empezamos a andar.

Esperamos que el camino fuera más corto, que los pies no dolieran tanto, que nos tocara el turno de ir en brazos de papá.

Y ahora, frente al esperado mar, seguimos esperando.

Papá riñe mucho con su amigo. Cada noche le dice que no podemos esperar más,  que ya le ha pagado, pero no hay caso. No ha llegado nuestro turno aún. Así que nos acostamos entre la vegetación y como cada noche, nos cuenta lo que hay del otro lado del mar. Hasta que nos quedamos dormidos. Esperando.