¿Y tú me lo preguntas? – Finalista IV Premio Ciudad de Sevilla

¿Y tú me lo preguntas? – Finalista IV Premio Ciudad de Sevilla

Volverán las oscuras golondrinas, pienso mientras el AVE va entrando en Santa Justa.  La mujer que va sentada frente a mí, teclea imperturbable en su portátil. El hombre calvo a su lado, que durante todo el viaje ha roncado intermitentemente, abre los ojos y consulta el reloj. Son las nueve menos cinco de la mañana y creo que el ochenta por ciento de los ocupantes de mi vagón, vienen a Sevilla por trabajo.

En cambio yo, llego fantaseando con golondrinas. Como si el tiempo no fuera un eje que se desliza implacable por nuestras vidas, y no me separaran más de treinta años de aquellas clases en que nos recitabas a Bécquer.

Tus manos volaban mientras caminabas entre los pupitres. Algunos te miraban con mirada vacía, otros, apenas disimulaban una risita burlona. En cambio yo, cerraba los ojos y escuchaba tu voz grave envolverme, acunar mis  fantasías, plegarse y desplegarse dentro de mí. Y no me preguntaba qué era la poesía, porque la poesía eras tú.

Todo esto pienso mientras la gente empieza a ponerse en pie, y el pasillo se llena de piernas inquietas, maletas rescatadas desde el portaequipajes, mensajes apresurados de Whatsapp  y esa expectativa con que los humanos esperamos que los acontecimientos más triviales y seguros ocurran.

Cuando el tren se detenga, se abrirán las puertas, y todos nos apresuraremos a salir a la atmósfera cálida de Sevilla, que nos recibirá diáfana en una mañana de junio. Sabemos que así será. Pero no por eso dejamos de chasquear las lenguas si la espera de unos minutos se nos hace eterna.

Eternos son los días que he dejado pasar desde entonces. Desde aquel diciembre en que me entregaste ese papel enrollado que me habilitaba a seguir mi camino. Cuando mi camino debió ser,  ahora lo sé, permanecer en el tuyo.

Que la vida me cruzara de hemisferio y de continente, fue algo no planeado. Un conjuro de lunas oscuras y románticas leyendas, que me hicieron pensar que una vez tomada la distancia necesaria, podría por fin ser realmente yo.

Y debí saber, que no es la distancia la que te permite reconocerte en un espejo. Porque los espejos funcionan igual en España que en Argentina. Se empeñan en devolverte siempre la misma figura, y si la sigues mirando con los mismos ojos, no habrá diferencia perceptible.

Pero creí que no. Que alejarme de la gente que me conocía, incluso de ti, me ayudaría a sacarme el disfraz que me había acompañado durante toda la vida.

La marea de pasajeros me ha arrastrado de algún modo hacia la salida de la estación. Busco una parada de taxis, tal como hace años la busqué cuando decidí, como rezaban las pintadas de entonces en la ciudad, que la única salida de Argentina era Ezeiza. Sin darme cuenta de que lo que quería no era salir de Argentina, si no de mí. Tarea imposible, ya lo ves.

He vivido durante más de treinta años en España. Todos ellos, eludiendo el azar, el deseo, la necesidad de pisar Sevilla. Y hoy, gracias a ti o por ti, regreso. Como si este sitio, que nunca he conocido, fuera el mío en el mundo. Como si se pudiera regresar a un lugar en el que nunca se ha estado.

Sé que regreso porque durante aquellas clases, entre las paredes del aula de un instituto del gran Buenos Aires, he estado aquí. He estado en la Sevilla de Bécquer atravesando puentes detrás de rayos de luna. He escuchado el órgano de Maese Pérez y he volado, he volado con las alas de aquellas oscuras golondrinas que recitabas con tu traje azul marino, tu corbata impecable y el alma en los ojos, de pie junto a la pizarra.

Reconocerse es el trance más doloroso cuando te decides a ser tú. Y no vale aplazar el momento, ni buscar subterfugios que te alejen de la evidencia. Tarde o temprano tendrás que admitir quién eres y por qué estás intentando regresar a un sitio que tus pasos nunca han pisado aún.

– Hotel Bécquer – le indico al taxista. Y me regodeo en lo acertado y simbólico de la elección que hemos hecho al planificar este encuentro.

Alzo la vista contemplando los edificios que me reciben hidalgos, erguidos, elegantes, tal como tú cruzabas la clase de punta a punta sin reparar en la mirada arrebatada con que yo observaba cada uno de tus movimientos.

Es la expectativa la que me estruja el estómago. Yo no soy quien era entonces, ni espero que tú lo seas. Pero me da miedo decepcionarte, como ahora sé que te decepcioné hace tanto tiempo al no ser capaz de enfrentarme a la realidad.

– Entiendo que eran otras épocas y vos… – me has tratado de justificar en una de nuestros interminables chats. Y yo agradecí que mi profe, como cariñosamente te he llamado desde el reencuentro virtual, tuviera esa cualidad tan importante en un buen docente: la empatía. Sin embargo, sé que te ha dolido mi huída, te han dolido mis años de silencio, mi forma obcecada de cerrar los ojos e intentar olvidar.

Mi vida es un erial,

flor que toco se deshoja

Como si hiciera falta tener abiertos los ojos para verse por dentro. Como si la esencia de lo que eres no fuera contigo aunque te mudes a doce mil kilómetros y dejes de leer poesía, y de escribirla. Y te perfumes con fragancias masculinas, y te centres en hacerte un sitio en la jungla de los mercados financieros.

Mientras el aire en su regazo lleve

perfumes y armonías;

mientras haya en el mundo primavera,

¡habrá poesía!

El coche se ha detenido y observo la majestuosa fachada del hotel. No estoy preparado para verte aún, me digo. Treinta años, un divorcio, dos intentos de suicidio y una hija después, ¿no estoy preparado para verte aún?

