Pintando aquellos extraños bisontes en la pared del salón, se ganó el mayor de los castigos de sus cinco años de vida.

– Pero tú en qué estabas pensando, hijo – dijo su padre en el tono más severo que pudo. Su madre permanecía brazos en jarra y mirada acusadora, esperando que dijera algo más. – Que sea la última vez – agregó él entonces.

El castigo fue fraudulentamente suavizado por su padre. Tiempo después entendió por qué. Cuando buscando un sitio discreto, encontró las pinturas en la pared oculta tras la biblioteca. Al final, esa manía suya de pintar animales y manos en los muros, era hereditaria.