por pcollazo | Nov 27, 2015 | En pocas palabras
Odio que me revuelvan la cama. Yo soy de dormir con las sábanas bien estiraditas. Así como me acomodo, así permanezco toda la noche. Ni una vuelta doy. Con deciros, que cuando me levanto, la cama no parece haber sido usada en absoluto.
Por eso no entiendo que cada día amanezco en un revoltijo de sábanas arrugadas, edredones revueltos, almohadas en paradero desconocido, y el pelo de punta, como si hubiera visto un fantasma.
No, no es que tenga pesadillas, las recordaría. Tampoco es que me levante sonámbulo, nunca lo he sido. Tanto me ha intrigado este fenómeno, que la última noche, he puesto a funcionar mi cámara de vídeo y la dejé grabando toda la noche.
Hoy, después de despertarme, lo primero que he hecho ha sido visionar el video, claro. Una, dos, tres, veces.
Es cierto que lo he hecho a velocidad para poder revisar las ocho horas de sueño. Pues nada. Os puedo asegurar que lo único que se ve, es un señor (yo mismo) durmiendo boca arriba, con la sábana y el edredón hasta la barbilla y el pecho subiendo y bajando acompasadamente.
Inexplicable ¿no? Eso mismo me he dicho, y de inmediato he pedido cita con un psicólogo, ¿o debería acudir a un psicoanalista? No lo sé. Por las dudas he pedido citas con los dos.
Pero como sé que no acudiré, porque si hay algo que de verdad odio, es salir a la calle, para no forzarme a pensar en el asunto, ni contestar las llamadas de mi hermana insistiendo en que debo consultar a un médico de locos o algo así, me he puesto la ropa de deporte.
Entonces, perfectamente preparado, he salido a correr mis quince kilómetros diarios por la cama, como hago todas las mañanas. Porque, como os decía, si hay algo que de verdad odio, es salir a la calle.
Escrito para los Viernes Creativos . Sobre una fotografía de Alyssa Monks.
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por pcollazo | Nov 21, 2015 | En pocas palabras
Cuando mamá se iba a Pilates, nos quedábamos con papá. Era una pena que sólo fuera una vez a la semana, porque la verdad es que con él nos lo pasábamos genial. Nos cocinaba macarrones o hamburguesas. Y a veces ¡nos hacía pizza! Hasta que un día se la olvidó en el horno y tuvieron que venir los bomberos porque el humo salía por la ventana y los vecinos se asustaron.
Nosotros no nos habíamos dado cuenta porque estábamos jugando a guerra de almohadas en el cuarto de mis padres. Los dos estábamos en calzoncillos, cosa que estaba terminantemente prohibida en casa. Mamá no permitía que transitáramos semidesnudos por la casa. Decía que era indecoroso, y poco apropiado exhibirse así delante de una niña. Mi hermana tenía apenas cuatro meses y no creo que se sonrojara por vernos en ropa interior, pero cuando mi madre fija una norma, vete a intentar hacerla cambiar de opinión.
No nos vayamos por las ramas. Aquella tarde papá puso a calentar la pizza y volvió al cuarto para terminar lo que teníamos por la mitad. Yo había aprovechado la interrupción para pertrecharme con una buena cantidad de municiones. Y en cuanto entró al cuarto empecé a disparar como una ametralladora, muerto de risa. Él cogía almohadas y almohadones al vuelo y los iba acumulando a modo de trinchera. Falta de estrategia por mi parte, pronto me quedé sin armamento, y él comenzó a reír como un villano de esos que quieren dominar el mundo. Entonces no tuve más remedio, cogí a mi hermana que estaba recostada en la cama entretenida mordiéndose el pie derecho (una de sus actividades preferidas) y se la arrojé.
Mi estrategia funcionó: cogí al enemigo desprevenido. Laurita (Laurita es mi hermana) pasó justo por su lado y su trinchera de almohadas quedó destruida, cuando mi padre se estiró intentando cogerla. Como un portero en una parada espectacular la cogió en el aire aunque ya había atravesado la ventana.
Al principio pensé que la estaba zarandeando como hace siempre para hacerla reír, por eso no me pareció raro que estuviese con medio cuerpo colgando hacia afuera, y los pies descalzos en el aire.
Aproveché su distracción para volver a pertrecharme. Pero al rato, como no volvía, empecé a decirle que me aburría.
Llamaron al telefonillo, yo fui atender pensando que sería mamá, y lo era.
– ¡Cariño! ¡Gracias a Dios! ¿Estáis bien? Los bomberos no me permiten subir…. ¿qué pasa en la cocina? ¡Sale mucho humo!
Miré hacia el final del pasillo y percibí la niebla que empezaba a inundarlo todo
– ¡Estamos perfecto!
– Dile a papá que se ponga… que coja a la niña y salgan de ahí de inmediato. Los bomberos están subiendo y os ayudarán
Yo lo intenté. Pero mi padre seguía con los calzoncillos a mitad de culo, los pies en el aire, jugando con Laurita por la ventana.
