Mi madre no suele tener
razón. A menudo pienso que quien la ha hecho una persona tan aprensiva ha sido
mi abuela. De ella ha heredado ese temor permanente, ese predecir en todo
momento las peores desgracias para mí o para mi hermano Juan.
De pequeños, bastaba
con que nos dijera un simple “sigue haciendo el tonto y te caerás”, para que
termináramos en cuestión de segundos, de bruces en el suelo.
Hacer el tonto podía
ser andar por el bordillo un pie tras otro o subir las escaleras de dos en dos.
Cualquier cosa que se saliera de ir de su mano caminando como niños adultos por
la calle, era para ella hacer el tonto.
Recuerdo aquella tarde
en que mi padre me trajo de regalo ese deseado juego de porcelana con que
soñaba darles el té a mis muñecas. Aún antes de abrir el paquete, ella dijo: “Despacio,
que se te va a romper”. Yo rasgué el papel ansiosa, y allí estaba. La caja de
cartón tenía una tapa de papel celofán que me permitió ver el juego en todo su
esplendor. Seis tacitas perfectas con sus asas para dedos de muñecas, sus seis
platitos a juego con un dibujo de flores y arabescos, la azucarera con su
diminuta tapa y por supuesto, la tetera. La pieza fundamental del juego. Con
ese pico contorneado por donde ya veía yo salir el humo del té caliente y esa
asa con forma de corazón en la que sí cabían mis dedos que apenas tenían cinco
años y que jamás habían tocado semejante lujo de vajilla. Abrí la caja con
reverencia, después de darle un abrazo agradecido a papá y él me sonrió como
siempre lo hacía cuando mamá no estaba cerca. Pasé mis dedos nerviosos sobre la
suave porcelana, y de inmediato sentí el impulso de coger la tetera. Allí mamá
intercaló su segunda advertencia: “Deja que la coja yo, que tú eres tan torpe
que la tirarás”, pero yo no quise. El juego era mío, tenía que cogerla yo. Fue tenerla entre los dedos y que empezaran a
temblar. Primero la tapa cayó en cámara lenta haciendo una elegante pirueta en
el aire para hacerse añicos a mis pies. Para que a continuación, en la misma
confusión del momento terminara bajando la mano que sostenía la tetera hasta
hacerla golpear con el borde de la mesa. Ya no tenía una tetera, sino dos,
tres…. Quince trocitos de porcelana que recogí con reverencia y lágrimas en los
ojos. Mi madre espetó su típico “Te lo dije” y mi padre intentó atajar el
inconsolable mar que me inundaba los ojos prometiéndome que la pegaríamos con
mucha paciencia y que quedaría como nueva.
La pegamos con mucha
paciencia, sí. Pero como nueva no quedó. Por orden de mi madre fue a parar a su
caja de la que no se me permitía sacarla, como tampoco a ninguna de las
delicadas tacitas con que yo soñaba montar una merienda inolvidable para mis
muñecas.
Allí quedó la caja, en
el estante más alto de la biblioteca. Solo se me permitía verla, que no
tocarla, de vez en vez.
Cuando insistía mucho a
mi madre para que me la bajara. Entonces lo hacía, sin confiarla a mis manos en
ningún momento y levantaba la tapa para que yo me “sacara el gusto”, así lo
decía. “Sácate el gusto y la vuelvo a poner en su lugar”. Entonces yo observaba
por unos segundos las tazas, los platitos alineados y brillantes, la azucarera
elegante y la tetera atravesada por un sinfín de cicatrices que solo me
recordaban mi torpeza.
No me atrevía ni a
acariciar la porcelana por temor a que bastara un roce de mis dedos para que
toda esa belleza acabara desparramada a mis pies. Mamá decía: “bueno, no tengo
todo el día para tonterías”, cerraba la caja, y la colocaba otra vez en el
estante más alto, dando por terminada mi visita.
Era como si yo tuviera
un régimen de visitas estipulado con mi vajilla de muñecas y no pudiera
acercarme a ella por períodos mayores a unos minutos y siempre bajo vigilancia.
Un régimen como al que
mi madre le impusieron para poder vernos cuando yo cumplí los catorce y Juan
los dieciséis.
Para entonces, Juan
pasaba de ella por completo y se negaba a asistir a esas absurdas entrevistas
en el punto de encuentro, bajo la supervisión de un asistente. Yo iba, porque a
pesar de todo, me daba un poco de pena mi madre. Y porque papá insistía en que
teníamos que verla, que seguía siendo nuestra madre y que se merecía respeto.
Cierto es que el punto de encuentro solo era un nombre, porque todo lo que allí
se vivía eran desencuentros. Reproches cruzados (si Juan iba nunca se quedaba
callado) o reproches unilaterales si yo iba sola y mi madre no hacía más que
echarme en cara que no hiciera nada por terminar con tanta injusticia. Ella, que
había dado la vida por nosotros, tenía que pedir ahora permiso para vernos.
Como si fuera a hacernos daño. Ahora sé que aunque yo no era consciente
entonces, la posibilidad de que nos hiciera más daño era muy grande. Y que las
estadísticas nunca fallan.
Que mis padres se
separaran era toda una novedad en aquella época. Pero que le dieran la custodia
a mi padre, salía de los cánones por completo. Las madres de mis compañeras me
miraban con pena y me preguntaban si me encontraba bien. “Pobre Amelia” las escuchaba
murmurar a mi paso. Amelia es el nombre de mi madre, y era evidente que la consideraban
la víctima de toda la situación.
No me sorprendía que
les hubiese llenado la cabeza detallando la injusticia a que estaba siendo
sometida sin contar la otra parte. Y la otra parte, aunque confusa, era para mí
la más dolorosa.
No era algo que hablara
con papá, lo veía tan agobiado que no me animaba a mencionarlo. Sí acaso de vez
en cuando con Juan, que no dudaba en reprocharme mi estupidez si se me ocurría
de algún modo justificarla.
Y es que Amelia, (así
la llamaba él, nunca “mamá”), había horadado mi seguridad hasta hacerme dudar
de lo que veían mis propios ojos. Y lo que veían o habían visto, era lo
suficientemente cruel como para querer borrarlo.
Juan no era delicado,
ni diplomático, ni tenía el más mínimo tacto. Pero era sincero. Y estaba
enfadado. Con razón, no lo niego. Pero yo no conseguía enfadarme así y él no lo
entendía.
Cierto era que desde
que me habían alejado de mi madre, mi salud había repuntado considerablemente.
Y que de ser la niña frágil y cenicienta que había sido, pasé a ser una
adolescente normal y saludable en unos pocos meses. El pelo, que había raleado
en mi cabeza comenzó a crecerme brillante, mi piel escamada se puso tersa, y
los músculos de mis piernas que habían llegado a hacer pensar a los médicos que
mi destino era una silla de ruedas, estaban haciéndose cada vez más fuertes.
Cuando mi madre me veía
entrar al punto de encuentro, sin mis muletas y caminando erguida y sonriente
me miraba como diciendo “Mira lo que te han hecho” pero se lo callaba.
Al tiempo, cansada de
sus constantes quejas, como Juan, dejé de ir a aquellos encuentros. Papá
intentó hacernos cambiar de opinión y nos dijo que le traeríamos problemas,
pero le rogamos que no nos obligara y finalmente accedió.
Han pasado cinco años
desde entonces. Ahora Juan y yo somos mayores de edad y nadie puede obligarnos
a verla.
De todo aquello, a mi
madre le tocó la peor parte. Supimos por mis abuelos que la habían ingresado en
un psiquiátrico. Cuando digo esto, Juan se enfada conmigo. La parte peor, dice,
no es la de ella.
