por pcollazo | Nov 23, 2021 | Cuentos enredados, Premiados
Amalia
Tu
padre te trajo una tarde envuelto en una mantilla blanca tejida al crochet.
Tenía una cinta azul celeste entrelazada en su diseño a lo largo de los bordes.
Me
había llamado para decirme que no me imaginaba la sorpresa que me iba a dar. Y
no, no me la imaginaba. Ya hacía muchos meses que no esperaba sorprenderlo yo,
como en los tiempos en que te buscábamos ansiosos, y en que me hacía un test de
embarazo con solo un día de retraso, con la esperanza de poder sorprenderlo
cuando llegara del trabajo entregándole una cajita envuelta con el predictor
dentro. Había soñado esa escena una y otra vez. La había visto en mi cabeza
como si fuera una película. La había recreado en invierno, con él colgando al
llegar su abrigo y su bufanda en el perchero de la entrada y en verano, con él
entrando en casa apresurado por quitarse la camisa y ponerse un pantalón corto.
Pero no. Meses y meses pasaron uno tras otro sin que la escena se hiciera
realidad. Al final los médicos dijeron que yo no podía, una cosa complicada que
no supieron explicarme bien, o que yo no quise entender, pero que no podía.
Dejé
de gastar fortunas en pruebas de embarazo, de mirar a hurtadillas ropa de bebé
en los escaparates, de leer en revistas de maternidad trucos de lactancia, o
cómo conseguir una rutina de sueño en los niños, o qué juguetes estimulan su
crecimiento intelectual.
Supongo
que también dejé de hacer otras cosas, como esperar a tu padre con una sonrisa.
Prepararle su plato preferido, o aceptar sus decisiones unilaterales e
injustas.
Él
había decidido que, si no podíamos tener hijos, no los tendríamos. Que no
quería criar un niño ajeno en casa. Eso era para él la adopción: criar un niño
ajeno que cuando fuera mayor intentaría buscar a sus padres biológicos. Muchos
lo hacen ¿sabes?, me decía. Hay gente muy desagradecida. Bueno, tal vez es una
necesidad natural, le decía yo. Pero no quiere decir que ese niño vaya a dejar
de lado a los padres que lo criaron, no hay que ser tan radical. ¿¿Radical??
¿Radical, yo?, estallaba entonces. Y ya no había quién lo moviera de su
postura. Tu padre era sí. Vivía situado en los extremos. O todo o nada o blanco
o negro.
Por
suerte, tú no saliste a él. Bueno, normal que no salieras a él, ni a mí. Por
más que estuvieras apuntado en nuestro libro de familia como hijo biológico,
eso no te daba nuestros genes que, créeme, mejor que no hayas heredado.
Tu
padre era radical, autoritario, egocéntrico, machista, insensible y a menudo
tóxico para quienes lo rodeábamos. Pero yo, yo no tengo menos culpa ni soy
mejor persona que él. Yo lo dejé hacer. Te trajo envuelto en tu mantilla blanca
y yo te acepté. Sin preguntar cómo ni de dónde te había sacado. Sin sentirme
culpable, porque era evidente que al convertirme en tu madre estaba ocupando el
lugar de otra mujer. Otra mujer que, sospechaba, no te había cedido de forma
voluntaria.
No
lo sospechaba, lo sabía. Bastaba con observar la dedicación y el cariño con que
estaba tejida la mantilla que traías. Nadie que hubiera decidido dar en
adopción a su hijo, tejía algo así.
Lo
sabía, y tal vez por eso no pregunté. Me dijo que tu madre era una de esas
casquivanas que tienen hijos por tener y después no quieren saber nada de
ellos, y yo intenté creerme esa versión. Tu madre no te merecía. En cambio, yo,
habiéndote buscado durante tanto tiempo, habiendo sufrido tantas pruebas,
tantos procedimientos médicos, tantas decepciones, sí te merecía. Mucho más que
ella. Mucho más que cualquier mujer del mundo.
Digo
habiéndote buscado, porque pronto asumí que, aunque no hubiera habido prueba
positiva ni embarazo de por medio, eras ese bebé que había soñado mes a mes.
Que había adivinado en mi tripa apoyando la mano en el sitio donde nunca
estuviste.
Llegué
a creerlo, supongo. Llegué a engañarme a mí misma a fuerza de engañarte. Porque
aquella tarde en que tu padre llegó a casa contigo entre los brazos, me hizo
prometer que ese día iba a quedar borrado de nuestra historia. Que él nunca
había llegado trayéndote como un Rey Mago que cumplía mi sueño más esperado y
más imposible.
Me
hizo prometer que ese día quedaría reemplazado en nuestras historias por un
embarazo inventado, un parto largo que valió la pena, y mi permanencia de dos
días en el Hospital San Carlos, en el que, según ponía el papel que venía
contigo, habías nacido de mi vientre.
Y
yo, que una vez que te tuve en mis brazos, hubiera matado por ti, acepté la
condición de la mentira, que se me antojó entonces un mal menor. Mentir no es
tan complicado, me dije. Sin conocimiento de causa, a decir verdad. Porque
nunca había mentido. Por lo menos nunca en algo tan importante y enorme como
aquello.
Por
suerte, como vivíamos lejos de nuestro pueblo, y llevábamos meses sin visitar a
la poca familia que nos quedaba, no fue complicado inventar una historia de
embarazo más parto, todo en uno, y llamar a los parientes para contar que
acabábamos de ser padres.
Y
una vez que la mentira empieza a rodar, empieza a revestirse de verdad. Como una
croqueta que pasas por pan rallado. Cuanto más la cubres, aquella masa pegajosa
y blanquecina (que podría ser bechamel o no), más se parece a una croqueta de
verdad. Antes no lo era, pero luego de un buen empanado de varias capas y una
buena fritura en aceite de oliva, da el pego.
Si
la croqueta no está hecha de una buena bechamel, sino de una falsa, fabricada
con pegamento blanco y serrín, por ejemplo, lo mejor es que nadie la muerda.
Que nadie intente escarbar más allá de las capas de pan rallado y huevo
superpuestas, porque se llevará una sorpresa muy desagradable.
Conseguimos
que eso no pasara durante toda una vida. Tu padre murió tranquilo, la mentira
seguía intacta, envuelta en su rebozado de verdades. Se aseguró de que las
cosas seguirían así desde su lecho de muerte, haciéndome prometer una vez más
mi silencio, obligándome a ratificar aquel juramento realizado con tu
cuerpecito envuelto en crochet entre los brazos. Y lo hice.
Para
entonces, la culpa me pesaba, había empezado a fantasear con perderte a cambio
de regalarte la verdad. ¿Qué pesa más, el deprecio de un hijo (porque sabía que
si conocías la verdad me despreciarías con razón) o el ahogo de seguir
enterrando un secreto que no te merecías, negándote tu identidad?
Pero
él, al pedirme aquella promesa justo antes de morir, me dio la excusa perfecta
para no tener que elegir. Seguiría mintiendo porque se lo había prometido. Y había
sido un cabrón, probablemente el peor esposo del mundo, pero también mi marido.
El que me dio (y nunca mejor dicho) el hijo que siempre había soñado.
Ni
siquiera puedo decir entonces que me atrevo a confesarte todo esto por decisión
propia. No, nunca lo hubiera hecho. Hubiera vivido los años que me quedan
recibiéndote los domingos y preparando táperes para que te llevaras a casa.
Abrazando a mis nietos como si en verdad se parecieran a mí, y contándoles, si
preguntaran, cómo había sido tu nacimiento y que durante los últimos meses del
embarazo no dejaste de patearme.
Ni
esa medalla de valentía, lucidez u honestidad puedo colgarme.
Nunca
te hubiera hablado de todo esto si una mujer de mirada clara, dientes
desparejos y manos encallecidas no hubiera tocado a mi puerta.
Cuando
te vi en sus ojos, en la forma en que sus dientes se superponían, tal como los
tuyos antes de la ortodoncia, cuando te escuché en su voz, ya no pude seguir
manteniendo la promesa realizada a un muerto ni la mentira que me mantenía
viva.
Carmen
Mi
querido Carlitos. Sé que no sabes que te llamas así. Que si pronunciara este
nombre en tu presencia no te darías por aludido. No por el diminutivo cariñoso
que no puedo evitar, una madre siempre ve pequeños a sus hijos. Si no porque
tengo entendido que todos te llaman Alfredo. Un nombre tan serio y rimbombante.
No sé cómo cabría en tu cuerpecito de bebé cuando te lo pusieron. Y dudo de que
ni siquiera ahora, en tu cuerpo de hombre, calce realmente. Tu nombre es Carlos
y debió serlo toda tu vida. Ojalá fuera solo eso lo que no fue como debía haber
sido. Un nombre no es más que eso, un rótulo, una etiqueta. Pero lo importante
es la persona a quien acompaña, su historia, sus sueños. Y a ti te robaron la
posibilidad de vivir la historia que te tocaba. Te arrancaron de las páginas de
tu vida, esa en que yo iba a estar siempre a tu lado, para pegarte en forma
artificial en otro libro, en otra vida, en la de un desconocido que no eres tú.
Lo
siento, no quise decir que no eres tú mismo. Ni siquiera que eres un
desconocido. Para mí nunca lo serás. Es que no sé cómo hablar de todo esto
contigo.
¿Sabes?
En tu historia verdadera, nunca hubieras tenido un padre. El que te concibió
desapareció en cuanto le dije que existías, que eras un pedacito de sol en mi
vientre.
Tampoco
hubieras tenido después la figura de un padre cerca. Dediqué mi vida a cuidar a
mi madre, a mis hermanas, a mis sobrinos, y nunca formé una familia. Tal vez
porque no concebía formar una familia en la que faltaras tú.
Ni
siquiera hubieras tenido un abuelo. La nuestra siempre fue una familia de
mujeres.
Tal
vez el hecho de que en tu vida hayas tenido un padre, te diera alguna ventaja,
te hiciera más feliz o completo. Esas cosas imagino cuando pienso en por qué.
Por qué dios permitió que te apartaran de mi lado. ¿Para darte una vida más
feliz? En ese caso, ¿qué hago yo rebuscando e intentando llegar a ti? ¿No sería
mejor que ignoraras mi existencia, que siguieras viviendo en esa historia
prestada que te han impuesto?
¿Qué
me respondo? Según del día. A veces me digo que no debo seguir adelante, que te
haré daño. A ti, a tu familia… ¿A tu familia? Pero si tu familia soy yo… Otras
veces, me contesto que lo peor que se le puede quitar a una persona es su
identidad. El hecho de saber quién es. Entonces me envuelvo en la bandera de la
reivindicación y me juro que no pararé hasta que no conozcas la verdad.
Y
así he estado, entre dos aguas hasta que me enteré de lo de la asociación, y
fui a informarme. Es que yo siempre supe que tú no habías muerto. Durante unos
segundos te tuve en mis brazos mientras berreabas, y te aseguro que si algo
parecías era cabreado. Pero no enfermo. Eras un bebé regordete y sano.
He
repasado esos segundos en los que te apreté contra mi pecho, millones de veces.
Intentando no olvidar tu olor, tu cuerpo tibio y resbaloso. Tu boquita
abriéndose en un chillido agudo y potente. Sé que te callaste, que al ratito de
apretarte contra mí te callaste. Y que percibí tu respiración con mi mano sobre
tu espalda.
He
repasado esos segundos intentando mantenerte cerca, pero también buscando
cualquier signo de que algo iba mal, cualquier indicio de lo que iba a ocurrir después.
Pero no los había. He llegado a creer que no había querido verlos, pero que los
indicios habían estado ahí. Pero ahora sé que mi instinto no me engañaba. Todo
estaba bien. Eras un bebé sano y gritón. Un bebé que no tenía por qué morir a
las pocas horas.
Una
enfermera te envolvió en una sábana y te llevó para limpiarte. Me dijeron que
descansara, que lo había hecho genial.
Yo
nunca había tenido un bebé, pero había acompañado a tu abuela cuando nació tu
tía Adela, la pequeña. Por eso me parecía raro que después de dos horas ubicada
en una habitación no te trajeran para que te diera de mamar. Estaba dolorida
pero feliz. Tu abuela, sentada a mi lado, me hablaba en un tono que hacía que
se me cerraran los ojos. Estaba cansada. Llevaba casi un día despierta. Por
eso, reconfortada por una medicación que me habían puesto con el suero, me fui
quedando dormida.
Cuando
desperté, dos o tres horas después. Tu abuela, seguía sentada a mi lado. Ya no
hablaba. Entre los dedos de las manos iba pasando las cuentas de su rosario.
Algo grave pasaba. Ella rezaba el rosario solo si algo la angustiaba.
—¿Qué
pasa, mamá?
—Cariño,
lo siento mucho…
Quise
incorporarme, pero un dolor agudo me atravesó el vientre.
—¿Qué
pasa, mamá? ¿Qué pasa?? —grité desesperada.
Una
enfermera acudió junto con una monja.
—Querida,
tienes que ser valiente —dijo una de ellas.
La
otra asentía en silencio, esperando que yo preguntara algo, supongo. Pero yo no
pregunté. Solo dije:
—No,
¡eso es mentira! ¡Mi bebé está perfectamente sano!
Lo
siento, repitió la del tocado de monja. Era una mujer mayor, el pelo canoso le
asomaba por debajo de la toga. Su cara estaba arrugada y no me miraba a los
ojos.
—Tiene
que ayudar a su hija, señora. Deben rezar por el alma inocente
—¡No!
—grité yo —¡Mentirosa! ¡Mamá, no les creas! ¡Mi niño está bien!
Las
dos mujeres se retiraron sigilosas, tal como habían llegado.
Mi
madre me abrazó y yo empecé a llorar como nunca lo había hecho. Lloré horas,
supongo. Mi madre no se movió de mi lado, solo me mecía de vez en cuando y de su
boca salía un “Shhh shhh” cuando mi
llanto crecía en intensidad.
—Quiero
verlo —dije después de mucho tiempo —quiero ver a mi bebé.
—No
creo que sea buena idea, cariño
—No
puedo dejarlo solo… Me necesita
—Cariño,
ya no puedes hacer nada por él…
Yo
sentía que la cabeza me iba a estallar. Debí insistir, debí exigir que me
mostraran tu cuerpo. Pero no lo hice. Me conformé con que me aseguraran de que
antes de meterte en tu cajita blanca te envolverían en la mantilla que con
tanto cariño llevaba meses tejiendo para ti. Antes le coloqué la cinta celeste
entrelazada alrededor de todos los bordes. Habíamos llevado cuatro metros de
cinta azul y cuatro rosa. En ese entonces no se conocía antes el sexo del bebé.
Entregué tu mantilla a la enfermera que me juró que se aseguraría de que te
envolvieran con ella. Y luego, me dejé morir.
Llevo
treinta años dejándome morir. Y ahora sé que si no me he muerto del todo es
porque este momento en que pudiera mirarte a los ojos y encontrar en ellos a
ese bebé peleón que no se estuvo quieto durante todo el embarazo y que chilló
como un campeón al nacer, tenía que llegar.
Querido
Carlitos. Quiero que sepas que, si no hubiera sido por la generosidad de tu
otra madre, nunca hubiera podido llegar a ti.
Al
principio, ella lo negó todo. Amenazó con denunciarme por acoso. Pero a los
pocos días me llamó al teléfono que le había dejado por si cambiaba de opinión.
No
hicieron faltas palabras. Solo me dijo que me esperaba en su casa.
Cuando
llegué, desenvolvió el contenido de una caja con dibujos infantiles, quitándole
el papel de seda que lo cubría. Era tu mantilla. Amarilleada en las puntas, la
cinta azul celeste algo raída. Pero era tu mantilla. La miré sonriendo y nos
abrazamos.
Ella
te quiere y siempre te ha querido. Yo también. Ninguna de las dos quisiéramos
hacerte daño. Tenemos, solo por eso, muchísimo en común. Por favor, no la
juzgues. Antes júzgame a mí, que dejé que te arrebataran de mi lado sin pelear.
Alfredo
Guarda
las dos cartas en sus respectivos sobres. Las ha recogido del buzón hace un par
de horas y las ha leído al menos cinco veces cada una. Primero creyó que era
una broma, después, que había entendido mal, por último, que estaban mintiendo.
Que por algún motivo su madre se había puesto de acuerdo con una desconocida
para hacerle creer semejante barbaridad. Porque todo esto es una enorme
barbaridad, se dice en el silencio de su casa. Por suerte, Laura y los niños
están pasando unos días en casa de los padres de ella. Ante ellos no podría
permitirse llorar como lo está haciendo. Dudar. Ponerse de pie, coger las
llaves del coche, volverlas a dejar sobre el mueble de la entrada, y sentarse
otra vez en el sofá. Buscar la última llamada a su madre en el móvil y estar a
punto de darle al botón de llamar, para terminar, dándole al bloqueo y ver la
pantalla oscurecerse.
Amalia
A
diez minutos en coche de Alfredo y su indecisión, una de sus madres desarma la
maleta que acaba de hacer. Ha decidido que un viaje no es suficiente para huir.
Revuelve en el armario del baño hasta encontrar esas pastillas que le recetaron
a su marido cuando el dolor se hizo insoportable. Quedan seis. Calcula que con
esas será suficiente.
Carmen
A
unas manzanas de la mujer de las pastillas, la otra madre de Alfredo se
apresura hacia su casa. Tiene un mal presentimiento. La mujer le ha mandado un
mensaje que es claramente una despedida. Un mensaje en que le ruega cuide de su
hijo. Sus pasos se suceden por la acera con toda la velocidad de la que es
capaz. Al fin llega ante la puerta de la casa. Toca el timbre. No hay
respuesta. No sabe qué hacer. Se apoya en la puerta, que cede. En un momento
está junto a la otra mujer. Está sentada a la mesa de la cocina mirando fijo un
frasco de pastillas que descansa sobre el mantel cuadriculado frente a ella.
Amalia, Carmen y Alfredo
Cuando
Alfredo llega a la casa de su madre después de horas de indecisión, encuentra la
puerta abierta. Un mal presentimiento estremece su nuca. Entra. Las dos mujeres
están sentadas en el sofá. La desconocida rodea con su brazo los hombros de su
madre.
—¿Qué
ha pasado, mamá? ¿Estás bien?
La
mujer sonríe. Las dos mujeres sonríen. Alfredo se arrodilla frente a ellas,
coge una mano de cada una y las apoya en sus mejillas. Las lágrimas descienden
por las manos envejecidas. Suaves la de su madre de siempre, rugosas las de su
nueva madre. Luego apoya la cabeza sobre sus regazos, y se deja acariciar el
pelo hacia uno y otro lado.
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