por pcollazo | Jul 28, 2017 | En pocas palabras
A veces me salen al encuentro dos niños disfrazados y sé que uno de ellos soy yo, pero no consigo determinar cuál. Si lo intento, me empieza a doler de cabeza y la imagen estalla como si hubiera estado flotando dentro de una pompa de jabón. Me salpica apenas el rostro y hago como si me fuera a secar la humedad con la manga, pero en realidad, lo que me seco son las lágrimas que si las dejara comenzarían a salir.
La mujer de la chaqueta gris no quiere que llore. Siempre me lo dice. Y yo quiero complacerla, porque sé que la amo. Cuando llega y se sienta a mi lado después de plantarme dos besos, sé que la amo. Habla y habla sin parar, y me coge las manos, y me muestra unas fotografías de cuando era pequeña, dice. Y me pone crema. Eso me gusta mucho. Tiene las manos suaves, como la voz.
– ¿Dónde está Juanito? – le pregunto. Uno de los niños de la fotografía se llama Juanito. – Si no volvemos temprano mamá se enfadará…
Ella vuelve a cogerme las manos y me mira como si no estuviera preocupada. Pero sé que lo está. Que estoy diciendo algo que la pone triste.
Por eso no hablo hasta que se va después de darme otros dos besos.
La pompa vuelve a flotar frente a mí, pero ahora tiene una niña en su interior. Una niña cogida de la mano de un hombre que mira feliz a la cámara. Es la imagen de una de las fotografías que la mujer de la chaqueta gris me ha mostrado.
– Aquí estamos los dos – me ha dicho y ha deslizado mi dedo por el papel amarillento acariciando el pelo de la niña. El hombre sonriente he de ser yo. Y la niña se parece a él.
La pompa estalla otra vez. Un hombre de traje habla en la tele. Creo haberlo visto antes.Tengo ganas de llorar y no sé por qué.
– Es la hora de la cena, Don Francisco – dice la mujer de la bata azul y conduce mi silla por un pasillo.
Soplo para intentar formar una nueva pompa que me saque de la oscuridad. Pero ya no lo consigo. La mujer acerca una cuchara llena a mi boca. La abro sin protestar.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Raquel Rodríguez Suárez:

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por pcollazo | Abr 15, 2017 | En pocas palabras
A falta de zapatito de cristal, Amanda le prueba su frasco de vidrio a cada uno de sus pretendientes. Eso lo hace siempre después de probarlos en la cama, claro. Que la magia y la fantasía están muy bien, pero no se vive de ellas.
Espera a que se queden dormidos, cosa que todos los hombres hacen más temprano que tarde, y así, procurando no despertarlos, les mete la mano en su frasco de vidrio. Si la mano del bello durmiente de turno, cabe completa dentro del frasco, la conclusión es clara: se trata de un mortal común y corriente como todos los demás. Y no queda otro remedio que colocar toda la ropa del susodicho sobre su abdomen, que sube y baja al compás de los ronquidos, y zarandearlo hasta obligarlo a caerse de la cama.
Si el mortal se da cuenta de su mano está dentro de un frasco lleno de un líquido viscoso, la mira horrorizado y huye. Y si no se da cuenta, ella se lo hace notar diciéndole que tiene una cucaracha sobre la frente para que el incauto intente quitársela dándose un golpe seco y acristalado que termina de despertarlo.
El frasco de Amanda es de aceitunas, pero ella se ha encargado de quitarle la etiqueta con mucho ahínco, para evitar que alguien se llame a engaño y concluya que todo esto de los frascos y las manos es una manía suya.
El día en que su príncipe traspase la puerta de su casa, siempre que pase con un mínimo aprobado la prueba de la cama, ella lo sabrá cuando su mano no quepa en el frasco por más vaselina que le eche para facilitar la operación. Entonces llamará a su corte de amigas y les anunciará que ha dado con el hombre indicado. Ya verá cómo se las apaña para convencer al susodicho de que debe quedarse con ella. Para eso ya tiene la alacena llena de frascos vacíos, que llegado el momento usará para asegurarse de que podrá conservar a su hombre, aunque sea a trocitos, para toda la vida.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía:

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por pcollazo | Abr 8, 2017 | En pocas palabras
Que siguiera andando, me dijiste. Que el camino me llevaría al pueblo. Y que allí podría pedir ayuda. Fue una decisión difícil. Dejarte sola, a merced de una jauría de lobos que se disputaban la primera fila junto al tronco de tu árbol, no me parecía buena idea. Pero insististe. Ve a casa de tu abuelo y explícale lo que ocurre. Tu voz pretendía firmeza, pero temblaba un poco por sobre los gruñidos de los animales. Me pregunté cuánto tiempo tus débiles piernas te mantendrían encaramada sobre aquella rama que parecía arquearse cada vez más.
Para no ponerte más nerviosa giré y eché a andar. De vez en cuando me volvía para verte hacer aspavientos con la mano derecha indicándome el camino, mientras con la izquierda te sujetabas para no caer.
Hasta después del tercer recodo, no me pregunté por qué los lobos te preferían como presa, y no venían a por mí, con lo sencillo que hubiese resultado alcanzarme. Desde hace tiempo que mis pensamientos son confusos y me lleva tiempo razonar cosas elementales. Pensé en regresar y cuestionar tus órdenes. Pero al final no lo hice. Tengo que buscar al abuelo. Él la salvará, pensé. Pero cuando llegué al pueblo, todo estaba muy cambiado. La casa del abuelo estaba cerrada a cal y canto. En el jardín, las malezas alcanzaban la altura de mi cintura. Y nadie se detenía a mi paso a pesar de mis esfuerzos por pedir ayuda. Como si yo fuera un fantasma, pensé.
Y entonces lo entendí todo. Llevo días intentando encontrar el camino que me devuelva al lugar donde te dejé. Pero no consigo acertar el correcto. Todos los senderos en la montaña se parecen. Las mismas rocas, el mismo musgo, las mismas hierbas creciendo desordenadas. Tal vez todavía esté a tiempo de espantar a esos lobos hambrientos con algún truco barato, aunque en el fondo sé que nada podría hacer. Y que por eso me has obligado a alejarme, para no hacerme pasar el mal trago de verte morir.
Me pusiste a salvo del horror. Como aquella tarde, cuando papá llegó borracho y furioso y cogió la azada del jardín. Huye, cariño, huye, me gritaste. Y yo lo hice. Sin atreverme a mirar atrás. Y me interné por algún sendero en la montaña. Uno de estos mismos que ahora recorro esperando coincidir contigo. Para salvarte, o para decirte que ya no me tienes que salvar. Pero no lo encuentro. Todos los caminos tienen tres recodos, y un ramillete amarillo a la izquierda, y un pinar agusanado, y los ojos brillantes de los animales que acechan. Todos son idénticos. Como la oscuridad.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Juancho Plaza:

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por pcollazo | Mar 26, 2017 | En pocas palabras
Nunca me atreví a pedirte que nos fotografiáramos juntas. Temía que te negaras. Que vieras en mi deseo de conservar un recuerdo compartido, algún oscuro complot, mi intención de tener un arma cargada con la que poder amenazarte si las cosas se torcían después.
Y yo respetaba tus miedos. Respetaba a rajatabla el cuidado con que cubrías lo nuestro con una pátina de disimulo. Con capas de normalidad tejidas con nombres de campeonatos, de estadios, de pruebas. Éramos compañeras de equipo. Esa era la coartada y el motivo por el que la única fotografía en que salimos ambas, tiene los colores rojinegros de los trajes con que ganamos la prueba de equipos en París. Tiene esos colores y la presencia tranquilizadora de otras cuatro sonrientes atletas. Tú en una punta, yo en la otra. Ni siquiera nos permitimos la cercanía que podría delatarnos.
No me importaban tus desplantes públicos de entonces. El modo en que te empeñabas en que no comiéramos demasiado cerca y en que no compartiéramos asiento durante los largos viajes. Si la entrenadora se entera olvidémonos de nuestras carreras, decías. Y aunque a mí, la carrera no me importaba demasiado, entendía que a ti sí.
Pensaba que era cuestión de tiempo, que la carrera de una atleta es corta y que algún día podríamos ser nosotras sin reglas e instituciones que respetar.
Mi carrera fue más corta, sí. A ti las lesiones te respetaron más. O hiciste que te respetaran. Pero te esperé. Esperé que llegara el día en que te retiraras y volvieras a casa.
Ayer, cuando te creía entrenando en algún país del este de Europa, tu nombre se sumó a la lista de desaparecidos en el tsunami. Al principio me negué a creerlo, pero me lo han confirmado. Estabas en una playa de Indonesia. De luna de miel. Te habías casado con el periodista aquel del que tantas veces nos habíamos reído juntas.
Busqué y rebusqué nuestra foto, la de los trajes rojinegros, para verte sonreír una vez más. No la encontré. En el fondo de la caja en que la guardaba, una nota tuya. En ella me explicabas que te la llevabas porque era lo único que podías conservar de mí. Y de ti siendo quien siempre habías querido ser a mi lado.
Imagino nuestra fotografía arrastrada por una ola gigantesca junto a tu cuerpo. Los trajes rojinegros desvaídos, como nosotras mismas. Tu melena flotando enmarañada de hojas. Y quisiera volver a peinarte una vez más, como lo hacía entonces, cuando salías de la ducha y me sonreías tímida y me mirabas en el espejo mientras yo te cepillaba el pelo. En ese entonces en que yo aún creía que algún día me pedirías que nos hiciéramos juntas una fotografía. Solas. En algún un atardecer.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía perteneciente al proyecto Lost & Found del artista Munemasa Takahashi:

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por pcollazo | Mar 3, 2017 | En pocas palabras
Nos esposaban a la compañera de pupitre. Así evitaban que las más díscolas tuviéramos comportamientos inadecuados. En cada pareja, había una sediciosa y una modosita, auténtico orgullo de su familia.
Mi compañera de dupla se llamaba Martina, y nunca durante todos los años que compartimos, conseguí convencerla de que necesitaba un poco de diversión. De que tanto estudiar y estudiar no nos llevaría a nada bueno. Pero ella erre que erre. Que mañana hay examen de historia, que hay que terminar los ejercicios de mates, que no terminamos de leer lo que mandó la de lenguas… Yo, mientras ella arrastraba mi mano izquierda escribiendo y escribiendo, con la derecha me pintaba las uñas, o jugaba al póquer con las integrantes díscolas de otras duplas, o me levantaba el ruedo del delantal blanco que nos obligaban a usar, y que era patético.
Cuando llegó el esperado momento de abandonar el colegio y con ello la oportunidad de distanciarnos al fin, todo se desmoronó. La llave de nuestra esposa se había traspapelado y no había forma humana de separarnos. Así que tuvimos que conformarnos y hacer juntas nuestras vidas. Ella se casó a los veintiuno con su novio de los dieciocho. En cambio yo, nunca me casé, aunque viví con aquel chico tan majo durante algún tiempo. Yo creo que en el fondo a ella también le gustaba. Porque no cerraba los ojos ni se giraba ni cuando hacíamos el amor.
Cuando yo estaba terminando la carrera de abogacía, ella ya tenía tres hijos y un marido que nos pegaba a ambas, porque a energúmeno no había quien le ganara.
Combinar mis viajes de trabajo con las actividades extraescolares de sus hijos, el cuidado de su casa y las cervezas que me tomaba yo con mis compañeros a la salida de la oficina, fue realmente muy complicado. Pero lo conseguimos.
Al final, como era de prever, un día su marido nos mató arrojándonos por el balcón en el mismo momento en que nos estábamos enredando con mi jefe en un hotel de las afueras. Nuestros cadáveres aparecieron juntos sobre la acera de nuestro portal, y nosotras, liberadas al fin, disfrutamos sin tapujos de nuestro primer trío.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de 1922 procedente del álbum de la familia Comas:

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