Papá nunca levantó
cabeza ni supo deshacerse de la culpa con que terminó obligándose a cargar. Y
nosotros, hemos sobrevivido, que no es poco.
Hoy, de regreso de mi
última sesión con el psicólogo, que al fin me ha dado el alta, no puedo evitar
encaramarme en una silla para coger la caja que lleva años olvidada en el
estante superior de la biblioteca.
Una capa de tierra cubre
la superficie de celofán haciendo invisible el contenido. Soplo con fuerza y el
aire se llena de motas que van inundando la sala, flotando en el aire iluminado
por el atardecer que se cuela por la ventana.
– ¿Qué haces niña? – dice
mi padre desde su sillón sin imaginarse lo que me traigo entre manos.
Bajo de la silla de un
salto, sin plantearme una posible caída, y apoyo sobre la mesa la caja llena de
ayer.
Una a una voy sacando
las tazas, los platos, la azucarera y con reverencia cojo entre mis manos la
preciada tetera.
Todo es mucho más
pequeño de lo que recordaba. Pero su tacto es mágico.
Mi padre se acerca
curioso y su cara se ilumina cuando vislumbra mi tesoro sobre el mantel.
– Pero… ¿de dónde salió
esto? – pregunta con la mirada llena de nostalgia.
Juan llega de la
universidad y lo convenzo de que se siente
junto con papá a probar mi té. Allí esperan hasta que lavo cada pieza con
esmero, lleno la pequeña azucarera con azúcar, y la tetera con agua caliente.
Cierto es que el agua
empieza a escaparse por las grietas antes de conseguir rellenar las tres tazas,
pero no nos importa.
Reímos sin poder parar
y hablamos de cosas prohibidas, y brindamos
con tacitas de porcelana del tamaño de nuestros pulgares, que no tienen té, ni
leche, ni azúcar, pero están llenas, y no se rompen a pesar que las
entrechocamos una con otra innumerables
veces, y nos volvemos a decir, que después de todo, la tetera ha quedado como
nueva.
Rechazó el ofrecimiento mediante un gesto desdeñoso
de sus dedos, pero se quedó con la cerveza. María se encogió de hombros dibujando
un “como prefieras” entre las escápulas fruncidas.
Esa fue toda la conversación que conseguí sacarles.
Me quedé confuso, con los guiones de diálogo preparados y sin encontrar hueco
donde colocarlos.
Ella giró para regresar a la cocina. Eso me
obligaba a pensar rápidamente algo para hacerle hacer allí. Una cebolla,
decidí. Pelar cebollas siempre es un buen recurso. Ella llorará. El lector no
sabrá si debido al efecto irritante de la cebolla o a la indiferencia con que
él ha descartado su ofrecimiento. Eso me dará tiempo a pensar.
Se suponía que debían tener una discusión. Un
vuelco en la historia. Un intercambio memorable donde María le reprochara su enésima
infidelidad y Alejandro se viera obligado a tomar una decisión: ella o las otras.
Por eso, a pesar de que podía ser un poco
denigrante para María, la había obligado a acercarse al sofá llevándole una
lata de su cerveza preferida, para ofrecerle hablar. Quien tendría que haber
movido la primera ficha, era Alejandro. Pero qué podía pretender de un tío que
toda la vida no había mirado más allá de su propio ombligo, o de las faldas de
cualquier mujer que no fuera la suya.
Yo lo había creado así, ahora no podía
quejarme. Le eché un vistazo mientras ella pelaba la cebolla. Seguía tirado en
el sofá. Pensé que se me había ido un poco la mano con los rasgos negativos. No
tuve en cuenta que éstos con el tiempo se acentúan. Diez capítulos más y tendría
un irredimible hijo de puta.
En cambio, María… Ella era tan dulce y
comprensiva. Una mujer que había superado miles de problemas, y que merecía
algo mejor que un mamarracho con nombre de rey. En silencio, llevaba páginas enamorado
de ella.
Me acerqué a la cocina. María cortaba la
cebolla. Era tan delicada con todo lo que hacía. Imaginé esas manos, que
parecían bailar sobre la tabla de madera, acariciándome el pelo.
Contra todo pronóstico, ella no lloraba.
Canturreaba una melodía que me sonaba mucho, aunque no podía recordar qué
canción era.
Claro, cómo no te va a sonar si se la estás
haciendo canturrear tú, me dije. Apoyé los guiones de diálogo sobre la mesa.
Era evidente que no podría usarlos. Además, necesitaba mis brazos. Me acercaría
a María y la invitaría a bailar. Era un bolero. Lo que estaba cantando era un
bolero.
Puse mis manos sobre sus hombros. Ella siguió
entonando “Soy ese beso que se da sin que se pueda comentar. Soy ese nombre
que jamás fuera de aquí pronunciarás…”
Por más esfuerzos que hice, no conseguí que se
girara hacia mí. Ella no percibía mi presencia. Me odié por haber elegido un
narrador omnisciente y no uno protagonista o, aunque fuera, uno testigo.
Ella cogió la tabla y atravesándome la apoyó
sobre mis guiones de diálogo. Luego, se fue desvistiendo despacio, dejando un
reguero de ropa gris y desgastada hasta el baño. La escuché abrir la ducha
mientras seguía cantando “Soy el pecado que te dio, nueva ilusión en el amor…”.
En el cuarto descubrí su maleta llena sobre la
cama. No podía dejarla ir. Si lo hacía, escribiría su propia historia. Una
historia ajena a mí. Corrí hasta la sala. Sacudí a Alejandro por los hombros.
Él tampoco percibía mi presencia, y aunque la hubiera percibido, de nada hubiera
servido. Estaba muerto, con la lata de cerveza entre las manos. Tarde lo
comprendí todo.
Sentado en el sofá empecé a sollozar mi
fracaso. Las ruedas de la maleta sobre la tarima me alertaron de que era hora
de despedirme de María. La vi salir, radiante, con el pelo mojado y cerrar la
puerta con firmeza.
Me asomé por la ventana hacia la calle que yo mismo había creado para verla fundirse en un abrazo con un desconocido. Un personaje que yo nunca había puesto allí.
Mamá
me ha dicho que escribiera este diario. Que eso me ayudará a pasar el tiempo
mientras no podamos vernos, y de paso, luego podré contarle todo lo que me vaya
pasando y que no llegaré a decirle en su llamada diaria.
Día 5 sin mamá
La
abuela dice que no podemos hablar mucho rato con mamá. Que nos llama cuando
llega a casa, muy cansada después de trabajar todo el día. Que tiene que
dormir. Entonces tenemos que turnarnos ella, Eva, Lucas y yo. Solo me tocan dos
o tres minutos. Todavía no me he animado a decirle cuanto la quiero.
Día 7 sin mamá
Hoy
la gente ha empezado a aplaudir en los balcones a las ocho. La abuela nos ha
dicho que aplauden a mamá y salimos los cuatro con los abrigos puestos y
aplaudimos hasta que nos duelen los brazos. Lucas es el que se cansa primero y
le pregunta a la abuela si está segura de que están aplaudiendo a mamá. “Sí,
cariño”, dice la abuela. “A mamá y a todos los héroes que cuidan de los
enfermos y luchan contra el virus”. “¿Mamá es como Superman?”, pregunta Eva. La
abuela asiente. Yo sé que mamá no tiene capa ni nada. Le miente a Evita porque
es pequeña y se lo traga todo.
