Soledades

Soledades

Desde el otro lado del planeta, echan una botella al váter y accionan la cisterna. La botella recorre tuberías, laberintos turbios y malolientes, y después de muchos kilómetros desemboca en altamar. Es devorada por una ballena que la traslada en su ruta migratoria para liberarla días después. Sobrevive a dos tormentas y las corrientes marinas la depositan en la playa de mi isla desierta.  Expectante, extraigo el  papel de su interior. Una única palabra: Ayuda. Treinta muescas en el tronco después, contesto. Con el pigmento de una raíz escribo “Ven” sobre una hoja de palmera. Tanto que he deseado tener una botella. La devuelvo al mar.

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Pirata en ciernes

Mamá dice que cuando papá se canse de navegar otros mares, regresará. Se lo dice a su amiga Renata, en voz baja, mientras toman café. Yo no sabía que mi padre tuviera un barco. Lo imagino surcando el océano con su pata de palo, su parche, su loro.

– ¿Mamá, cuándo volverá papá? – pregunto.

– ¡Ese! ¡Ni me lo menciones! – contesta con su cara de enfado nivel estás castigado una semana.

Termino la leche y me meto en la bañera para practicar un poco. Tal vez mi padre, cuando regrese,  me lleve a dar una vuelta manzana por el mar.

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Cómo dejé de ser niño

Era nuestro mar. Piedrecitas, algas, burbujas, el pequeño cardumen nadando raudo para esquivar mis dedos.

Rafa había dicho que no sería capaz. Decidí demostrarle que ya no era un niño. Al fin conseguí atrapar uno. El pececillo se movía inquieto. Lo balanceé sobre mi boca abierta, diciendo “A la una, a las….”. Rafa asumió su papel de hermano mayor y me obligó a soltarlo. El pez cayó en sobre mi lengua y resbaló por mi garganta. Miré satisfecho sus ojos desorbitados. Demasiado tarde para golpearme la espalda.

Cuando empezaron a crecerme las branquias, tuvimos que confesar lo ocurrido a mamá.

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Conciencia

El mar lo ha engullido. Con su alma de ballena, ha abierto la boca para tragarse la embarcación entera. Si las cerillas no estuvieran mojadas, haría lumbre. Está oscuro. Una ameba pasa flotando a su lado y le sonríe. Entonces lo entiende. En la muerte nadie enciende la luz.

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Primera línea

Parte en cuanto despunta el sol. A los héroes no les importa madrugar. Cruzada sobre la espalda, la sombrilla grande, y repartidos entre sus brazos, la nevera azul, esterillas, cubos, palas, toallas y tumbonas.

Ella niega con la cabeza. Tampoco esta vez ha podido convencerle de que se quede. Desde el balcón lo ve subir con dificultad la cuesta hacia el paseo marítimo.

Él disimula los resoplidos con un silbido gastado y transita por la arena recién rastrillada hasta el lugar preciso: húmedo pero lejos del alcance de la pleamar. Allí clava la sombrilla y marca los lindes del terreno con esterillas, tumbonas y chanclas.

Sentado, observa al mar gelatinoso a través de sus cataratas. Esa es la única licencia que se da. Luego, todo será litigar contra los desaprensivos que llegan a la playa a cualquier hora.

Nada puede contra sus poderes. Imperturbable, detecta y neutraliza cada pie descalzo, cada toalla ajena invadiendo su parcela.

Al atardecer, recoge esterillas, tumbonas, cubos que nadie ha usado (los hijos y nietos hace rato que prefieren veranear en el extranjero) y se marcha a casa con su piel de camarón y la satisfacción  del deber cumplido cubierta de arena.