Trastos

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El incómodo cadáver del mediador familiar había ido a parar al balcón. Al principio estuvo en la sala, sobre la alfombra que trajimos de México, justo donde se había desplomado. Allí estorbaba cuando hubo que reemplazar la moqueta. Mamá se enfadó y  obligó a papá a colocarlo en la bañera. Hasta que tocó día de baño, y allí estaba mirando el techo. A sentarlo a la mesa de la cocina. Entonces, mamá dijo que no tenía dónde apoyar las fuentes cuando encendía el horno.

Ahora que papá lo ha puesto en el balcón, no podemos regar la albahaca, pero da igual, está casi marchita desde que en su tiesto enterramos a la abuela.

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Sordera momentánea

A cada vuelta del tambor de la lavadora, un alarido proveniente del baño.

– ¡El agua!  – son las palabras que retumban a través de los azulejos. Ella no hace caso. Sabe que cuando la lavadora empieza a llenarse, la ducha se convierte en un hilillo que no calienta, ni enjuaga, pero quema en cualquier punto de la piel en el que logre acertar. Y a continuación, cuando se detenga, como él habrá abierto el grifo del agua fría a tope, quedará cianótico debajo de un chorro contundente de estalactitas heladas.

Sonríe con secreta satisfacción. La marca de rouge en el cuello de la camisa, ha quedado vengada.

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Ciclo de lavado

A cada vuelta del tambor de la lavadora,  enjuga una lágrima. Está sentada en la cocina, las manos heladas, la mirada perdida en la maraña giratoria de camisetas y pantalones. Sus dedos conservan el frío del hielo que, envuelto en un paño, ha mantenido hasta hace un momento sujeto contra la cabeza. Sabe que el ojo habrá empezado a amoratarse. Como también sabe que él regresará pronto. Que abrirá la puerta con tanta suavidad como violencia empleara para cerrarla. Traerá flores o chocolates. Y las palabras “última vez” envueltas para regalo.

La lavadora se detiene. Ella detiene su llanto. El sonido suave en la entrada, confirma sus predicciones.

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Mandato ancestral

Pintando aquellos extraños bisontes en la pared del salón, se ganó el mayor de los castigos de sus cinco años de vida.

– Pero tú en qué estabas pensando, hijo – dijo su padre en el tono más severo que pudo. Su madre permanecía brazos en jarra y mirada acusadora, esperando que dijera algo más. – Que sea la última vez – agregó él entonces.

El castigo fue fraudulentamente suavizado por su padre. Tiempo después entendió por qué. Cuando buscando un sitio discreto, encontró las pinturas en la pared oculta tras la biblioteca. Al final, esa manía suya de pintar animales y manos en los muros, era hereditaria.