Día 10 sin mamá
La
abuela nos enseñó a hacer magdalenas, nos ha dicho que eran el dulce preferido
de mamá cuando era pequeña. Hoy, cuando ha llamado, nos hemos peleado por ser
el primero en contarle lo buenas que nos han salido. “Mmm qué rico” ha dicho
mamá. Le prometimos que cuando podamos volver a casa con ella, haremos un
millón de magdalenas.
Día 12 sin mamá
Hoy
me ha animado a decirle que la quiero mucho. No sé, ya tengo ocho años, cada
vez me gusta menos que me ande besuqueando todo el tiempo. Pero hoy me hubiera
encantado que lo hiciera. Me prometió una guerra de cosquillas cuando
regresemos a casa.
Seguimos
saliendo al balcón a las ocho. Ya no llevamos abrigo, y es de día. Entonces es
más fácil ver que al rato de empezar a aplaudir a la abuela se le caen las
lágrimas. Es una pesada, pero a ella también la quiero.
Día 15 sin mamá
Nos
pregunta siempre si estamos haciendo las tareas que nos pasan los profes. Evita
es demasiado pequeña y no le dan tareas. Pero me preocupo de que Lucas y yo
estemos al día. Para poder decirle que
sí, que lo estamos haciendo todo. Si le decimos eso, se nota que se
tranquiliza. Dice que nos extraña, pero que ya falta menos. Que no hagamos
regañar a la abuela. Y que se va a dormir, que mañana madruga mucho otra vez.
Día 18 sin mamá
Hoy
la abuela ha estado hablando cinco minutos con mamá. Se ha encerrado en la
cocina y no nos ha dejado escuchar. Solo nos dejó mandarle besos y abrazos
todos juntos con el micrófono abierto. Dijo que mamá estaba muy cansada y que
tendría que quedarse en casa unos días. “¿Podemos ir a verla, entonces?”,
pregunté entusiasmada. “No, cariño, no podemos” dijo, y luego se enjugó con
disimulo dos lágrimas como hace siempre después de los aplausos en el balcón.
Día 20 sin mamá
Ahora
mamá nos llama desde casa. Le han dado unos días libres. Pero se ve que ha
trabajado demasiado, porque está muy cansada. No deja de recomendarnos que
hagamos las tareas, que nos portemos bien. Habla como si acabase de correr una
carrera. Le pregunto si estaba haciendo gimnasia. Me dice que no. Que está un
poco cansada, pero que se le pasará.
Día 21 sin mamá
Hoy
mamá ha hablado un rato más largo con nosotros. Habla con todos a la vez,
parece que eso la cansa menos que repetirnos lo mismo a uno por uno. Nos ha
prometido que el año que viene, cuando yo cumpla los nueve, Lucas los once y
Eva los cinco, nos iremos los cuatro a Euro Disney. Nos pusimos a saltar y
gritar como locos. Y ella empezó a toser y toser. La abuela quitó el micrófono
abierto y siguió hablando unos minutos con ella encerrada en la cocina.
Día 22 sin mamá
Antes
de levantarnos, cuando la abuela todavía no había venido a llamarnos para
desayunar, Lucas y yo estábamos despiertos. “Mamá se lo ha pillado”, me ha
dicho. “¿Que mamá queeeé?”. “No seas tonta, nena, que tiene el coronavirus y se
va a morir. ¿No ves que la abuela no quiere decirnos nada?”
Entonces
entró la abuela y levantó la persiana. “A ver esos remolones… que tenemos pan
recién tostado…”. “Abuela, ¿es cierto que mamá se ha contagiado” pregunté
temerosa de que dijera que sí, o de que se enfadara por creer las tonterías que
dice mi hermano. Ella se sentó en mi cama. Lucas se bajó de la litera y se sentó
a su lado. “Sí, es cierto. Pero se pondrá bien”.
Día 25 sin mamá
Hoy
mamá tampoco ha llamado. Lleva tres días sin hacerlo.
Día 28 sin mamá
Seguimos
saliendo al balcón a las ocho para aplaudir a todos los que están cuidando de
mamá en el hospital. Ahora aplaudimos todavía más fuerte que al principio.
Luego nos cogemos las manos limpias y relimpias de tanto lavarlas y cantamos la
canción esa que pone a todo volumen la del edificio de enfrente. Yo mucho no la
entendía, pero cada vez la voy entendiendo mejor.
Día 30 sin mamá
Hoy
mamá ha vuelto a llamar. La abuela tenía razón. Puede que no tenga capa, pero
mamá es un superhéroe.
Hoy
el balcón a las ocho ha aparecido lleno de primavera.
Es
de los que no tienen buen pronóstico. Para saberlo basta con observar la
dificultad con que respira a pesar de tener una máscara de oxígeno ayudándolo. Lo
vi por primera vez ayer por la tarde, durante el segundo turno de limpieza. Entonces
pensé que era de los que esperaban hueco en la UCI.
Pero
hoy, al entrar en la habitación arrastrando mi carro repleto de armas letales y
jabonosas, sigue allí.
Esta
vez me mira, lo cual puede ser interpretado como un signo de mejoría o como un
recurso desesperado. Muchos intentan asirse a un clavo ardiendo y nos ruegan a
los simples limpiadores, que les demos algo. Algo que les quite la fiebre, o
les calme los malestares, o les ayude a sentir que no se van a ahogar de un
momento a otro. Entonces les muestras la fregona, las bayetas, y te encoges de
hombros. Cuando además de mirarme, intenta dirigirme unas palabras
inarticuladas, eso es lo que hago.
—No
soy sanitario, amigo. Quédese tranquilo, ya pasarán a atenderlo.
El
hombre niega con la cabeza, como si ese no fuera su problema e intenta hablar
otra vez, mientras señala la puerta del armario donde se colocan los efectos
personales de los enfermos.
Comprendo
que me está pidiendo algo que tiene allí, y dudo. No debo acercarme a él, no sé
si tengo permitido tocar sus cosas. Sigo repasando todas las superficies,
esperando que ceje en el intento. Y parece haberlo hecho, cuando estando a
punto de retirarme, se quita un momento la máscara y pronuncia dos esforzadas y
claras palabras: “Gracias igual”.
Me
siento culpable. El hombre no merece que lo trate así.
—Lo
siento. Es todo muy raro. Me llamo Felipe.
—Yo,
Germán —articula con dificultad en medio de una sonrisa semioculta tras la
máscara.
—Hasta
luego, Germán. Pasaré más tarde. Hoy doblo turno. Para entonces, tendrá usted
más fuerzas, ya verá. Y me contará si hay algo en que pueda ayudarlo
La
mirada del hombre se ilumina como si le hubiera prometido un milagro. Asiente y
levanta el pulgar.
Cuando
regreso a su habitación me espera semisentado en la cama. Cierto color empieza
a difuminarse en sus mejillas pálidas y levanta la mano en un gesto de alegre
saludo.
—Hola,
Germán. ¿Ha visto que no le mentía? Aquí estoy —digo mientras empiezo a sacar
mis artilugios del carrito.
—Gracias
—pronuncia esta vez con voz más clara.
Le
sonrío. Me sonríe. Así, a dos metros de distancia uno del otro, y con las bocas
tapadas, nos sonreímos. Su sonrisa se le trepa a los ojos. Llevaba años sin
sentirme tan cerca de otro ser humano a pesar de las cinco baldosas que separan
los pies de su cama de los míos, repentinamente inmóviles junto a mi carrito.
—Mi
perro —dice con esfuerzo.
—¿Su
perro está solo? ¿Vive usted solo?
Asiente.
Entonces comprendo cuál es su preocupación. Lleva dos días ingresado.
Me
mira expectante.
—No
sé si podré ayudarlo… —empiezo a decirle. Estoy haciendo doble turno, apenas
tengo tiempo de ir a casa a dormir una pocas e inquietas horas para volver a
trabajar.
Pero
lo que veo en su mirada, me hace cambiar de opinión. En su mirada veo que ese
hombre está luchando por salir adelante porque un perro lo espera en casa.
Yo
no sé de medicina, ni de cosas complicadas, pero sí sé de desesperación, y de
tablas de salvación. Porque he flotado en aguas turbulentas cogido a un madero
astillado. Un madero frágil y pequeño, pero capaz de salvarme la vida. Su
madero es ese perro.
—Dígame,
¿cómo se llama su perro?
—Brandy.
Era de mi mujer…
—¿Qué
le pasó a su mujer? —pregunto sin estar seguro de querer saberlo.
Los
ojos se le llenan de lágrimas.
—¿Qué
tan grande es Brandy? —pregunto de inmediato, solo para cambiar de tema.
Extiende
con esfuerzo los brazos.
—Es
dócil… —explica.
—Mire,
German. Yo lo ayudaré. Le prometo que lo ayudaré. Antes de terminar mi turno
volveré por aquí. Ahora descanse.
Así
fue como empezó todo. Brandy resultó ser un chucho listo y obediente. La
primera vez que me colé en su casa, ladró hasta desgañitarse. Pero cuando vio
que le reponía el agua del bebedero y le traía pienso, comenzó a mover la cola
sin parar. Y así siguió recibiéndome día tras día. Limpié el piso con esmero y
cada día antes de ir al hospital y de regreso, paso a alimentarlo y sacarlo a
la calle.
En
nuestros paseos le hablo de Germán, de lo mucho que está progresando, y de que
pronto regresará. Y también le hablo de la soledad. De cómo la soledad puede
hacerse soportable cuando se tiene un Brandy a quien querer. El perro pensará
que le estoy hablando de su dueño. Pero no, le estoy hablando de mí mismo. De
la soledad de estar en un país que no es el mío, lejos de la familia, los
lugares, los olores que han habitado mi vida hasta hace apenas un año.
Hoy,
después de dos semanas, llega el esperado momento. Germán es dado de alta.
Sanitarios, celadores y limpiadores, lo aplaudimos mientras transita el pasillo
con paso más seguro de lo esperable.
Se
detiene junto a mí y me sonríe con los ojos, y con la boca oculta tras su
mascarilla.
—No
sé cómo te podré agradecer —dice emocionado.
—Ni
yo. Usted me ha dado un motivo por el que sentirme orgulloso de mí mismo.
No
podemos abrazarnos. Ya lo haremos más adelante. Porque cada día al ir y venir
al hospital, seguiré pasando por su casa. Para sacar a Brandy, para sonreírnos
a través de las mascarillas. Y para recordarme que los maderos a los cuales
podemos aferrarnos tienen a veces las formas más insólitas.
—Después
del triaje, no hay nada —murmura a su acompañante el hombre de abrigo sobre
pijama de rombos.
—Tranquilo,
papá. Ya nos llamarán —responde la mujer sin darle importancia a las palabras
del hombre.
Después
de cuatro horas de espera, su reflexión me parece casi el resumen de una
postura ante la vida. Sin embargo, la hija sigue inmersa en la pantalla de su
teléfono sin prestarle atención.
Yo
creo que el hombre está más pálido que cuando llegó, si eso fuera posible. En contraposición con su vecino, cuyo rostro tiene un aspecto cada vez más
colorado, como si se hubiera masticado una guindilla y no quisiera escupirla
por educación. A él también lo acompaña
una mujer, que ya se ha levantado en tres ocasiones para reclamar, sin éxito,
atención ante la ventanilla. Es una mujer ocupada. Todos en la sala nos hemos
enterado. No puede perder el tiempo. Y exige una solución inmediata.
Si
la solución estuviera en manos de la joven que está del otro lado de la
ventanilla, nunca llegaría, he creído entrever en su expresión de hartazgo y en
el silencio con el que ha respondido cada uno de los arranques de la
acompañante del hombre rojo.
Cada
vez que se oye una campanilla y aparece un número en la pantalla mustia que
cuelga sobre nuestras cabezas, todos la miramos al unísono. Esperando ser los
agraciados en un sorteo en el que nuestros números no parecen participar.
Tal
vez haya una sala de espera paralela en una entrada de Urgencias paralela a la
nuestra, y es allí donde pronuncian la clave de número y letras que tenemos
escrita sobre nuestros papeles ajados. Y es allí donde nos vamos poniendo de
pie, vamos empujando sillas de ruedas, empuñando bastones, o cojeando para hacer
nuestra tan esperada entrada en la consulta que nos hayan asignado.
Porque
lo cierto es que desde que yo estoy aquí, en nuestra sala de espera, de nuestra
entrada de Urgencias, no se ha movido (a excepción de para intentar hacer sitio
a los recién llegados) ni uno solo de los presentes.
Paso
revista al elenco creciente de afectados y acompañantes que me rodea. Además de
pijama de rombos y rostro colorado, nos acompaña una jungla considerablemente
variada.
Está
la mujer con el brazo derecho en cabestrillo, el hombre que no se anima a salir
a fumar por si lo llaman justo en ese momento, la anciana que tararea un
interminable pasodoble (estos tres sin acompañante identificable), y por otro
lado, la chica pálida que llora en silencio mientras su madre le acaricia la
cabeza, el jovencito de rostro virueloso que se niega a beber el agua ofrecida
periódicamente por su acompañante, porque exige uno de los refrescos agotados
en la máquina, y la mujer de esparadrapo cambiante sobre el párpado derecho
acompañada por el joven lívido que parece estar viendo sangre por primera vez.
De
vez en cuando, una camilla entra por la puerta lateral, y dos o tres asistentes
uniformados salen de detrás de la ansiada puerta de cristal opaco para arremolinarse
a su alrededor con tal presteza que dispara chasquidos de lengua mal
disimulados por parte de mis compañeros.
—Aquí,
si no llegas en ambulancia, no eres nadie —sentencia un hombre de barba que ha entrado
hace no más de una hora. Por lo que su comentario no es bien recibido por los
más antiguos. Como si se hubiera tomado una prerrogativa, la de protestar, que
aún no se había ganado.
Todo
es cuestión de antigüedad, me digo. Cuanto más tiempo llevas aquí, más
respetable es tu opinión. Considerando que cuando yo llegué, solo estaban en la
sala el hombre rojo y la mujer del brazo en cabestrillo, pienso que estoy casi
en la cúpula de la organización y que por ello tengo derecho a indagar acerca
de los males que aquejan a dos nuevos recién llegados.
Pregunto,
de paso, si les han comunicado tiempo aproximado de espera, porque ese tipo de
información fresca nos está vedada a quienes representamos una amenaza de
rebelión si osamos acercarnos a la ventanilla.
No
han querido decirles, aseguran. Pero desconfío. Es posible que les hayan pedido
que no difundan ese tipo de información.
La
acompañante del hombre rojo, la mujer de las prisas, se ha erigido en
secretaria de actas y recoge en una lista, la hora en la que ha llegado cada
uno, si ya han pasado por triaje o no, y evalúa con un criterio no muy
ortodoxo, la gravedad de las dolencias.
—Esto
es denunciable —asegura en un corrillo en que nos hemos apartado los líderes de
la reciente organización: ella, la mujer del brazo en cabestrillo y yo mismo.
Acordamos
sistematizar el método de recopilación de la información y generar unas mínimas
estadísticas antes de llamar a los medios.
Con
las primeras decisiones importantes tomadas, reunimos al resto para
comunicarles cómo procederemos.
Cualquier
cosa que acelere la atención es bien recibida por quienes solo buscan alivio
(físico o moral) antes de regresar a casa (con suerte) o tener que resignarse
al ingreso en el hospital (una alternativa que nunca deja de ser como un
fantasma para quienes esperamos en una sala de Urgencias).
Por
ello, la mayoría de reacciones son de apoyo mientras que la mayoría menos uno son
de indiferencia. En el bando de los indiferentes, el chaval virueloso y la
anciana del pasodoble, que no se inmutan ni cuando la mujer del brazo en
cabestrillo lo levanta en alto, como si fuera un puño revolucionario.
Desde entonces, los días han empezado a
transcurrir insaciables, obligándonos a agregar una columna con la fecha de
ingreso a la izquierda de la columna de hora de entrada de nuestra planilla de
recepción.
Yo
me encargo de encuestar a los recién llegados; la mujer de las prisas, los
apunta en su planilla, y dos representantes de la organización (puestos
rotativos) se ocupan de ponerlos al corriente de nuestros principios y
objetivos.
Lo
de hablar con la prensa ha quedado en suspenso, cuando durante la tercera
mañana, se han apersonado en la puerta de entrada, respondiendo a nuestras
llamadas, dos reporteros de la radio local, y el personal de seguridad no los
ha dejado entrar aduciendo razones médicas.
—
¿Cómo que razones médicas? —ha explotado el hombre del pijama de rombos.
—Tranquilo,
papá —ha pronunciado una vez más su compañera en una cadencia repetitiva que a
algunos de los presentes, empieza a repugnarnos.
Y
así las cosas, nos ha pasado casi desapercibido el hecho de que llevamos más de
veinticuatro horas sin escuchar la
altisonante campanilla que indicaba los números de los agraciados que serían
atendidos. A la última decena de llegados, no se los ha atendido ni siquiera en
triaje, lo que apunta a un innegable deterioro de nuestras condiciones.
A
la reunión establecida para cada mañana a las ocho, en la que tratamos temas
como logística de los sitios, ventilación, necesidad de garantizar el
aprovisionamiento de las máquinas expendedoras; agregamos una reunión de cierre
de jornada en la que debatimos las cuestiones más candentes: ¿estamos en
nuestro derecho de impedir que entren nuevos pacientes en nuestra sala? ¿qué pasa
con los cuadros de pronunciada desmejora que empiezan a presentar los pacientes
más vulnerables y débiles, e incluso algunos de sus acompañantes? ¿sería una
solución enviar un grupo expedicionario al exterior a riesgo de que quienes lo
integraran perdieran su turno si fueran llamados?
En
nuestra primera asamblea votamos a mano alzada y por mayoría hemos decidido
presentar un escrito en la ventanilla con un claro ultimátum. Si en
veinticuatro horas no empezamos a ser atendidos, forzaremos la puerta corrediza
semitransparente que nos separa de los boxes y secuestraremos al primer médico
que encontremos del otro lado.
Todos
firmamos el documento que la mujer de las prisas ha escrito en los márgenes de
un periódico gratuito de la semana pasada. Todos, menos la anciana del
pasodoble que lleva casi dos días sumida en un sopor del que solo sale para
tararear unos segundos su melodía antes de hundir el mentón en el pecho otra
vez.
Hemos
intentado la estrategia de congraciarnos con el trabajador que llega
arrastrando sobre un carro las cajas repletas de vituallas con las que repone
los faltantes de la máquina.
Las
monedas han empezado a escasear, por lo que hemos solicitado al empleado
cambiar varios billetes del fondo común que hemos montado por las monedas que
acaba de extraer de la alcancía de la expendedora de café.
Cuando
el empleado ha intentado obtener ventaja aduciendo que si necesitamos monedas,
tendremos que pagar por ellas, nos hemos puesto en pie de guerra. Al final,
después de muchas negociaciones, hemos tenido que aceptar que nos diera un
noventa por ciento del valor de los billetes que le ofrecimos en monedas de
distintos valores. De lo contrario, se hubiera llevado su recaudación, y aunque
dejase las máquinas bien cargadas, nunca hubiéramos podido acceder a las
imprescindibles provisiones.
Hemos
negociado también que en la próxima reposición varíe el sabor de los sándwiches
y agregue algún producto de picoteo liviano, sin grasas saturadas, porque es
evidente que tenemos que cuidar nuestra salud.
Las
condiciones están empezando a mermar nuestras fuerzas y hemos tenido que
habilitar una zona en el rincón más alejado de la entrada de ambulancias para
que los más débiles puedan descansar. Sobre el suelo hemos desplegado abrigos y
sobre ellos varios juegos de sábanas que la mujer del brazo en cabestrillo ha
conseguido en un descuido de dos camilleros que traían un herido de bala.
Las
cosas se van organizando a pesar del caos al que debemos enfrentarnos cada vez
que llegan nuevos pacientes a la sala. El protocolo está claro: cuestionario,
registro, formación intensiva y pautas de comportamiento. Lo que no está tan
claro es dónde podremos seguir poniendo gente.
A
pesar de que algunos tenemos asiento propio ya que nos han facilitado sillas de
ruedas al ingresar, el problema más acuciante ahora mismo, además de mantener
la higiene, es que todos tengamos dónde sentarnos.
Como
durante el día, nunca estamos todos sentados, no se nota la cada vez más
acuciante escasez de sillas o sillones, y es por las noches cuando el problema
salta a la vista.
La
noche pasada he podido comprobar que una vez que todos ocupamos nuestros
puestos, solo quedaban libres tres sitios. Por lo que en la asamblea de la
mañana, he planteado la necesidad de tomar una decisión con respecto a las
nuevas incorporaciones.
—
¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que saturen nuestra sala? —he arengado
a los compañeros.
Ya
no soy capaz de recordar los nombres de todos los presentes ya que la fluidez con que llegan día tras día,
en comparación con el ritmo nulo con que nos abandonan, me impiden identificar
sus problemas, sus necesidades, sus sueños, porque en muchos casos son para mí
solo un número.
En
segunda votación, y por mayoría simple, se ha acordado no dejar pasar a nuevos
pacientes, y se ha dejado en suspenso la medida propuesta por la mujer de las
prisas: impedir también el paso de camillas aunque se traten de traslados con
situaciones de vida o muerte.
El
día ha transcurrido de conflicto en conflicto, porque los nuevos pacientes son
ciertamente reacios a abandonar el hospital sin ser atendidos. Y en varias
oportunidades, el personal de seguridad de la entrada se ha visto obligado a deshacer
riñas que habían llegado a las manos.
Por
la noche, compruebo que seguimos teniendo tres sitios libres y eso me alivia en
parte.
Es
de madrugada cuando la mujer del brazo en cabestrillo me despierta. Tiene un
dedo sobre los labios y me indica que la siga.
—La
del pasodoble —pronuncia con tono dramático mientras hace un gesto rápido hacia
nuestra área de atención intensiva.
No
hace falta que diga nada más. Lo que tenemos que pensar es qué haremos con el
cuerpo. Nos sentimos responsables de procurar mantener animada a la población
de la sala, y sabemos que la vista constante de un cadáver no contribuirá a que
se mantengan ciertas pautas de convivencia sin caer en la desesperación, cosa
que no nos podemos permitir.
Los
presentes, integrantes de la cúpula de la organización, decidimos, sin
demasiado acierto, que lo menos traumático será intentar deshacernos del cuerpo
colocándolo sobre alguna camilla de entrada, aunque esta se halle ocupada, como
es el caso de todas ellas.
Y
así lo hacemos cuando se produce el primer ingreso de ambulancia del día.
El
revuelo que provoca nuestra actuación alcanza dimensiones insospechadas. Tras
el lógico susto que se ha llevado el auténtico ocupante de la camilla, se monta
un griterío, idas y venidas desde el otro lado de la mampara, manos a la cabeza, miradas de reproche hacia
nuestro grupo y comentarios despreciativos respecto al ínfimo nivel de
solidaridad que tenemos los ocupantes de la sala de espera.
La
mujer de las prisas no ha dejado ni un solo insulto sin usar a la hora de dar
respuesta a tan injustas acusaciones. Y la mujer del brazo en cabestrillo, no
ha parado hasta conseguir que se llevaran a la anciana del pasodoble fuera de
nuestra sala.
Después
de una mañana entera de rifirrafes, la paz ha retornado. Las ambulancias siguen
llegando con normalidad, y los pacientes seguimos esperando aunque no sepamos
muy bien qué.
Esta
actividad frenética no ha impedido que a primera hora presentáramos nuestro
ultimátum en la ventanilla y exigiéramos que nos sellaran una copia para
quedarnos con un comprobante de su entrega.
Después del habitual reparto de sándwiches y cafés de las catorce horas, una especie de
sopor se ha instalado entre los presentes.
Desde
mi silla de ruedas, se me ha dado por intentar recordar sin éxito dónde he
puesto el papel en que se indicaba mi código de turno. Pero lo que más me
preocupa no es el contenido del papel. Después de todo, recuerdo perfectamente
la combinación de letras y números que llevaba. Lo que más me preocupa es que
ya no tendré forma de probar que soy el paciente SCG4509 si me llamaran. Eso,
si algún día vuelven a llamarnos, me digo antes de quedarme dormido.
En
la sala de espera, el sueño es como un balón que va pasando de mano en mano,
sin que nadie se lo quede para siempre, ni mucha gente pueda tenerlo a la vez.
Sin embargo, en esta tarde, que si funciona nuestro ultimátum, puede ser la
última de espera, todos parecemos necesitar descansar.
A
la hora de la cena, algunos, aún adormilados, recorremos los pasillos
intentando no pisar pies ajenos y repartiendo las viandas correspondientes.
Todos
me preguntan qué creo que pasará mañana. Y a todos les contesto con una sonrisa
y una palabra de aliento. Mañana terminará nuestra pesadilla. Estoy seguro.
Nuestras
reivindicaciones serán escuchadas y no será necesario usar la fuerza ni secuestrar
a nadie. Pero esto no deja de ser una expresión de deseo, porque a la mañana
siguiente nos encontramos con que los trabajadores de detrás de las ventanillas
ya no están en sus puestos. El último turno ha abandonado el lugar sin ser
reemplazado por uno nuevo.
La
gente que siempre ha venido sobre las seis a limpiar los baños, tampoco se
presenta. Ni el hombre de las máquinas expendedoras.
En
nuestras filas, la inquietud se hace patente. Los que pueden hacerlo, caminan
de aquí para allá, tropezándose entre ellos, y los que no podemos andar, no
estamos menos nerviosos.
Asamblea
extraordinaria de emergencia y a las diez de la mañana, vencido el plazo de
nuestro ultimátum, se decide actuar.
Se
designa un grupo de avanzadilla que provisto de muletas, palos con ruedas de
los que se usan para colgar el suero, y dos sillas, se acercan a la mampara
acristalada con intención de romperla. Pero regresan al punto, habiendo
fracasado absolutamente en tal propósito. Es cristal blindado, dicen algunos.
Es la prueba de que estamos abandonados a nuestra suerte, aseveran otros.
La
ausencia de ambulancias (la última que recordamos ha llegado ayer a última hora
de la tarde) no hace más que confirmarnos que estamos metidos en un callejón
sin salida.
Los
que llevan menos tiempo con nosotros, son, curiosamente, los primeros en decir
que es hora de abandonar la espera. Que es evidente que nadie va a atendernos.
Los más antiguos intentamos hacerles razonar. ¿Y si después de tanto tiempo de
espera se van y es en ese momento cuando les llaman para entrar a una consulta?
—Vosotros
estáis pirados. Ahí os quedáis —asevera el benjamín del grupo, un joven de
cabello enmarañado que ha permanecido doblado sobre su estómago desde que ha
llegado.
Empieza
a caminar hacia la salida. Está a diez pasos de abandonarlo todo. Los más
antiguos lo miramos entre preocupados y envidiosos. Ninguno de nosotros tiene
tantos arrestos.
A
punto de cruzar la puerta, cuando el sensor lo detecta y las hojas de cristal
se desplazan para darle acceso al exterior, se gira. Juraría que las lágrimas
nublan sus ojos. Levanta la mano en gesto de despedida. Dos, tres pasos. El sol
se adivina en el exterior. Una corriente de aire renovado se cuela en la sala.
Cabello enmarañado avanza decidido. Por un momento pienso que las puertas
corredizas lo atraparán a su paso y no lo dejarán salir. Pero me equivoco. El
chico sale y sin girarse desaparece de nuestro ángulo de visión. En ese mismo
momento, la campanilla indicando el siguiente turno nos sobresalta rompiendo el
silencio conmovido con que éramos testigos de la escena.
Todos
buscamos instintivamente nuestros papeles para acreditar que el número llamado
no es el nuestro.
La
mujer en cabestrillo hace las comprobaciones pertinentes, aunque todo intuimos
cuál será su conclusión una vez que revise su lista de pacientes. El turno que
acaban de llamar indicando que debe pasar a la consulta 10, es el del chico del
pelo enmarañado y el estómago dolorido.
Algunos
se acercan a la puerta cuidándose de no traspasarla y gritan llamándolo. Pero
es inútil. El joven se ha ido.
La
sucesión de campanillas sonando hace imposible pensar. Y es que, como si
hubieran estado atascadas y con la del desertor se hubieran liberado, no paran
de sonar, obligándonos a estar todo el rato atentos a los números que se
suceden en pantalla. Aunque ninguno ha correspondido por ahora a alguno de los
presentes.
Dividimos
tareas. Mientras unos chequean números contra la planilla para no dejar pasar
alguno válido, otros nos reunimos para idear una estrategia común.
Las
discusiones se suceden sin desencallar la situación. ¿Deberíamos salir para
“engañar” a la máquina derivadora de pacientes y forzarla así a llamar a
nuestro número? Luego sería cuestión de volver a entrar enseguida y dirigirse a
la consulta que correspondiera. Los más expertos opinamos que no será tan
sencillo engañar a la máquina y que si hiciéramos eso, el sistema nos obligaría
a volver a pasar por la ventanilla para gestionar otro turno. Y como nosotros
mismos hemos cerrado el acceso a nuevos pacientes, y tampoco hay ya personal en
las ventanillas para recibirnos…
Las
campanillas no dejan de sonar y resultan desquiciantes. Por sobre las cabezas
de mis compañeros estrategas observo el sol reflejándose en el cristal de la
puerta de entrada, cuyas hojas permanecen cerradas.
Una
fuerza desconocida se apodera de mí, y ante las miradas asombradas de los
presentes, me pongo en pie. Nunca me han visto andar y un murmullo contenido se
dispersa como una ola por toda la sala.
Yo
he llegado andando, me digo para darme fuerzas. Es más, ni siquiera recuerdo
por qué me han ofrecido la silla de ruedas en la que permanezco desde aquel
remoto día en que crucé la puerta de acceso e hice pacientemente la cola ante
la ventanilla.
Doy
unos primeros pasos titubeantes. El silencio que se ha instalado entre mis
compañeros solo se ve interrumpido por el sonar intermitente de la campanilla.