Claro que lo estoy, solo que dilato el momento, como aquel personaje de Los árboles mueren de pie, que daba vueltas y vueltas a los sobres de las cartas esperadas antes de abrirlos. Para  disfrutar de la expectativa, para estirar el momento de la primera lectura que siempre sería fugaz y atropellado. Sabiendo que iría desde la primera línea hasta la firma y despedida final a trompicones, saltando renglones, leyendo en diagonal, buscando indicios que le confirmaran que el amor seguía vivo.

Recuerdo cuando leímos esa obra y tus manos otra vez explicándolo todo, tu sonrisa eclipsando la luz que entraba por los ventanales del aula, y mis ojos ávidos leyéndote, como si tú fueras la carta tan esperada.

Pago el taxi y camino hacia la recepción. Sé que todavía no habrás llegado, que tu avión aterrizará en tres horas. Y eso me da cierta liviandad en el andar, es como si un par de paréntesis me protegieran del abismo. Porque sé que volver a verte será como un salto al vacío. Que a último momento, puede que el vértigo me eche hacia atrás. Pero no, no hemos llegado hasta aquí para salir huyendo, me repito casi en voz alta.

El recepcionista me pregunta si prefiero una habitación en el ala más tranquila del hotel, y contesto que sí con una secreta sonrisa. Claro que necesito tranquilidad. Para nervios, ya tengo yo un equipaje completo que me he traído desde casa.

Mientras voy hacia el ascensor, observo las golondrinas suspendidas desde el cielorraso de la cafetería del hotel. Aquellas que aprendieron nuestros nombres

¿Sos vos, Fernando? ¿mi alumno del Padre Gallegos?

– Sí, soy yo, profesor. Pensé que no se acordaría de mí.

– Claro, que me acuerdo. Cómo no me iba a acordar. Pasaron treinta años, Fernando. ¿No te parece que podrías llamarme por mi nombre y tutearme?  

Primera sonrisa de una cadena interminable de ellas. De confesiones trasnochadas salvando la diferencia de cinco horas. De madrugadas compartidas escribiendo frenéticamente en un teclado.

He sido yo el que te ha buscado, pero tú me has estado encontrando todo este tiempo sin decírmelo. Esperándome. Deseando que algún día me decidiera a ser yo.

Empezamos a planificar este encuentro la noche en que me confesaste que te habías emborrachado por única vez en tu vida, luego de mi acto de graduación. Cuando te acercaste para decirme que no me fuera, que querías hablar conmigo, y yo, incómodo, te rechacé con una sonrisa torpe y unas excusas más ridículas aún.

¡y entonces comprendí por qué se llora,

y entonces comprendí por qué se mata!

Tú sabías lo que querías decirme, y yo lo sabía. Porque era un joven aterrado ante la perspectiva de dar un paso que me empujaría al rechazo de todo mi entorno, pero no era tonto. Podía percibir perfectamente la corriente que fluía entre nosotros. Pero creía, gracias seguramente a tantos años en colegios de curas, que eso que me hacías sentir estaba mal, que era sucio, que era abominable.

¡Llora! No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves; yo soy un hombre… ¡y también lloro!

– ¿Y a qué edad saliste del armario al fin? – preguntaste una noche después de intercambiar confesiones y deseos que habíamos guardado demasiado tiempo. ¿Y tú me lo preguntas?, pensé. Porque yo supe quién era gracias a ti.  Pero no supe cómo decirte que nunca había terminado de salir. Que mi familia en Argentina, no sabe quién soy. Solo un buen hijo que regresa para navidades  a atiborrarse de Vitel Toné y turrón de Alicante con treinta y cinco grados a la sombra. Que estando a miles de kilómetros llama regularmente para decir que está bien, que con mucho trabajo, que la niña…

– ¿Tenés una hija, Fernando??? ¿De verdad me estás diciendo que tenés una hija?

– Sí, Lucía tiene 22 años. Y vive con su madre desde que nos separamos, cuando tenía 3.

– …

Tres puntos, tres eternos puntos que iban y venían indicándome que estabas escribiendo, borrando, volviendo a escribir. Y yo, con el alma en vilo, temiendo leer palabras de rechazo, de reproche, de incomprensión. Pendiente de esos tres puntos titilantes, como si en ello se me fuera la vida. La vida que había empezado a soñar desde el momento que habíamos iniciado ese juego de encuentros virtuales, de intercambio de historias vitales a través de la fibra óptica.

La habitación es amplia y clara. Me gusta ese aire minimalista y a la vez acogedor. Miro la cama matrimonial con respeto. Sin animarme a sentarme en ella. Abro la maleta y empiezo a sacar camisas para intentar que se arruguen lo menos posible. Las cuelgo en la mitad izquierda del armario y abro el minibar. Creo que necesitaré una copa.

Estoy aterrado. Como si fuera mi primera vez. Y tal vez, de algún modo lo sea. Porque es la vez que debió ser la primera si no hubiera sido por mi cobardía. ¿Y si me dejas plantado? ¿Y si todo esto no es más que una parte de un plan de venganza perfectamente trazado?

Intento centrarme en tus palabras siempre cargadas de cariño, en tu voz cálida que después de muchos devaneos nocturnos, me permitiste escuchar al teléfono. Tal como yo la recordaba. Mucho más cascada, insistías tú. No, profe, no. Recítame Bécquer, por favor. Estás hecho un gallego, Fernando. Un verdadero gallego. Me encanta tu acento. Y yo ruborizado. Venga, profe, algo de Bécquer… Como yo te he querido, desengáñate

Y esos tres puntos suspensivos que se habían convertido en una marea de comprensión.

No todos somos capaces de dejar atrás los mandatos, las imposiciones de la sociedad, Fernando. Y una hija es un regalo que te dio la vida. Ojalá yo hubiera podido…

– Gracias, profe. Gracias, Román. Siempre me estás enseñando. Qué es lo importante, qué es la generosidad

– No digas boludeces, gallego. Así que tengo una especie de ¿”sobrina”? Me encantaría conocerla

– Y a mí, profe. Es una niña muy especial…

– Si sale al padre…

El discreto golpe en la puerta me provoca un respingo. Consulto aterrado el reloj. No, todavía no puedes ser tú. Tanto fantasear me ha hecho perder la noción del tiempo.

El botones me entrega un paquete y me sonríe.

– Ha llegado esto para usted

Rasgo apresurado el papel. Una edición preciosa de las Rimas de Bécquer y tu letra, esa que trazabas en la pizarra mientras la tiza flotaba en el aire, llenando la primera página.

“Por un beso, yo no sé, lo que diera por un beso.

Para Fernando, tantas veces esperado. Tantas veces aborrecido. Siempre, amado. De tu profe, que en un rato podrá abrazarte al fin.”

Abrazo el libro y te abrazo y me recuesto sobre la cama enorme y lloro, y río, y agradezco a la vida que me haya dado la fuerza de darle al enter cuando te envié aquella solicitud de amistad tres o cuatro meses atrás.

Nunca bebo. Menos aún algo tan fuerte como el whisky que me serví mientras releía una a una las rimas que sé de memoria. Comprobando si alguna palabra difería de mi versión,  esa que internamente me recita tu voz. No, está todo en orden. Las rimas no han cambiado, yo he cambiado, pero las rimas, no.

De tanto mirar el reloj y calcular el tiempo que te llevará recoger el equipaje, coger un taxi en el aeropuerto y llegar hasta la puerta del hotel, me he quedado dormido.

No he escuchado el sonido insistente de tus mensajes de Whatsapp, y me despierto sobresaltado con el timbre estridente del teléfono de la habitación. Suena como sonaban entonces los teléfonos de campanilla, taladrando mis sienes doloridas. Me incorporo de golpe con el corazón desbocado.

Me lleva unos segundos entender que estoy tumbado sobre la cama del hotel Bécquer, con la ropa arrugada, el pelo de punta y la lengua pastosa con la que contesto.

– Dígame…

– Señor Ramírez, en recepción una persona pregunta por usted.

Me pongo de pie y tiro el teléfono al suelo en el impulso. Tengo que ducharme, no puedo dejar que me veas así…

– Dígale que en un momento bajo

– Creo que tiene prisa, señor. Acaba de decir que mejor sube él y ha ido hacia el ascensor. ¿Quiere que avise a seguridad?

– No. No hace falta. No hace falta…

¿Quién unió la tarde a la mañana?

Lo ignoro; sólo sé

que en una breve noche de verano

se unieron los crepúsculos, y… «fue».

Domínico por la tardidad

Domínico por la tardidad

Todo repurgió sin precursorias. Nada hacía superiscar que la tragipedia pudisiera estarse tan acercada.

Domínico por la tardidad, las caricondias de semprere de regresereo a la citadina. Los tapergüeres con las comendidas de las mamamas descansonan en los partoepiquejos, los jovenicios dorminan la simia en sus asenticos, aunque se han prometicado repasoniar los apuntenicos de la facultativa.

El caballeronte de bigotencio lee el periódico asalmonoso con rostrico concéntrico. Mañanda deberá discuticar un asuntico de gran colado con los dibrectivos de su emprusa. Hurga entre las paginicas asalmonosas para encontricar un argumentoso al que no podierán opositarse. Necesita que aprobacionen su apropostura. Y lo consecutirá. Cuestose lo que cuestose.

La rubipamelosa de la sexta fila, lo observica a travesiendo del pasillo. Lo visiona todos los domínicos, coincidicen semprere en el mismo autobúsico. Él, no parece notificar sus insisténticas mirádicas. Pero ella, cada domínico se arregla con esmeroso por las dúdicas. Alguna vez consecutirá llamaronear su atención.

A su vez, la rubipamelosa es observasicada por el comercial de segúricos que regresera al trabajondio dejando en casa a su mujerica y a sus cincosos retoñados. Es de los pocos que se alegrondia de volverizar a las ocupandias. Por una semánica tendrá liberacidad, sin controles horáricos y circuncionando sus explicaturas a unos cuánticos y oportunosos guasapos.

La rubipamelosa viaja todas las semánicas en su autobúsico, y la tiene muy observasicada. Maquilladona y repeinada de peluquesia, alterna escotopios avertigados  con prietas camisetadas que no dejan muchico a la imaginoncia. Y el comercial, la tiene afrondada y calenturosa.

Hoy, se ha decidido: consecutirá su telefónico. Se pone en pédico y avanzonica por el pasillo con intenciosa de entablonar con ella una charla casualípica. Está por llegar a su lado, cuando el movílico suenoquea en su bolsillo. Es el tónico de su mujerica. Sabe que si no la atendina, no dejará de insisticar y luego deberá dar miles de explicaturas. Por eso se deteniona en seco y vuelve a su asentico. Su vecínico lo mira reprochante. El comercial tiene ventanillada y debe ponerse de pédico otra vez para dejarlo pasoniar.

Mientras el comercial asosiega los reclamos de su mujerica, su vecínico repara en la rubipamelosa. Gracias a que el comercial lo ha despertoniado puede observasicar a la dámica. Y le gusta lo que ve, tanto como lo que imaginondia. Decidido, deja al comercial enredesoniado en su conversapendia y se acercandasa a la rubipamelosa.

El comercial, que no deja de observicarlo, no sabendiona lo que su vecínico le dice a la rubipamelosa, pero sí que ella asentina y sonrisona. Entonces inventa un tunelopio próximo para justificar ante su mujerica que la comunicanda está a punto de cortosionarse y se va tras su vecínico decidido a poner las cósicas en su lugariente.

La rubipamelosa habla animada con su vecínico. A él, se le desvía la miradandia hacia esa parte de la anatominia de ella que tantas fantasiosas ha procaciado en nuestro comercial, que sin poder evitanciarlo se abalanciona hacia su vecínico de asentico y sin medicionar explicacionosas, le asesta una trompádica en plena sien derecha. El vecínico se bamboleona y para no caer rodándico en pleno pasillo, se coge de una bólsica cuya asa colgandia desde el portaequipejo. El contendido de la bólsica cae de lleno sobre las cabezondias de algunos pasajéricos y sobre el vestido ajustindiano de la rubipamelosa. Se defimunisa en pequeñas partículas para repartigarse entre más pasajéricos de lo que pareciera posibilesco. Tres tapergüeres repletosos de comendidas caseriosas quedan vacíos labioabajo en el pasillo. Y las lentéjicas, las albondigosas, la fabadónica y la tortillosa, como un mapa de la gastronomía española, se reparte sobre ropas y cabezondias.

El comercial acusa a su vecínico de haberlo hecho adredonde. Las mujéricas gritonan, los pasajéricos se arremilonan junto al comercial y el vecínico arremete a trompádica limpia contra él.

La rubiopamelosa tiene un batido de lentéjicas y tortillosa a modo de mascarilla sobre el pelo. Y es en esa situación en que por primiresca vez, el caballeronte de bigitencio la mira. Después de tanto tiempo esperando ese momentico en que él pausara su mirádica sobre ella, para sonreisirle desuctora, solo atina a garlearse a lloripondear trepitosamente. 

El conductoncio no tiene más medicamentoso que detener el autobúsico en el primigénico sitio que encontrona. Pero eso no detiene la batállica campal que se ha desatoniado en su interiorez.

El resultádico desfinal es de tres contusionados, varias mujéricas con ataquensios de ansidiedad, y algunos jovenicios ébricos, aunque se superisca que estos últimos ya han abordinado en ese estádicp el autobúsico.

Después de que los ambuláncicos atienden a algunos pasajérico, la policialoncia toma declaradiciones a todos y detenciona a un par de ellos, el viaraje puede contininuar.

Cuando llegamos a la citadina es de madrugadonia. Las lucientes se dibrujan como cintas abrillantosas a travesiendo de las ventanilladas. Somnopíferos y arropadisos por el olor de las viandangas desparromimadas, da mucha pénica tener que apenorearse.

Rigor mortis en «A voz en cuento»

Rigor mortis en «A voz en cuento»

En estos días he tenido el honor de que José Jesús Rueda acogiera en su casa de «A voz en cuento – Literatura con los ojos cerrados» mi relato Rigor mortis.

Un relato que me ha dado muchas alegrías, a las que ahora se suma una más. La de escucharlo estupendamente narrado por la voz de José Jesús.

En este link podéis escucharlo: Rigor mortis en A voz en cuento

¡Muchas gracias por este regalo, José Jesús!

Bruma, reina de los mares

Bruma, reina de los mares

No creo que pueda pedirse algo mejor, murmuró el pirata atisbando el horizonte. Un majestuoso galeón se había puesto inocentemente a tiro de cañón. Su experiencia le indicaba, que dada la ruta que seguía, y la época del año, había una alta probabilidad de que estuviera cargado de exquisitas especias y sedas.

Bajó el catalejo y escrudiñó la cubierta. Nada. Parecía abandonado. Una trampa elemental. La tripulación del barco acechado permanecería oculta para intentar sorprenderles durante el abordaje. Ordenó a los suyos mantenerse alerta y esperar. El atardecer sería el momento propicio para actuar.

Arriaron las velas, echaron el ancla y despejaron las bodegas para hacerle sitio a la nueva carga.

Mientras esperaban, procuró mantener bajo control la impulsividad de sus hombres que pugnaban por acercarse y proceder de inmediato. Sabía que tantos días en altamar, les alteraba hasta el punto de convertirles en una especie de bestias rabiosas que sólo pensaban en matar, robar, y festejar luego, bebiendo hasta el amanecer.

El primer grupo de guardia tomo posiciones a estribor, que era el punto que mayor visibilidad tenía. Cierto era que una estrecha franja del galeón quedaba fuera del alcance de sus catalejos. Pero más no podían hacer.

Si algo sabía el capitán, era esperar el momento propicio. No fue necesario hacerlo durante mucho tiempo. A las pocas horas, uno de sus hombres, dio la señal de alerta. Algo se movía lentamente en ell galeón.

Era cierto que la quietud parecía casi intacta. A excepción de una tela oscura y una soga que se movían como reptando sobre la cubierta.

Estaban planeando algo. Tal vez no fuera tan buena idea dejarles tanto tiempo para pensar. Había que actuar.

En cuestión de minutos toda su tripulación estaba preparada en cubierta. Llevaban tiempo trabajando juntos y no necesitaba detallar la maniobra para que la ejecutaran a la perfección.

Mientras sus hombres actuaban, el pirata observaba por el catalejo. Demoraron más tiempo del esperado en tomar el galeón. Cuando estaba empezando a preocuparse, se hicieron visibles levantando los puños en señal de triunfo. Sólo arrastraban a un prisionero con ellos.

Al poco tiempo, lo tenía enfrente. Y no era un prisionero, era una prisionera.

—Estaba sola —explicaron aún confundidos —Dice llamarse Bruma. Y tuvimos que emplearnos a fondo para poder con ella.

— ¿Y el botín?

—El mayor de todos los que hemos conseguido hasta ahora.

El pirata sonrió satisfecho mientras observaba a la mujer, que a pesar de tener las manos atadas a la espalda, lo miraba desafiante.

— ¿Así que Bruma?

La mujer no respondió. Sólo permitió que una sonrisa burlona se le asomara a los labios.

Hizo que la condujeran a la plancha. Ella se negó a caminar, retándolo a matarla si era tan valiente como para hacerlo.

Bastó con mirarla a los sugerentes ojos para entender el origen de su nombre.

—Venga, Bruma. En el agua tal vez tengas alguna posibilidad de salvarte. Si es que los tiburones se apiadan de ti…

—Mátame, bravucón —contestó con voz firme. Como si no estuviera entre la espada y la pared. Como si en verdad supiera que tenía una escapatoria clara.

—Eres valiente. Pero eso no alcanza. Camina por la plancha si no quieres conocer el frío de mi espada

—Pues si tú eres más valiente que yo, peleemos en igualdad de condiciones. Suéltame y dame una espada. Veremos quién gana.

Él sonrió fascinado. La mujer tenía agallas. Le gustaba.

—Tendrás que poder conmigo y con todos mis hombres

—Lo intentaré

Los hombres empezaron a vociferar a sus espaldas.

—Libérela, capitán…. Queremos un poco de diversión… La chica está como para comérsela…

Él la miró hechizado. Ella no temblaba ni bajaba la mirada.

No quería que se convirtiera en carnada de esa banda de energúmenos. Prefería matarla él mismo y sin pensarlo más.

—Avanza, Bruma. Estarás mejor en el agua que aquí. Estos tipos son unas bestias, y si les doy vía libre serían capaces….

Ella no respondió. Sólo se movió un poco hacia atrás, como tomando impulso y le escupió directamente a los ojos.

Cogió al pirata tan desprevenido, que tambaleó momentáneamente cegado, y a continuación intentó limpiarse sin éxito restregándose los ojos con la mano del flamante garfio. Torpeza que le dejó ciego justo antes de que ella le diera un suave empujón para hacerlo caer desde la plancha a las encrespadas olas.

Los hombres se alarmaron. Algunos se tiraron al agua intentando socorrer a su capitán. Otros se mantuvieron en cubierta mirando incrédulos a la mujer que con las manos atadas, había podido con un viejo y curtido lobo de mar.

La mujer aprovechó el momento de confusión para ponerse a salvo en cubierta.

Los cuatro hombres que no estaban en el agua intentando escapar de los tiburones, miraban sobre la borda, sin saber qué hacer para ayudarlos. Un par de ellos les tiraron una cuerda mientras los otros dos, seguían contemplando a la mujer maniatada como si se tratara de una aparición.

Ella avanzó firme hasta ponerse frente a ambos y extendió sus manos:

—Necesitáis ayuda. Cortadme estas correas.

Los gritos desesperados de sus compañeros llegaban desde el agua.

Uno de ellos, hipnotizado, liberó a Bruma.

Bruma se puso al mando de inmediato. Lograron salvar a toda la tripulación a excepción del capitán que arrastrado por el oleaje había quedado a la merced de unos cuantos tiburones.

Los hombres, exhaustos, se derrumbaron en cubierta.

Ninguno de ellos se opuso cuando Bruma dispuso pasar la noche en altamar para al amanecer, remolcar su galeón hasta el puerto más cercano.

Allí vendieron ambas naves junto con su carga y zarparon en una nueva y poderosa embarcación con provisiones suficientes como para pasar una larga temporada en altamar.

Fue así como nació el famoso mito de Bruma, reina de los mares.

 

 

Demasiado viejo

Demasiado viejo

Primer premio de la modalidad Narrativa en los Premios literarios José Román Grima

Lucas tiene dos papás. Lo dijo en clase y todos los niños reímos porque Juan, el que a todos nos encuentra motes y defectos, comenzó a reír golpeándose la tripa con la mano y echándose hacia atrás en la silla, como si no pudiera parar.

Cuando Juan hace eso, todos reímos un poquito, aunque no entendamos la broma, cuidando de hacerlo del lado de la cara que él te puede ver, para que después no tome represalias.

Pero aquella tarde, la profe nos miró enfadada. Con esa cara que solo pone cuando se enfada de verdad y no cuando se está haciendo la enfadada para hacernos callar. Las risas fueron apagándose y Juan se quedó como suspendido en el aire en medio de una carcajada.

– Gutiérrez, con esta nota a dirección – dijo la profe y lo hizo salir de clase.

Luego nos miró a todos como si fuéramos burros de esos con orejas larguísimas y le pidió a Lucas que repitiera lo de sus papás.

Entonces, él insistió en que tiene dos papás. Uno se llama Arturo y es profesor de niños más mayores y el otro se llama Tomás y es cocinero en un restaurante.

Al principio sentí pena por él. ¡Tener dos papás que lleguen a casa enfadados y te manden a tu cuarto para poder gritarle a tu mamá cosas horribles! Pero después, cuando la profe se lo preguntó, Lucas dijo que no tenía mamá, pero que no necesitaba una mamá porque ya tenía dos padres muy buenos con él.

La profe dijo que no todas las familias son iguales, que algunas tienen mamás y papás, otras tienen sólo uno de ellos, otras no tienen ninguno, y otras como la de Lucas, tiene dos mamás o dos papás.

Luego seguimos con la clase, pero yo me quedé mucho rato pensando en todo aquello. Como cuando la profe nos enseña  palabras nuevas en inglés y yo las sigo repitiendo bajito aunque ya estemos en la siguiente hora, para no olvidarlas.

En el recreo, invité a Lucas a jugar conmigo al ping pong. Esa semana nos tocaba usar las mesas de atrás de las pistas. Lucas llevaba poco tiempo en el cole y aún no tenía amigos. Yo llevaba mucho tiempo, y tampoco los tenia.  Por eso, desde aquel día nos hicimos inseparables.

El papá que siempre venía a buscarlo a la salida, era su papá Tomás. Terminaba de trabajar en el restaurante y venía a recogerlo. Lucas decía que su papá cocinero le preparaba unas meriendas riquísimas. Y a mí me daba envidia, porque yo no había visto a mi padre tocar nada en la cocina jamás. Solo levantaba las tapas de las ollas y decía que esto se estaba pasando o que a aquello otro le faltaba sal.

Aunque a mí me daba un poco de corte hablar con Lucas sobre su familia, él siempre me contaba cosas que me hacían sentir envidia. Que mientras un papá le ayudaba con los deberes, el otro ponía la lavadora. O que mientras uno se ocupaba de la cena, el otro jugaba con él al Ahorcado. Y no era siempre el mismo. En su casa se turnaban para hacer todas las tareas. Y él mismo tenía asignadas algunas de las que era responsable.

Yo llegaba a casa y la veía a mamá, siempre ocupada, siempre corriendo para tener la cena lista, y la comida que papá llevaría al trabajo al día siguiente, para poner lavadoras, planchar, fregar platos. Y no lo entendía. Un día me ofrecí a pelar patatas. Otro a poner la mesa, y así poco a poco, fui teniendo algunas responsabilidades que me hacían sentir importante.

Pero cuando papá llegó un día del trabajo y me vio limpiando el pasillo, puso el grito en el cielo:

– ¿Qué hace este niño? ¿Desde cuándo le obligas a trabajar para poder escaquearte, descarada? ¿No sabes que estas no son cosas de hombres?

Mi madre no dijo nada. Me quitó la fregona de las manos y con una súplica en los ojos me pidió que me fuera a mi cuarto.

Aquella, como tantas noches, no hubo cena. Mi madre me alcanzó un vaso de leche tibia con unas galletas, cuando todo hubo pasado y como siempre se cuidó muy bien de que yo viera sus ojos llorosos y no sé qué más.

Al día siguiente se lo conté todo a Lucas. Después de todo, era mi mejor y único amigo. Lucas me miró asombrado y me consoló a su manera. Pasándome un brazo sobre los hombros y diciéndome que todo aquello tenía que cambiar.

Desde entonces hemos pasado a ser los maricas de la clase. Así nos conocen en todo el cole. Creo que no sé bien bien lo que significa marica. Supongo que piensan que Lucas me gusta y que quiero ser su novio. Pero la verdad es que Lucas es mi amigo y está a mi lado en esto pase lo que pase.

Lo duro no es que te señalen con el dedo y murmuren cuando estás cerca. Eso lo podríamos aguantar. A Lucas le pasaba eso antes aún de que nos pusieran ese apodo. Lo malo es que para poder pasar juntos el recreo tenemos que escondernos en alguno de nuestros sitios secretos, porque de otro modo no nos permiten ni hablar. Se forman corros en torno a nosotros, algunos escupen, otros nos arrojan restos de sus desayunos, y la mayoría se mofa pidiéndonos que nos besemos.

Lucas se lo ha contado a sus padres, pero yo no me animo a hacerlo. Sus padres han pedido cita para hablar con la directora. Y  mi madre ha terminado enterándose de todo por los cotilleos que circulan entre las madres a las puertas del colegio, mientras esperan que se haga la hora de la salida.

– ¿Por qué no me lo has contado? – ha sido lo primero que ha dicho de camino a casa. Las lágrimas le brotaban más rápido de lo que era capaz de enjugarlas.

– Lo siento, mamá.

Pensé que la había defraudado. Que nunca tendría que haberme hecho amigo de un niño como Lucas. Yo mismo había escuchado cómo un grupo de madres le decía al papá cocinero de Lucas, que lo estaban convirtiendo en un homosexual, como ellos. Había algo malo en él.  Y yo, le había fallado a mamá haciéndome su amigo.

– No tienes nada que sentir – me dijo ella. Y me abrazó – Yo también vendré a hablar con la directora.

-Yo… yo no he hecho nada malo….

– Ya lo sé, cariño. Ya lo sé… Solo te pido que de todo esto no digas ni una palabra a tu padre.

Eso significaba que en realidad sí había hecho algo malo. Porque no podía saberlo mi padre y además estaba haciendo que mamá llorara sin intentar disimularlo ya.

A menudo mi madre me pedía que guardara el secreto sobre algo que hacíamos o algo que me compraba y yo obedecía sin dudarlo. Pero aquella vez no bastó. Mi padre se terminó enterando igual. Algún padre de los que se cruzaba en el bar, se lo contó. O le contó algo parecido a la verdad.

Es que el asunto parecía haberse convertido en el cotilleo preferido de todos tanto dentro como fuera del colegio.

Al día siguiente, papá decretó que me encontraba enfermo y que no iría a clase hasta que no me mejorara.

Él mismo fue a hablar con la directora sin esperar a que le diera cita ni nada. Dijo que lo tendría que recibir sí o sí.

No sé qué pasó realmente. Ni mi madre creo que lo sepa porque se negó a ir con ella que insistía en acompañarlo para evitar que se pusiese nervioso. ¡Nervioso ya estoy!, vociferaba él. ¡Más que nervioso, furioso! ¿A qué clase de colegio mandas a tu hijo, eh? ¿Uno donde el libertinaje y la indecencia son la moneda corriente? ¿Cómo no va a querer el niño fregar suelos, si quien sabe qué ideas homosexuales la han estado metiendo en la sesera?

Solo sé que al regresar, papá dijo que les daba una semana para arreglar las cosas y que si no cumplían con lo que habían prometido se iban a enterar. Durante esa semana, yo seguí enfermo aunque no sabía qué era lo que tenía, porque me sentía bien. Confuso y triste, pero bien. No me dolía la garganta al tragar, ni la cabeza, ni los oídos… Tampoco la tripa. Pero tuve que quedarme en casa igual.

Echaba de menos a Lucas y su sonrisa tranquilizadora. Jugar con él y escucharlo contar ese libro que su papá Arturo estaba leyéndole cada noche.

Lo peor fue que al regresar al cole, cuando esperaba ansioso reencontrarme con él, supe que iba a seguir echándolo de menos por mucho tiempo. Lucas se había cambiado de colegio.

La profe me lo dijo antes de entrar, con cara seria y triste. Como si me estuviera anunciando una muerte.

– ¿Pero él está bien? – pregunté con voz temblorosa

– Sí, cariño. De seguro lo estará. Pero sus papás han decidido que le vendría bien un cambio

– Es una pena

– Es una pena, sí – repitió la profe. Y en sus ojos tristes vi que no lo decía por consolarme, sino porque lo sentía de verdad.

A pesar de que Lucas había marchado, las cosas seguían estando iguales para mí. Me seguían señalando, mofándose de la forma en que andaba, o de los colores de mi mochila, o de la ropa que llevaba. Y ni siquiera estaba mi amigo para escondernos juntos y reírnos de cualquier cosa, o jugar a juegos que solo a él se le ocurrían.

Estaba solo, intentaba esconderme en nuestros sitios secretos, pero en general no lo conseguía. Así que pasaba el recreo encerrado en el baño o sin salir de clase. Porque pisar el patio significaba que me pusieran zancadillas, me empujaran “sin querer” o me dijeran cosas horribles que no comprendía del todo.

No se olvidaban de Lucas, como tampoco me olvidaba yo.

Mi madre me había prometido que si ese trimestre traía buenas notas, me iba a dejar acercarme un día a su casa para saludarlo. Pero por más que yo lo intentaba y lo intentaba, las cosas no me estaban saliendo bien en clase. No recordaba lo que creía haber estudiado ni entendía todas esas cosas de geometría que a la profe se le había dado por explicar últimamente.

