En el libro del IX Microconcurso de la Microbiblioteca

En el libro del IX Microconcurso de la Microbiblioteca

Yo también tengo mi tesoro. Hoy he recibido el libro del IX Microconcurso de La Microbiblioteca, en el que se incluyen mis micros Esperanza y Bebé robado

Es un orgullo participar en este libro en el que estoy rodeada por gente muy querida, excelentes escritores, todos ellos.

Muchas gracias a la Biblioteca Pública Municipal Esteve Paluzie  del Ayuntamiento de Barberà del Vallès, que organiza anualmente este certamen. Un apoyo indiscutible al mundo del microrrelato.

Cansancios

Cansancios

Al final vinieron con el abogado. Como si traer a un extraño, pudiera hacerme cambiar de opinión. Con el argumento de que me querían proteger, decidieron que ya era hora de ejecutar mi degradación: de respetable padre a calientasillas en un asilo.

—Tú ya no estás para esto papá —volvió a argumentar el mayor.

—El abogado ha venido para asesorarte para que dejes todo bien atado. Nos lo agradecerás —dijo su hermano.

—Yo iré a verte cada semana —aportó la menor a la diversidad de razones con que querían convencerme de que estar encerrado en un ecosistema preparado para albergar ancianos decrépitos, era mi mejor opción.

“Estás muy lejos, no podemos estar pendiente de ti”, “Contrataremos a alguien que cuide de los animales”, “Papá, tú ya lo has hecho todo, es hora de que descanses”, fueron los argumentos que repitieron hasta el cansancio.

Hasta mí cansancio, porque ellos no parecían cansarse. Solo fruncían la nariz cuando una gallina cacareaba y cagaba junto a sus impecables zapatos de piel. Como si nunca hubieran vivido aquí, como si nunca se hubieran ensuciado las manos hurgando entre la paja para recoger los huevos.

Nadie sabrá cuidar de mis animales como yo. Pero para qué decírselos. Creen que el dinero todo lo consigue. Además, no estoy cansado en absoluto. Si descansar es estar en un sitio plagado de viejos locos esperando que llegue la hora de ver el programa de cotilleos de la tarde, pues no lo necesito.

Además, los que están lejos son ellos y no yo. Ellos son los que marcharon lejos, a esa seductora ciudad que tanto los atraía y tan poco les ha dado: unos pantalones que se ensucian en cuanto pisan la finca, unos zapatos inservibles para andar por los senderos y trepar a los árboles, unos pelos engominados y unas miradas adustas e infelices.

—Sus hijos me han pedido que le ayude —pronunció el abogado, del que ya no me acordaba. Un hombre trajeado, fuera de lugar en el corral lleno de gallinas donde me habían encontrado.

—Perfecto. Usted vaya recogiendo los huevos de los ponederos mientras yo voy a por estiércol, luego me ayuda a abonar la finca.

El hombre me miró horrorizado. Cuando regresé con el estiércol, ya no estaba.

Primer Premio en el Concurso Literario Ciudad de Arnedo 2020

Primer Premio en el Concurso Literario Ciudad de Arnedo 2020

A veces las buenas noticias se acumulan, y hay que disfrutarlas.

Esta nueva buena noticia me llega desde La Rioja: mi relato Fragilidades ha resultado ganador del Concurso Literario Ciudad de Arnedo 2020.

Una alegría y un verdadero orgullo. Una historia con un tema difícil que me complace mucho haya resultado reconocida.

Muchas gracias al jurado y al Ayuntamiento de la ciudad de Arnedo que, a pesar de las dificultades que todos conocemos, ha mantenido la ilusión de sacar adelante otra edición de este prestigioso concurso.

Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Fragilidades – Relato ganador del Concurso literario Ciudad de Arnedo 2020

Mi madre no suele tener razón. A menudo pienso que quien la ha hecho una persona tan aprensiva ha sido mi abuela. De ella ha heredado ese temor permanente, ese predecir en todo momento las peores desgracias para mí o para mi hermano Juan.

De pequeños, bastaba con que nos dijera un simple “sigue haciendo el tonto y te caerás”, para que termináramos en cuestión de segundos, de bruces en el suelo.

Hacer el tonto podía ser andar por el bordillo un pie tras otro o subir las escaleras de dos en dos. Cualquier cosa que se saliera de ir de su mano caminando como niños adultos por la calle, era para ella hacer el tonto.

Recuerdo aquella tarde en que mi padre me trajo de regalo ese deseado juego de porcelana con que soñaba darles el té a mis muñecas. Aún antes de abrir el paquete, ella dijo: “Despacio, que se te va a romper”. Yo rasgué el papel ansiosa, y allí estaba. La caja de cartón tenía una tapa de papel celofán que me permitió ver el juego en todo su esplendor. Seis tacitas perfectas con sus asas para dedos de muñecas, sus seis platitos a juego con un dibujo de flores y arabescos, la azucarera con su diminuta tapa y por supuesto, la tetera. La pieza fundamental del juego. Con ese pico contorneado por donde ya veía yo salir el humo del té caliente y esa asa con forma de corazón en la que sí cabían mis dedos que apenas tenían cinco años y que jamás habían tocado semejante lujo de vajilla. Abrí la caja con reverencia, después de darle un abrazo agradecido a papá y él me sonrió como siempre lo hacía cuando mamá no estaba cerca. Pasé mis dedos nerviosos sobre la suave porcelana, y de inmediato sentí el impulso de coger la tetera. Allí mamá intercaló su segunda advertencia: “Deja que la coja yo, que tú eres tan torpe que la tirarás”, pero yo no quise. El juego era mío, tenía que cogerla yo.  Fue tenerla entre los dedos y que empezaran a temblar. Primero la tapa cayó en cámara lenta haciendo una elegante pirueta en el aire para hacerse añicos a mis pies. Para que a continuación, en la misma confusión del momento terminara bajando la mano que sostenía la tetera hasta hacerla golpear con el borde de la mesa. Ya no tenía una tetera, sino dos, tres…. Quince trocitos de porcelana que recogí con reverencia y lágrimas en los ojos. Mi madre espetó su típico “Te lo dije” y mi padre intentó atajar el inconsolable mar que me inundaba los ojos prometiéndome que la pegaríamos con mucha paciencia y que quedaría como nueva.

La pegamos con mucha paciencia, sí. Pero como nueva no quedó. Por orden de mi madre fue a parar a su caja de la que no se me permitía sacarla, como tampoco a ninguna de las delicadas tacitas con que yo soñaba montar una merienda inolvidable para mis muñecas.

Allí quedó la caja, en el estante más alto de la biblioteca. Solo se me permitía verla, que no tocarla, de vez en vez.

Cuando insistía mucho a mi madre para que me la bajara. Entonces lo hacía, sin confiarla a mis manos en ningún momento y levantaba la tapa para que yo me “sacara el gusto”, así lo decía. “Sácate el gusto y la vuelvo a poner en su lugar”. Entonces yo observaba por unos segundos las tazas, los platitos alineados y brillantes, la azucarera elegante y la tetera atravesada por un sinfín de cicatrices que solo me recordaban mi torpeza.

No me atrevía ni a acariciar la porcelana por temor a que bastara un roce de mis dedos para que toda esa belleza acabara desparramada a mis pies. Mamá decía: “bueno, no tengo todo el día para tonterías”, cerraba la caja, y la colocaba otra vez en el estante más alto, dando por terminada mi visita.

Era como si yo tuviera un régimen de visitas estipulado con mi vajilla de muñecas y no pudiera acercarme a ella por períodos mayores a unos minutos y siempre bajo vigilancia.

Un régimen como al que mi madre le impusieron para poder vernos cuando yo cumplí los catorce y Juan los dieciséis.

Para entonces, Juan pasaba de ella por completo y se negaba a asistir a esas absurdas entrevistas en el punto de encuentro, bajo la supervisión de un asistente. Yo iba, porque a pesar de todo, me daba un poco de pena mi madre. Y porque papá insistía en que teníamos que verla, que seguía siendo nuestra madre y que se merecía respeto. Cierto es que el punto de encuentro solo era un nombre, porque todo lo que allí se vivía eran desencuentros. Reproches cruzados (si Juan iba nunca se quedaba callado) o reproches unilaterales si yo iba sola y mi madre no hacía más que echarme en cara que no hiciera nada por terminar con tanta injusticia. Ella, que había dado la vida por nosotros, tenía que pedir ahora permiso para vernos. Como si fuera a hacernos daño. Ahora sé que aunque yo no era consciente entonces, la posibilidad de que nos hiciera más daño era muy grande. Y que las estadísticas nunca fallan.

Que mis padres se separaran era toda una novedad en aquella época. Pero que le dieran la custodia a mi padre, salía de los cánones por completo. Las madres de mis compañeras me miraban con pena y me preguntaban si me encontraba bien. “Pobre Amelia” las escuchaba murmurar a mi paso. Amelia es el nombre de mi madre, y era evidente que la consideraban la víctima de toda la situación.

No me sorprendía que les hubiese llenado la cabeza detallando la injusticia a que estaba siendo sometida sin contar la otra parte. Y la otra parte, aunque confusa, era para mí la más dolorosa.

No era algo que hablara con papá, lo veía tan agobiado que no me animaba a mencionarlo. Sí acaso de vez en cuando con Juan, que no dudaba en reprocharme mi estupidez si se me ocurría de algún modo justificarla.

Y es que Amelia, (así la llamaba él, nunca “mamá”), había horadado mi seguridad hasta hacerme dudar de lo que veían mis propios ojos.   Y lo que veían o habían visto, era lo suficientemente cruel como para querer borrarlo.

Juan no era delicado, ni diplomático, ni tenía el más mínimo tacto. Pero era sincero. Y estaba enfadado. Con razón, no lo niego. Pero yo no conseguía enfadarme así y él no lo entendía.

Cierto era que desde que me habían alejado de mi madre, mi salud había repuntado considerablemente. Y que de ser la niña frágil y cenicienta que había sido, pasé a ser una adolescente normal y saludable en unos pocos meses. El pelo, que había raleado en mi cabeza comenzó a crecerme brillante, mi piel escamada se puso tersa, y los músculos de mis piernas que habían llegado a hacer pensar a los médicos que mi destino era una silla de ruedas, estaban haciéndose cada vez más fuertes.

Cuando mi madre me veía entrar al punto de encuentro, sin mis muletas y caminando erguida y sonriente me miraba como diciendo “Mira lo que te han hecho” pero se lo callaba.

Al tiempo, cansada de sus constantes quejas, como Juan, dejé de ir a aquellos encuentros. Papá intentó hacernos cambiar de opinión y nos dijo que le traeríamos problemas, pero le rogamos que no nos obligara y finalmente accedió.

Han pasado cinco años desde entonces. Ahora Juan y yo somos mayores de edad y nadie puede obligarnos a verla.

De todo aquello, a mi madre le tocó la peor parte. Supimos por mis abuelos que la habían ingresado en un psiquiátrico. Cuando digo esto, Juan se enfada conmigo. La parte peor, dice, no es la de ella.

Papá nunca levantó cabeza ni supo deshacerse de la culpa con que terminó obligándose a cargar. Y nosotros, hemos sobrevivido, que no es poco.

Hoy, de regreso de mi última sesión con el psicólogo, que al fin me ha dado el alta, no puedo evitar encaramarme en una silla para coger la caja que lleva años olvidada en el estante superior de la biblioteca.

Una capa de tierra cubre la superficie de celofán haciendo invisible el contenido. Soplo con fuerza y el aire se llena de motas que van inundando la sala, flotando en el aire iluminado por el atardecer que se cuela por la ventana.

– ¿Qué haces niña? – dice mi padre desde su sillón sin imaginarse lo que me traigo entre manos.

Bajo de la silla de un salto, sin plantearme una posible caída, y apoyo sobre la mesa la caja llena de ayer.

Una a una voy sacando las tazas, los platos, la azucarera y con reverencia cojo entre mis manos la preciada tetera.

Todo es mucho más pequeño de lo que recordaba. Pero su tacto es mágico.

Mi padre se acerca curioso y su cara se ilumina cuando vislumbra mi tesoro sobre el mantel.

– Pero… ¿de dónde salió esto? – pregunta con la mirada llena de nostalgia.

Juan llega de la universidad  y lo convenzo de que se siente junto con papá a probar mi té. Allí esperan hasta que lavo cada pieza con esmero, lleno la pequeña azucarera con azúcar, y la tetera con agua caliente.

Cierto es que el agua empieza a escaparse por las grietas antes de conseguir rellenar las tres tazas, pero no nos importa.

Reímos sin poder parar y hablamos de cosas prohibidas, y  brindamos con tacitas de porcelana del tamaño de nuestros pulgares, que no tienen té, ni leche, ni azúcar, pero están llenas, y no se rompen a pesar que las entrechocamos una  con otra innumerables veces, y nos volvemos a decir, que después de todo, la tetera ha quedado como nueva.

Primer premio en el VII CERTAMEN LITERARIO DE CUENTOS “MADRID SKY”

Primer premio en el VII CERTAMEN LITERARIO DE CUENTOS “MADRID SKY”

Hoy tuve la alegría y el honor de ser reconocida con el primer premio en la séptima edición del Concurso de cuentos «Madrid Sky» organizado por el grupo literario Primaduroverales.

Mi relato Soy lo prohibido fue reconocido por el jurado, que también otorgó el segundo y tercer premio a mis amigos Elena Bethencourt y Raúl Clavero, lo que me hace sentir muy orgullosa por la compañía de alto nivel con que se ha completado el podio.

Mi enhorabuena a ellos y a los otros cinco finalistas, de cuyos relatos hemos podido disfrutar durante la última semana a partir de las entrevistas que con tanto cariño nos han realizado los organizadores a todos los finalistas.

Muchas gracias al jurado, en especial a Domingo Jimenez Lacaci que hizo un comentario muy generoso sobre mi relato. Muchas gracias a quienes han realizado las lecturas, las entrevistas, y han conseguido que la ceremonia de hoy fuera emotiva y cercana a pesar de la virtualidad.

¡Gracias Primaduroverales! Vosotros lo habéis hecho posible contra viento y marea.

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