No entiendo por qué los que vienen a visitarnos al hospital, en lugar de felicitarme, me dan un abrazo consolador y permanecen en silencio observándote por el rabillo del ojo.

Eres perfecto, tu carita blanca, la cabecita simétrica, los cinco dedos de rigor en cada mano y en cada pie. Durante los pocos minutos en que nos dejan solos me dedico a observarte, maravillada de tenerte en brazos al fin.

Que tu padre vaya con esa cara pálida de aquí para allá no tiene nada que ver contigo. No te sientas culpable, él es así.

La gente es muy cruel a veces, ¿sabes? Es algo a lo que hay que acostumbrarse. Yo siempre fui la gordita de gafas en el cole y sobreviví. Pero mírate. Tú eres perfecto. Sin embargo, no dejo de escuchar que murmuran “¡Pobrecillo!” cuando creen que no escucho.

Lo único que me preocupa es que llores así cuando levanto la persiana y que mi leche te produzca arcadas. Pero ya lo superaremos. Con solo ver esos insólitos colmillos que adornan tu boquita, todo lo malo queda atrás. A pesar de lo punzantes que son. Todo lo olvido cuando te quedas dormido acunado contra mi cuello.