Los fines de semana, mi padre insistía en que debía salir con él a “hacer cosas de hombres”. Yo, que en otro tiempo hubiera estado feliz de que mi padre quisiera compartir tiempo conmigo, intuía que lo que intentaba era “desintoxicarme” de Lucas y sus buenos modales, sus palabras siempre precisas, su desbordante imaginación. Porque lo que tocaba hacer durante esos fines de semana era salir a andar por el monte de seis de la mañana a seis de la tarde (para regresar insolado y con agujetas de varios colores), o aprender a clavar un gusano en un anzuelo (qué asco me dio esa lección) o la peor de todas, acompañarlo a cazar.

Si ya traspasar al pobre gusanillo vivo con aquella punta metálica me había provocado pesadillas, lo de ver caer aves abatidas por los disparos ensordecedores de mi padre y sus amigos, me impidió dormir durante noches.

Las cosas no iban bien. El fin del trimestre se acercaba y las notas no mejoraban.

A veces, cuando estaba solo con mamá, le recordaba su promesa. Ella asentía sin mirarme y decía que haría todo lo posible. Pero que primero estudiara mucho. Que no me mirara no era buen síntoma. Eso hace siempre que tiene que mentirme. Aunque no quiera.

Una mañana me desperté con las piernas pesadas. No lograba sacarlas de la cama. Era como si dos menhires de esos que habíamos visto en la clase de historia, se me hubieran acomodado encima.

Quería obedecer a mamá que insistía en que tenía que levantarme a desayunar, pero no podía. Era como si la cama fuera todo lo que necesitaba para vivir. Y no tenía fuerzas para salir de allí.

Mi madre llamó al médico que dijo que no tenía nada. Que clínicamente estaba perfecto. Que tal vez estuviera incubando algo, y que estuviera atenta a los síntomas.

Pero los síntomas no cambiaban. Yo solo quería estar en mi cama. Y mientras me dejasen permanecer allí, me sentía un poco menos agobiado. Ni ganas de comer tenía. Y solo lo hacía para conformar a mamá.

Mi padre pronto decretó que evidentemente no tenía nada y que me estaba haciendo el enfermo para no ir al colegio. Que en vago e irresponsable había salido a mi madre. Así que una mañana me puso en pie y me obligó a vestirme golpeándome cuando hacía falta o sosteniéndome él mismo de las orejas o de cualquier otra parte de mi cuerpo que le quedara a mano.

Mi madre le rogaba que no me forzara, pero él no la escuchó. A las nueve en punto me depositó en la esquina del cole y me dijo que mejor que me comportara y que se había acabado la tontería. Luego arrancó el coche y se fue. Yo, me dejé caer hasta el bordillo de la acera y allí, hecho un ovillo empecé a llorar.

Mis compañeros pasaban a mi lado y me llamaban marica, algunos me escupían, otros simplemente se reían y la mayoría ni siquiera me miraba.

Yo envidié sus fuerzas, esas piernas que los llevaban como en el aire hacia la puerta del cole, cuando yo me sentía incapaz de ponerme en pie.

Al final lo hice, pero no entré al cole. Solo pensar en sentarme en la clase mientras unos me propinaban collejas y otros me pasaban papelitos arrugados cargados de palabras horribles, me provocaba náuseas.

Me encaminé inseguro hacia el parque cercano. Poco a poco me fue costando menos caminar. Pronto entendí que se debía a que tenía un objetivo. Dejé la mochila sobre un banco y me quité el abrigo. Y seguí caminando hacia la urbanización de los chalets. Sabía que allí vivía Lucas, pero no sabía en cuál de todas aquellos cientos de casas que descubrí en cuanto la observé desde el otro lado de la autopista.

Me seguí acercando. El puente que cruzaba sobre los coches era alto. Costaba mucho subir los cuatro tramos de escaleras, pero después de mucho esfuerzo lo conseguí. Ya arriba, viendo pasar los coches a toda velocidad bajo mis pies, me quité la camiseta. Sudaba. El suelo del puente era un enrejado de metal, y cuando los coches pasaban por debajo, se los veía un momento a través de los orificios, y se podía adivinar el color.

Tal vez no era que realmente lo adivinara. Sólo que mirándolos venir de frente hacia mí, sabía de qué color serían cuando pasaran por debajo de mis pies.

Me reí de mí mismo. Hacía mucho que no reía y pensé en Lucas, en que él era la única persona del mundo que sabía hacerme reír. Y que no iba a ser capaz de encontrarlo entre todos esos chalets uno igual a otro. Cada uno con sus jardines verdes detrás de las verjas altas que los ocultaban de la vista.

Seguí mirando los coches. Calculé la velocidad a la que pasaban contando cuántos segundos tardaban en recorrer un tramo que consideré serían unos quinientos metros.

Si mi profe supiera lo que había conseguido calcular yo solo y sin que nadie me pusiera un problema para resolver…

Lo de los coches y su velocidad, más que un problema era una solución, me dije.

La forma en que todo el mundo se sentiría tranquilo. En el cole nadie me echaría de menos. Mi padre se quitaría un gran peso de encima al no tener que lidiar con un hijo maricón. Y mi madre… mi madre se pondría triste al principio, pero después se daría cuenta de que era lo mejor para ella. Ya no tendría que mentir a mi padre para justificar mis tonterías y él, tendría muchas menos excusas para gritarle y decirle lo tonta que era.

Mi madre no es tonta, pensé, mientras me trepaba a las rejas de metal que formaban las paredes del puente. Las piernas me pesaban, pero podía con ellas. Tenía un objetivo. Mi madre no es tonta y lo entenderá. Seguí trepando. El sudor hacía que las manos se resbalaran pero me las sequé una a una en las perneras del pantalón. Un último esfuerzo, me permitió pasar uno de mis pies por sobre las rejas. Allí, sentado a caballito sobre el puente de la autopista el viento me daba en los ojos y los coches parecían pequeños. Como aquellos que yo hacía avanzar sobre la alfombra de mi cuarto cuando tenía cuatro o cinco años. Ya soy un viejo de once, me dije al entender que estaba pensando en mi infancia como pensarán los viejos en su juventud.

