No sé cuándo empezó. Tal vez haya sido hace tiempo, pero hasta ahora no quise darme cuenta.  Él me decía: Dulcinea (porque entonces me llamaba así), por ti haría cualquier cosa. Entonces yo le pedía que escalara el Everest, y él me traía el más bello copo de nieve de su cima. Pero él insistía: ¿quieres que te baje la luna? A mí me daba un poco de apuro pedirle que emprendiera semejante cruzada, pero al final, accedía. Al poco tiempo ahí tenía la luna sobre la mesa de la cocina y nos la comíamos a cucharadas.

Cuando dejó de llamarme Dulcinea, debí detectar la señal de alerta. Pero tampoco le di tanta importancia. Nea, ¿quieres que le robe a la reina de corazones un pimpollo de su mejor rosal para ti? Y yo, aunque pensaba que tal vez era demasiado peligroso, porque todos sabemos la debilidad que la reina tiene por las cabezas masculinas, lo dejaba hacer. Pero cuando me entregaba la rosa, pinchaba mis dedos y me desangraba un poco, lo justo como para que él tuviera que pedir perdón.

Sus ofrecimientos comenzaron a ser menos atractivos. Más bien digamos que se tornaron en burdos intentos por mantener mi amor.  Ne, ¿quieres que te prepare un té? ¿Te enciendo las luces para que puedas leer mejor? ¿Compro algo para esta noche?  Empecé a verlo como lo que en realidad es: un simple mortal.

Anoche, después de una cena a la que invitamos al silencio a sentarse con nosotros, dijo que teníamos que hablar. Ne, tenemos que hablar. Eso dijo. Como en las películas. Y enseguida espetó su archiconocido ¿qué te pasa? ¿es que ya no me quieres?

Y yo decidí ponerlo a prueba. Le dije que las cosas habían cambiado demasiado y que era él quien ya no me quería. Él lo negó. Tendrás que demostrármelo, lo desafié. ¿Cómo?, preguntó.

Y entonces se me ocurrió eso de que si me quería de verdad, durante la noche tendría que bajarme al menos diez estrellas. Pero, N…, intentó protestar (¡ya ni siquiera me llamaba Ne!) Le cerré la puerta de nuestro cuarto en la cara.

Acabo de despertar y él no está. Seguro que no se ha preocupado de hacer lo que le he pedido.

Salgo de casa atraída por unas luces que se ven desde la ventana. Tal vez sí lo haya conseguido después de todo, me digo. Pero no. Sobre el solar de enfrente hay seis, ocho, diez bombillas gigantes desparramadas. Me acerco a tocarlas, aún están tibias y desprenden una luz amarillenta, pero van perdiendo brillo a cada segundo.

Él se ha ido, lo sé. Como sé, sin mirarlo, que el cielo se ha quedado sin estrellas.