Era nuestro mar. Piedrecitas, algas, burbujas, el pequeño cardumen nadando raudo para esquivar mis dedos.
Rafa había dicho que no sería capaz. Decidí demostrarle que ya no era un niño. Al fin conseguí atrapar uno. El pececillo se movía inquieto. Lo balanceé sobre mi boca abierta, diciendo “A la una, a las….”. Rafa asumió su papel de hermano mayor y me obligó a soltarlo. El pez cayó en sobre mi lengua y resbaló por mi garganta. Miré satisfecho sus ojos desorbitados. Demasiado tarde para golpearme la espalda.
Cuando empezaron a crecerme las branquias, tuvimos que confesar lo ocurrido a mamá.