No tenía miedo. Todo parecía un sueño de esos de los que no te puedes despertar aunque sepas que lo son. Y todo pasa muy rápido, como los coches, que dejaban dibujada una casi imperceptible ráfaga de color a su paso. Algunos gritos intentaban que quitara la atención de ellos, pero yo seguía mirando sus colores cambiantes. El puente tembló cuando varios pies corrieron sobre él.

No quise mirar hacia las voces, ni escucharlas. Solo me concentré en el viento, en el sonido de los coches, en el asfalto gris. Y dejé de soñar.

Involuciones

Involuciones

Desde que un par de lejanos y respetables científicos nórdicos habían descubierto y probado la relación entre cefaleas e ideologías políticas, la mitad del mundo (la que vivía en democracia) se había tambaleado, mientras que la otra mitad permanecía embebida en sus propias escaramuzas, sin darse cuenta de nada.

Al principio, los partidos políticos se habían tomado el tema a la ligera, permitiendo que las cosas llegaran más lejos. Esta debilidad había sido detectada por los aprovechados de siempre quienes habían llegado a una rápida conclusión: si la gente dejaba de creer que tenía potestad sobre sus propias ideas, dejaría de tenerlas. Ya no habría ideales por los que luchar, valores que defender, pensamientos que construir y mantener.

La orientada campaña de comunicación había sido iniciada entonces por los tambaleantes gobierno de turno, a quienes les calzaba como anillo al dedo promover la inmovilidad,  y quienes hallaron en las conclusiones de los nórdicos científicos, sus tablas de salvación.

Pugnaban por difundir, bajo la imagen de hallazgo científico determinante para el futuro de la humanidad, la inacción. El “para qué involucrarse”, el “si al final la gente vota porque sí”. Si hoy le duele el lado derecho de la cabeza, votará conservadores, fascistas, capitalistas o progresistas. Si mañana les duele el izquierdo, votará a sindicalistas, obreros, comunistas. Un concepto que dieron en llamar Caprichosismo Morfológico Involuntario.

Recién cuando la maniobra comenzó a tomar visos importantes, el resto de los partidos políticos empezaron a ser conscientes de a qué tipo de enemigo se estaban enfrentando. Intentaron de inmediato contrarrestar el mensaje, pero el inmovilismo había calado hondo. Resulta tan fácil dejarse llevar cuando lo único que hay que hacer es flotar sin sentido, sin esfuerzo, que a eso pronto se acostumbra la gente.

Como siempre ocurre en estos casos, se enredaron en absurdas luchas internas, escaramuzas heredadas del pasado y giros bruscos de timón que sólo apuntaban a intentar ganarse el favor de la opinión pública.

Para complicar aún más las cosas, algunos medios periodísticos comenzaron a asegurar que la cura definitiva para las cefaleas y migrañas era un hecho consumado. Y que si los laboratorios no sacaban al mercado la parafernalia química que tenían diseñada y probada, era por cuestiones de índole ética. El fin de los dolores de cabeza significaría  el fin de la democracia. Si a la gente no le dolía la cabeza, no se inclinaría por ninguna de  las cada vez más escasas opciones disponibles. Y ya no habría votaciones ni soberanía ni poder de decisión.

El panorama era nefasto. O al menos eso percibían quienes aún no se habían dejado arrastrar por la propaganda y el tsunami de la comunicación de masas.

La revolución contra tan funestas perspectivas, se forjó, como suele ocurrir, en la clandestinidad.

Y no fueron los desorientados políticos, ni los reputados neurólogos, ni los poderosos dueños de los laboratorios quienes consiguieron rehacerse con el timón de la situación.

El movimiento se fue forjando en la calle, en los medios de transporte, en las esquinas, en las plazas, en los campos de fútbol, en las oficinas. Sin recursos económicos y sin influencia sobre los medios de comunicación, los revolucionarios empezaron a identificarse y a reconocerse de un modo muy visual. Se rapaban por completo, y justo en mitad del cráneo se realizaban una incisión que dividía la cabeza en dos, dejando a su vez visible y expuesta, parte del cráneo. Esto tenía un doble significado: equilibrio y mentalidad abierta.

Los craneoletas, que así empezaron a ser llamados, fueron poco a poco haciéndose fuertes en la sociedad. Y aunque las campañas con slogans ridículos y machacones seguían en marcha y se multiplicaban intentando contrarrestarlos, no lo conseguían.

El conflicto estaba servido. El gobierno comenzó a perseguir a lo que llamaban “hordas de bárbaros descabezados” sin ofrecer ningún tipo de garantía de justicia.

Los craneoletas, por su parte, no se quedaron detrás, y comenzaron a organizarse en células cada vez más violentas.

Durante décadas, la situación se mantuvo al borde del colapso. El gobierno retrasaba indefinidamente las convocatorias de elecciones, con la excusa del Caprichosismo Morfológico Involuntario, mientras que los cranoelatas intentaban debilitar su poder utilizando medios clandestinos de presión, y conductas que rozaban el terrorismo.

Cuando aquellos lejanos sabios nórdicos murieron, nuevas generaciones de  científicos, llegaron para refutar sus irrefutables y comprobadísimas teorías, como siempre ocurre en todas las ciencias.

Entonces, ahondando en nuevas líneas de investigación, se descubrió una relación incuestionable entre la ideología política y la longitud de las alas que llevábamos sobre nuestras espaldas.

¿Qué no sabéis de qué alas os hablo? Perdón. Esa es otra larga historia, que creí que conocíais ya.

Recién ahora caigo en que ya no quedan vivas generaciones que hayan sido testigo de nuestras habilidades aerodinámicas. Una verdadera pena. Fue aquella una época gloriosa para la humanidad.

Pero desafortunadamente, a partir de que las alas y la política se mezclaron, la raza humana perdió su capacidad de volar.

 

A %d blogueros les gusta esto: