Casi infiel

Casi infiel

Seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido, al menos por unos minutos. Nadie lo nota, decía él. Pero te aseguro que es así. Por eso, cuando yo llegaba a su casa, inmediatamente después de que su mujer saliera, me recibía como si fuera una vendedora de seguros, o una molesta testigo de Jehová. Me hacía entrar, pero me obligaba a ofrecerle una línea telefónica o a hablarle de la biblia o de la tarifa de gas. Hasta que pasados los primeros diez minutos, se abalanzaba sobre mí y me hacía el amor sobre el sofá, sobre la alfombra, rodando nuestros cuerpos desnudos y sudorosos por toda la sala. Sólo por eso valía la pena la farsa que había que montar. A veces, para provocarlo, le ofertaba la tarifa “caliente” o le narraba un pasaje de la biblia donde el desenfreno sexual había obligado al todopoderoso a incendiar una ciudad entera. Él me miraba arrebatado, con los ojos brillantes y consultaba el reloj. Puede que aún esté aquí, pronunciaba sin emitir sonido y señalando la esfera. Los reglamentarios diez minutos no habían transcurrido aún.

Era un juego, y al principio era divertido, pero como todo juego, si se repite y se repite sin variaciones, llega a aburrir. Por eso después de meses, una tarde, cuando llegó el momento de irme (su mujer estaba a punto de regresar) dejé que me besara apasionadamente como siempre, que me acompañara hasta el ascensor y moviera su mano en gesto de despedida mientras las puertas se cerraban. Pero en realidad me había quedado dentro de su apartamento. Y antes de que pudiera empujar la puerta entreabierta para meterse en su casa, la había cerrado con doble llave.

Su mujer lo encontró en calzoncillos acurrucado sobre los peldaños de las escaleras y sin una explicación coherente para darle. Menos explicación iba a tener del hecho de que una extraña se hubiera quedado dormida en su sofá sobre la camiseta arrugada de su marido. Por eso, cuando consiguieron abrir la puerta gracias a la llamada de emergencia a un cerrajero, decidí que sería mejor salir y con un buenas noches pulsé el botón del ascensor mientras la mujer me miraba con expresión desorbitada.

No necesité permanecer en su casa los diez minutos de rigor luego de haberme ido, para saber que aquella noche él no durmió en casa. Y que los diez minutos durante los que pudo permanecer después de que su mujer lo echara, no le alcanzaron para convencerla de que yo no existo, de que solo soy el fantasma de una antigua habitante de su piso. De que no soy real, de que a veces las personas seguimos en los lugares de los que nos hemos ido, sobre todo si en ellos hemos sido felices.

 

Escrito para los Viernes Creativos incluyendo la frase «Seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido» perteneciente a uno de los relatos de «Habitaciones con monstruos» de Ángeles Sánchez Portero.

Tres almas

Tres almas

Cuando cada noche él se deslizaba en mi cama sin pronunciar palabra, y sin contemplaciones me sometía a sus deseos, yo lo dejaba hacer, mientras huía al jardín a esperar a que terminara y se fuera a dormir la borrachera a su propio cuarto.

En el jardín, solía encontrarme con mi segunda alma, la que me cogía del brazo y me hablaba al oído para distraerme. Y me cantaba la canción de los angelitos en las escaleras. Eso me ayudaba a mantenerme quieta y sin rechistar. La experiencia nos indicaba que era lo mejor. Cuanta más resistencia oponíamos, más se alargaba la tortura, y lo que es peor, más se excitaba la bestia.

Mi tercera alma, se mantenía siempre en un segundo plano, haciéndose la inocente, pero todas sabíamos cuál era su verdadera intención.  La última noche,  se apareció con las tijeras de podar en una mano y la decisión pintada en el camisón desgarrado. Nada pudimos hacer para impedirle actuar.

Cuando por la mañana, mamá regresó de trabajar, nos encontró a las tres abrazadas, metidas en el mismo cuerpo tembloroso. No necesitó que le explicáramos nada. Deslizó las tijeras fuera del cuello del monstruo y con un grito de venganza, las volvió a clavar.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Hellen van Meeden:

Obsesiones

Obsesiones

Los fantasmas de historias son muy persistentes. No se conforman con que los estrujes en una hoja arrugada y los arrojes a la papelera. Tampoco es suficiente con reducirlos a cenizas con el mechero ese que tienes en el primer cajón aunque te has prometido dejar de fumar.

No temen a la luz artificial sobre una nueva página en blanco, y menos aún a la oscuridad que propicia los jueguecitos intrigantes con que pretenden obligarte a volver a ellos.

Tú has decidido dejar de lado aquel personaje demasiado atribulado o esa historia que encallada en un callejón sin salida. Borrón y cuenta nueva. Tachas, borras, abollas folios y te pones a pensar en una nueva historia. Pero ellos siempre regresan.

Primero son una mancha difusa sobre el papel. Tú pasas la mano como si quisieras barrer inexistentes pelusas depositadas sobre la hoja, pero en lugar de hacerlas desaparecer, les das vida. Comienzan a tomar forma. En un claroscuro se perfilan con el aspecto de aquel protagonista desechado, o de algún secundario cercano que viene en su representación.

Y tú haces como que no lo ves alzando la vista hacia un imaginado horizonte, fingiendo pensar. Pero cuando vuelves a intentar escribir las primeras palabras de un nuevo cuento, allí está él. Con las palmas apoyadas desde el otro lado de tu hoja en blanco. Exigiendo que lo liberes.

Llegados a este punto tienes dos posibilidades. Aliarte con el rebelde y dejarlo campar a sus anchas hasta sacar de él lo mejor que consigas, o abandonarlo a su suerte poniéndote de pie para irte a la cama, cosa que deberías haber hecho hace tiempo ya. El muy testarudo, te seguirá sin duda. Toca ahora atormentar tus sueños. No te quejes. Para eso eres escritor.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esa fotografía de Willie Hsu:

Única respuesta válida

Única respuesta válida

Las preguntas del examen parecen escogidas adrede para suspender a gran parte de la clase.

Yo la observo ir y venir entre las mesas con ese andar torpe y no soy capaz de odiarla. De las veinte preguntas, podré con suerte, contestar tres. Y no es que no preste atención en clase. Yo le presto toda la atención del mundo. Sé en qué momento el mechón rebelde se escapará de su coleta. Puedo predecir qué zapatos traerá los jueves y el color del abrigo que usará cada lunes. Soy capaz de asegurar que aunque llueva a cántaros no traerá paraguas, porque ya ha perdido el último que le quedaba. Puedo anticipar el tono con que anuncia un nuevo tema, la mirada de reproche con que pide la agenda de los que no hacen la tarea, el momento preciso en que estornudará si la primavera se cuela por la ventana.

Si en lugar de preguntar sobre la política y el arte de los visigodos,  preguntara acerca del matiz de sus ojos cuando escucha a alguien plantearle una pregunta, o sobre la cantidad de veces que se acomoda el reloj en la muñeca en cincuenta minutos, podría sacar un diez sin despeinarme. Pero no. Todo lo que tiene de dulce y especial, lo tiene de testaruda y estricta. Y de fanática de esas historias antiguas que no deja de contarnos con tanto entusiasmo que al final, algo te queda.

Leo y releo las hojas que nos ha entregado y observo los huecos en blanco en donde se supone que debo contestar tantas preguntas. Si es que yo solo tengo una respuesta para todas ellas y no me animo a escribirla en el papel.

Ella se ha detenido a mi lado y cuando levanto la cabeza, el corazón me da un vuelco a causa de su proximidad.

– ¿Qué pasa? ¿No entiendes las preguntas? ¿Necesitas ayuda?

Niego repetidamente con la cabeza. No puede ser tan dulce y atenta y pretender que no te enamores de ella. No puede conocer las respuestas a estas inteligibles preguntas y a muchísimas más sin esperar que te mueras de admiración.

Se aleja taconeando los zapatos que usa los días de lluvia. El izquierdo tiene hace tiempo el tacón un poco despegado, pero ella no lo nota.

– Diez minutos para entregar – dice desde el frente.

Algunos compañeros bufan. Otros se apresuran a rellenar los huecos blancos. Yo, en cambio sigo mirándolos como si fueran atrayentes luces y yo una mariposa de esas que no pueden evitar chocar contra ellas y morir.

Suena el cambio de hora. Ella pasa mesa por mesa para recoger. Cuando se detiene a mi lado, me apresuro a garabatear mi nombre en la hoja sobre la que no he escrito nada y se la entrego con las mejillas ardiendo.

Ella la recoge y mientras todos van saliendo del aula, me hace una seña.

– Quiero hablar contigo – pronuncia sobre el bullicio.

Retraso tanto como puedo mis movimientos mientras recojo las cosas que están sobre el pupitre.

El corazón me late desmesurado. Ella me espera semisentada sobre su mesa. Mis compañeros han salido ya. Me acerco intentando pensar una excusa que me saque pronto de allí.

– ¿Qué pasa, Lucia? ¿Te has enamorado? – dispara sin anestesia.

¿Cómo puede ser que haya adivinado cuál es la única pregunta para la que tengo respuesta?

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Johan Deckmann

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Trampantojo

Trampantojo

Fue verte y se me hizo agua la boca. Labios de fresa, pómulos de manzana, ojos de aguacate.

Eras dulce, eras salada. Solo pensaba en pasar mi lengua por cada una de tus dimensiones. Probar tus texturas, el crujiente de tu cabello rizado, él toque ácido que albergabas debajo de la nuca.

Tu forma de contonearte en la pista, hacía que deseara zambullirme en la mousse de chocolate de tu piel, aspirar el aire que separaba sus partículas, sorberte entera y embriagarme sin remedio.

Eras tentadora como los vasos de horchata de mi infancia, como las cervezas con los amigos, como los mojitos después de medianoche. Por eso, cuando te acercaste invitadora, no dudé en seguirte hasta la puerta, hasta el taxi, hasta el hotel.

Que la mañana me encontrara desnudo, sin cartera, y con una cuenta desproporcionada por pagar, no quita el buen sabor de boca que me ha dejado haberte catado, haber sorbido tu néctar, haber saboreado tus misterios….  Una pena no ser capaz de recordarlo.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de este vídeo de Cat Power y Pharrell Williams: