Finalista mensual octubre/21 Relatos en Cadena

Finalista mensual octubre/21 Relatos en Cadena

Hoy mi microrrelato «El bosque de los suicidas» ha resultado seleccionado entre los tres finalistas semanales y ha pasado a la final mensual de Relatos en Cadena, el concurso organizado por el programa La Ventana de Cadena Ser y la Escuela de Escritores.

La llamada de los lunes, siempre alegra el día, y más aún si resulta que te aseguras una nueva llamada el último lunes del mes.

Muchas gracias a tod@s l@s que me habéis deseado suerte, y me habéis acompañado a través de las ondas.

En unos días, sí, no os salvaréis de eso, os pediré que me apoyéis con vuestros votos siempre que mi relato os parezca merecedor de pasar a la final anual.

Podéis escuchar mi participación en el programa a partir del minuto 36 en este link:

https://play.cadenaser.com/audio/cadenaser_laventana_20211004_180000_190000/

El bosque de los suicidas

El bosque de los suicidas

El bosque estaba ahí, esperando. Con sus sogas anudadas colgando de los árboles. Las había de todos los colores, enganchadas a mayor o menor altura, con diámetro talla adulto o niño. Para todo tipo de motivos: en forma de corazón para los despechados, redondas como ceros para los arruinados, cuadriculadas para los calculadores, emulando lágrimas para los depresivos crónicos.

El bosque estaba ahí, como última salida. Por eso aguantábamos despidos injustos, sueldos de mierda, amores perdidos, hijos descarriados, enfermedades, vacíos, ausencias y adicciones. Porque el bosque estaba ahí. Y en cualquier momento podíamos ponernos a la cola y pagar la entrada para acceder a él.

Limbo

Limbo

Aquel día de verano de 1945, Cho y Naoko iban a compartir un paseo por la ribera del río Ota al salir de la fábrica. Ella se había esmerado en peinar su lacio cabello. Él había practicado el discurso con que le declararía su amor.

Ambos faltaron a la cita y no porque quisieran hacerlo. Unas pocas horas antes alguien, a kilómetros de distancia, había decidido que nunca llegarían a formar una familia.

Ellos hubieran sido tus abuelos, cariño. Yo hubiera sido tu madre, y ambas tendríamos el pelo liso de la abuela Cho.  Aquel hombre tan simpático que siempre nos ronda, sería tu padre.  Una pena que nos dejaran así, olvidados. Ahora, con tantos como somos aquí, difícil será tener otra oportunidad.

La soledad de los lápices

La soledad de los lápices

Esperan impacientes que aquellos dedos vuelvan a empuñarlos. Pero no regresan. Recostados contra los bordes del lapicero, se cuentan a sí mismos, historias que justifican la tardanza que va tornándose en ausencia. Saben que algo malo ha ocurrido. Hasta un lápiz puede entender que los gritos, el ruido, los fogonazos, la urgencia, el llanto, son los causantes de la oscuridad en que ha quedado sumido. Lo que no pueden entender es que la oscuridad no termine. Lo que no pueden soportar, es su propio peso apoyado durante tanto tiempo sobre la punta afilada.

Esperan. Hasta que las palabras se cuelan en la oscuridad, repetidas por miles de labios desde miles de sitios cercanos y distantes: “Je suis Charlie”

La mesa se ilumina y otros dedos, tristes pero decididos, vuelven a sostener con autoridad y valentía sus gráciles cuerpos. Se dejan transportar sobre el papel.  Se dejan usar como armas para luchar contra la barbarie. Saben que esa, aunque duela, es la forma de resucitar.

Verano en la oficina

Verano en la oficina

Usted decide un día escaparse media hora antes del trabajo y comerse un helado de Vainilla de Madagascar y Chocolate Suizo, de esos que hacen en la heladería artesanal que han abierto en la esquina.

Se lo promete a las ocho y cuarto, cuando quince minutos después de llegar, ya se quiere ir o por lo menos encerrarse en el baño hasta que sean las seis de la tarde (que el jefe ha decretado que este verano no hay jornada intensiva).

Entonces contesta el teléfono e intenta convencer al del seguro de que todavía no tiene el pago porque resulta que los clientes están atrasados y el banco ha rechazado un cheque, y además le han venido devueltos no sabe cuántos recibos. Y el del seguro le dice que sus problemas le importan un cuerno, y que le diga a su jefe que, si no paga hoy mismo, la fábrica queda sin cobertura; y usted piensa en Madagascar y le promete que hará todo lo posible, aunque el otro no lo escucha porque ya hace rato que colgó.

Usted, Chocolate Suizo, cuando llega el jefe le explica lo del seguro y se derrite por los gritos que lo acusan de inepto y débil. Y, Vainilla chorreando, trata de hacerle entender que el del seguro tiene razón y que estamos muy retrasados. Pero el jefe, con su mirada de Menta Granizada, le dice que lo comunique, que él mismo arreglará lo del seguro. Usted se siente algo aliviado, pero experimenta la seguridad de ser un imbécil.

A media mañana, mientras intenta cuadrar los extractos bancarios, se acerca hasta su mesa Fruta de la Pasión con su minifalda ajustada y sus tacones empinados. Y usted, inútil Vainilla de Madagascar, apenas si atina a contestar con una sonrisa-monosílabo los comentarios que ella le hace. Y cuando la ve salir observa sus piernas conos dorados y quisiera ser capaz de seguirla, aunque más no fuera hasta el despacho de al lado.

Inmediatamente aparece Carlos Granizado de limón que trae las últimas noticias de recursos humanos. Parece que el jefe está planteando echar a dos o tres tarrinas, de las más pequeñas y usted se siente en peligro. Granizado de limón no sabe mucho más, y por más que le pregunta solo repite que en cualquier momento se va todo a la mierda y usted, Chocolate Suizo al fin, termina tratando de consolarlo.

No hay tiempo para comer porque es necesario atender al enésimo proveedor que reclama su pago y usted pegotea el teléfono, pero ya no intenta explicarle nada.

Fresas con nata viene a traerle lo que hay que autorizar urgente y se queda mirándolo con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes. Claro que usted no lo nota, porque nunca la ha observado con atención. Entonces ella suspira por sus labios de vainilla y se va hasta mañana.

Por suerte ya son casi las seis y usted se da cuenta de que al final no ha podido escaparse media hora antes. Ficha la salida y se va directo a casa porque ya se le fueron las ganas de tomar helado. Aunque piensa que mañana seguro que lo hará. Eso sí, será mejor que lo planee con tiempo, porque si no después se hace imposible salir temprano.

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