por pcollazo | Jul 24, 2022 | En pocas palabras
Ya no podíamos hacer nada por él. Accedimos a
los ruegos de la madre y dejamos entrar a su perro en el hospital. Era un
Golden dorado que se sentó junto a la cama del niño y hurgó con el hocico bajo su
mano ingrávida sobre las sábanas. Él abrió los ojos y sonrió. Los dejamos para
que se despidieran en privado.
A la mañana siguiente, la cabeza calva del niño
apareció poblada de insólitos rizos rubios, y una semana después, estábamos
dándole el alta.
A veces, por las noches se escuchan alegres gruñidos en la planta infantil. Quienes dicen haber visto al perro, siempre por unos segundos, porque escurridizo, se pierde por los pasillos, coinciden en que suele salir de las habitaciones de la zona de oncología y en que lo único extraño que hay en él es que su cuerpo está lleno de calvas.
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por pcollazo | May 29, 2022 | En pocas palabras
Mi hermana Charo lleva años
pidiéndole a padre que la deje hacer el camino de Santiago. Padre siempre
responde que no entiende qué se le ha perdido a su hija allí. Si ni siquiera somos cristianos y los santos
nos dan igual. Cuando dice esto mi
abuela se persigna, pero a escondidas, no vaya a ser cosa que alguien se
acuerde de que ella fue la que insistió con aquello de que nos bautizaran,
cuando tenia aún alguna influencia sobre madre.
Al final, Charo cumplió los dieciocho,
se cansó de las malas formas y los “Se hace porque yo lo digo” de mi padre, y
se consiguió un novio que la llevará a hacer el camino. Tal vez sea el
mismísimo Santiago, y mata dos pájaros de un tiro. Camina tal como quería y de
paso se queda con él, que más le vale no volver a casa después de escaparse sin
dar señales de vida durante una semana. Que eso es lo que me dijo que hará.
“Enano, tú no te hagas problema, yo estaré bien, pero no se te ocurra decirle
nada a papá. Cuando vuelva del camino, ya hablaré con él”.
Sé que tiene una mochila
preparada escondida en el sótano y que pone voz de tonta cuando el tal Santiago
(o como quiera que se llame) le habla por teléfono. Que se esconde bajo el
hueco de la escalera para hablar con él, y que el plan es descolgarse por el
balcón esta noche, cuando papá se haya dormido.
Pero padre no llega de trabajar,
y Charo camina inquieta por el pasillo y manda mensajes de WhatsApp que nadie
lee y hace llamadas que nadie coge. El supuesto Santiago, santo no es. De eso
estoy seguro. Ni tiene mano en el cielo. Porque si no, no hubiese caído tan
fácilmente en la trampa. Charo no ha tenido en cuenta que lo de hablar bajo la
escalera es algo que ha heredado de madre. Y que, en esta casa, todo se sabe.
Como lo de aquel otro santo, al que le rezaba madre para que la sacara de una
existencia anodina e insoportable. ¿Has vuelto a saber de él o de madre? Pues
eso. Yo tampoco.
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por pcollazo | May 29, 2022 | En pocas palabras
Durante una semana estuvimos
persiguiendo su andar saltarín y el vaivén de su coleta. Tú no me lo decías,
pero era evidente. Cada día, esperábamos que ella y su grupo salieran del
albergue de turno desperezándose, rellenaran cantimploras, acomodaran mochilas
a sus espaldas, bromearan sobre el sol que no se decidía a salir, y en cuanto
se ponían en camino, seguíamos sus pasos.
Mientras tanto, dabas vueltas,
consultabas por enésima vez el mapa, te cambiabas los calcetines o te asaltaban
repentinas ganas de ir al servicio. Te lo dije: tú estás colado por la rubia de
los pantaloncitos. Y tú, para terminar de afianzar mi teoría, te reíste con
ganas, como si se me hubiera ocurrido algo absurdo y disparatado. Pero lo
absurdo era que hubieras dejado de cogerme de la mano y que lo de pernoctar en
habitaciones compartidas fuera tu excusa para no meterte en mi cama como
habíamos planeado. Tú, en la de arriba, que yo ya subiré cuando todos se
duerman. Pero te habías dormido en cuanto habías puesto la cabeza en tu
almohada, decías a la mañana siguiente, fumándote el primer cigarro con los
ojos puestos en las mochilas que el grupo de la rubia había dejado en las
escaleras mientras desayunaban.
Ya no hablábamos mientras
caminábamos. Íbamos juntos, pero como dos desconocidos. Si los de la rubia
paraban, nosotros también. Si los de la rubia se mojaban los pies en un río,
ahí estábamos nosotros viéndolos reír desde una hondonada. Si la de los
pantaloncitos se detenía a tomar una fotografía, nosotros ralentizábamos el
paso para nunca sobrepasarla. Para ir siempre por detrás, pero eso sí, sin
perderla de vista.
