por pcollazo | Jul 29, 2018 | En pocas palabras, Premiados
Frente al espejo repasa su aspecto una vez más. Está más nerviosa que en su primer día. Aunque han pasado más de veinte años, lo recuerda perfectamente. Su problema entonces era conseguir recogerse el pelo para parecer seria y profesional. Ya no tiene esa larga cabellera que recoger. En cambio, el pelo muy corto se dispara ahora en todas direcciones desde su cabeza, y la complejidad reside en aplacar tanta rebeldía.
Si está nerviosa no es por el peinado, ni por la sensación de que la chaqueta de su traje no termina de sentarle como antes, ni siquiera por pensar que tal vez su sitio en la mesa estará ocupado cuando llegue.
Si está nerviosa es porque teme enfrentarse a las miradas esquivas con que ha sido recibida en algunos sitios después de que todo pasara. A las sonrisas condescendientes, a los comentarios soslayados, a la conmiseración.
Deja a su hijo en la puerta del instituto y conduce con prudencia hasta la oficina. Si algo ha aprendido es a tomarse las cosas con calma. Hace unos meses hubiera apurado los semáforos al límite del cambio de color. Hubiera vociferado contra ese conductor que insiste en mantener el límite de noventa en la M30 delante de su coche. Hubiera pitado a la moto que se le ha cruzado en la bocacalle justo antes de llegar. En cambio hoy, ha buscado sitio para aparcar sin mirar la hora, sin odiar a esos afortunados que lo han encontrado justo un segundo antes de que ella llegara junto a ellos, sin agobiarse pensando en el tiempo que lleva perdido cuando aún no son ni las nueve.
En el panel del torno de entrada, la flecha verde la reconoce como alguien con derecho a entrar a su oficina. Se siente tontamente feliz. Guarda la tarjeta pensando que de haber estado sola en el ascensor, le hubiera dado un beso antes de hacerlo.
Al salir en su planta, camina sobre el piso enmoquetado escuchando su propio taconeo como si fuera una especial melodía. Ha habido momentos en que ha dudado de poder estar otra vez allí. De volver a odiar el olor de los lunes, de volver a insultar a la máquina de café cuando le tragara su última moneda, de cuchichear cotilleos sobre la nueva sospecha de romance achacada al de finanzas. Y había sido dudando de ser capaz de regresar algún día, como todas esas cosas habían adquirido un valor distinto para ella.
Se acerca a su mesa casi sin entender que la nube de globos de colores que flota encima, enganchada al monitor de su ordenador, es para ella.
La extrañeza que le producen las mesas vacías, el silencio en toda la planta a esas horas de la mañana, empieza a inquietarla cuando la música estalla estridente desde su ordenador. Es el “Viva la vida” de Coldplay. Esa especie de himno que la ha acompañado en sus cascos durante tantas horas en el hospital, que ha sostenido tantas dudas, tantos desasosiegos, hasta convertirlos en certezas. Esto es obra de las chicas, se dice, mientras sus compañeros salen de debajo de las mesas al grito de ¡Bienvenida! y ella apoya el bolso en el suelo, y llora y ríe y vuelve a llorar entre abrazos, entre bromas, entre gente, que no la ha dejado sola durante estos largos meses, ni tampoco le soltará la mano en este retorno.
Sobre su mesa, la mejor bienvenida: una carpeta con el nombre del nuevo proyecto en el que, le dice su jefe, deberá meterse de lleno ya.
No piensa en el hueco bajo su chaqueta, en que su pelo habrá perdido la seriedad conseguida a base de gel, en que su maquillaje, estará hecho un desastre, después de tanto abrazo y tantas lágrimas enjugadas de prisa. En cambio, piensa en que las segundas oportunidades siempre son mejores que las primeras. Y en que es hora de buscar las monedas e invitar a las chicas al primer café.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
por pcollazo | Jul 8, 2018 | En pocas palabras
Al principio, me cautivó tu juego fluido y preciso. Esa forma de pasar el balón con elegancia, con seguridad. Sabías pincharlo y en un solo movimiento enredarlo en tus pies para salir a la carrera hacia la portería. Lo escondías a los defensas, que frustrados ante tu habilidad, se rendían ante cada bicicleta, ante cada regate.
Ese juego de ataque, de estrategia de equipo, ese cuatro tres cuatro y tu famoso “tiqui-taca” me enamoraron, por qué negarlo.
Y me entregué a tus pases profundos, a tus desmarques, a la enloquecedora manera con que sabías mover a tus mediocampistas, a tus dobles pivotes, hasta conseguir mi apertura hacia las bandas.
De ahí, al Hat trick había un paso, que diste a balón parado después de bascular hábilmente y esquivar la barrera.
Entonces, con el cansancio propio del juego de alto nivel, llegó el tiempo en que empezaste a preferir los autopases, a despreciar mis apoyos, y dejarme calentando en la banda sin pedir nunca el cambio. Si me acercaba a ti, me engañabas con unos caños, y te cerrabas atrás para jugar al contragolpe. Y yo, por temor a perder, te seguía dando cobertura sin entender que de tanto ver amarillas, terminaría en la calle.
Tuvo que intervenir el cuarto árbitro para que entendiera que debía detener un momento el cuero y leer el juego. Que los córners que lanzabas ante mis propias narices a otros equipos, no tardarían en convertirse en goles. Y que yo no quería quedar fuera de juego, ni decidirlo todo en la tanda de penaltis.
Me quité el brazalete que me habías dado, y con un pase de la muerte, te obligué a decidir si querías seguir chutando a portería. Recibiste el esférico y me miraste con esos ojos de pichichi que siempre me habían conmovido. Pero en lugar de colarla bajo la escuadra, la tocaste con la mano.
Salí del campo sin mirar atrás, a pesar de tus protestas. A pesar de que pedías a gritos que el VAR certificara, que la mano no había sido intencional.
No me arrepiento. Desde el banquillo, las cosas se ven mucho mejor.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
por pcollazo | Jul 8, 2018 | En pocas palabras
El árbitro debería tener un poco más de cuidado… ¿no cree? ¿Cómo no ha visto esa falta? Tal vez sea necesario que usted o yo le abramos los ojos cuando acabe…
Me revuelvo incómodo en el asiento de plástico. Estamos mirando el partido de alevines desde la casi desierta grada del equipo visitante. Pero el hombre interrumpe su cháchara para gritarle indicaciones al número siete local. El niño lo mira y sigue corriendo por el lateral. Es rápido y hábil con el balón.
Mi hijo permanece enfurruñado en el banquillo. Tocará conformarlo otra vez.
El niño de la camiseta número siete realiza una jugada que por poco no acaba en gol. Este nos sacará de pobres, repite el hombre llevándose las manos a la cabeza.
Suena el pitido final. El siete se acerca a una mujer al otro lado del campo. Señala hacia el sitio de la grada visitante en que estamos sentados. Mi compañero murmura un insulto y huye corriendo en cuanto ella lo ve.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
por pcollazo | Jul 8, 2018 | En pocas palabras
¡Bien de fuerza, solo le ha faltado un poco de puntería! Verás cómo el próximo te sale mejor, lo animo. Lo cierto es que el tiro no ha tenido ninguna de las dos.
Recojo el balón y se lo paso despacio, para que pueda controlarlo con los pies. Tampoco así lo consigue, y termina rodando por el suelo. Lo observo alarmada, odiándome por forzar tanto las cosas.
Su gorra ha salido volando dejando al descubierto la cabeza calva.
– ¡Nico, mamá te ayuda! – grito angustiada mientras me acerco a la carrera. Pero me detengo. Desde la sabiduría de sus cinco años me mira y se incorpora lentamente, como un viejo, mientras dice: no hace falta, yo puedo solo, mamá.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
por pcollazo | Jul 8, 2018 | En pocas palabras
¡Progresa adecuadamente pero puede mejorar!, grita la grada cuando pierde el control del balón y regala un córner a los rivales. Ni un insulto, ni un recuerdo para su madre. No concibe una afición tan educada. Ni rival, ni propia.
Durante todo el encuentro, ninguno de los equipos ha cometido ni una sola falta. Así no hay quien estrene los tiros libres ensayados.
Hasta sus propios compañeros están irreconocibles. Sonríen a la defensa contraria, se ceden el balón con generosidad…
Él, por darle un poco de emoción al partido, se planta ante el árbitro y lo insulta. Solo consigue que lo ponga a pensar con la frente apoyada en uno de los postes de la portería.
Se jura, mientras cumple el castigo, que es la última vez que antes de salir para el estadio, acepta probar ese extraño té que su hija le prepara a las muñecas.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...