Castigo

Castigo

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor, Juan permaneció en silencio. Rafael se volvió y con una sola mirada supo qué estaba pensando Juan.
– Sí, en mi caso eran revistas, pero mi padre también me obligó a deshacerme de ellas
– Pero, papá…
– ¿Sabes lo que hice entonces? – preguntó echando una mirada furtiva a su esposa en el balcón – Regresé más tarde, antes de que pasara el camión…
Aquella noche, la calle se llenó de spam, de archivos no deseados, de publicidades, de virus desactivados. Fue necesario ensuciarse hasta los codos, pero justo a tiempo, Juan dio con sus whatsapps prohibidos y cuidadosamente, los recuperó.

Castigo

Desecho

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor, Pablo apretó los ojos con fuerza.
–Ven aquí, chaval – pronunció el hombre con voz tranquila.
Pablo se acercó lo justo como para empezar a caminar a su lado. Las piernas le temblaron cuando su padre depositó una mano sobre su espalda, pero consiguió disimularlo. Como también disimuló la aprehensión que le causaban los dedos crueles sobre el hombro, la cercanía cómplice del hombre.
– ¿No has visto nada, verdad, chaval?
Pablo negó con la cabeza, con la voz, con el cuerpo entero. Y se sintió sucio, abominable, frío. Tan frío como el cuerpo de su madre abandonado en el contenedor.

La Boda de Tortilla y Macarrones con Salsa

La Boda de Tortilla y Macarrones con Salsa

 

– ¡Estimada Croqueta, cuánto tiempo sin verla! –
exclamó una Hamburguesa de peinado elegante
– ¿Es que sabe qué pasa? ¡Ando tan ocupada! –
contestó y se llevó un Mixto por delante

– Disculpe señor Mixto – pronunció la Croqueta
y acomodó su pamela ahora un tanto ladeada
– Como le iba diciendo, mi querida Hamburguesa,
tengo mucho trabajo y el tiempo no me alcanza

– Le pasa como a mí, de eso estoy segura,
entre los más pequeños somos las preferidas
y con Patatas Fritas, que por suerte acompaña,
de plato en plato andamos y acabamos rendidas

Así hablaban y hablaban paradas muy horondas
en medio de la pista, en un salón de fiestas.
Croqueta altos tacones y flores en el pelo,
Hamburguesa llevaba su capelina puesta

Los otros invitados, poco a poco llegaban,
se iban ubicando en las distintas mesas
Albóndiga del brazo de don Arroz con Salsa
Espárrago elegante, con doña Mayonesa

Doña Porra charlaba con Croissant a la plancha
Ensalada, coqueta, sonreía a Bistec
Costilla cuchicheaba con Puré de Patatas
Salchicha se quejaba: le dolían los pies

Por si aún no adivinas, de qué fiesta se trata,
te diré que hoy en día, aún todos la recuerdan:
La boda de Tortilla y Macarrones con Salsa
¡No imaginas el lío que se armó en esa fiesta!

El embrollo empezó al llegar los dos novios
Macarrones traía cachetes colorados
Tortilla se movía despacio en su vestido
Todos los invitados querían saludarlos

En un momento apenas, en medio de la pista
Los flamantes esposos fueron apretujados
Tortilla perdió un guante, dos flores y una liga
Y al novio toda su salsa se le fue por un lado

Tortilla se echó entonces a llorar como nunca
Macarrones sin salsa estaba triste y pálido
Alrededor de ellos se hizo un gran silencio
Ni qué decir sabían, los torpes invitados

Macarrones rehízo, su traje como pudo
Y olvidándolo todo, ensayó una sonrisa
– Aquí nada ha pasado. ¡Siga la fiesta! – dijo
Y acompañó a Tortilla al medio de la pista

El baile comenzó con el vals de los novios
Y después hubo rumba, rock y chachachá
No se quedó sentado ni un único invitado
Y todos festejaron sin parar de bailar

Ya era de madrugada cuando los bailarines,
uno a uno se fueron sentando a descansar.
Croqueta ya agotada, se quitó los zapatos,
mientras Doña Hamburguesa se acercaba a charlar

– ¡Qué guapa está la novia! – dijo Doña Croqueta
– ¿Vio usted? , recién hablábamos con Doñas Espinacas
– Ese vestido blanco, la hace una princesa…
– Y el novio aunque sin salsa, no perdió la elegancia…

La fiesta terminó cuando ya amanecía
Y todos despidieron a los recién casados
Los dos iban sentados en un plato amarillo
Mientras los saludaban con las manos en alto

Esta historia aunque a muchos, os parezca mentira
Ocurrió como otras en un cuento inventado,
de esos que se cuentan para llamar al sueño
Y ponen al final: Colorín Colorado

 

Suceso en rojo

Suceso en rojo

Era la primera vez que se emborrachaba. Nunca le había gustado beber. Por eso, no lo había hecho por placer. Y tampoco le gustaba mostrarse como realmente era ante los demás. Por eso, lo había hecho estando sola.

