¿Está usted seguro de que desea eliminar la Carpeta “Fotos San Silvestres” de forma permanente?

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No sabe qué tecla apretó por error, pero la ventana ha preguntado, se ha contestado y ha desaparecido, sin darle tiempo a escoger respuesta.

Con el corazón en un puño, abre el explorador. La carpeta no está.

No lo puede creer. En esa carpeta guardaban las fotos de las últimas cinco San Silvestres. Desde aquella en que se conocieron, hasta la última en la que corrieron empujando el cochecito de Alba.

Se pone en pie con dificultad, como si el cuerpo le pesara más y recorre el pasillo con las piernas agarrotadas.

– Cariño… ¡no sabes lo que ha pasado!

Pero al llegar al cuarto, la cuna de la niña ha desaparecido,  la cama está vacía, y tiene solo una plaza.  Los retratos se han esfumado. Y el anillo que hasta hace un momento adornaba su mano izquierda, descansa junto a otro, desconocido, sobre la mesilla de luz.

Primer premio en el II Concurso de Relatos «Cuarto y mitad»

Primer premio en el II Concurso de Relatos «Cuarto y mitad»

A veces, aunque no lo parezca, la literatura te da de comer. Y hoy ha sido uno de esos días. He tenido la alegría de recibir el primer premio en el II Concurso de Relatos «Cuarto y mitad» organizado por la Biblioteca Pública Municipal Mario Vargas Llosa y el Mercado Barceló de Madrid.

Una tarde muy agradable, la posibilidad de conocer más gente adicta a las letras, y de recorrer el Mercado Barceló de Madrid, donde podré invertir (¡cuántas cosas ricas hay!) mi premio.

El relato ganador «Tómate una más» puede leerse aquí.

Gracias a estas iniciativas fomentadas desde las Bibliotecas Públicas de Madrid y por supuesto, gracias al Mercado Barceló que ha patrocinado el concurso otorgando unos premios súper sabrosos.

 

 

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Tómate una más

En aquella época, a los niños nos mandaba a comprar tabaco y el tendero nos lo vendía sin siquiera inmutarse.  Lo mismo ocurría con los bares. Mi madre decía que el bar de Manolo no era sitio para mujeres, que si no… ¡Ella misma se ocuparía de sacar a mi padre de allí! En cambio, me mandaba a mí, que como era un niño, tenía la entrada franqueada, serpenteaba entre las mesas y el humo (por supuesto que se fumaba dentro, ¡y cómo se fumaba!), hasta dar con los pantalones de papá, y detrás de la niebla, con él mismo.

– Dice mamá que….

– La bruja ya te ha mandado al niño – vociferaba alguien

Mi padre, siempre me sonreía, apuraba el vino que le quedaba en el vaso y me decía: “Corre y dile que enseguida voy”

Yo lo hacía, pero sabía que era mentira. Que cuando aún estaba yo saliendo del bar, alguien decía “¿Ya te vas a ir, Toñito? Siéntate, que te invito una ronda” Y entonces él se quedaba. Y mi madre se enfadaba conmigo por mentiroso y por no saber hacer bien ni un recado.

Por eso, yo odiaba el vino y el bar de Manolo a partes iguales. Por eso, y porque eran el motivo de constantes grescas entre mis padres.

Sin embargo, cuando mi padre murió y mi madre salió a trabajar, por las tardes me quedaba solo en casa, y un poco por inercia, y otro poco por costumbre, me acercaba al bar de Manolo, me escabullía entre las mesas, siempre vociferantes, siempre cubiertas de humo, hasta la de mi padre. Y allí, entre las risotadas, y el ruido de platos, estaba la silla vacía de papá y su vaso lleno de vino. Y yo me sentía por un momento a su lado otra vez.

Entonces me parecía normal que su sitio permaneciera intacto, como esperando que regresara. Pero ahora comprendo que era todo un gesto por parte de sus amigos, tenerlo presente de ese modo tan especial. Si alguien me veía acercarme, no me lo decía. Era como si yo mismo fuera un fantasma y la presencia de mi padre en aquella mesa fuera lo real.

El tiempo me llevó a olvidar aquella promesa que me hice de niño en las tardes en que las trifulcas en casa amenazaban con descascarar las paredes: nunca bebería vino.

Ahora suelo beberlo, siempre entre amigos. Siempre recordando a mi padre y su remoloneo casi adolescente a la hora de regresar a casa.

Sin embargo,  a veces, me acerco al bar de Manolo, aunque Manolo ya no esté, aunque no se permita fumar dentro, y me siento solo a una mesa. Pido dos vasos de vino, y mientras me bebo el mío,  dejo el otro sobre la mesa, como un reclamo. Como un anzuelo. Tal vez, algún día, mi padre se decida a sentarse un rato conmigo y remolonear a la hora de regresar al cielo.

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En su nombre

Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, mi cabeza es una colección de celdas vacías. La luz de una linterna se abre paso entre sus cavidades sin iluminar ni un gramo de sensatez.

– ¡Alto! – grita una voz.

Obedezco. Aunque quisiera, no me podría mover.

En la mano izquierda estrujo el papel en que el detective apuntó tu dirección: calle México 12, 1º A.

En la derecha, sostengo el metal pringoso donde aún noto palpitar tu corazón.

Y entre los labios, aprieto con fuerza, para que no se me olvide, el nombre de mi hija. Ese que he repetido sin parar desde el mismo momento en que, sin imaginar que la libertad iba a durarte tan poco, me has abierto la puerta.

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Primavera fuera de lugar

Incongruente enamorarse en otoño

¿no es la primavera para eso?

Incongruente el calor arrebolado

en una mañana lluviosa

de domingo por el Rastro

de música en las calles

y sonrisas café con leche.

Incongruente enamorarse en otoño.

Las mariposas van por dentro

y no hay flores en los balcones

pero brotan en tus ojos entornados

cuando el primer beso

nos sorprende en un semáforo en rojo.

Incongruente enamorarse en octubre.

Doblemente,

en octubre a los cincuenta.

Confabular dos otoños

para pintar primaveras ocres

en nuestros lienzos cuarteados,

de óleo sedientos,

y fuera de todo pronóstico,

vivos.

Es incongruente,

y no procede

y no estaba en el guión.

Por eso improvisamos,

por eso caminamos hasta Santa Ana otra vez,

esquivando el tren en Sol

para pedir el enésimo café

(o un té verde yo, que nunca bebo té)

y dejarnos llevar.

Para consentirnos caer, irremediables,

en la sensación.

Como hojas de otoño,

arrebujadas a nuestros pies.