Confesión

Confesión

– Dos padrenuestros y cinco avemarías

– ¿Será suficiente? – él asiente incómodo. Es evidente que espera que me ponga de  pie de una vez.

Remoloneo, como repasando la galería de mis pecados para no dejarme ninguno sin confesar.

–  Ya te he perdonado, puedes marchar

– No hay nadie esperando fuera – digo – Podría quedarme un poco más y ayudarte a limpiar las imágenes de arriba

– Te he dicho que no puede ser

Lo miro mientras me paso la lengua por los labios.

–  Sabes que lo hago muy bien…

El rostro pálido está ahora rojo. Comienza a sudar. Sé que es cuestión de tiempo. Que apagará las luces de la capilla como para que ninguno de sus santos nos vea, que girará la imagen de la virgen de cara hacia la pared y cerrará la puerta principal aunque todavía no sean las ocho.

Hago amago de alejarme por el pasillo central.

– Espera – pronuncia con voz cargada de deseo.

Me vuelvo despacio.

– Te espero en la sacristía

Él trastea con la cerradura, las luces, y se persigna ante la virgen antes de ponerla de espaldas.  Luego se acerca con prisa mal disimulada.

Como siempre, lo estoy esperando con mis folios entre las manos. Cuando se sienta a mi lado, comienzo a leer.  Él me escucha, con los ojos cerrados durante casi dos horas. Sólo los abre cuando callo para coger aire, y al final, cuando mis últimas palabras quedan flotando en el aire entre nosotros.

– Sabes que no deberíamos hacer esto – dice mientras me acompaña hasta la puerta.

Verifica que la calle está desierta y me hace salir.

Yo asiento, como cada vez. Y le prometo que no habrá otra. Que no seguiré escribiendo. Que no volveré a tentarlo de este modo.

Ambos sabemos que no será así.  Pero nos separamos con la tranquilidad que dan los buenos propósitos.

Mañana tendré que volver.  A confesarme.

 

Escrito para los Viernes Creativos a partir de una propuesta de Ana Vidal: Pecados inconfesables y esta fotografía de Umberto Verdoliva

umberto-verdoliva

 

 

Ganadora del certamen Relatos en Serie

Ganadora del certamen Relatos en Serie

Hoy he tenido la suerte y el honor de resultar ganadora del concurso Relatos en Serie organizado por el programa La Ventana de Verano (Cadena Ser) y Escuela de escritores.

Una final muy reñida con un empate que fue necesario romper, lo que habla sin duda de la calidad literaria de mis compañeros de final: Lorenzo Rubio, Pep Fuentes, Tíndaro del Val y Asier Susaeta.

Aquí podéis leer todos los relatos finalistas, y aquí escuchar el podcast de la final de hoy.

Mi relato «En el plano» estaba inspirado en la serie Los Simpsons. Debo agradecer a mis hijos que son los responsables de que esta serie se cuele de vez en cuando en casa.

Gracias a todos por la compañía y por estar siempre apoyando mis aventuras literarias.

los simpson

Mayo

Mayo

Como si de una plaga venenosa se tratara, los oficinistas desatienden sus puestos de trabajo y toman las calles. Los conductores abandonan sus autobuses allí donde estén, los niños sus mochilas con ruedas, y los jubilados la bolsa del pan. La grúa que observaban trabajar mantiene la pieza de hormigón suspendida, y las figuras de los semáforos se descuelgan hasta los pasos de peatones. Las rojas dando saltitos, las verdes avanzando con paso firme. Los taxímetros se detienen y los quirófanos se vacían de batas azules.

El verano se ha adelantado, repite el hombre del tiempo. Aunque mañana volveremos a la normalidad, agrega. Ya nadie le está escuchando.

Ganadora del certamen Relatos en Serie

En la final de Relatos en Serie – La ventana – Cadena Ser

Esta vez sí ha sido. Hoy he tenido la suerte de colarme en la final del concurso Relatos en Serie organizado por la Escuela de Escritores y el programa La Ventana de verano de Cadena Ser.

Mi relato «En el plano» estaba inspirado en la serie Los Simpson. He tenido el honor de encontrarme entre amigos como Javier Palanca y Nicolás Jarque, con quienes hemos llegado a un triple empate.

Aquí podéis escuchar mi participación en el programa.

Muchas gracias a todos por el apoyo continuo.

 

En el plano

En el plano

Mi padre trabaja en una central nuclear, de ahí su color amarillento. Esa es también la causa de que en mi familia nunca envejezcamos. Mis hermanos y yo llevamos más de dos décadas siendo niños, y no hay ni una cana en la azul cabellera de mi madre.

Por lo demás, somos muy normales.  Cuando mamá se cansa de nosotros nos pliega para colocarnos bajo la alfombra con perro y padre incluidos. Después invita a sus amigas y les cuenta que es actriz en una serie. Las otras la escuchan envidiosas sosteniendo las copas entre sus frágiles dedos de papel.