Había empezado por comerse las eses. Las recortaba cuidadosamente de la página que estaba leyendo, y de uno o dos bocados las tragaba casi con respeto. Es que sus maestros le habían dicho «Tragarse las eses es cosa seria», y por eso lo había convertido en una pequeña ceremonia.
Como cuando alguien le pedía la hora. Tomaba un día, lo partía en veinticuatro partes exactamente iguales, y escogía una para entregársela al que la había solicitado. Más ardua resultaba la tarea cuando le reclamaban apenas unos segundos, pero gracias a la práctica, se las ingeniaba bastante bien para cortar en tres mil seiscientas porciones alguna de las veinticuatro horas conseguidas.
A pesar de que no muchos parecían entender sus lógicas actitudes, intentaba no preocuparse demasiado por la incomprensión ajena. «No les prestes oídos», le había aconsejado alguien. Por eso, procuraba llevar las orejas siempre bien abrigadas y pegadas a los costados de la cabeza, para que nadie pudiera pedírselas prestadas.
Cuando en el ascensor entablaba una conversación casual acerca del tiempo, sus circunstanciales interlocutores terminaban dudando de su cordura. Si como usted asegura, el verano está loco, es necesario encerrarlo en un manicomio de inmediato, aseveraba con seriedad. En general, el ascensor se vaciaba entre risas contenidas y miradas recelosas, y se quedaba hablando solo. Entonces sacaba su calculadora de bolsillo y le restaba importancia al asunto.
Así hubiera transcurrido su vida entera, si una tarde no se la hubiese cruzado en el parque. Estaba intentando matar dos pájaros de un tiro, como le había sugerido un amigo, pero no lograba que ambas aves permanecieran alineadas durante la fracción mínima de tiempo que necesitaba para actuar. Tan concentrado se hallaba en sus maniobras, que no notó la presencia de ella hasta que resbaló al pisar la alfombra de pétalos que se amontonaba a sus pies.
– ¿Qué haces? – le preguntó al ver su cara triste.
– Estoy deshojando margaritas – respondió ella.
Él no se atrevió a hacer más preguntas. Ni siquiera para averiguar qué era lo que procuraba al inundar el césped de pétalos blancos.
– Debería arrojárselas a los cerdos. Pero me recomendaron que no lo hiciera – intentó explicar ella.
Él se quedó mirándola. Disfrutando de sus movimientos leves, de la simplicidad con que justificaba su proceder.
– ¿No me vas a decir nada? – preguntó ella.
El se inclinó hasta que su cabeza quedó visible para ella.
– Tengo la mente en blanco, le dijo señalándose más allá del flequillo, para que lo corroborara con sus propios ojos.
Ella extrajo de su bolso un papel y anotó una fórmula.
– A mi me pasa cada dos por tres – le contestó mientras exhibía la hoja con los números prolijamente dibujados y el resultado debajo de una línea.
Él, por primera vez en su vida sintió que había hallado un alma gemela, y para asegurarse, desempolvó la suya sobre un banco del parque y le pidió a ella que lo imitara. Las compararon, eran exactamente iguales.
Desde entonces fueron inseparables. Se encontraban por las tardes, en el sitio de siempre. Él la veía llegar y se colgaba una dentadura postiza de las pestañas para poder comérsela con los ojos. Ella, que en general llegaba tarde, traía a causa de la carrera, el corazón en la boca. Lo extraía de debajo del paladar y volvía a acomodárselo en el pecho, antes de sentarse a su lado para ver pasar el tiempo. Esa era una de las actividades preferidas por ambos. Provistos de prismáticos, atentos a cada detalle del desfile, veían pasar el tiempo y hasta a veces, lo seguían por el sendero de grava hasta los límites del parque.
Al tiempo, ya empezaron a aburrirse de sus ritos habituales: papar moscas persiguiéndolas periódico en mano hasta tenerlas dominadas, construir puentes y conseguir hacer correr agua bajo ellos; o tomar dos o tres nueces y aplastarlas mientras gritaban para generar mucho ruido.
Entonces, se fueron sucediendo los primeros desencuentros: se citaban a una hora determinada al lado de la fuente; y por más que los dos concurrían puntuales, no se reconocían. Y eso desencadenaba la siguiente discusión una vez que lograban encontrarse. Ella llegaba provista de una gran cantidad de puntos, y le exigía que desplegara en el césped sus íes para colocárselos encima. Él, con una corona muy pequeña colocada en la cabeza, le hacía saber, señalándola, que lo tenía hasta ahí mismo.
Hubo una tarde en que se subieron a uno de los botes del lago y empezaron a tirar todas las pertenencias por la borda.
– Esto es lo que a ti te importa – reclamó ella mientras tiraba un pito al agua.
El se colocó un traje de buzo y se arrojó al lago. – Mi tiempo es dinero y me lo has hecho perder – le dijo antes de sumergirse – voy a buscarlo.
Ella salió remando contra la corriente, y cuando estuvo en tierra firme averiguó cual era la ferretería más cercana para comprar pegamento. Tenía el corazón partido en dos.
Él, después de buscar infructuosamente su tesoro, se liberó del lastre que le colgaba de la cintura y pataleando con vigor, salió a flote.
Se reencontraron en una ocasión, varios meses después, cuando ambos se habían sentado al pie de la misma letra. Él, con un gato bajo el brazo, le comentó que se lo habían hecho pasar por liebre. Ella, conmovida por su mirada triste y la pregunta que repetía insistentemente, acarició al felino y se encargó de ponerle el cascabel.
De inmediato, él acercó un recipiente con agua, y sosteniéndose el mentón con ambas manos, puso su barba en remojo. Mientras, ella sacó de su bolso una goma de borrar y comenzó a frotársela sobre la cabeza.
Olvidadas las diferencias, borroneadas las antiguas cuentas, todo les pareció igual que entonces. Dibujaron un enorme cero en el suelo y partieron de él.

La literalidad, en algunos casos es imprescindible, para evitar que «se pongan palabras en tu boca que no has dicho.»
Pero tomarse todo a «pies juntillas», hace a las personas se conviertan en seres obtusos.
Hay tienes dos frases hechas que se te quedaron en el tintero 🙂
Un abrazo
🙂 Si se me quedaron en el tintero, será cuestión de mojar la pluma y seguir escribiendo…. (¿no eran tres tus frases hechas?)
Gracias!
Si jaja me di cuenta cuando ya había publicado …