Han dejado de chequear los turnos que son llamados contra la planilla. Todas
las miradas están clavadas en mí.
Avanzo
adquiriendo seguridad a medida que me voy acercando a la zona de salida. Un
paso más y el sensor me detecta. Las puertas se abren a un ritmo
sospechosamente parsimonioso. O al menos a mí me lo parece. Como si estuviera
viviendo la escena a cámara lenta. El aire del exterior me da en la cara. El
murmullo del tráfico fuera del hospital es como una música que me llama.
Decidido,
abro los brazos y atravieso la línea que me ha estado separando de la vida.
Como
un atleta que ha llegado a su meta después de un gran esfuerzo, hinco las
rodillas en el asfalto de la carretera de acceso a Urgencias y beso el suelo.
Un
cerrado aplauso se dispara a mis espaldas. Llego a escucharlo antes de que las
puertas vuelvan a cerrarse tras de mí y una voz grave justo encima de mi cabeza
pronuncie: “lo tenemos, ha vuelto”.
Volverán
las oscuras golondrinas, pienso mientras el
AVE va entrando en Santa Justa. La mujer
que va sentada frente a mí, teclea imperturbable en su portátil. El hombre
calvo a su lado, que durante todo el viaje ha roncado intermitentemente, abre
los ojos y consulta el reloj. Son las nueve menos cinco de la mañana y creo que
el ochenta por ciento de los ocupantes de mi vagón, vienen a Sevilla por
trabajo.
En cambio yo, llego fantaseando con
golondrinas. Como si el tiempo no fuera un eje que se desliza implacable por
nuestras vidas, y no me separaran más de treinta años de aquellas clases en que
nos recitabas a Bécquer.
Tus manos volaban mientras caminabas entre los
pupitres. Algunos te miraban con mirada vacía, otros, apenas disimulaban una
risita burlona. En cambio yo, cerraba los ojos y escuchaba tu voz grave
envolverme, acunar mis fantasías,
plegarse y desplegarse dentro de mí. Y no me preguntaba qué era la poesía,
porque la poesía eras tú.
Todo esto pienso mientras la gente empieza a
ponerse en pie, y el pasillo se llena de piernas inquietas, maletas rescatadas
desde el portaequipajes, mensajes apresurados de Whatsapp y esa expectativa con que los humanos
esperamos que los acontecimientos más triviales y seguros ocurran.
Cuando el tren se detenga, se abrirán las
puertas, y todos nos apresuraremos a salir a la atmósfera cálida de Sevilla,
que nos recibirá diáfana en una mañana de junio. Sabemos que así será. Pero no
por eso dejamos de chasquear las lenguas si la espera de unos minutos se nos
hace eterna.
Eternos son los días que he dejado pasar desde
entonces. Desde aquel diciembre en que me entregaste ese papel enrollado que me
habilitaba a seguir mi camino. Cuando mi camino debió ser, ahora lo sé, permanecer en el tuyo.
Que la vida me cruzara de hemisferio y de
continente, fue algo no planeado. Un conjuro de lunas oscuras y románticas
leyendas, que me hicieron pensar que una vez tomada la distancia necesaria,
podría por fin ser realmente yo.
Y debí saber, que no es la distancia la que te
permite reconocerte en un espejo. Porque los espejos funcionan igual en España
que en Argentina. Se empeñan en devolverte siempre la misma figura, y si la
sigues mirando con los mismos ojos, no habrá diferencia perceptible.
Pero creí que no. Que alejarme de la gente que
me conocía, incluso de ti, me ayudaría a sacarme el disfraz que me había
acompañado durante toda la vida.
La marea de pasajeros me ha arrastrado de algún
modo hacia la salida de la estación. Busco una parada de taxis, tal como hace
años la busqué cuando decidí, como rezaban las pintadas de entonces en la
ciudad, que la única salida de Argentina era Ezeiza. Sin darme cuenta de que lo
que quería no era salir de Argentina, si no de mí. Tarea imposible, ya lo ves.
He vivido durante más de treinta años en
España. Todos ellos, eludiendo el azar, el deseo, la necesidad de pisar
Sevilla. Y hoy, gracias a ti o por ti, regreso. Como si este sitio, que nunca
he conocido, fuera el mío en el mundo. Como si se pudiera regresar a un lugar
en el que nunca se ha estado.
Sé que regreso porque durante aquellas clases,
entre las paredes del aula de un instituto del gran Buenos Aires, he estado
aquí. He estado en la Sevilla de Bécquer atravesando puentes detrás de rayos de
luna. He escuchado el órgano de Maese Pérez y he volado, he volado con las alas
de aquellas oscuras golondrinas que recitabas con tu traje azul marino, tu
corbata impecable y el alma en los ojos, de pie junto a la pizarra.
Reconocerse es el trance más doloroso cuando te
decides a ser tú. Y no vale aplazar el momento, ni buscar subterfugios que te
alejen de la evidencia. Tarde o temprano tendrás que admitir quién eres y por
qué estás intentando regresar a un sitio que tus pasos nunca han pisado aún.
– Hotel Bécquer – le indico al taxista. Y me
regodeo en lo acertado y simbólico de la elección que hemos hecho al planificar
este encuentro.
Alzo la vista contemplando los edificios que me
reciben hidalgos, erguidos, elegantes, tal como tú cruzabas la clase de punta a
punta sin reparar en la mirada arrebatada con que yo observaba cada uno de tus
movimientos.
Es la expectativa la que me estruja el
estómago. Yo no soy quien era entonces, ni espero que tú lo seas. Pero me da
miedo decepcionarte, como ahora sé que te decepcioné hace tanto tiempo al no
ser capaz de enfrentarme a la realidad.
– Entiendo que eran otras épocas y vos… – me
has tratado de justificar en una de nuestros interminables chats. Y yo agradecí
que mi profe, como cariñosamente te he llamado desde el reencuentro virtual,
tuviera esa cualidad tan importante en un buen docente: la empatía. Sin
embargo, sé que te ha dolido mi huída, te han dolido mis años de silencio, mi
forma obcecada de cerrar los ojos e intentar olvidar.
Mi vida es un erial,
flor que toco se deshoja
Como si hiciera falta tener abiertos los ojos para
verse por dentro. Como si la esencia de lo que eres no fuera contigo aunque te
mudes a doce mil kilómetros y dejes de leer poesía, y de escribirla. Y te
perfumes con fragancias masculinas, y te centres en hacerte un sitio en la
jungla de los mercados financieros.
Mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
El coche se ha detenido y observo la majestuosa
fachada del hotel. No estoy preparado para verte aún, me digo. Treinta años, un
divorcio, dos intentos de suicidio y una hija después, ¿no estoy preparado para
verte aún?
Claro que lo estoy, solo que dilato el momento,
como aquel personaje de Los árboles
mueren de pie, que daba vueltas y vueltas a los sobres de las cartas
esperadas antes de abrirlos. Para
disfrutar de la expectativa, para estirar el momento de la primera
lectura que siempre sería fugaz y atropellado. Sabiendo que iría desde la
primera línea hasta la firma y despedida final a trompicones, saltando
renglones, leyendo en diagonal, buscando indicios que le confirmaran que el
amor seguía vivo.
Recuerdo cuando leímos esa obra y tus manos
otra vez explicándolo todo, tu sonrisa eclipsando la luz que entraba por los
ventanales del aula, y mis ojos ávidos leyéndote, como si tú fueras la carta
tan esperada.
