Ecosistema en un jarrón
Mamá ha heredado el jarrón de la abuela Carlota. Nosotros no llegamos a conocer a la abuela, pero mamá suele hablarnos de ella. Siempre que papá no está presente, porque a los papás no les gusta escuchar hablar de abuelas muertas. Eso nos ha dicho mamá. Que no les gusta. O tal vez no sepan hablar de abuelas en general. Porque tampoco habla nunca de la otra, que mamá dice que tenemos y que está vivita y coleando. No se llevan mucho, dice mamá cuando preguntamos por la madre de papá. Como si las madres fueran una prenda que uno se pone y si no le sienta bien se la quita. Yo a mamá nunca me la quitaría. Además, no creo que ella se dejara.
Pero a lo que vamos, a lo del jarrón. Para mamá, solo por el hecho de ser el único recuerdo que conserva de su madre es IN TO CA BLE. Así, con mayúscula y separado en sílabas. De esa forma lo pronuncia cuando nos lo advierte, índice en alto, mientras lo va bajando y apunta a cada uno de nosotros por orden de edad: Nico, Laurita y por último yo, que por ser el más pequeño soy el que mayor peligro represento para la subsistencia de los jarrones, por lo que me corresponden dos bajadas de índice, la del CA y la del BLE. Supongo que si tuviéramos un cuarto hermanito a él le tocaría el BLE. Pero por ahora es mío.
Mamá cuida su jarrón con mucho esmero. Lo mantiene brillante por fuera y lava una vez al mes el tapete blanco de punto sobre el que lo coloca en el mueble del recibidor.
Nunca debe quitarse uno el abrigo allí, ni correr a abrir la puerta, ni usarlo de escondite mientras uno de tus hermanos cuenta de cara a la pared. El recibidor, por el solo hecho de contener el jarrón de mamá, es sagrado.
Para todo el mundo menos para papá que cuando llega de mal humor no atina a colgar el abrigo y varias veces estuvo a punto de hacer rodar el jarrón después de un tambaleo del que mamá lo ha recogido en el aire.
Y es que mamá, cuando papá llega de malhumor, siempre coge el jarrón y disimuladamente lo quita de la vista. Esto quiere decir que lo pone en el estante más alto de la alacena o, si no llega a tiempo, lo mete en el congelador porque sabe que papá nunca lo abrirá.
Si no llega a tiempo es porque papá ha venido de MUY malhumor, no es un malhumor de entrecasa, uno que provoque alguna reprimenda a mis hermanos y a mí o un grito a mamá. No, cuando llega de MUY malhumor, mamá, que es experta en calibrar estas cosas, al tiempo que coge el jarrón y avanza por el pasillo acunándolo como un bebé, nos hace el gesto acordado y sabemos que debemos encerrarnos en nuestro cuarto y desaparecer de la vista, como si todos fuéramos jarrones en peligro de ser arrojados al suelo.
De lo que pasa después, es Nico quien se encarga, no siempre con éxito, de procurar que los demás no nos enteremos.
Pone la tele a todo volumen, nos deja jugar con su consola, o empieza a contarnos historias alocadas sobre cosas que nunca le pasaron, pero que asegura que sí, para tenernos entretenidos.
Como no siempre tiene éxito, todos sabemos que del otro lado de la puerta las cosas se complican, más para mamá que para el jarrón, que ya está a salvo en el congelador. Pero en los congeladores no caben mamás enteras. Ni en las alacenas altas, así que la pobre no sabe bien donde ponerse y siempre termina estando en el trayecto del puño de papá.
Eso no me lo ha dicho nadie. Pero no hace falta tener nueve años, con los ocho que yo tengo, ya se da uno cuenta. Porque al día siguiente no nos lleva al colegio y le pide a la vecina que nos alcance. Se queda con las gafas de sol puestas y no es porque esté llorando. Eso ya lo ha hecho durante toda la noche una vez que papá se ha marchado dando un portazo y vociferando que mejor se está en el bar que en esta casa de locos.
Cuando pasa eso, cuando papá al fin se marcha y podemos salir del cuarto, lo hacemos en silencio y fingimos que no vemos las lágrimas de mamá ni el desorden.
En esas noches Nico se hace cargo de todo y nos prepara la cena. Calienta en el microondas algo que mamá saca del congelador y ella se va a su cuarto abrazada a su jarrón.
Todos sabemos que mientras cenamos y Nico nos ayuda a preparar las mochilas y se asegura de que nos lavemos los dientes antes de irnos a la cama, mamá llora hasta quedarse dormida. Y sus lágrimas van cayendo una a una en el jarrón. Acumulándose hasta alcanzar un nivel considerable. Puede ser medio jarrón o tres cuartos a veces.
Es Nico quien antes de marcharse a dormir recoge el jarrón del abrazo de mamá y lo traslada lleno de lágrimas hasta su sitio en el recibidor.
Es que a la mañana siguiente papá vendrá con un ramo de flores enormes y le pedirá perdón a mamá miles de veces, mientras ella nos prepara el desayuno y nos peina con colonia.
Las flores irán a parar al jarrón, claro. Y después de mucho farfullar y exigirle a papá que le prometa que cambiará, lo perdona.
En una semana las flores se han chupado casi todas las lágrimas, están ya marchitas y mamá las echa a la basura.
Esa es la señal de que todo puede volver a empezar. El jarrón vacío sin flores significa que en cualquier momento puede ir a parar al congelador y volvemos a iniciar el ciclo.
Como el ciclo del agua en el ecosistema terrestre, el que nos explicó la profe en el cole, las lágrimas de mamá tienen su ciclo en el ecosistema del jarrón. Son gaseosas mientras el jarrón está vacío, sólidas cuando lo mete al congelador y líquidas cuando vuelve a derramarlas dentro.
Nico dice que no le cuente estas ocurrencias a mamá porque la voy a poner más triste aún. Sobre todo, la parte de que el ciclo del agua es continuo porque se evapora de los océanos, se condensa en las nubes, cae en forma de lluvia o nieve y vuelve a empezar.
Sobre todo eso, dice Nico, que no se me ocurra contarle lo de que el ciclo nunca termina. Que eso la pondría tan triste que tal vez empezaría a llorar en el jarrón sin necesidad de que papá llegue de MUY malhumor. Y si papá la ve llorar sin motivo, le va a dar uno muy bueno, como nos dice cuando alguno de nosotros lloramos.
Nico nos ha dicho, en secreto, porque mamá no sabe que él la ha escuchado hablar con la tía Juani, que casi estaba decidida a romper ella misma el jarrón de su madre y marcharse con nosotros a un sitio muy lejano. Pero que por ahora no será posible. Porque ya lleva en la panza al dueño del BLE de IN TO CA BLE, y ahora toca aguantar. Pero que no nos hagamos problema, que él, cuando sea un poco mayor, romperá con sus propias manos el jarrón y nos iremos, incluido el dueño del BLE, a un sitio sin recibidores, ni lágrimas, ni jarrones heredados. Nos lo ha prometido. Y aunque yo sé que el ciclo del agua nunca se acaba, quiero creerle.
