por pcollazo | Abr 17, 2020 | Noticias
Hoy tuve la alegría de que mi relato «Querido diario» resultara seleccionado entre los finalistas del concurso de Zenda Nuestros Héroes.
Un concurso en el que hubo que elegir entre muchos seres humanos que estos días se están comportando como auténticos héroes ganándole el pulso al COVID 19. Hubo que elegir, porque había que escribir una historia en la que apareciera uno de estos héroes, y hay muchos. Tenemos la suerte de que haya una multitud de ellos.
En mi historia hay una heroína «principal» pero hay más héroes que la acompañan. Tal como ocurre en la realidad. Vayan dedicados entonces, la historia y el reconocimiento a todos esos grandes humanos que día a día le plantan cara a la adversidad para protegernos a los demás.
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por pcollazo | Abr 10, 2020 | Cuentos enredados, Premiados
Día 1 sin mamá
Mamá
me ha dicho que escribiera este diario. Que eso me ayudará a pasar el tiempo
mientras no podamos vernos, y de paso, luego podré contarle todo lo que me vaya
pasando y que no llegaré a decirle en su llamada diaria.
Día 5 sin mamá
La
abuela dice que no podemos hablar mucho rato con mamá. Que nos llama cuando
llega a casa, muy cansada después de trabajar todo el día. Que tiene que
dormir. Entonces tenemos que turnarnos ella, Eva, Lucas y yo. Solo me tocan dos
o tres minutos. Todavía no me he animado a decirle cuanto la quiero.
Día 7 sin mamá
Hoy
la gente ha empezado a aplaudir en los balcones a las ocho. La abuela nos ha
dicho que aplauden a mamá y salimos los cuatro con los abrigos puestos y
aplaudimos hasta que nos duelen los brazos. Lucas es el que se cansa primero y
le pregunta a la abuela si está segura de que están aplaudiendo a mamá. “Sí,
cariño”, dice la abuela. “A mamá y a todos los héroes que cuidan de los
enfermos y luchan contra el virus”. “¿Mamá es como Superman?”, pregunta Eva. La
abuela asiente. Yo sé que mamá no tiene capa ni nada. Le miente a Evita porque
es pequeña y se lo traga todo.
Día 10 sin mamá
La
abuela nos enseñó a hacer magdalenas, nos ha dicho que eran el dulce preferido
de mamá cuando era pequeña. Hoy, cuando ha llamado, nos hemos peleado por ser
el primero en contarle lo buenas que nos han salido. “Mmm qué rico” ha dicho
mamá. Le prometimos que cuando podamos volver a casa con ella, haremos un
millón de magdalenas.
Día 12 sin mamá
Hoy
me ha animado a decirle que la quiero mucho. No sé, ya tengo ocho años, cada
vez me gusta menos que me ande besuqueando todo el tiempo. Pero hoy me hubiera
encantado que lo hiciera. Me prometió una guerra de cosquillas cuando
regresemos a casa.
Seguimos
saliendo al balcón a las ocho. Ya no llevamos abrigo, y es de día. Entonces es
más fácil ver que al rato de empezar a aplaudir a la abuela se le caen las
lágrimas. Es una pesada, pero a ella también la quiero.
Día 15 sin mamá
Nos
pregunta siempre si estamos haciendo las tareas que nos pasan los profes. Evita
es demasiado pequeña y no le dan tareas. Pero me preocupo de que Lucas y yo
estemos al día. Para poder decirle que
sí, que lo estamos haciendo todo. Si le decimos eso, se nota que se
tranquiliza. Dice que nos extraña, pero que ya falta menos. Que no hagamos
regañar a la abuela. Y que se va a dormir, que mañana madruga mucho otra vez.
Día 18 sin mamá
Hoy
la abuela ha estado hablando cinco minutos con mamá. Se ha encerrado en la
cocina y no nos ha dejado escuchar. Solo nos dejó mandarle besos y abrazos
todos juntos con el micrófono abierto. Dijo que mamá estaba muy cansada y que
tendría que quedarse en casa unos días. “¿Podemos ir a verla, entonces?”,
pregunté entusiasmada. “No, cariño, no podemos” dijo, y luego se enjugó con
disimulo dos lágrimas como hace siempre después de los aplausos en el balcón.