Pago el taxi y camino hacia la recepción. Sé
que todavía no habrás llegado, que tu avión aterrizará en tres horas. Y eso me
da cierta liviandad en el andar, es como si un par de paréntesis me protegieran
del abismo. Porque sé que volver a verte será como un salto al vacío. Que a
último momento, puede que el vértigo me eche hacia atrás. Pero no, no hemos
llegado hasta aquí para salir huyendo, me repito casi en voz alta.
El recepcionista me pregunta si prefiero una
habitación en el ala más tranquila del hotel, y contesto que sí con una secreta
sonrisa. Claro que necesito tranquilidad. Para nervios, ya tengo yo un equipaje
completo que me he traído desde casa.
Mientras voy hacia el ascensor, observo las
golondrinas suspendidas desde el cielorraso de la cafetería del hotel. Aquellas que aprendieron nuestros nombres…
– ¿Sos
vos, Fernando? ¿mi alumno del Padre Gallegos?
– Sí,
soy yo, profesor. Pensé que no se acordaría de mí.
– Claro,
que me acuerdo. Cómo no me iba a acordar. Pasaron treinta años, Fernando. ¿No
te parece que podrías llamarme por mi nombre y tutearme?
Primera sonrisa de una cadena interminable de
ellas. De confesiones trasnochadas salvando la diferencia de cinco horas. De
madrugadas compartidas escribiendo frenéticamente en un teclado.
He sido yo el que te ha buscado, pero tú me has
estado encontrando todo este tiempo sin decírmelo. Esperándome. Deseando que
algún día me decidiera a ser yo.
Empezamos a planificar este encuentro la noche
en que me confesaste que te habías emborrachado por única vez en tu vida, luego
de mi acto de graduación. Cuando te acercaste para decirme que no me fuera, que
querías hablar conmigo, y yo, incómodo, te rechacé con una sonrisa torpe y unas
excusas más ridículas aún.
¡y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!
Tú sabías lo que querías decirme, y yo lo
sabía. Porque era un joven aterrado ante la perspectiva de dar un paso que me empujaría
al rechazo de todo mi entorno, pero no era tonto. Podía percibir perfectamente
la corriente que fluía entre nosotros. Pero creía, gracias seguramente a tantos
años en colegios de curas, que eso que me hacías sentir estaba mal, que era
sucio, que era abominable.
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre… ¡y también lloro!
– ¿Y a qué edad saliste del armario al fin? – preguntaste
una noche después de intercambiar confesiones y deseos que habíamos guardado
demasiado tiempo. ¿Y tú me lo preguntas?, pensé. Porque yo supe quién era
gracias a ti. Pero no supe cómo decirte
que nunca había terminado de salir. Que mi familia en Argentina, no sabe quién soy.
Solo un buen hijo que regresa para navidades a atiborrarse de Vitel Toné y turrón de
Alicante con treinta y cinco grados a la sombra. Que estando a miles de
kilómetros llama regularmente para decir que está bien, que con mucho trabajo,
que la niña…
–
¿Tenés una hija, Fernando??? ¿De verdad me estás diciendo que tenés una hija?
–
Sí, Lucía tiene 22 años. Y vive con su madre desde que nos separamos, cuando
tenía 3.
– …
Tres puntos, tres eternos puntos que iban y
venían indicándome que estabas escribiendo, borrando, volviendo a escribir. Y
yo, con el alma en vilo, temiendo leer palabras de rechazo, de reproche, de
incomprensión. Pendiente de esos tres puntos titilantes, como si en ello se me
fuera la vida. La vida que había empezado a soñar desde el momento que habíamos
iniciado ese juego de encuentros virtuales, de intercambio de historias vitales
a través de la fibra óptica.
La habitación es amplia y clara. Me gusta ese
aire minimalista y a la vez acogedor. Miro la cama matrimonial con respeto. Sin
animarme a sentarme en ella. Abro la maleta y empiezo a sacar camisas para
intentar que se arruguen lo menos posible. Las cuelgo en la mitad izquierda del
armario y abro el minibar. Creo que necesitaré una copa.
Estoy aterrado. Como si fuera mi primera vez. Y
tal vez, de algún modo lo sea. Porque es la vez que debió ser la primera si no
hubiera sido por mi cobardía. ¿Y si me dejas plantado? ¿Y si todo esto no es
más que una parte de un plan de venganza perfectamente trazado?
Intento centrarme en tus palabras siempre
cargadas de cariño, en tu voz cálida que después de muchos devaneos nocturnos,
me permitiste escuchar al teléfono. Tal como yo la recordaba. Mucho más
cascada, insistías tú. No, profe, no. Recítame Bécquer, por favor. Estás hecho
un gallego, Fernando. Un verdadero gallego. Me encanta tu acento. Y yo
ruborizado. Venga, profe, algo de Bécquer… Como
yo te he querido, desengáñate…
Y esos tres puntos suspensivos que se habían
convertido en una marea de comprensión.
– No
todos somos capaces de dejar atrás los mandatos, las imposiciones de la
sociedad, Fernando. Y una hija es un regalo que te dio la vida. Ojalá yo
hubiera podido…
–
Gracias, profe. Gracias, Román. Siempre me estás enseñando. Qué es lo
importante, qué es la generosidad
– No
digas boludeces, gallego. Así que tengo una especie de ¿”sobrina”? Me
encantaría conocerla
– Y
a mí, profe. Es una niña muy especial…
– Si
sale al padre…
El discreto golpe en la puerta me provoca un
respingo. Consulto aterrado el reloj. No, todavía no puedes ser tú. Tanto
fantasear me ha hecho perder la noción del tiempo.
El botones me entrega un paquete y me sonríe.
– Ha llegado esto para usted
Rasgo apresurado el papel. Una edición preciosa
de las Rimas de Bécquer y tu letra, esa que trazabas en la pizarra mientras la
tiza flotaba en el aire, llenando la primera página.
“Por
un beso, yo no sé, lo que diera por un beso.
Para
Fernando, tantas veces esperado. Tantas veces aborrecido. Siempre, amado. De tu
profe, que en un rato podrá abrazarte al fin.”
Abrazo el libro y te abrazo y me recuesto sobre
la cama enorme y lloro, y río, y agradezco a la vida que me haya dado la fuerza
de darle al enter cuando te envié aquella solicitud de amistad tres o cuatro
meses atrás.
Nunca bebo. Menos aún algo tan fuerte como el
whisky que me serví mientras releía una a una las rimas que sé de memoria.
Comprobando si alguna palabra difería de mi versión, esa que internamente me recita tu voz. No,
está todo en orden. Las rimas no han cambiado, yo he cambiado, pero las rimas,
no.
De tanto mirar el reloj y calcular el tiempo
que te llevará recoger el equipaje, coger un taxi en el aeropuerto y llegar
hasta la puerta del hotel, me he quedado dormido.
No he escuchado el sonido insistente de tus
mensajes de Whatsapp, y me despierto sobresaltado con el timbre estridente del
teléfono de la habitación. Suena como sonaban entonces los teléfonos de
campanilla, taladrando mis sienes doloridas. Me incorporo de golpe con el
corazón desbocado.
Me lleva unos segundos entender que estoy
tumbado sobre la cama del hotel Bécquer, con la ropa arrugada, el pelo de punta
y la lengua pastosa con la que contesto.
– Dígame…
– Señor Ramírez, en recepción una persona
pregunta por usted.
Me pongo de pie y tiro el teléfono al suelo en
el impulso. Tengo que ducharme, no puedo dejar que me veas así…
– Dígale que en un momento bajo
– Creo que tiene prisa, señor. Acaba de decir
que mejor sube él y ha ido hacia el ascensor. ¿Quiere que avise a seguridad?
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