Los bomberos rompieron la puerta y me alzaron en brazos bajándome por la escalera a toda prisa. Cuando llegué al portal, los vecinos aplaudieron y mi madre me abrazó llorando.
Poco después, mi padre salía al portal, con los calzoncillos rajados y Laura en brazos. Tenía la cara colorada y Laura reía divertida.
Los bomberos nos abrigaron, quitaron el humo de casa, y los vecinos que se habían acercado a curiosear nos acribillaron a preguntas.
Mi padre me deslizó al oído una de sus órdenes, que más que órdenes son ruegos de complicidad: – De la guerra de almohadas, nada. ¿Has entendido?
Yo asentí, mientras los niños del cuarto C me palpaban como si fuera un extraterrestre.
– ¿Pero qué estabais haciendo para olvidaros así del horno? – preguntó mamá cuando al fin nos dejaron subir a casa. Aún olía un poco a quemado y la cerradura estaba rota. Pero el cerrajero estaba en camino.
Como mi padre me había dicho que de almohadas, nada, sólo supe responder:
– Jugábamos al balón con Laura.
– Pero si Laura ni siquiera camina…
Papá me miró indicándome que tenía que decir algo o no decir otra cosa, pero yo no entendía qué. Por lo que me pareció que lo mejor era mentir.
– Es que Laura era el balón…
Papá palideció, Laura gorgoteó feliz y yo pensé que era mejor que me fuera a la cama sin cenar. Me alcanzó con ver la expresión de mi madre para tomar semejante decisión.
El profesor está enfermo, dice mamá, cuando le pregunto por qué no va más a Pilates. Sé que miente. Yo creo que no va, porque no quiere que papá me haga pizza congelada. Con lo bien que le salía…
Escrito para los Viernes Creativos. Sobre una fotografía de Señorita Eme
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por pcollazo | Nov 15, 2015 | En pocas palabras
Desde que te espero en la estación Primavera, tu tren se ha quedado varado en Invierno. Algunos pasajeros que llegan desde allí, se apean felices, contemplan el sol, se quitan las bufandas, aspiran aromas que tenían casi olvidados.
Cuando les pregunto por ti, dicen que tu tren no consigue ponerse en marcha. Y que tú te niegas a coger otro. Aunque te insistan en que hay que seguir adelante, en que permanecer en una estación no te ayudará, sólo niegas con la cabeza y callas.
Cierto es que nos perdimos de vista cuando en el andén de Verano, cogimos trenes diferentes. Pero siempre te he dicho que te esperaría en Primavera. Y llevo dos meses haciéndolo.
No me quito el abrigo, porque sin ti, el frío me hiela los huesos, aunque esté en un andén florido en el que todos los pasajeros parecen felices y acalorados. Sólo me he animado a coger una solitaria rosa que escondo para mostrártela por sorpresa cuando bajes del tren al que nunca subirás.
Tengo doloridos los dedos porque las espinas se clavan, pero aguanto. Te hice una promesa en la que no crees y es por eso que no llegas. Pero resisto. Hasta que el guarda me obligue a coger el siguiente tren con destino a Verano. Allí te buscaré en los paisajes que hemos compartido, aunque sepa que será inútil.
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por pcollazo | Nov 6, 2015 | En pocas palabras
– ¿Y lo que sabe hacer con la boca? Ni te imaginas, tío… ¡La Lore es lo más!
– No… te lo estás inventando. ¿De verdad te lo hizo?
Escuchaba a mi hermano hablar con su amigo David. En cuanto David llegó se habían encerrado en nuestro cuarto sin permitirme entrar. Tenemos que estudiar, dijo Sebas, y me cerró la puerta en la nariz.
Eso ya era raro, porque por más que tuvieran que estudiar, nunca lo hacían sin antes echarse una partidita al FIFA, y en general me dejaban jugar con ellos para poderme echar la culpa si perdían.
– ¡Cuenta, tío, cuenta! – rogaba David.
Me imaginaba que mi hermano se estaba haciendo el interesante como cuando quiere que le ruegues para que te cuente algo.
– Pues, eso. Que la tía tiene una lengua… y cómo sabe manejarla. Y los labios… y hasta usa un poquito los dientes, no te creas. Pero lo hace tan perfecto que no pasa nada aunque muerda. Al contrario… Te pone a mil y después y después…
Yo cada vez acercaba más la oreja a la puerta, pero cada vez escuchaba menos. El fenómeno se debía a que mi madre me estaba arrastrando sostenido de la oreja opuesta hasta la cocina.
– ¿Qué te he dicho de espiar a tu hermano? – recriminó sin soltar mi oreja.
– ¿Má, qué sabe hacer la Lore con la boca?
Mi madre me soltó, extrañada ante mi pregunta.
– Pues lo que todo el mundo, supongo. Comer, hablar, mascar chicle, que es lo que hace todo el día…
La Lore es una especie de niñera que queda en casa cuando mamá viaja por trabajo. Bueno, lo es para mí, porque hace rato que Sebas afirma no necesitar niñera y se llena la boca diciendo que la Lore es simplemente una amiga de la familia. Una amiga a la que mi madre paga por sus visitas, claro.
