Sinestesia general – La fecha ya está cerca

Sinestesia general – La fecha ya está cerca

Mi Sinestesia general anda dando sus primeros pasitos, ensayando poses, peinando su colorida cabellera ante el espejo, y tratando de calmar los nervios a fuerza de acomodar sus páginas y volverlas a desordenar una y otra vez.

Está preparado para su presentación. Y tiene ganas de conoceros. Me gustaría que vinierais a acompañarlo, a acompañarme, en este momento especial para ambos.

El viernes 11 de octubre lo presentaremos en sociedad en mi ciudad, Alcobendas.

El evento, gracias al apoyo de mi ayuntamiento, será en el Centro Cultural Pablo Iglesias (Paseo de la Chopera, 59) a las 19:30 horas.

Contaré con una garantía de presentación poco ortodoxa, esa que trae siempre bajo del brazo el genial Ernesto Ortega, a quien no me cansaré de agradecerle su generosidad.

Pues eso, que estamos nerviosos (mi Sinestesia general y yo), pero más que nerviosos, expectantes, contentos, felices de saber que el día está cada vez más cerca.

¿Nos acompañáis?

Tratamiento de conducto

Tratamiento de conducto

No siento dolor, estoy anestesiado. Pero la boca abierta, el líquido acumulándose, y la cara de la asistente pegada a la mía, me incomodan.

La asistente ríe las bromas del dentista y a mí me dan ganas de reír también, pero no puedo, claro. Hacen buen equipo. Se nota la complicidad entre ellos.

Me voy relajando. Tanto, que no noto cuándo el odontólogo introduce el brazo entero en mi boca. Luego la cabeza, otro brazo, el abdomen y las piernas.

De vez en cuando saca una mano para pedir algún instrumento. Su voz resuena como en una caverna. “Entra, se ha complicado” grita. La asistente mete la bandeja del instrumental, para después introducirse ella.

Me han dejado solo. Miro el foco. Los escucho bromear en mi interior. Quisiera que me invitasen a ir con ellos. Sería un viaje muy interesante.  La asistente me grita desde dentro: “solo un poco más. Aguante por favor”.

Ahora todo son murmullos. Abro más la boca para intentar escuchar. “Aquí, no, cariño”, dice la voz cavernosa de él. Luego, la risita de ella, los instrumentos rodando descontrolados por toda la cavidad y una explosión de sabores en la lengua.

Montañero

Montañero

No tenía previsto que hiciera tanto calor en la montaña. Se supone que en esta época del año, las tardes empiezan a acortarse y es mejor recogerse y desandar lo andado antes de que oscurezca. Pero el día es tan espectacular, que decido extender el paseo un poco más. Nunca se hace senderismo solo, explico a quienes cuestionan mi costumbre de perderme por empinadas rutas en soledad. Siempre te encuentras con alguien, y el camino crea complicidad.  Pero cuando me doy cuenta de la hora que es, ya llevo al menos dos sin cruzarme con nadie.

Tengo puesto el abrigo por no cargarlo y estoy sudando. Entonces noto que la mochila no está en mi espalda. Me detengo en seco. ¿La habré dejado sobre aquella roca cuando paré por última vez a beber agua en la fuente? ¿O es que llevo sin ella desde el almuerzo?  Oscurece demasiado de prisa y la linterna ha quedado en algún lugar dentro de mi mochila. Me siento un momento a pensar. Estoy confundido.

Entonces empieza el dolor. Bueno, en realidad no se lo podría llamar dolor. Es escozor. Dan ganas de coger un cepillo de metal y restregármelo por la zona. Porque a ver quién llega con cierto margen al hueco entre sus omóplatos. Pues ahí mismo brotan. Primero, dos puntos lacerantes. Picaduras de algún bicho de la zona, supongo. Colapsan, y dos tubitos articulados transparentes, como ramas de abeto, florecen desde ellos. No me preguntes cómo puedo verlos. Pero la sensación de que allí están es tan real que me quito el abrigo y la camiseta. Y efectivamente basta con mirar sobre mi hombro para encontrarlos. Pienso en que tengo que pedir ayuda, que por suerte el móvil está en el bolsillo de la cazadora que me acabo de quitar, y que ahora no encuentro en la oscuridad.  Una sirena lejana empieza a sonar. Entonces aparecen las plumas. Blancas, enormes. Cubren los tubitos y pronto las alas me tapan la espalda. Antes de que los que gritan mi nombre se acerquen, echo a volar. 

En la primera final semanal de REC 2019/2020

En la primera final semanal de REC 2019/2020

El lunes 9 de septiembre dio comienzo la primera temporada de Relatos en Cadena.

Una gran alegría, empezar temporada siendo escogida finalista semanal.

Doble alegría, en realidad, porque fue una gran sorpresa que dos de los relatos que había enviado fueran escogidos para estar en esta final. Tal como las bases indican, tuve que decidirme por uno de ellos. Como pedir a una madre que escoja uno de sus hijos.

La final la ganó mi compañera y amiga Elena Benthencourt, lo que ha significado para mí una gran alegría. Así vale la pena no ganar de vez en cuando.

Tengo que agradecer a María Gil, ganadora de la anterior temporada de Relatos en Cadena, esa frase tan inspiradora que dejó gracias a la cual me he llevado esta doble alegría de lunes.

El relato que escogí se llama Genes. Y el otro, su hermano no menos querido fue Deseos de escritor.

Mi enhorabuena a Elena y al otro finalista semanal, Alfonso.

¡Seguiremos intentándolo!

Deseos de escritor

Deseos de escritor

Si dijera que sentí dolor, mentiría. La erupción empezó por los brazos, pero pronto se extendió. Las palabras cubrían toda mi piel.  Las esdrújulas me pinchaban con sus acentos al emerger, y los monosílabos eran como pequeñas ronchas.  Que no pique, rogué. Pero ya había empleado mis tres deseos.

Lo de que me brotaran palabras era una metáfora, intenté explicarle al genio antes de empezar a rascarme sin control. Pero ya se había esfumado.

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