La escogió de piernas kilométricas, rubia. No todas son tontas, se dijo. Hay que romper estereotipos.
A él le dejó crecer la barba los tres días exactos requeridos para convertir un hombre corriente en un modelo de publicidad de perfume.
Naranjas. Las eligió perfectas, brillantes. Costó encontrar una bolsa de papel al estilo supermercado americano, pero lo consiguió. La puso, rebosante de naranjas, entre los brazos de ella. Apretadas contra un delicado vestido floral. En los pies de él depositó prisa.
Ella caminando de sur a norte. Él, de este a oeste. El sol escondiéndose lento tras el edificio de la esquina opuesta a la que, en tres, dos, uno, los futuros enamorados chocarían, las naranjas rodarían y ellos rozarían sus dedos al recoger la misma, brillante, perfecta.
Magia, se dijo justo antes de echarlos a andar.
Pero una niña, diente en mano y triunfal sonrisa agujereada se asomó a la puerta en ese momento. Papá, ¡se me ha caído! ¡mira! ¡ya soy mayor!
Cerró el portátil aplastando bolsa de papel, naranjas rodantes y futuros enamorados que ya nunca coincidirían.
A contraluz observó extasiado la perlita blanca que la niña le ofrecía. El sol se escondía lento tras los edificios.