Día 20 sin mamá
Ahora
mamá nos llama desde casa. Le han dado unos días libres. Pero se ve que ha
trabajado demasiado, porque está muy cansada. No deja de recomendarnos que
hagamos las tareas, que nos portemos bien. Habla como si acabase de correr una
carrera. Le pregunto si estaba haciendo gimnasia. Me dice que no. Que está un
poco cansada, pero que se le pasará.
Día 21 sin mamá
Hoy
mamá ha hablado un rato más largo con nosotros. Habla con todos a la vez,
parece que eso la cansa menos que repetirnos lo mismo a uno por uno. Nos ha
prometido que el año que viene, cuando yo cumpla los nueve, Lucas los once y
Eva los cinco, nos iremos los cuatro a Euro Disney. Nos pusimos a saltar y
gritar como locos. Y ella empezó a toser y toser. La abuela quitó el micrófono
abierto y siguió hablando unos minutos con ella encerrada en la cocina.
Día 22 sin mamá
Antes
de levantarnos, cuando la abuela todavía no había venido a llamarnos para
desayunar, Lucas y yo estábamos despiertos. “Mamá se lo ha pillado”, me ha
dicho. “¿Que mamá queeeé?”. “No seas tonta, nena, que tiene el coronavirus y se
va a morir. ¿No ves que la abuela no quiere decirnos nada?”
Entonces
entró la abuela y levantó la persiana. “A ver esos remolones… que tenemos pan
recién tostado…”. “Abuela, ¿es cierto que mamá se ha contagiado” pregunté
temerosa de que dijera que sí, o de que se enfadara por creer las tonterías que
dice mi hermano. Ella se sentó en mi cama. Lucas se bajó de la litera y se sentó
a su lado. “Sí, es cierto. Pero se pondrá bien”.
Día 25 sin mamá
Hoy
mamá tampoco ha llamado. Lleva tres días sin hacerlo.
Día 28 sin mamá
Seguimos
saliendo al balcón a las ocho para aplaudir a todos los que están cuidando de
mamá en el hospital. Ahora aplaudimos todavía más fuerte que al principio.
Luego nos cogemos las manos limpias y relimpias de tanto lavarlas y cantamos la
canción esa que pone a todo volumen la del edificio de enfrente. Yo mucho no la
entendía, pero cada vez la voy entendiendo mejor.
Día 30 sin mamá
Hoy
mamá ha vuelto a llamar. La abuela tenía razón. Puede que no tenga capa, pero
mamá es un superhéroe.
Hoy
el balcón a las ocho ha aparecido lleno de primavera.
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por pcollazo | Abr 10, 2020 | Cuentos enredados
Es
de los que no tienen buen pronóstico. Para saberlo basta con observar la
dificultad con que respira a pesar de tener una máscara de oxígeno ayudándolo. Lo
vi por primera vez ayer por la tarde, durante el segundo turno de limpieza. Entonces
pensé que era de los que esperaban hueco en la UCI.
Pero
hoy, al entrar en la habitación arrastrando mi carro repleto de armas letales y
jabonosas, sigue allí.
Esta
vez me mira, lo cual puede ser interpretado como un signo de mejoría o como un
recurso desesperado. Muchos intentan asirse a un clavo ardiendo y nos ruegan a
los simples limpiadores, que les demos algo. Algo que les quite la fiebre, o
les calme los malestares, o les ayude a sentir que no se van a ahogar de un
momento a otro. Entonces les muestras la fregona, las bayetas, y te encoges de
hombros. Cuando además de mirarme, intenta dirigirme unas palabras
inarticuladas, eso es lo que hago.
—No
soy sanitario, amigo. Quédese tranquilo, ya pasarán a atenderlo.
El
hombre niega con la cabeza, como si ese no fuera su problema e intenta hablar
otra vez, mientras señala la puerta del armario donde se colocan los efectos
personales de los enfermos.
Comprendo
que me está pidiendo algo que tiene allí, y dudo. No debo acercarme a él, no sé
si tengo permitido tocar sus cosas. Sigo repasando todas las superficies,
esperando que ceje en el intento. Y parece haberlo hecho, cuando estando a
punto de retirarme, se quita un momento la máscara y pronuncia dos esforzadas y
claras palabras: “Gracias igual”.
Me
siento culpable. El hombre no merece que lo trate así.
—Lo
siento. Es todo muy raro. Me llamo Felipe.
—Yo,
Germán —articula con dificultad en medio de una sonrisa semioculta tras la
máscara.
—Hasta
luego, Germán. Pasaré más tarde. Hoy doblo turno. Para entonces, tendrá usted
más fuerzas, ya verá. Y me contará si hay algo en que pueda ayudarlo
La
mirada del hombre se ilumina como si le hubiera prometido un milagro. Asiente y
levanta el pulgar.
Cuando
regreso a su habitación me espera semisentado en la cama. Cierto color empieza
a difuminarse en sus mejillas pálidas y levanta la mano en un gesto de alegre
saludo.
—Hola,
Germán. ¿Ha visto que no le mentía? Aquí estoy —digo mientras empiezo a sacar
mis artilugios del carrito.
—Gracias
—pronuncia esta vez con voz más clara.
Le
sonrío. Me sonríe. Así, a dos metros de distancia uno del otro, y con las bocas
tapadas, nos sonreímos. Su sonrisa se le trepa a los ojos. Llevaba años sin
sentirme tan cerca de otro ser humano a pesar de las cinco baldosas que separan
los pies de su cama de los míos, repentinamente inmóviles junto a mi carrito.
—Mi
perro —dice con esfuerzo.
—¿Su
perro está solo? ¿Vive usted solo?
Asiente.
Entonces comprendo cuál es su preocupación. Lleva dos días ingresado.
Me
mira expectante.
—No
sé si podré ayudarlo… —empiezo a decirle. Estoy haciendo doble turno, apenas
tengo tiempo de ir a casa a dormir una pocas e inquietas horas para volver a
trabajar.
Pero
lo que veo en su mirada, me hace cambiar de opinión. En su mirada veo que ese
hombre está luchando por salir adelante porque un perro lo espera en casa.
Yo
no sé de medicina, ni de cosas complicadas, pero sí sé de desesperación, y de
tablas de salvación. Porque he flotado en aguas turbulentas cogido a un madero
astillado. Un madero frágil y pequeño, pero capaz de salvarme la vida. Su
madero es ese perro.
—Dígame,
¿cómo se llama su perro?
—Brandy.
Era de mi mujer…
—¿Qué
le pasó a su mujer? —pregunto sin estar seguro de querer saberlo.
Los
ojos se le llenan de lágrimas.
—¿Qué
tan grande es Brandy? —pregunto de inmediato, solo para cambiar de tema.
Extiende
con esfuerzo los brazos.
—Es
dócil… —explica.
—Mire,
German. Yo lo ayudaré. Le prometo que lo ayudaré. Antes de terminar mi turno
volveré por aquí. Ahora descanse.
Así
fue como empezó todo. Brandy resultó ser un chucho listo y obediente. La
primera vez que me colé en su casa, ladró hasta desgañitarse. Pero cuando vio
que le reponía el agua del bebedero y le traía pienso, comenzó a mover la cola
sin parar. Y así siguió recibiéndome día tras día. Limpié el piso con esmero y
cada día antes de ir al hospital y de regreso, paso a alimentarlo y sacarlo a
la calle.
En
nuestros paseos le hablo de Germán, de lo mucho que está progresando, y de que
pronto regresará. Y también le hablo de la soledad. De cómo la soledad puede
hacerse soportable cuando se tiene un Brandy a quien querer. El perro pensará
que le estoy hablando de su dueño. Pero no, le estoy hablando de mí mismo. De
la soledad de estar en un país que no es el mío, lejos de la familia, los
lugares, los olores que han habitado mi vida hasta hace apenas un año.
Hoy,
después de dos semanas, llega el esperado momento. Germán es dado de alta.
Sanitarios, celadores y limpiadores, lo aplaudimos mientras transita el pasillo
con paso más seguro de lo esperable.
Se
detiene junto a mí y me sonríe con los ojos, y con la boca oculta tras su
mascarilla.
—No
sé cómo te podré agradecer —dice emocionado.
—Ni
yo. Usted me ha dado un motivo por el que sentirme orgulloso de mí mismo.
No
podemos abrazarnos. Ya lo haremos más adelante. Porque cada día al ir y venir
al hospital, seguiré pasando por su casa. Para sacar a Brandy, para sonreírnos
a través de las mascarillas. Y para recordarme que los maderos a los cuales
podemos aferrarnos tienen a veces las formas más insólitas.
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