por pcollazo | Jul 24, 2014 | En pocas palabras, Premiados
Había conseguido regresar. Contaba los días que lo separaban del aeropuerto, los abrazos, los gritos, las lágrimas de bienvenida. Pero cuando puso pie en tierra, comprendió que deshacer el camino no significa regresar. Los árboles no eran tan verdes, y el aire no olía a naranjos. Las sonrisas no eran tan radiantes y las ausencias borroneaban las caras avejentadas que le aguardaban. Sollozó abrazado a su pasado, mientras palmeaban su espalda y le preguntaban si se iba a quedar. La respuesta le estremeció el alma. El tiempo había desplazado los sitios y él ya no sabía dónde estaba el suyo.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
por pcollazo | Jul 23, 2014 | Noticias
Quería compartir con vosotros algo que me llena de satisfacción. Por tercera vez he quedado finalista en un concurso de microrrelatos que organiza la Cadena Ser en España junto con la Escuela de Escritores. El día 24 de julio estaré participando en un programa de radio (La ventana) en algún momento entre las 17:30 y las 18:00 hs de España. Leerán mi cuento y otros dos finalistas y votarán para seleccionar uno de ellos. Más allá del resultado, será un bonito momento para mí, por eso quería compartirlo con vosotros.
En España podéis sintonizar la cadena Ser para acompañarme o desde cualquier sitio, podéis escucharlo en directo en la web o buscarlo más tarde que siempre lo publican. El espacio se llama Relatos con banda sonora dentro del programa La Ventana.
Mi relato está inspirado en una de las canciones propuestas por los organizadores del concurso: ‘El Emigrante’ de Juanito Valderrama.
Luego de mi participación en el programa publicaré el cuento seleccionado en La letra de pie.
¡Gracias por estar ahí acompañándome!
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
por pcollazo | Jul 15, 2014 | Cuentos enredados
Había empezado por comerse las eses. Las recortaba cuidadosamente de la página que estaba leyendo, y de uno o dos bocados las tragaba casi con respeto. Es que sus maestros le habían dicho «Tragarse las eses es cosa seria», y por eso lo había convertido en una pequeña ceremonia.
Como cuando alguien le pedía la hora. Tomaba un día, lo partía en veinticuatro partes exactamente iguales, y escogía una para entregársela al que la había solicitado. Más ardua resultaba la tarea cuando le reclamaban apenas unos segundos, pero gracias a la práctica, se las ingeniaba bastante bien para cortar en tres mil seiscientas porciones alguna de las veinticuatro horas conseguidas.
A pesar de que no muchos parecían entender sus lógicas actitudes, intentaba no preocuparse demasiado por la incomprensión ajena. «No les prestes oídos», le había aconsejado alguien. Por eso, procuraba llevar las orejas siempre bien abrigadas y pegadas a los costados de la cabeza, para que nadie pudiera pedírselas prestadas.
Cuando en el ascensor entablaba una conversación casual acerca del tiempo, sus circunstanciales interlocutores terminaban dudando de su cordura. Si como usted asegura, el verano está loco, es necesario encerrarlo en un manicomio de inmediato, aseveraba con seriedad. En general, el ascensor se vaciaba entre risas contenidas y miradas recelosas, y se quedaba hablando solo. Entonces sacaba su calculadora de bolsillo y le restaba importancia al asunto.
Así hubiera transcurrido su vida entera, si una tarde no se la hubiese cruzado en el parque. Estaba intentando matar dos pájaros de un tiro, como le había sugerido un amigo, pero no lograba que ambas aves permanecieran alineadas durante la fracción mínima de tiempo que necesitaba para actuar. Tan concentrado se hallaba en sus maniobras, que no notó la presencia de ella hasta que resbaló al pisar la alfombra de pétalos que se amontonaba a sus pies.
– ¿Qué haces? – le preguntó al ver su cara triste.
– Estoy deshojando margaritas – respondió ella.
Él no se atrevió a hacer más preguntas. Ni siquiera para averiguar qué era lo que procuraba al inundar el césped de pétalos blancos.
– Debería arrojárselas a los cerdos. Pero me recomendaron que no lo hiciera – intentó explicar ella.
Él se quedó mirándola. Disfrutando de sus movimientos leves, de la simplicidad con que justificaba su proceder.
– ¿No me vas a decir nada? – preguntó ella.