Nos quedaban aun cinco días de
camino, cuando decidí que las cosas habían llegado demasiado lejos. Identifiqué
las botas de la rubia a las puertas del cuarto que ocupaban y deposité en ambas
(para asegurar la jugada) los trozos de cristal más cortantes que pude
conseguir rompiendo una botella de vino que distraje durante la cena.
A la mañana siguiente las botas
no estaban en el pasillo, ni la rubia, ni su grupo, ni la montaña de mochilas
que acarreaban. No se habían escuchado gritos, ni urgencias en el pasillo.
Nadie había llamado a la ambulancia. Nadie había girado hacia mí su dedo
acusador.
La coleta alta y el andar
saltarín se habían esfumado y tú dijiste que mejor nos echáramos a andar
temprano, que la etapa que tocaba era más larga. ¿Y qué pasa con la rubia?,
pregunté. ¿Qué rubia? dijiste encogiéndote de hombros.
Desde ese día seguimos caminando
silentes. Tú, perdido en tus pensamientos. Yo, en mis remordimientos y dudas.
Remordimientos por haber sido capaz de hacer lo que hice. Y dudas, porque ya no
sé quién soy, porque no soporto que sigamos así, ahora que la rubia ya no está,
y porque desde que he encontrado la botella entera en el fondo de mi mochila,
me pregunto si la rubia alguna vez ha existido. Hubiera sido tanto más sencillo
tener una buena excusa para romper contigo…
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por pcollazo | May 25, 2022 | En pocas palabras, Premiados
Tengo
una hermana imaginaria que se llama Alicia. Tiene dos trenzas largas y le
faltan las paletas de arriba. No le gusta jugar a la estación de servicio ni al
barco pirata, llora por cualquier tontería y tiene una vocecita insoportable.
Pero yo la quiero. Para que mamá no la castigue sin videojuegos, le cubro todas
sus trastadas. Basta con que me diga “gracias, hermanito” y sonría con sus
dientes faltantes y su camiseta de unicornios rosas.
Mamá
me pilla a veces hablando con ella, pero yo le digo que es un amigo y se llama
Pedro, porque siempre que le pido tener hermanitos se pone triste. Y no me
gusta que mamá se ponga triste. Eso pasa cuando llega el calor y vamos al
trastero a buscar la ropa de verano. Nunca me responde si le pregunto de quién
es esa bici rosa con flecos dorados en el manillar. Y cuando baja la caja de
las camisetas, y las revisa, refunfuñando porque muchas ya no me estarán,
disimula diciendo que el polvo le da alergia. Pero yo sé que llora siempre que
encuentra una camiseta de unicornios rosas al fondo de la caja y la acaricia en
silencio.
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por pcollazo | Abr 19, 2022 | En pocas palabras, Premiados
Aunque ya se habían extinguido, su imagen
permanecía palpitando en nuestras retinas y permanecíamos recostados en la
hierba mirando el cielo. Entonces, mamá decía que no podíamos quedarnos
dormidos a la intemperie, que el rocío nos haría mal a los pulmones. Así que
papá nos aupaba uno a uno y nos metía en la tienda de campaña.
La imagen de las Perseidas nos servía de cuento
de buenas noches y nos dormíamos sintiéndonos mayores por haber aguantado hasta
tan tarde.
Papá salía de la tienda, abrazaba a mamá y se
quedaban mirando un rato más el cielo.
—Al agosto de mis siete años: 1983 —especifico
sin dudar al técnico de la máquina del tiempo.
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por pcollazo | Feb 22, 2022 | En pocas palabras, Premiados
—Está
empezando a refrescar —dices con la mirada perdida en las fachadas de enfrente.
Y
yo, que no lo había notado, siento un escalofrío en cuanto tu mano se posa
sobre tu falda. Como una mariposa moteada que en pleno vuelo hubiera decidido
morir.
No
te desplomas, tus brazos no caen inertes. Ni siquiera apoyas el mentón sobre tu
pecho. Con la hidalguía de siempre, mantienes la cabeza erguida. Sostenida por
la pared de ladrillos del balcón, o por tu tozudez. No has cerrado los ojos,
nunca admitirías perderte nada. Ni siquiera tu muerte.
Acerco
mi oreja a tu boca para cerciorarme de que no respiras y entonces tengo que
decidir entre perdonarte u odiarte un poco más. Entre llorar como toda hija
debería hacer, o explorar esta alegría cargada de alivio que se va instalando
entre mis costillas.
Me
siento otra vez a tu lado, como cada uno de los seiscientos veinticuatro
atardeceres que llevo cuidándote.
Tarareo
una nana, de esas que me cantabas de pequeña. El único recuerdo bueno que
guardo de ti. Luego me pongo en pie y de puntillas, no va a ser cosa que
cambies de idea, entro en el salón y cojo el teléfono.
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