Para Javier, que sin saberlo, me ha regalado una idea

Por qué demonios sus dueños no los tratan como es debido, se preguntan. Uno, retenido en el bolsillo trasero de un jean que ha quedado derramado sobre la silla. El otro, en el interior de un atiborrado bolso de mujer. Cargados de mensajes, vibrantes notificaciones, parpadeantes e irascibles, no pueden concebir no haber sido mirados, acariciados, atendidos, durante más de tres horas. Y ni siquiera es de noche. Inaudito.

No comprenden el runrún de murmullos, risas, voces deslizantes que se entrecruzan sus dueños, a cara descubierta, sin protección, sin pantallas ni emoticones de por medio. Absurdo.

Como recurso extremo,  se intercambian llamadas.  Pero (y esto sí que termina de desmoronar sus egos) han sido silenciados.