Volverán las oscuras golondrinas, pienso mientras el AVE va entrando en Santa Justa.  La mujer que va sentada frente a mí, teclea imperturbable en su portátil. El hombre calvo a su lado, que durante todo el viaje ha roncado intermitentemente, abre los ojos y consulta el reloj. Son las nueve menos cinco de la mañana y creo que el ochenta por ciento de los ocupantes de mi vagón, vienen a Sevilla por trabajo.

En cambio yo, llego fantaseando con golondrinas. Como si el tiempo no fuera un eje que se desliza implacable por nuestras vidas, y no me separaran más de treinta años de aquellas clases en que nos recitabas a Bécquer.

Tus manos volaban mientras caminabas entre los pupitres. Algunos te miraban con mirada vacía, otros, apenas disimulaban una risita burlona. En cambio yo, cerraba los ojos y escuchaba tu voz grave envolverme, acunar mis  fantasías, plegarse y desplegarse dentro de mí. Y no me preguntaba qué era la poesía, porque la poesía eras tú.

Todo esto pienso mientras la gente empieza a ponerse en pie, y el pasillo se llena de piernas inquietas, maletas rescatadas desde el portaequipajes, mensajes apresurados de Whatsapp  y esa expectativa con que los humanos esperamos que los acontecimientos más triviales y seguros ocurran.

Cuando el tren se detenga, se abrirán las puertas, y todos nos apresuraremos a salir a la atmósfera cálida de Sevilla, que nos recibirá diáfana en una mañana de junio. Sabemos que así será. Pero no por eso dejamos de chasquear las lenguas si la espera de unos minutos se nos hace eterna.

Eternos son los días que he dejado pasar desde entonces. Desde aquel diciembre en que me entregaste ese papel enrollado que me habilitaba a seguir mi camino. Cuando mi camino debió ser,  ahora lo sé, permanecer en el tuyo.

Que la vida me cruzara de hemisferio y de continente, fue algo no planeado. Un conjuro de lunas oscuras y románticas leyendas, que me hicieron pensar que una vez tomada la distancia necesaria, podría por fin ser realmente yo.

Y debí saber, que no es la distancia la que te permite reconocerte en un espejo. Porque los espejos funcionan igual en España que en Argentina. Se empeñan en devolverte siempre la misma figura, y si la sigues mirando con los mismos ojos, no habrá diferencia perceptible.

Pero creí que no. Que alejarme de la gente que me conocía, incluso de ti, me ayudaría a sacarme el disfraz que me había acompañado durante toda la vida.

La marea de pasajeros me ha arrastrado de algún modo hacia la salida de la estación. Busco una parada de taxis, tal como hace años la busqué cuando decidí, como rezaban las pintadas de entonces en la ciudad, que la única salida de Argentina era Ezeiza. Sin darme cuenta de que lo que quería no era salir de Argentina, si no de mí. Tarea imposible, ya lo ves.

He vivido durante más de treinta años en España. Todos ellos, eludiendo el azar, el deseo, la necesidad de pisar Sevilla. Y hoy, gracias a ti o por ti, regreso. Como si este sitio, que nunca he conocido, fuera el mío en el mundo. Como si se pudiera regresar a un lugar en el que nunca se ha estado.

Sé que regreso porque durante aquellas clases, entre las paredes del aula de un instituto del gran Buenos Aires, he estado aquí. He estado en la Sevilla de Bécquer atravesando puentes detrás de rayos de luna. He escuchado el órgano de Maese Pérez y he volado, he volado con las alas de aquellas oscuras golondrinas que recitabas con tu traje azul marino, tu corbata impecable y el alma en los ojos, de pie junto a la pizarra.

Reconocerse es el trance más doloroso cuando te decides a ser tú. Y no vale aplazar el momento, ni buscar subterfugios que te alejen de la evidencia. Tarde o temprano tendrás que admitir quién eres y por qué estás intentando regresar a un sitio que tus pasos nunca han pisado aún.

– Hotel Bécquer – le indico al taxista. Y me regodeo en lo acertado y simbólico de la elección que hemos hecho al planificar este encuentro.

Alzo la vista contemplando los edificios que me reciben hidalgos, erguidos, elegantes, tal como tú cruzabas la clase de punta a punta sin reparar en la mirada arrebatada con que yo observaba cada uno de tus movimientos.

Es la expectativa la que me estruja el estómago. Yo no soy quien era entonces, ni espero que tú lo seas. Pero me da miedo decepcionarte, como ahora sé que te decepcioné hace tanto tiempo al no ser capaz de enfrentarme a la realidad.

– Entiendo que eran otras épocas y vos… – me has tratado de justificar en una de nuestros interminables chats. Y yo agradecí que mi profe, como cariñosamente te he llamado desde el reencuentro virtual, tuviera esa cualidad tan importante en un buen docente: la empatía. Sin embargo, sé que te ha dolido mi huída, te han dolido mis años de silencio, mi forma obcecada de cerrar los ojos e intentar olvidar.

Mi vida es un erial,

flor que toco se deshoja

Como si hiciera falta tener abiertos los ojos para verse por dentro. Como si la esencia de lo que eres no fuera contigo aunque te mudes a doce mil kilómetros y dejes de leer poesía, y de escribirla. Y te perfumes con fragancias masculinas, y te centres en hacerte un sitio en la jungla de los mercados financieros.

Mientras el aire en su regazo lleve

perfumes y armonías;

mientras haya en el mundo primavera,

¡habrá poesía!

El coche se ha detenido y observo la majestuosa fachada del hotel. No estoy preparado para verte aún, me digo. Treinta años, un divorcio, dos intentos de suicidio y una hija después, ¿no estoy preparado para verte aún?

Claro que lo estoy, solo que dilato el momento, como aquel personaje de Los árboles mueren de pie, que daba vueltas y vueltas a los sobres de las cartas esperadas antes de abrirlos. Para  disfrutar de la expectativa, para estirar el momento de la primera lectura que siempre sería fugaz y atropellado. Sabiendo que iría desde la primera línea hasta la firma y despedida final a trompicones, saltando renglones, leyendo en diagonal, buscando indicios que le confirmaran que el amor seguía vivo.

Recuerdo cuando leímos esa obra y tus manos otra vez explicándolo todo, tu sonrisa eclipsando la luz que entraba por los ventanales del aula, y mis ojos ávidos leyéndote, como si tú fueras la carta tan esperada.

Pago el taxi y camino hacia la recepción. Sé que todavía no habrás llegado, que tu avión aterrizará en tres horas. Y eso me da cierta liviandad en el andar, es como si un par de paréntesis me protegieran del abismo. Porque sé que volver a verte será como un salto al vacío. Que a último momento, puede que el vértigo me eche hacia atrás. Pero no, no hemos llegado hasta aquí para salir huyendo, me repito casi en voz alta.

El recepcionista me pregunta si prefiero una habitación en el ala más tranquila del hotel, y contesto que sí con una secreta sonrisa. Claro que necesito tranquilidad. Para nervios, ya tengo yo un equipaje completo que me he traído desde casa.

Mientras voy hacia el ascensor, observo las golondrinas suspendidas desde el cielorraso de la cafetería del hotel. Aquellas que aprendieron nuestros nombres

¿Sos vos, Fernando? ¿mi alumno del Padre Gallegos?

– Sí, soy yo, profesor. Pensé que no se acordaría de mí.

– Claro, que me acuerdo. Cómo no me iba a acordar. Pasaron treinta años, Fernando. ¿No te parece que podrías llamarme por mi nombre y tutearme?  

Primera sonrisa de una cadena interminable de ellas. De confesiones trasnochadas salvando la diferencia de cinco horas. De madrugadas compartidas escribiendo frenéticamente en un teclado.

He sido yo el que te ha buscado, pero tú me has estado encontrando todo este tiempo sin decírmelo. Esperándome. Deseando que algún día me decidiera a ser yo.

Empezamos a planificar este encuentro la noche en que me confesaste que te habías emborrachado por única vez en tu vida, luego de mi acto de graduación. Cuando te acercaste para decirme que no me fuera, que querías hablar conmigo, y yo, incómodo, te rechacé con una sonrisa torpe y unas excusas más ridículas aún.

¡y entonces comprendí por qué se llora,

y entonces comprendí por qué se mata!

Tú sabías lo que querías decirme, y yo lo sabía. Porque era un joven aterrado ante la perspectiva de dar un paso que me empujaría al rechazo de todo mi entorno, pero no era tonto. Podía percibir perfectamente la corriente que fluía entre nosotros. Pero creía, gracias seguramente a tantos años en colegios de curas, que eso que me hacías sentir estaba mal, que era sucio, que era abominable.

¡Llora! No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves; yo soy un hombre… ¡y también lloro!

– ¿Y a qué edad saliste del armario al fin? – preguntaste una noche después de intercambiar confesiones y deseos que habíamos guardado demasiado tiempo. ¿Y tú me lo preguntas?, pensé. Porque yo supe quién era gracias a ti.  Pero no supe cómo decirte que nunca había terminado de salir. Que mi familia en Argentina, no sabe quién soy. Solo un buen hijo que regresa para navidades  a atiborrarse de Vitel Toné y turrón de Alicante con treinta y cinco grados a la sombra. Que estando a miles de kilómetros llama regularmente para decir que está bien, que con mucho trabajo, que la niña…

– ¿Tenés una hija, Fernando??? ¿De verdad me estás diciendo que tenés una hija?

– Sí, Lucía tiene 22 años. Y vive con su madre desde que nos separamos, cuando tenía 3.

– …

Tres puntos, tres eternos puntos que iban y venían indicándome que estabas escribiendo, borrando, volviendo a escribir. Y yo, con el alma en vilo, temiendo leer palabras de rechazo, de reproche, de incomprensión. Pendiente de esos tres puntos titilantes, como si en ello se me fuera la vida. La vida que había empezado a soñar desde el momento que habíamos iniciado ese juego de encuentros virtuales, de intercambio de historias vitales a través de la fibra óptica.

La habitación es amplia y clara. Me gusta ese aire minimalista y a la vez acogedor. Miro la cama matrimonial con respeto. Sin animarme a sentarme en ella. Abro la maleta y empiezo a sacar camisas para intentar que se arruguen lo menos posible. Las cuelgo en la mitad izquierda del armario y abro el minibar. Creo que necesitaré una copa.

Estoy aterrado. Como si fuera mi primera vez. Y tal vez, de algún modo lo sea. Porque es la vez que debió ser la primera si no hubiera sido por mi cobardía. ¿Y si me dejas plantado? ¿Y si todo esto no es más que una parte de un plan de venganza perfectamente trazado?

Intento centrarme en tus palabras siempre cargadas de cariño, en tu voz cálida que después de muchos devaneos nocturnos, me permitiste escuchar al teléfono. Tal como yo la recordaba. Mucho más cascada, insistías tú. No, profe, no. Recítame Bécquer, por favor. Estás hecho un gallego, Fernando. Un verdadero gallego. Me encanta tu acento. Y yo ruborizado. Venga, profe, algo de Bécquer… Como yo te he querido, desengáñate

Y esos tres puntos suspensivos que se habían convertido en una marea de comprensión.

No todos somos capaces de dejar atrás los mandatos, las imposiciones de la sociedad, Fernando. Y una hija es un regalo que te dio la vida. Ojalá yo hubiera podido…

– Gracias, profe. Gracias, Román. Siempre me estás enseñando. Qué es lo importante, qué es la generosidad

– No digas boludeces, gallego. Así que tengo una especie de ¿”sobrina”? Me encantaría conocerla

– Y a mí, profe. Es una niña muy especial…

– Si sale al padre…

El discreto golpe en la puerta me provoca un respingo. Consulto aterrado el reloj. No, todavía no puedes ser tú. Tanto fantasear me ha hecho perder la noción del tiempo.

El botones me entrega un paquete y me sonríe.

– Ha llegado esto para usted

Rasgo apresurado el papel. Una edición preciosa de las Rimas de Bécquer y tu letra, esa que trazabas en la pizarra mientras la tiza flotaba en el aire, llenando la primera página.

“Por un beso, yo no sé, lo que diera por un beso.

Para Fernando, tantas veces esperado. Tantas veces aborrecido. Siempre, amado. De tu profe, que en un rato podrá abrazarte al fin.”

Abrazo el libro y te abrazo y me recuesto sobre la cama enorme y lloro, y río, y agradezco a la vida que me haya dado la fuerza de darle al enter cuando te envié aquella solicitud de amistad tres o cuatro meses atrás.

Nunca bebo. Menos aún algo tan fuerte como el whisky que me serví mientras releía una a una las rimas que sé de memoria. Comprobando si alguna palabra difería de mi versión,  esa que internamente me recita tu voz. No, está todo en orden. Las rimas no han cambiado, yo he cambiado, pero las rimas, no.

De tanto mirar el reloj y calcular el tiempo que te llevará recoger el equipaje, coger un taxi en el aeropuerto y llegar hasta la puerta del hotel, me he quedado dormido.

No he escuchado el sonido insistente de tus mensajes de Whatsapp, y me despierto sobresaltado con el timbre estridente del teléfono de la habitación. Suena como sonaban entonces los teléfonos de campanilla, taladrando mis sienes doloridas. Me incorporo de golpe con el corazón desbocado.

Me lleva unos segundos entender que estoy tumbado sobre la cama del hotel Bécquer, con la ropa arrugada, el pelo de punta y la lengua pastosa con la que contesto.

– Dígame…

– Señor Ramírez, en recepción una persona pregunta por usted.

Me pongo de pie y tiro el teléfono al suelo en el impulso. Tengo que ducharme, no puedo dejar que me veas así…

– Dígale que en un momento bajo

– Creo que tiene prisa, señor. Acaba de decir que mejor sube él y ha ido hacia el ascensor. ¿Quiere que avise a seguridad?

– No. No hace falta. No hace falta…

¿Quién unió la tarde a la mañana?

Lo ignoro; sólo sé

que en una breve noche de verano

se unieron los crepúsculos, y… «fue».

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