Naturaleza salvaje

Naturaleza salvaje

Los fuimos rodeando. Los machos vigilantes desde las inmediaciones, las hembras saliendo al encuentro de las víctimas. Nos comimos algunos, para no defraudar a los televidentes. Aunque costó mucho porque sabían a plástico y barniz. Fueron una gacela, una cebra bebé, y dos crías de ñu.

Terminada la faena, los espectadores ya estaban todos concentrados en sus siestas de sofá.

Sin hacer ruido, para que no nos sorprendieran y se perdiera la magia, descolgamos el telón de fondo que tenía los baobabs pintados, plegamos los arbustos, quitamos la alfombra de hierba artificial y montamos el decorado de la carrera de bicis.

Luego, nos marchamos a nuestras jaulas, a esperar la ración diaria de carne. No era muy abundante, pero al menos era de verdad.

Presentamos Sinestesia General

Presentamos Sinestesia General

Ayer Sinestesia General dio sus primeros pasos en el mundo real. Se desprendió con recelo de mi mano y se largó a caminar.

Por suerte, como testigos de lujo de ese momento, estábamos rodeados de gente amiga, de gente querida, de manos expectantes que lo esperaban al final del recorrido para acogerlo y llevárselo a casa.

Gracias al trabajo inestimable de mi amigo Ernesto Ortega, lució como una verdadera estrella. Y gracias al cariño de un público entregado, que creo que no esperaba encontrarse con una presentación de este estilo, se fue soltando la melena y apenas si me dijo adiós antes de irse con tanta gente extraña para él.

Tengo que agradecer una vez más al Ayuntamiento de Alcobendas que no solo me cedió el espacio, también me ayudó en todo lo que estuviera a su alcance, en la difusión del evento y en esos pequeños detalles que hicieron que todo engarzara a la perfección. Especialmente al alcalde Rafael Sánchez Acera, que me ha acompañado personalmente a la presentación.

Debería pasarme el día repartiendo agradecimientos: a la editorial Platero Coolbooks que ha confiado en mí para llegar hasta aquí; a Rafa Olivares, mi generoso prologuista; a Raquel González Chico y sus vocales mágicas; a mi presentador de lujo, Ernesto Ortega; a mis lectores en vivo (Miriam, Alberto, Fede); y a toda esa gente que llenó la sala del Centro Cultural Pablo Iglesias y me lo hizo todo tan fácil: familiares, amigos de letras y de los otros, compañeros; gente que hoy, gracias al estupendo trabajo de Ernesto, me conoce un poco más.

Hasta los que no pudieron estar presentes lo estuvieron (Andrea sabés que es así) y me lo hicieron saber con cariñosos mensajes.

¿Qué más se puede pedir? Pues… seguir inventando historias, seguir jugando con los colores de las palabras, pero sobre todo, seguir aprendiendo, que de eso se trata este asunto de escribir.



Sinestesia general – La fecha ya está cerca

Sinestesia general – La fecha ya está cerca

Mi Sinestesia general anda dando sus primeros pasitos, ensayando poses, peinando su colorida cabellera ante el espejo, y tratando de calmar los nervios a fuerza de acomodar sus páginas y volverlas a desordenar una y otra vez.

Está preparado para su presentación. Y tiene ganas de conoceros. Me gustaría que vinierais a acompañarlo, a acompañarme, en este momento especial para ambos.

El viernes 11 de octubre lo presentaremos en sociedad en mi ciudad, Alcobendas.

El evento, gracias al apoyo de mi ayuntamiento, será en el Centro Cultural Pablo Iglesias (Paseo de la Chopera, 59) a las 19:30 horas.

Contaré con una garantía de presentación poco ortodoxa, esa que trae siempre bajo del brazo el genial Ernesto Ortega, a quien no me cansaré de agradecerle su generosidad.

Pues eso, que estamos nerviosos (mi Sinestesia general y yo), pero más que nerviosos, expectantes, contentos, felices de saber que el día está cada vez más cerca.

¿Nos acompañáis?

Tratamiento de conducto

Tratamiento de conducto

No siento dolor, estoy anestesiado. Pero la boca abierta, el líquido acumulándose, y la cara de la asistente pegada a la mía, me incomodan.

La asistente ríe las bromas del dentista y a mí me dan ganas de reír también, pero no puedo, claro. Hacen buen equipo. Se nota la complicidad entre ellos.

Me voy relajando. Tanto, que no noto cuándo el odontólogo introduce el brazo entero en mi boca. Luego la cabeza, otro brazo, el abdomen y las piernas.

De vez en cuando saca una mano para pedir algún instrumento. Su voz resuena como en una caverna. “Entra, se ha complicado” grita. La asistente mete la bandeja del instrumental, para después introducirse ella.

Me han dejado solo. Miro el foco. Los escucho bromear en mi interior. Quisiera que me invitasen a ir con ellos. Sería un viaje muy interesante.  La asistente me grita desde dentro: “solo un poco más. Aguante por favor”.

Ahora todo son murmullos. Abro más la boca para intentar escuchar. “Aquí, no, cariño”, dice la voz cavernosa de él. Luego, la risita de ella, los instrumentos rodando descontrolados por toda la cavidad y una explosión de sabores en la lengua.

Montañero

Montañero

No tenía previsto que hiciera tanto calor en la montaña. Se supone que en esta época del año, las tardes empiezan a acortarse y es mejor recogerse y desandar lo andado antes de que oscurezca. Pero el día es tan espectacular, que decido extender el paseo un poco más. Nunca se hace senderismo solo, explico a quienes cuestionan mi costumbre de perderme por empinadas rutas en soledad. Siempre te encuentras con alguien, y el camino crea complicidad.  Pero cuando me doy cuenta de la hora que es, ya llevo al menos dos sin cruzarme con nadie.

Tengo puesto el abrigo por no cargarlo y estoy sudando. Entonces noto que la mochila no está en mi espalda. Me detengo en seco. ¿La habré dejado sobre aquella roca cuando paré por última vez a beber agua en la fuente? ¿O es que llevo sin ella desde el almuerzo?  Oscurece demasiado de prisa y la linterna ha quedado en algún lugar dentro de mi mochila. Me siento un momento a pensar. Estoy confundido.

Entonces empieza el dolor. Bueno, en realidad no se lo podría llamar dolor. Es escozor. Dan ganas de coger un cepillo de metal y restregármelo por la zona. Porque a ver quién llega con cierto margen al hueco entre sus omóplatos. Pues ahí mismo brotan. Primero, dos puntos lacerantes. Picaduras de algún bicho de la zona, supongo. Colapsan, y dos tubitos articulados transparentes, como ramas de abeto, florecen desde ellos. No me preguntes cómo puedo verlos. Pero la sensación de que allí están es tan real que me quito el abrigo y la camiseta. Y efectivamente basta con mirar sobre mi hombro para encontrarlos. Pienso en que tengo que pedir ayuda, que por suerte el móvil está en el bolsillo de la cazadora que me acabo de quitar, y que ahora no encuentro en la oscuridad.  Una sirena lejana empieza a sonar. Entonces aparecen las plumas. Blancas, enormes. Cubren los tubitos y pronto las alas me tapan la espalda. Antes de que los que gritan mi nombre se acerquen, echo a volar. 

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