Enredada

Enredada

La primera alarma sonó una mañana de lunes. María estaba bajo la ducha cuando pensó en ponerse aquellos zapatos azules que llevaba meses sin usar. ¿Dónde estarán? se preguntó. ¿Dónde estarán? repitió rítmicamente mientras se secaba minuciosa con una gran toalla. ¿Dónde estarán? mientras sus manos cargadas de crema hidratante viajaban abajo y arriba por sus piernas. ¿Dónde estarán? mientras intentaba acomodar su rebelde cabellera. Al salir de la ducha, el dónde repiqueteaba mudo en su oídos, taladrando, horadando, insistiendo. Y fue a esa insistencia a la que en primer momento atribuyó el hecho de que en lugar de abrir el armario, ponerse de cuclillas y revolver hasta encontrar allí sus zapatos azules, se hubiera sentado frente a su ordenador eternamente conectado y hubiera escrito en la barra de búsqueda “zapatos azules” así entre comillas antes de dar al botón de Buscar páginas en español.

Al obtener la ridícula cifra casi diez mil páginas encontradas, sospechó que algo no iba bien. Y hasta esbozó un pensamiento del tipo “no pude haber guardado mis zapatos azules en tantos sitios” antes de caer en la cuenta de lo ridículo de estar buscando sus zapatos azules en la web. Se rió abiertamente de su propia tontería y buscó sus zapatos hasta hallarlos en un rincón oscuro del armario. No atribuyó importancia a esta anécdota que consideró trivial. De ahí que el primer síntoma de alarma hubiera pasado inadvertido.

Tal vez, ahora, con la perspectiva del tiempo entre ese punto del relato, y el presente, resulte claro el hecho de que ella no hubiera dado importancia a este episodio en su momento representa en sí un síntoma de alarma más contundente aún.

Después vinieron los días en que empezó a preparar su soñado viaje, un completo periplo por Europa. María pasó horas y horas frente al ordenador investigando sitios imperdibles, monumentos emblemáticos, precipitaciones anuales, fiestas locales, horarios de apertura de museos, colecciones permanentes y transitorias, temperaturas medias. Diseñó un intrincado itinerario día a día, acompañado de una detallada agenda de actividades, medios de transporte a utilizar, direcciones de interés, características de los hoteles, y claro está, un presupuesto que no dejaba hueco a los imprevistos. Realizó reservas de vuelos y alojamientos, chequeó las respectivas confirmaciones, imprimió casi una resma completa entre comprobantes de reserva, mapas, y todo aquello que era necesario saber antes de llegar a cada sitio. El día de la partida era el 16 de septiembre, pero el caso fue que en la noche del 15 se complicaron un poco las búsquedas de último momento, porque no había forma de confirmar si el hotel que había reservado en Berlín tenía o no piscina climatizada por lo que no podía decidir si entre la ropa que estaba preparando para los días décimo cuarto y décimo quinto de su trayecto, debía incluir o no traje de baño. Eso la puso de muy mal humor. No podía ser que en una página se consignara dentro de los servicios del hotel la piscina, mientras que en otra se mencionaba simplemente un spa. Así no se podía preparar un equipaje. Por otra parte, a pesar de que envió al menos cinco emails realizando la consulta directamente al servicio de atención al cliente del hotel, eran las cuatro de la madrugada y no había recibido aún respuesta alguna. Chequeó repetidamente su bandeja de entrada por si el sistema de alarma de recepción de correos que tenía activado, no estuviera funcionando correctamente, pero no obtuvo resultado alguno.

Aquella noche, María se quedó dormida con la mejilla apoyada en el teclado que emitía un pitido de protesta ante semejante maltrato, la maleta a medio preparar sobre la cama, y la bandeja de entrada de su correo vacía.
Cuando se despertó, su vuelo destino París ya había partido al menos dos horas antes, pero eso no la alteró demasiado. Realizar un viaje con semejante cantidad de cabos sueltos no le apetecía en absoluto. Decidió entonces que no había nada como la seguridad que ofrecía viajar sin moverse de su mesa. Se ahorraba tiempos de espera en aeropuertos, gastos innecesarios, pesados compañeros de viaje, molestias de todo tipo. En cambio, la red de redes tenía tantas posibilidades que encontró que podía realizar visitas virtuales a un noventa por ciento de los monumentos y museos a los que tenía previsto concurrir. Y estimó que el diez por ciento restante estaba dentro de los imprevistos lógicos de cualquier viaje de tal envergadura.

