Cuando nos enteramos de que la guerra se había desatado y que tendríamos que ir al frente, nos pusimos todos muy nerviosos. Ya no era cuestión de levantarse con el alba, satisfacer los caprichos del Teniente, jugar a las cartas con los compañeros y montar guardia nocturna de vez en cuando. La cosa era mucho más seria.
Nadie quiere morir con veinte años. No sé con treinta, pero con veinte os aseguro que no. Llegado el momento, cuando el Teniente vino a buscarnos para ordenarnos estar preparados para partir al alba, hubo quienes se echaron a llorar. Algunos se pusieron repentinamente enfermos: ataques de tortícolis en los tobillos, sarampiones en la lengua, meningitis en las plantas de los pies. El Teniente no se conmovió ni un poquito.
Al amanecer, cuando sonó la diana, no nos vestimos, porque habíamos pasado la noche en vela, con los uniformes puestos. El Teniente pasó revista en el patio. O eso intentó. Porque era nombrar a uno de nosotros, y el mencionado, empezaba a inflarse y a inflarse y a inflarse hasta conseguir flotar. Despegaba un pie, luego el otro y subía como un globo por sobre las tapias del cuartel. El Teniente intentaba asirnos por los tobillos, pero no lo conseguía. Uno a uno lo fuimos dejando con su voz de mando atragantada de tanto gritar y dar órdenes al aire.
Desde lo alto lo vimos caer de rodillas con las manos en la cabeza. Y reímos a pesar de que sabíamos dónde nos habíamos metido. Esquivar los cables eléctricos, las aves, y los disparos que empezaron a arreciar desde tierra, no iba a resultar fácil. Menos aún regresar a tierra sin estallar. Un detalle que no habíamos tenido en cuenta en nuestro perfecto plan.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de este fotograma de la película de 1916 «Maciste alpino», de Giovanni Pastrone:


Surrealista, pacifista y muy divertido.
Un abrazo, Patricia.
Gracias, Ángel. Un abrazo