El se inclinó hasta que su cabeza quedó visible para ella.
– Tengo la mente en blanco, le dijo señalándose más allá del flequillo, para que lo corroborara con sus propios ojos.
Ella extrajo de su bolso un papel y anotó una fórmula.
– A mi me pasa cada dos por tres – le contestó mientras exhibía la hoja con los números prolijamente dibujados y el resultado debajo de una línea.
Él, por primera vez en su vida sintió que había hallado un alma gemela, y para asegurarse, desempolvó la suya sobre un banco del parque y le pidió a ella que lo imitara. Las compararon, eran exactamente iguales.
Desde entonces fueron inseparables. Se encontraban por las tardes, en el sitio de siempre. Él la veía llegar y se colgaba una dentadura postiza de las pestañas para poder comérsela con los ojos. Ella, que en general llegaba tarde, traía a causa de la carrera, el corazón en la boca. Lo extraía de debajo del paladar y volvía a acomodárselo en el pecho, antes de sentarse a su lado para ver pasar el tiempo. Esa era una de las actividades preferidas por ambos. Provistos de prismáticos, atentos a cada detalle del desfile, veían pasar el tiempo y hasta a veces, lo seguían por el sendero de grava hasta los límites del parque.
Al tiempo, ya empezaron a aburrirse de sus ritos habituales: papar moscas persiguiéndolas periódico en mano hasta tenerlas dominadas, construir puentes y conseguir hacer correr agua bajo ellos; o tomar dos o tres nueces y aplastarlas mientras gritaban para generar mucho ruido.
Entonces, se fueron sucediendo los primeros desencuentros: se citaban a una hora determinada al lado de la fuente; y por más que los dos concurrían puntuales, no se reconocían. Y eso desencadenaba la siguiente discusión una vez que lograban encontrarse. Ella llegaba provista de una gran cantidad de puntos, y le exigía que desplegara en el césped sus íes para colocárselos encima. Él, con una corona muy pequeña colocada en la cabeza, le hacía saber, señalándola, que lo tenía hasta ahí mismo.
Hubo una tarde en que se subieron a uno de los botes del lago y empezaron a tirar todas las pertenencias por la borda.
– Esto es lo que a ti te importa – reclamó ella mientras tiraba un pito al agua.
El se colocó un traje de buzo y se arrojó al lago. – Mi tiempo es dinero y me lo has hecho perder – le dijo antes de sumergirse – voy a buscarlo.
Ella salió remando contra la corriente, y cuando estuvo en tierra firme averiguó cual era la ferretería más cercana para comprar pegamento. Tenía el corazón partido en dos.
Él, después de buscar infructuosamente su tesoro, se liberó del lastre que le colgaba de la cintura y pataleando con vigor, salió a flote.
Se reencontraron en una ocasión, varios meses después, cuando ambos se habían sentado al pie de la misma letra. Él, con un gato bajo el brazo, le comentó que se lo habían hecho pasar por liebre. Ella, conmovida por su mirada triste y la pregunta que repetía insistentemente, acarició al felino y se encargó de ponerle el cascabel.
De inmediato, él acercó un recipiente con agua, y sosteniéndose el mentón con ambas manos, puso su barba en remojo. Mientras, ella sacó de su bolso una goma de borrar y comenzó a frotársela sobre la cabeza.
Olvidadas las diferencias, borroneadas las antiguas cuentas, todo les pareció igual que entonces. Dibujaron un enorme cero en el suelo y partieron de él.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
por pcollazo | Jul 8, 2014 | Cuentos enredados
Se acercan las vacaciones. Se huele en el aire el abandono del hasta aquí llegué. Los planes y mapas se entrecruzan en los diálogos matinales escuchados en el tren, y usted tiene que hacer un esfuerzo por no sacudirse la arena de los pies antes de entrar en la oficina.
Sobre el escritorio la montaña de papeles lo espera como todos los días, y usted especula con que logrará alcanzar la cima sin necesidad de quedarse más allá de las seis. Por eso, de inmediato despliega los aparejos, se apresura a clavar las primeras estacas, y prepara el terreno con habilidad.
El aromático café lo atrae hasta la cocina donde otros escaladores discuten la posibilidad de tomar un atajo. Es peligroso, les advierte desde sus años de experiencia. Una estaca mal clavada, una correa no asegurada, y pueden encontrarse al pie de la montaña después de haber estado a punto de alcanzar la cima. Y no sólo eso, podrían resultar malheridos.