– ¿Por qué preguntas eso, cariño? – dijo mi madre condescendiente, agachándose y poniendo sus ojos a la altura de los míos. Eso lo hace cuando quiere sonsacarme algún secreto de mi hermano. Por lo que este tema de las habilidades de la Lore con su boca, debía ser importante.
– Nada, má…. Algo que se me ocurrió… como siempre masca chicle….
Así me saqué se encima el interrogatorio que me estaba por caer y de paso me gané una buena carta para jugarle a mi hermano.
Esa misma noche, se la canjeé por toda su colección de cartas Pokémon, que llevaba años guardando sin acceder a regalármela, ni a mostrármela siquiera. Más de trescientas, con expansiones de todas las épocas.
A cambio juré que no hablaría con mamá ni con nadie acerca de la boca de la Lore, ni de su lengua y sobre todo de lo que sabe hacer con ella. Un trato evidentemente ventajoso para mí. Tanto lío por no comentar que la Lore sabe hacer unos globos gigantes si se mete tres chicles juntos en la boca… ¡Como si no me lo hubiera mostrado cantidad de veces!
Escrito para los Viernes Creativos. Fotografía de Jaya Nicely.
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por pcollazo | Oct 16, 2015 | En pocas palabras
Mi hermana Lola, siempre fue la más guapa de las dos. No tiene sentido negarlo. En las navideñas reuniones familiares, amenizábamos las inevitables discusiones entre cuñados, primos, consuegros, con nuestras actuaciones. Ella siempre era la estrella y yo, simplemente la acompañaba, le daba el pie, hacía que se luciera exagerando mi papel de tonta. A mí no me importaba. Los aplausos se repartían a partes iguales porque siempre saludábamos ante el público a dúo.
La última vez que montamos nuestro espectáculo tendríamos unos diez o doce años. Al año siguiente murieron dos de mis abuelos, los tíos de Navarra se separaron, mi prima Gracia se quedó encinta y se suspendieron las reuniones navideñas. Creo, que aunque no se hubieran sucedido todas esas desgracias, las reuniones habrían desaparecido de todos modos. Es que nuestra última actuación no resultó ser un buen colofón de tan corta carrera artística.
Durante la última escena, yo, disfrazada de chico (siempre me tocaba a mi ser el chico) tenía que ponerle en el dedo anular una alianza, que dado nuestro escueto presupuesto en utilería, estaba fabricado con el alambre proveniente de una de la botellas de cava que los mayores abrían con tanta asiduidad por esas fechas.
Algo salió mal, el anillo resbaló con cierta dificultad por su dedo, pero imbuida en mi papel como estaba, insistí e insistí hasta que llego al final del dedo. Y allí se quedó. Ese fue el problema. Una vez que había entrado, el dedo de mi hermana parecía haber aumentado de volumen de forma desproporcionada. Hubo que suspender la función.
El publico en pleno, se volcó con la protagonista que chillaba como si le hubiera clavado una daga en el corazón. Me quitaron de en medio y lo intentaron todo. Jabón, vela, miel…. El anillo no salía. El dedo estaba hinchado, como si mi hermana soplara desde dentro para hacer más espectacular el incidente. Nadie se animaba a usar un alicate para cortarlo. Sospecho que tampoco hubiera alguien lo suficientemente sobrio como para poder hacerlo.
En resumen: la familia terminó en urgencias, yo castigada en casa con mi abuela de carcelera (si conocierais a mi abuela entenderíais lo desproporcionado de la condena).
Mi hermana volvió horas después con varias puntadas en su dedo anular, llorosa y recibiendo mimos y atenciones de todo el mundo. No me habló durante tres meses y cuando lo hizo fue para decirme que estaba segura de que lo había hecho adrede por lo mucho que la envidiaba. Yo me reí, y claro, lo tomó a mal. Seré más fea o más tonta, pero cuando quiero lastimar a alguien, tengo mucha habilidad. Le dije entonces que nunca se casaría, porque nadie querría ponerle una alianza en ese engendro de dedo lleno de cicatrices que le había quedado.
Lloró durante semanas. Lo de casarse era muy importante en mi familia. Sobre todo para mi madre. Si se lo llegas a decir a mamá, te mato, me amenazó. No quería que mi madre dejara de quererla y se volcara en buscarme el hombre adecuado a mí, si con ella ya no había nada que hacer.
Han pasado veinte años desde entonces. Mi vaticinio se cumplió. Lola no se casó. Yo sí. Ella usa su dedo engendro para tocar el piano. Se ha convertido en una gran concertista. Yo uso mi dedo intacto para ponerme hielo en los magullones de la cara y del alma.
El riesgo de hacer vaticinios cuando se es demasiado joven como para creer en que se cumplirán.
Escrito para los Viernes Creativos. Fotografía de Elena Helfrecht
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