Pasó entonces sus tres semanas de vacaciones, cómodamente instalada en el salón de su casa ante el ordenador, y realizando el viaje de sus sueños. Dormía cuando le apetecía y sin necesidad de trasladarse hasta su cama, no necesitaba respetar horarios de apertura, ni normas de convivencia, pedía comida desde las páginas que mejor le parecían, y sólo tenía que levantarse de vez en cuando para atender al repartidor que tocaba a su puerta o para ir acumulando los restos de cajas y botellas vacías sobre la mesada de la cocina. Estaba tan contenta con su viaje, con los sitios que iba conociendo, que envió varias postales virtuales a sus allegados, y capturó cientos de fotografías copiándolas desde la red a su disco sin tener que preocuparse por la luz, o porque no estuvieran bien enfocadas. Todas estaban perfectas y mostraban los sitios que recorría en su total esplendor.

Casi sin darse cuenta, se fue acercando el final de las vacaciones. El lunes había que volver al trabajo y superar un trayecto de casi dos horas de viaje lejos de su ordenador hasta llegar y poder conectarse en el ordenador de su puesto para enviar los correos que esperaba a todos sus conocidos relatando las vacaciones. Los tenía escritos en su cabeza aún antes de terminar el viaje. Contaría todo lo que había visto, adjuntaría las fotos más espectaculares y esperaría las respuestas cargadas de envidia mal disimulada, de asombro, de peticiones para que les aconsejara cómo encarar mejor un próximo viaje.

No pudo esperar volver a casa para entrar a sus salas de chat más habituales y contar los hechos más relevantes a los conocidos, como si café en mano estuviera haciéndolo a sus compañeros de trabajo, quienes después de su vaga respuesta a la pregunta de qué tal las vacaciones, habían desistido de hablarle más allá de lo estrictamente necesario.

A partir de entonces, las asiduas y constantes escapadas virtuales que realizaba en horario de trabajo a la vista de todo el mundo incluyendo sus supervisores inmediatos y no inmediatos, le acarrearon una serie de llamados de atención que derivaron en su despido.

María no se preocupó por ello ya que había en la red suficientes páginas de búsqueda de trabajo como para poder encontrar otro sin necesidad de moverse de su casa.

Decidió que mientras encontraba trabajo podía a su vez resolver otro tema que tenía pendiente en su vida y matar así dos pájaros de un tiro. Por lo que se apuntó también a todas las páginas de búsqueda de pareja que encontró.
Atender las respuestas de dos búsquedas paralelas de semejante dimensiones empezó a llevarle más tiempo del previsto, por lo que se vio obligada a reducir considerablemente las horas de sueño. Sin embargo las búsquedas no prosperaban tanto como hubiera querido ya que cuando se planteaba la posibilidad de una entrevista personal ya fuera laboral o amorosa, ella se echaba atrás y dejaba en aguas de borrajas conversaciones y cadenas de emails que le habían incurrido días y días.

Había decidido desconectar la webcam después de que varios de sus conocidos le comentaran lo demacrada y desmejorada que la hallaban. Y decidió dejar de atender el teléfono porque todos los que la llamaban sólo se ocupaban de hacerle ver que tenía que salir. ¿Salir? ¿salir?, se decía. ¿Es que acaso no ven que me paso todo el día fuera?

Después de un par de meses, un domingo por la tarde, decidió que había algo que no estaba funcionando bien en su vida. Es la típica depresión vespertina de los domingos, se dijo. Y buscó todo tipo de información sobre depresiones y su tratamiento. En una página ofrecían unos antidepresivos muy potentes y efectivos a un precio muy razonable. No exigían receta ni otra explicación más que el número de su tarjeta de crédito.

Encargó la cantidad necesaria de ellos como para no tener que levantarse más de una vez a abrir la puerta a los molestos repartidores.
Esperó el tiempo estipulado comparando seguros de vida con intención de contratar alguno, pero cuando al fin se inclinó por uno de ellos, se dio cuenta que no sabía a quién nombrar beneficiario, por lo que desistió.

Cuando su pedido al fin llegó envuelto en un papel marrón, buscó en la red un paisaje tranquilo ante el cual sentarse y fue tomando los comprimidos uno a uno, mientras un bienestar inesperado se iba instalando en su cuerpo, acunándola, meciéndola al ritmo de una melodía tenue, la de la última de las canciones que se había bajado gratuitamente de Internet.

Infinitos

Infinitos

Y nunca le recordaba lo que no se debía contar: las estrellas, las pecas, los granos de arena, los días vividos, las olas del mar, las gotas de lluvia, los briznas de hierba, las canas,  las hojas del otoño, las vueltas que da la peonza antes de caer… Él era el único que comprendía y aceptaba esa manía tan suya de cuantificarlo todo.  Solo por eso ya le quería. ¿Cuánto? Pues… hasta resbalar por la segunda curva del infinito. O más.  Aún no había conseguido terminar de contarlo. 

Infinitos

Errores

Y nunca le recordaba lo que no se debía contar. Ni le reprochaba si se le escapaba una palabra  prohibida. Sólo la miraba serio. Y después, a solas, le recordaba el desliz y le imponía un castigo proporcional. Ella le agradecía que no lo hiciera delante de su madre, o de su hermana, ellas no lo entenderían. Como no entendían las mangas largas, ni el morado y le recomendaban ir al médico para ver por qué se caía tan a menudo. Por eso, procuraba verlas sólo cuando era inevitable y prefería el teléfono. Así él podía indicarle con gestos qué decir, y no corría el riesgo de equivocarse otra vez.

Enredada

Agujas

Había empezado como tantos otros. Al principio eran robos insignificantes. Cinco o diez minutos de retraso al entrar a clase, media hora extra de luz encendida bajo las mantas cuando su madre lo creía dormido, pequeñas mentiras que lo justificaban un par de horas en casa de un amigo cuando en realidad no estaba allí, un día entero obtenido haciendo pellas.

No podría precisar cuándo aquellas primeras travesuras empezaron a convertirse en robos más graves, cuándo dejaron de ser pequeños hurtos propios de un ladronzuelo en entrenamiento, para convertirse en verdaderos atracos a mano armada y con uso de violencia.

Robaba tiempo porque siempre tenía la sensación de que le faltaba. Nunca tenía tiempo para sí mismo, y casi la única forma de conseguirlo era robarlo. También podía recurrir a la hucha de los fines de semana y las vacaciones. Pero solía estar vacía. Ese tiempo se lo gastaba casi al contado. Le ardía en las manos y enseguida se desprendía de él. No era capaz de ahorrar, por más que se lo propusiera.

Por eso empezó a guardar el tiempo robado en un compartimento secreto en el cajón de los relojes. Doblaba meticulosamente cada hora conseguida en sesenta ínfimos minutos y los apilaba prolijos, inalterables, perdurables, uno sobre otro, procurando aprovechar al máximo la capacidad de su sitio oculto.

Nadie fue capaz de descubrirlo a pesar de que alguna pareja posesiva que siempre le reclamaba tiempo, estuvo a punto de hacerlo. Él consiguió evitarlo a último momento cambiando de lugar sus relojes. Ella cayó en la trampa y un minutero envenenado le pinchó el dedo alejándola para siempre de él.

Llegó a robar días a mano armada irrumpiendo por sorpresa en vidas sin sentido. Algunos le fueron cedidos, y otros los obtuvo a la fuerza, violentando inocencias si era necesario, encendiendo hogueras, colapsando vías de servicio, conduciendo siempre al doble del límite de velocidad.

Llegó al fin el día, en que se le concedió tiempo para disfrutar de todo el tiempo ahorrado. Abandonó con una semi sonrisa un trabajo que no le interesaba y unos compañeros que lo despidieron deseándole la suerte que no se merecía y que en realidad no querían para él.

Las primeras semanas durmió, vagó por la casa, leyó los cinco libros que tenía en su cola de libros por leer, salió a correr por las mañanas y miró programas estúpidos en la tele.

Los siguientes meses, se entretuvo en pintar toda la casa, mudarlo todo de sitio, salir para volver a entrar una y otra vez.

Los siguientes años, el tiempo empezó a pasar lentamente, monótono, tedioso. Y ya no había cuadros por colgar, palabras por escribir, películas por ver.

Unos días antes de renunciar a todo, revisó por enésima vez su compartimento secreto y comprobó que había consumido apenas una centésima parte del tiempo que había atesorado con tanto ahínco. Y sin embargo estaba muy cansado.

Lo encontraron entre el sofá y la mesa ratona. Con la aguja del minutero aún clavada en la vena. Los investigadores dijeron que había sido una sobredosis. Un suicidio premeditado hasta el último detalle. El tiempo derramado por toda la sala, y una carta sin firmar por falta de tiempo,  les dieron la razón.

Infinitos

Volando

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor con gesto adusto y resignado, Alicia dio un pequeño salto y despegó del suelo. El asfalto oscuro y mojado ya no enfriaba sus zapatillas rotas ni penetraba en su pequeño cuerpo aterido. Si la mano firme de su padre no hubiera sostenido la suya,  se hubiera remontado por encima de los edificios ajenos hasta desaparecer. Se conformó con flotar, justificando así la ingravidez en su estómago.

– Ya encontraremos algo, mi niña – lo escuchó decir antes de abrir la siguiente tapa. Pero Alicia se sentía tan liviana, que sólo deseaba que su padre le soltara la mano para poder volar.