No lo comprenden. Sabe que lo tildan de cobarde a sus espaldas, cuando regresa al escritorio para encontrarse con lo más temido. Él está allí, esperándolo para aguar todas sus pretensiones de mañana soleada a la orilla del mar, con una tormenta, que sabe, no será pasajera como las tropicales.
Lloverán preguntas, apremios, reproches, incriminaciones gran parte del día. Lo dice el pronóstico en la mirada turbia de su jefe, quien, sin dar los buenos días, señala en el mapa de su playa favorita, los sitios donde la basura ya está ensuciando la arena.
Usted lo mira sin pretender responder, y se calza el traje de neopreno. Ha decidido bucear un rato. Sabe que él no lo seguirá. Que le aterra la idea de sumergirse y depender de una boquilla sujeta a un par de tanques. En cambio, usted ha aprendido a apreciar las maravillas que se pueden observar en el fondo del mar. Todo es cuestión de permanecer quieto la cantidad de tiempo suficiente como para que los habitantes se acostumbren a su presencia, entonces, ya se acercarán sin resquemores, como lo está haciendo en este momento la sirena que suele ocupar el escritorio de la esquina. Y usted, que hasta ahora siempre temió espantarla, decide invitarla a comer. Ella sonríe con un mohín de sirena que podría considerarse un sí, y usted necesita salir a la superficie porque en una sola inhalación agotó el contenido de sus dos tanques.
Con la perspectiva de una comida compartida bajo la sombra de las palmeras y una charla acunada por el sonido de las olas, poco caso hace a la lluvia, que tal como anunciara el pronóstico, empieza a caer sobre sus papeles.
Y es ese descuido, esa negativa suya a abrir el paraguas, lo que termina jugándole en contra. Porque llegado el mediodía, la lluvia lo ha inundado todo, y usted, aislado en su escritorio, ve como la sirena se dirige hacia la puerta mirándolo interrogativamente.
Usted quisiera ser capaz de articular alguna excusa, alguna promesa, pero el sonido de la tormenta arreciando a su alrededor, no se lo permite.
La ve salir sola y busca la figura del hombre que pronostica todas las lluvias para centrar en él su odio. Pero no está. Sabe que es probable que lo haya reemplazado a la mesa de su sirena, y siente ganas de gritar. Como se ha quedado solo, lo hace. El valle anegado le devuelve el eco de su voz.
Atiende el teléfono mientras intenta procurarse un bote que lo conduzca tras los pasos de su sirena aunque sólo llegue a compartir un café. Pero no lo logra.
Los vacacionistas, dueños de los escritorios vecinos están regresando de comer entre comentarios y chanzas que usted no logra entender. Transmite los mensajes recibidos y lo hacen sentir el conserje del hotel en el cual se están alojando.
Cuando la ve entrar seguida de cerca por el traje azul del hombre del tiempo, estruja entre sus manos el caracol-ratón y se dedica a navegar por internet dándoles abiertamente la espalda.
Sabe que tarde o temprano él se acercará a reprocharle que está perdiendo el tiempo izando y regulando velas, maniobrando el timón, cuando está claro que su función a bordo no debería ir más allá de lustrarle las botas al capitán. Cargo que proclama ocupar en voz bien alta, por si a alguien aún no le ha quedado claro.
Es entonces cuando usted cree haber encallado sin remedio. Del primer cajón extrae su crema bronceadora, sus gafas de sol, la toalla prolijamente doblada y lo coloca todo en su bolso de mano. Después atraviesa el agua que lo rodea y alcanza la puerta ante la mirada incrédula del hombre del tiempo que apenas si llega a proferir algunas amenazas antes de que usted tenga tiempo de arrepentirse.
Está claro que a nadie le resulta gratuito desafiar el pronóstico del tiempo. Sin embargo usted lo hace. Se regodea en el clima espeso que antecede a la tormenta final, y espera el desenlace. Se complace con las gotas grandes horadando la arena junto a sus pies descalzos, con las olas revueltas y amenazantes, con el sonido embravecido del mar. Y lo disfruta en grande. Después de todo, hacía realmente mucho tiempo que usted no se tomaba unas verdaderas vacaciones.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...