Un lago rojizo e irregular se dibujaba alrededor de la copa volcada sobre el mantel blanco. Ella miraba alternativamente la figura difusa cuyos contornos crecían lenta e inapelablemente y un punto preciso en la pared.  Aún veía la fotografía que ya no estaba, pero que de tanto tiempo colgada allí, había dejado una huella geométrica alrededor del punto de pintura descascarada. La fotografía yacía ahora ahogada en un mar de cristales sobre el parqué brillante.

Ella se sentó en el sofá con la segunda copa en la mano y trató de  no recordar las últimas palabras sino las primeras. Pero la marea iba y venía en su mente, subiendo, subiendo. Haciendo más estrecha la franja del entendimiento y obligándola a sumergirse en las aguas turbulentas y oscuras de los recuerdos. Los que permanecían a flote y se entremezclaban con la espuma, eran los más recientes, los más dolorosos, y aunque ella se mantuvo flotando en el enfado durante un tiempo, pronto comprendió que tenía que sumergirse y así lo hizo. Buceó alejándose del último portazo y del definitivo sonido del cristal rompiéndose.  Pataleó con fuerza hasta llegar a tocar con los dedos la arena de los atardeceres dulces y las palabras acalladas con besos, de los planes trazados en el cielo estrellado, de los caminos transitados a dúo hombro contra hombro. El aire había empezado a escasear en sus pulmones y tuvo que emerger. Para encontrarse jadeante y despeinada sobre el sofá.  Tiritando viento, restregándose la sal de los ojos y el desasosiego de la piel.

La copa de su mano había encontrado un hueco propicio entre su pecho y sus dedos, y al abrir los ojos, comprobó que la otra, la que había sido de él, permanecía tumbada sobre la mesa justo delante de la botella vacía. Desde la perspectiva que le daba la cabeza apoyada sobre el brazo del sofá, parecían dos grandes monumentos colocados estratégicamente sobre la mesa.

Recordó con cuanto esmero había preparado esa receta que nunca iban a llegar a probar. Y con cuanta precisión había borrado él cada una de sus tontas expectativas. Debí saberlo, se dijo. Debió haber señales. Y se puso de pie de pronto, como si trajinar en la cocina fuera cosa de vida o muerte. Se golpeó el pie desnudo con la pata de la mesa baja y masculló una palabrota que se quedó atragantada en su garganta detrás de un sollozo silencioso. Caminó descalza rumbo a la cocina y mientras echaba su magistral receta en el cubo, comprobó que algunos cristales se le habían clavado en los pies. El lago rojizo del mantel se desparramaba ahora por las baldosas y ella apenas atinó a sentarse y a poner los pies en alto sobre la mesa de la cocina. La sangre bajó inundando de rojo otro mantel. Ella atisbó sobre la mesada la segunda botella borgoña y se la acercó mientras bajaba las piernas dejando dos huellas bermellón en el suelo y hurgaba en la mesa en busca del sacacorchos. Para una vez que se  emborrachaba lo haría a conciencia. Apartó a manotazos los corazones rojos que envolvían empalagosos e inútiles chocolates. Observó el par de globos con la inscripción en inglés flotando contra el techo de la cocina y deseó que rozaran la lamparilla y explotaran de una vez. Sus pies descansaban ahora en dos pantanos rojos rodeados de corazones rojos y papel de regalo a medio utilizar. Se bebió casi sin respirar la mitad de la botella y dejó la otra mitad para cuando tuviera fuerzas de acercarse al cajón de la cocina en busca de las pastillas. Su cabeza retumbó con ese último pensamiento mientras chocaba contra las baldosas rojas y aplastaba los corazones de San Valentín.

El resto, son detalles que no tienen importancia. No vale la pena profundizar en ellos. Ya los conoceréis en las noticias de hoy.

Castigo

Progresa adecuadamente

Sí, papá, pero, ¿y esa?, insistes con un vuelo de flequillo sobre las cejas. Esa no, esa otro día, Joaquín. No estamos preparados para esa, me justifico en silencio, mientras tú, brazos cruzados y boca fruncida me miras con reproche. Sé que María la dejó allí adrede, para ti, para mí. Para que la encontráramos una tarde de videos y sonriéramos o lloráramos viéndola juntos. Escuchándola decirte todo cuanto nunca pudo. Tu madre se ha ido demasiado pronto. Diciéndome que sería un gran padre, que tú me enseñarías a serlo. Pero esa, por ahora no, hijo. Que aún no he aprendido a llorar.