Nos esposaban a la compañera de pupitre. Así evitaban que las más díscolas tuviéramos comportamientos inadecuados. En cada pareja, había una sediciosa y una modosita, auténtico orgullo de su familia.
Mi compañera de dupla se llamaba Martina, y nunca durante todos los años que compartimos, conseguí convencerla de que necesitaba un poco de diversión. De que tanto estudiar y estudiar no nos llevaría a nada bueno. Pero ella erre que erre. Que mañana hay examen de historia, que hay que terminar los ejercicios de mates, que no terminamos de leer lo que mandó la de lenguas… Yo, mientras ella arrastraba mi mano izquierda escribiendo y escribiendo, con la derecha me pintaba las uñas, o jugaba al póquer con las integrantes díscolas de otras duplas, o me levantaba el ruedo del delantal blanco que nos obligaban a usar, y que era patético.
Cuando llegó el esperado momento de abandonar el colegio y con ello la oportunidad de distanciarnos al fin, todo se desmoronó. La llave de nuestra esposa se había traspapelado y no había forma humana de separarnos. Así que tuvimos que conformarnos y hacer juntas nuestras vidas. Ella se casó a los veintiuno con su novio de los dieciocho. En cambio yo, nunca me casé, aunque viví con aquel chico tan majo durante algún tiempo. Yo creo que en el fondo a ella también le gustaba. Porque no cerraba los ojos ni se giraba ni cuando hacíamos el amor.
Cuando yo estaba terminando la carrera de abogacía, ella ya tenía tres hijos y un marido que nos pegaba a ambas, porque a energúmeno no había quien le ganara.
Combinar mis viajes de trabajo con las actividades extraescolares de sus hijos, el cuidado de su casa y las cervezas que me tomaba yo con mis compañeros a la salida de la oficina, fue realmente muy complicado. Pero lo conseguimos.
Al final, como era de prever, un día su marido nos mató arrojándonos por el balcón en el mismo momento en que nos estábamos enredando con mi jefe en un hotel de las afueras. Nuestros cadáveres aparecieron juntos sobre la acera de nuestro portal, y nosotras, liberadas al fin, disfrutamos sin tapujos de nuestro primer trío.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de 1922 procedente del álbum de la familia Comas:

