El día en que mi mamá pisó la luna

El día en que mi mamá pisó la luna

El 20 de julio de 1969 mi mamá pisó la luna. Tenía entonces ocho años recién cumplidos. Ocho años es la edad que yo tengo ahora, y mi abuela Aurora a veces me confunde con ella.

Lo de la abuela es una cosa rara. Mamá dice que debemos tener paciencia y comprender que la abuela está enferma, aunque yo no creo que lo esté.

Te da unos abrazos que te dejan sin aire, come chuches hasta que mamá se las quita, y dice palabrotas a toda hora.

La abuela cuenta unas historias fantásticas. Mamá dice que mezcla cosas, que no le hagamos caso, pero escuchándola fue como me enteré de que mamá fue la primera mujer en pisar la luna. La profe dice que las primeras mujeres en hacer algo se llaman pioneras. Así que mi mamá es una pionera.

A veces la abuela cree que los mellizos, ella y yo somos hermanos. Especialmente cuando mamá nos regaña a todos porque la hemos atiborrado con dulces, o porque hemos jugado a bombas de agua en el patio y la abuela está empapada de pies a cabeza y muerta de risa.

Pero otras veces, la abuela cree que yo soy su hija, es decir, mi madre, sobre todo cuando recuerda el asunto de la luna.

Entonces nos cuenta que la familia completa estaba frente a la tele esperando que el hombrecillo disfrazado de blanco pisara la luna.

La tele en aquel entonces era en blanco y negro. Lo sabemos porque dice que yo (o sea mi mamá) llevaba un camisón rosa, pero cuando me metí en la tele se tiñó de gris.

Que yo quería ser astronauta y que ella me decía que esas no eran cosas de mujeres. Y que yo, testaruda como siempre, me había metido en la tele aquella noche para ser, de la mano de Armstrong, la primera mujer en pisar la luna.

— ¿Y por qué quería ser astronauta? —pregunto yo, que no termino de entender qué tiene de espectacular lo de pisar la luna, ni para qué sirve. Más aun teniendo el poder de meterte en la tele. Yo me metería en cualquier capítulo de los Simpson o en una peli de princesas, pero ¿meterse en una borrosa escena en blanco y negro?

—Porque querías ser la primera mujer astronauta —dice ella, mirándome asombrada como si la que no tuviera memoria fuera yo.

—Mamá, ¿de pequeña tú querías ser astronauta? —le pregunto después a mamá.

Ella me dice que me deje de tontadas. Que no le haga caso a la abuela.

— ¿Por qué?

—Porque yo lo digo y se acabó —contesta mi mamá, como siempre que quiere dar por cerrado un tema sin dar más explicaciones.

Eso pasa siempre que los mellizos o yo preguntamos por papá.  Que hace años que no sabe nada de él, es todo lo que nos dice.

Pero yo una vez la escuché hablando por teléfono con la tía Inés, y le decía que, si mi padre lo estaba pasando mal, bien merecido se lo tenía. Que estaba claro que esa lagarta lo había enredado con sus piernas de vedete, pero que aquello mucho no le iba a durar.

A mí me dio un poco de cosa que a papá se lo hubiera llevado una lagarta, con lo fríos y tontos que son los reptiles. Pero cuando le pregunté a mamá si podíamos pedirle a la lagarta que nos lo devolviera, que para qué quería ella un humano flaco y alto como mi papá, me mandó a la cama sin darme oportunidad de repreguntar.

La lagarta, como la luna, son temas prohibidos para mamá.

Pero, a pesar de su empeño, la historia nos la sabemos súper bien.

Da un poco de pena cuando la abuela se pone a recordar aquella noche de julio del 69. Porque después del festejo, de los aplausos, de mi paseíllo (o el de mi madre), pasa algo. Algo que ensombrece su mirada y hace que interrumpa el relato.

