Permutación

Permutación

Ya no podíamos hacer nada por él. Accedimos a los ruegos de la madre y dejamos entrar a su perro en el hospital. Era un Golden dorado que se sentó junto a la cama del niño y hurgó con el hocico bajo su mano ingrávida sobre las sábanas. Él abrió los ojos y sonrió. Los dejamos para que se despidieran en privado.

A la mañana siguiente, la cabeza calva del niño apareció poblada de insólitos rizos rubios, y una semana después, estábamos dándole el alta.

A veces, por las noches se escuchan alegres gruñidos en la planta infantil. Quienes dicen haber visto al perro, siempre por unos segundos, porque escurridizo, se pierde por los pasillos, coinciden en que suele salir de las habitaciones de la zona de oncología y en que lo único extraño que hay en él es que su cuerpo está lleno de calvas.

Mi paso por la final anual REC 2022

Mi paso por la final anual REC 2022

Fue una tarde mágica. Como todas las tardes de final anual de Relatos en Cadena, un hito entre los concursos para todos los microrrelatistas. Llegar por sexta vez consecutiva hasta la codiciada terraza de la Ser era más que suficiente para sentirme feliz y orgullosa. Que mi Bosque de los suicidas haya alcanzado el tercer puesto entre más de 26000 relatos presentados durante esta temporada, es como para estar más que agradecida.

Agradecida por todas las alegrías que me ha aportado siempre este concurso.

Otro año no ha ganado, estarás diciendo. Sí, te respondo. No he ganado. Pero debería responderte ¿CÓMO QUE NO HE GANADO? Por supuesto que he ganado. He ganado un montón de gente con la que he compartido finales y con quienes sigo manteniendo el contacto y la amistad, he ganado el apoyo de muchísimas personas (conocidas y desconocidas) que me escriben sus mensajes alentándome a seguir, que me votan, que me dicen «te he escuchado en la radio otra vez». Me he ganado la mirada de orgullo en los ojos de mis hijos, los mensajes de whatsapp que he considerado un premio paralelo al que se disputaba en la Ser, el sentirme estrella de cine por un día entre tantos homenajes y tantas fotos, que alguien especial viniera a esperarme a la salida de la radio, que desde octubre tuviera por allí encendida la lucecita con la expectativa de este día. De este día de final anual, que nunca se olvida, aunque hayan pasado muchas. Pero, sobre todo, lo que me he ganado es el pasaporte para intentarlo otra vez. Para esperar escuchar la frase de cada lunes y empezar a darle vueltas, a exprimirla, a mirarla a trasluz, del derecho y del revés. Y tener entonces la excusa perfecta para escribir, para seguir escribiendo, que de eso se trata todo esto.

Aquí puedes ver cómo ha transcurrido la final.

Aquí puedes ver la crónica en la página de la SER.

¡Enhorabuena Tomás, Raúl y cada uno de los finalistas con los que he podido compartir algo tan especial!

Segundo Premio en el IX Concurso de Relatos Marbella Activa

Segundo Premio en el IX Concurso de Relatos Marbella Activa

En estos días he tenido el honor de recibir el segundo premio en el IX Concurso de Relatos Marbella Activa. Mi relato Las croquetas de la tía (puedes leerlo aquí) fue considerado por el jurado como merecedor de este reconocimiento.

En esta ocasión se trataba de presentar un relato de humor, lo que hace que me sienta doblemente orgullosa porque considero el humor una cosa muy seria.

Muchas gracias a Marbella Activa por su labor fomentando la participación ciudadana y la integración de toda la sociedad, al jurado que ha reconocido mi relato con este galardón y a Talleres La Ermita, patrocinador del premio.

Mi enhorabuena a Soledad García Garrido y Javier Abelardo González por sus primer y tercer premio respectivamente.

Las croquetas de la tía

Las croquetas de la tía

Cuando a la tía Filomena se le dio por morirse, a los niños nos mandaron a seguir viendo la tele. ¡Irnos a ver la tele con lo interesante que estaba aquello!

A mi hermana Marita, no le dijimos que estaba muerta, le hicimos creer que estaba dormida. Era la más pequeña y lloraba por cualquier tontería. Y para poder permanecer en las inmediaciones de la cocina, era necesario pasar inadvertidos.

Es que la tía murió mientras estaba haciendo sus famosas croquetas. Cayó desparramada con la cuchara de madera en la mano, dejando un reguero de bechamel alrededor. Nuestro gato Chispas lamió cada gota, mientras los adultos intentaban reanimar a la tía. Inútil, estaba claro que había muerto. De ninguna otra manera hubiera ella dejado de revolver.

La verdad es que un poco de miedito daba, pero no tanto como para salir corriendo. Además, yo era el mayor y debía dar el ejemplo. Que en este caso no sabía cuál era. ¿Qué hay que hacer cuando se muere una tía? ¿Es correcto reírse de la cara de tu hermana que cuando se pone nerviosa le da por inventar muecas graciosas? ¿Puede uno estornudar o bostezar, o contar chistes? Pues qué se yo. Yo no tenía experiencia en tías muertas ni en muertos en general. Quiero decir, muertos de verdad y no los de las películas, que esos en lugar de cocinando bechamel, se mueren manchándose de kétchup la camisa blanca para que parezca sangre de verdad. Pero no es cierto que se mueran. Solo están actuando. Lo que yo no entiendo es que si están actuando por qué no se mueren de verdad y luego resucitan cuando las cámaras ya no los enfocan.

Mi padre comenzó a caminar de arriba abajo tropezándose en cada recorrido con la banqueta alta. Mi madre y el tío Julio se quedaron de rodillas junto al cuerpo redondo de la tía. Como esperando que se sentara de pronto y dijera que todo había sido una broma. Pero no. La tía estaba más pálida que la bechamel a medio hacer. Mi mamá le ponía dos dedos en el cuello, como si con eso quisiera devolver las palabras a esa boca que había quedado ligeramente ladeada hacia la derecha, como si estuviera a punto de contar una de sus típicas anécdotas que ya nadie escuchaba por repetidas. Dejaba los dedos un ratito ahí y luego repetía en un tono cada vez más bajo: “Nada, se nos ha ido”.

Mi tío, en cambio, se llevaba las manos a la cabeza y pronunciaba alternativamente dos frases: “¿Qué haremos ahora?” y “Estamos perdidos”.

Seguro que la tía no había dejado escrita la receta de sus croquetas, y siempre se empeñaba en poner su ingrediente secreto sin que nadie la viera, por lo que nos habíamos quedado sin las mejores croquetas del mundo mundial.

Pero después me di cuenta de que lo de las croquetas no era todo el problema. Yo tenía edad suficiente como para saber que a la tía se la podía querer. Un poco, sí. Como se quieren las cosas que siempre están allí, pero tampoco como para sentirnos tan acongojados ante su ausencia. Y lo de la receta perdida era una pena, claro. Pero tampoco era tan grave. Por eso sabía que algo más había en esos gestos dramáticos con que mis padres y el tío se lamentaban por su muerte.

Empecé a entenderlo, cuando con mucho esfuerzo la sentaron en su silla y comenzaron a discutir no sé qué de una pensión. Yo la única pensión que conocía, era la de Don Arturo, a la entrada del pueblo, donde se alojaban los temporeros en la época de recogida. Pero parece ser que esa pensión no era el problema. El problema estaba relacionado con el dinero. Ese que escaseaba en casa desde que papá se había quedado sin trabajo, mamá solo tenía dos casas martes y jueves, y el tío se había venido a vivir con nosotros porque no tenía para pagar el alquiler.

Hablaban de cosas difíciles, de esas que aburren mucho. Por eso los niños nos pusimos a jugar al escondite. Para pasar el rato. Eso sí, al escondite silencioso. Porque si armábamos mucha bulla, fijo que nos mandaban otra vez a ver la tele en el salón. Y yo quería quedarme cerca de la cocina por si terminaban de hablar las cosas difíciles y pasaba algo más divertido.

Decretamos prohibido esconderse en la cocina, tampoco queríamos acercarnos tanto, que nunca habíamos visto un muerto de cerca. Y por más tía Filomena que fuera,  no podíamos olvidarnos de que en el fondo era una muerta de verdad. De esas de cajones y coronas de flores. Y pañuelos blancos estrujados.

Eso lo habíamos visto una vez en la novela de las cinco, que la tía miraba siempre mientras nos preparaba la merienda. Bueno, más de una vez. Porque en esa novela, cada dos por tres se moría alguno. Para renovar el elenco, decía la tía. Pero fuera por lo que fuera, a mí me daba un poco de impresión, la verdad. El muerto no respiraba ni nada. Y todos los demás alrededor, vestidos de negro, llorando y llorando. La tía decía que no lloraban en serio, que estaban actuando. Pero yo creo que sí que lloraban en serio. De miedo, porque ahí nunca se sabía quién sería el próximo.

A los muertos se los lleva a un lugar donde hay muchos muertos, para que no se sientan solos. Pero no se los ve. Nosotros vamos de vez en cuando a visitar a la abuela. Aunque es muy aburrido, porque la abuela ni aparece ni nada. Le dejamos unas flores en un cartel que tiene su nombre, pero parece que mucho no le gustan, porque nunca viene a recibirnos, ni da las gracias. Y encima, cuando vamos la siguiente vez, están todas marchitas porque ni agua les habrá puesto. Supongo que estará muy ocupada haciendo sus cosas de muerta. Y más aún lo va a estar si a la tía Filomena la llevan para allí. Tan entretenidas estarán que menos todavía saldrán a recibirnos o a agradecernos las flores.

En fin. Bastante maleducados son los muertos.

Para comprobarlo bastaba con espiar y ver a la tía Filomena desparramada en su silla, porque ni siquiera estaba sentada como dios manda. A ver si a nosotros nos iban a dejar estar sentados así a la mesa cuando se estaban hablando cosas tan importantes.

Está bien que la pobre debía de estar cansada de escuchar a mis padres y a mi tío hablar de esos asuntos complicados, discutir, y hasta decir palabrotas. Que si no fuera porque los muertos parece que no saben hablar, bien que no se los hubiera permitido. “Esa boquita, que hay niños presentes”, les hubiera dicho. Y ellos se hubieran mirado avergonzados, pero deseando seguir insultándose mutuamente que es una de sus actividades preferidas.

No había nada que hacer. No se ponían de acuerdo. Y mamá en medio de ambos tratando de que la cosa no pasara de castaño oscuro. Eso del castaño oscuro es algo que solía decir la tía, pero que nadie entendía.

Como nadie entendía que la pobre estuviera ahí aguantando el tipo por no darles el disgusto de caerse de la silla.

Hipólito, el de la esquina, me dijo que cuando su abuelo se murió, se puso duro como una tabla y que a los muertos se los entierra, porque así duros, no se los puede plegar y guardar en un sitio que evite que estén siempre en el medio.

Se los podría guardar en el altillo, o en el galpón de las herramientas. Pero así, duros y sin doblar, no hay altillo ni galpón en que puedan caber sin molestar cuando vas a buscar el maíz para las gallinas o las tijeras de podar.

Por eso, urgía hacer algo con la tía. Porque parece que otra desventaja de morirte es que al tiempo empiezas a oler fatal. Como si no te ducharas durante meses. Hay que ver que los muertos no se pueden duchar, que ni siquiera pueden abrir el grifo, y menos aún sostener la cortina del baño para que no se salga toda el agua para afuera.

Al final decidieron que había que ir a buscar al cura, que no había forma de entretener a la tía durante más tiempo sin que se pusiera dura del todo.

Yo no sé bien para qué fueron a buscarlo, porque hacer, no hizo nada. ¿Los curas no hacen milagros? Pues este, no. Ni la resucitó, ni nada de nada.

La tía no opinaba, pero sus ojos fijos en la cazuela humeante que nadie había quitado del fuego lo decían todo.

El cura dijo que había que cerrarle los ojos y llevarla a un sitio en que pudiera reposar. Entonces se armó un pequeño revuelo. Tenían que decidir si la ponían estirada en el sofá, o la llevaban a su cama.

Mi hermana, que a esas alturas ya se había enterado de que la tía no estaba dormida, y compartía habitación con ella, puso el grito en el cielo. Que ella no quería tener a la muerta al lado.

—Será solo un rato —dijo mamá. Y el tío y papá, que cargaban resoplando el cuerpo de la tía, enfilaron por el pasillo.

Pero mi hermana subió el listón y empezó a llorar con ese llanto finito e insoportable que usa a veces. El tío y papá, retrocediendo el pasillo para llevarla al salón.

—Pero ¿qué hacéis? —dijo mi madre —Ni caso a la niña, que no podemos tener a la tía ahí a la vista de todos. El cura tiene que darle el sacramento.

Berrido agudo de mi hermana. Dudas en el pasillo. La tía empezó a resbalarse. El culo le tocaba en el suelo, y la falda se le levantaba cada vez más.

Mientras, era el cura el que se llevaba las manos a la cabeza.

—Señores, por favor. Un respeto por la difunta.

En eso, empezó a salir un humo negro de la cocina. Nadie había apagado el fuego de la bechamel. El tío largó los pies de la tía Filomena y fue corriendo para intentar hacer algo, pero llegó tarde. Desde entonces, los azulejos de la cocina, que eran blancos, están negros y el techo parece un cielo de noche.

El cura dijo que se tenía que ir y que dejaran el cuerpo en un sitio de una vez.

El tío se había quemado los dedos al intentar sacar la cacerola de la hornalla, así que papá decidió arrastrarla solo hasta el sofá.

El cura pronunció unas palabras que nadie entendió y empezó a mojar a la tía con el agua de un frasquito. Menos mal que estaba muerta, porque si hay algo que a la tía no le gustaba, era que la salpicáramos cuando armábamos la piscina de lona en el fondo. Pero claro, eso el cura no lo sabría. Y la tía, que ya estaría muerta de estar muerta, se lo dejó pasar.

Pero lo que yo creo que nunca nos perdonó fue que dejáramos que se quemara la bechamel.

A veces, por las noches, se la escucha perfectamente trastear con las cacerolas en la cocina. Yo no creo en fantasmas, por eso no se lo digo a mi mamá. Porque, además, parece que ese asunto de la pensión era de verdad muy complicado. Todos en casa, tienen cara de preocupados. Que las cosas de oro de la tía solo dan para un mes más de alquiler, he escuchado que decían.

Y siguen discutiendo entre ellos, como cuando mi primo el Benja y yo nos ponemos farrucos y no hay quien consiga que hagamos las paces.

En el fondo no creo que nadie la eche tanto de menos como yo. Que extraño mucho a la tía Filomena. Y, sobre todo, a sus croquetas.

El hueco de la escalera

El hueco de la escalera

Mi hermana Charo lleva años pidiéndole a padre que la deje hacer el camino de Santiago. Padre siempre responde que no entiende qué se le ha perdido a su hija allí.  Si ni siquiera somos cristianos y los santos nos dan igual.  Cuando dice esto mi abuela se persigna, pero a escondidas, no vaya a ser cosa que alguien se acuerde de que ella fue la que insistió con aquello de que nos bautizaran, cuando tenia aún alguna influencia sobre madre.

Al final, Charo cumplió los dieciocho, se cansó de las malas formas y los “Se hace porque yo lo digo” de mi padre, y se consiguió un novio que la llevará a hacer el camino. Tal vez sea el mismísimo Santiago, y mata dos pájaros de un tiro. Camina tal como quería y de paso se queda con él, que más le vale no volver a casa después de escaparse sin dar señales de vida durante una semana. Que eso es lo que me dijo que hará. “Enano, tú no te hagas problema, yo estaré bien, pero no se te ocurra decirle nada a papá. Cuando vuelva del camino, ya hablaré con él”.

Sé que tiene una mochila preparada escondida en el sótano y que pone voz de tonta cuando el tal Santiago (o como quiera que se llame) le habla por teléfono. Que se esconde bajo el hueco de la escalera para hablar con él, y que el plan es descolgarse por el balcón esta noche, cuando papá se haya dormido.

Pero padre no llega de trabajar, y Charo camina inquieta por el pasillo y manda mensajes de WhatsApp que nadie lee y hace llamadas que nadie coge. El supuesto Santiago, santo no es. De eso estoy seguro. Ni tiene mano en el cielo. Porque si no, no hubiese caído tan fácilmente en la trampa. Charo no ha tenido en cuenta que lo de hablar bajo la escalera es algo que ha heredado de madre. Y que, en esta casa, todo se sabe. Como lo de aquel otro santo, al que le rezaba madre para que la sacara de una existencia anodina e insoportable. ¿Has vuelto a saber de él o de madre? Pues eso. Yo tampoco.

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