Se queda así, con los ojos brillantes que parecen haber olvidado cómo llorar. Como sus palabras más repetidas en esos momentos, son “papá” y “marchó”, supongo que se trata de que alguien se ha ido.

Si consideramos que la abuela mezcla épocas como ensaladas, tal vez a quien llama papá, no sea su padre, ¡sino su marido!

—Mamá ¿hace mucho que murió el abuelo?

Ella se encoje de hombros.

—No lo sé, cariño.

—¿Cómo que no lo sabes?

—El abuelo… bueno, que no sabemos nada de él desde hace años…

— ¿Desde el 69, tal vez?

¡Bingo! Mi mamá se gira, apoya la cuchilla grande en la encimera y pone su cara de “este es un tema del que no voy a hablar”.

Pero antes de que pueda decir nada, le digo que la abuela nos lo ha contado. Que, si prefiere que nos quedemos con la versión de la abuela y sus huecos, vale.

—No, cariño. Supongo que ya eres lo suficientemente mayor para saberlo. La noche aquella en que el hombre llegó a la luna, estábamos todos frente al televisor. Yo volaba de fiebre y deliraba con pisar la luna. Tu abuelo salió a comprarme algo a la farmacia y nunca más regresó.

—Ah… ahora entiendo…

Mamá me abraza y me dice que ya es suficiente de hurgar en el pasado.

— ¿Y papá cuándo se marchó…? —empiezo a preguntar.

—Esa es otra historia, cariño.

—Lo sé, pero quiero saberla

—No hay llegada del hombre a la luna, ni paseíllo, ni frase célebre. Por lo demás, se parece demasiado a aquella otra.

—De mayor, seré astronauta, como tú —aseguro orgullosa.

— ¿Astronauta? ¡Yo no soy astronauta!, cariño

—Pues… como si lo fueras. No te agobia meterte en una escafandra con tal de acercarnos la luna, eres tan valiente como para dar esos pasos que nadie se atreve a dar, y sobre todo…

— ¿Sobre todo?

—No le tienes miedo a las lagartas —concluyo mientras mi mamá me abraza riendo.

Médico – Nanorrelato finalista en el certamen «Con pocas palabras basta»

Médico – Nanorrelato finalista en el certamen «Con pocas palabras basta»

Llegaba a casa con el corazón estrujado. Pero cada mañana lo planchaba con esmero para entregarlo en la siguiente guardia.

Hoy me han comunicado desde la Biblioteca Municipal de Villamalea, que mi nanorrelato «Médico» ha resultado finalista en su certamen «Con pocas palabras basta». Se trataba de escribir un relato de entre 10 y 20 palabras que tuviera como temática la pandemia de Coronavirus.

Muy agradecida al jurado y a la organización, que me ha tratado con mucho cariño.

El maestro rojo

El maestro rojo

Como a todos, lo llevamos al frontón para fusilarlo. Pidió beber un poco de agua. Un último deseo algo extraño, pero el sargento accedió. Otros pedían un cigarro, un beso de alguna mujer que sollozaba entre el público, y hasta apelaban a la piedad del sargento, que no tenía ninguna.

Le acercaron un cazo de metal, dejó caer un buen chorro dentro de su boca, hizo una especie de gárgara y luego escupió.

Era el maestro del pueblo. Algunos chavales lloriqueaban en primera fila. Nosotros solo esperábamos que nos ordenaran disparar.

—Tus últimas palabras —exigió el sargento.

El reo empezó a hablar, hablar, hablar…

Explicó la regla de tres simple, la compuesta. Recitó los nombres de todos los ríos de España de norte a sur. Conjugó el verbo vivir en todos los modos, tiempos y personas. Repasó las reglas de acentuación de las palabras llanas, agudas y esdrújulas.

Cada vez que el sargento levantaba la mano en ademán de interrumpirlo lo conminaba con gesto severo a volver a su pupitre.

Siguió con todas las tablas de multiplicar, los nombres de los polígonos regulares, las partes de la célula y la clasificación de los seres vivos.

El cura se durmió, el pelotón se dispersó, los soldados rasos ascendimos y el sargento se jubiló. Pero él allí sigue dando clases desde el 36. 

Redacción tema libre

Redacción tema libre

Mi profe se llama Ana. Casi nunca nos manda redacción tema libre. Supongo que porque cuando lo hace la volvemos loca preguntando sobre qué podemos escribir.

Yo estaba esperando que algún día lo hiciera para poder escribir sobre ella. Esta vez no fue ella quien nos la puso, sino la profe del otro quinto, que la está reemplazando. Es que Ana sigue pachucha. Eso dijo la directora y bajó los ojos cuando pregunté si iba a tardar mucho en volver.

Porque yo quiero que sea Ana la que me corrija esta redacción, porque Ana es la única profesora mágica del mundo. Y, además, si tengo alguna falta, me la marcará, pero no me bajará puntos. Porque ella dice que lo más importante de una redacción es que nos dejemos llevar, que escribamos todo lo que se nos ocurra y que no atemos a la imaginación.

Por eso, yo imagino que la profe Ana es mágica. Y tiene poderes secretos. Porque siempre sabe responder a todo lo que le preguntamos y nunca se enfada.

Cuando nos recibe por la mañana sabe cómo ha dormido cada uno: choca los cinco de Lucas, que se cree muy mayor. Nos abraza a los que sabe que nos gustan los achuchones. Revuelve pelos. Acomoda camisetas, les hace bromas a los que traen cara de dormidos y sobre todo sonríe. Siempre sonríe.

Después, si por ejemplo toca mates, nos explica los problemas con tanta gracia, que no parecen problemas. Y al acabar siempre nos dice que todos los problemas tienen solución y si no, dejan de ser problemas. Eso es verdad, ¿no? Porque, que la profe Ana esté enferma es un problema. A mí no me gusta no verla cada día. Y su solución es muy fácil: que se mejore y venga a clase. Y lea esta redacción y sonría, pero no como hace cuando llegamos a la mañana, sino de esa otra forma que usa cuando alguien responde una tontería (por ejemplo, que la unidad fundamental de todos los seres vivos es la cédula) y ella le dice que se ha equivocado, pero que equivocarse es el primer paso para aprender.

Y no es que yo me esté equivocando: la profe Ana es mágica. Pero va a sonreír con su sonrisa de las equivocaciones, porque es la misma que usa cuando algo le da vergüenza, o cuando hay algo que no nos quiere decir. Como el último día, que antes de irnos dijo que no iba a poder venir a clase por un tiempo. Que tenía que pelear un poco contra unas células rebeldes. No con unas cédulas, claro. Eso no tendría ningún sentido. Nos dijo lo de las células, pero cuando le preguntamos si estaba enferma (que somos niños, pero no tontos), sonrió con su sonrisa de las equivocaciones, le brillaron los ojos y luego dijo que recogiéramos, que ya era hora de irnos a casa.

Ya llevo dos páginas del cuaderno y todavía no puse lo más importante: que a mi profe Ana la quiero hasta las nubes. Ahora me río, porque sé que cuando llegue aquí, a este renglón en el que estoy haciendo la mejor letra que tengo, se va a poner roja y va a levantar la vista y buscará mi mirada con una sonrisa. La de las equivocaciones. O la otra.

Entre los finalistas de diciembre de La Microbiblioteca

Entre los finalistas de diciembre de La Microbiblioteca

El de la Microbiblioteca es un concurso de referencia en el mundo del microrrelato.

Por eso es un honor y te llevas una alegría cuando te enteras de que uno de tus relatos ha llegado a las deliberaciones finales del jurado. Eso a pasado con mi Delivery en el mes de diciembre/2020.

El saber que un año más estaré entre las páginas de su exquisito recopilatorio anual es motivo de orgullo.

Gracias a La Microbiblioteca por la dedicación con que apoyan el género del microrrelato.

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