Ese no
es nuestro estilo de familia, masculla mi abuela cuando mamá dice que ya
recogeremos la mesa mañana.
Entonces
mamá, bufando, friega los platos y después se sienta a ver la tele.
Que
cómo vamos a mirar esas series de tiros, protesta la abuela. Que los tiros,
tiros traen y ya sabemos lo que pasa. Entonces mamá abandona resignada el sofá,
se lava los dientes y se va a dormir sin escucharla sentenciar que, si te
acuestas sin quitarte el maquillaje, amaneces momia.
La
abuela se adueña del sofá farfullando que en esta familia nunca le hacemos
caso. Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva.
Los
caballos suelen llegar de noche. Durante el día se agazapan tras los grititos
felices con que Manuela me recibe cuando traigo la barra de pan que casi
siempre consigo.
Cuando
no, los caballos negros entran conmigo en la chabola y no se van hasta la
mañana, cuando dejo a Manuela dormida, exhausta de llorar hambre.
Pero
si llegan de noche, los caballos se ensañan conmigo. No soportan que acaricie
el pelo sucio de Manuela y le cante la canción que recuerdo de cuando no había
caballos, ni miradas esquivas en la calle, ni cabezas negando ante mi mano tendida.
Lo del paraguas colgado en el picaporte de la puerta de entrada
es de las primeras cosas que aprendimos. Tampoco es tan difícil. Si cuando
llegamos del cole, el paraguas rojo de mamá está colgado en la puerta,
significa que tenemos que entrar en silencio y prepararnos la merienda. Bueno,
yo se la preparo a Jaime, que para eso soy la mayor.
Lo siguiente que aprendimos fue a decirle a papá que mamá salió
a hacer un recado si llama desde el barco en tarde de paraguas.
A jugar al ajedrez todavía no aprendimos. Y parece un juego muy
divertido. Para eso tenemos que crecer un poco más, dice mamá cuando le pedimos
que nos enseñe.
Mientras tanto, estoy aprendiendo a subir el volumen de la tele
de la cocina en cuanto las partidas en el cuarto de mamá empiezan a ponerse más
reñidas. Para eso soy la mayor, y no puedo permitir que Jaime la escuche gritar
palabrotas y chillar amenazando con comerles la torre, cuando sus amigos están
a punto de darle jaque mate. Por más tarde de paraguas rojo que sea.
Aquel
ser diminuto que golpeaba la lente desde el otro lado, me obligó a bajar la
cámara. Yo llevaba tanto tiempo mirándolo a través de ella, que sus ojos
oscuros y limpios se colaron en mí en cuanto me salieron al encuentro. Sonrió,
dientes desparejos, alegría uniforme.
Hurgué en los bolsillos buscando una moneda. El niño negó con la cabeza
cuando quise dársela. No hablábamos el mismo idioma, pero eso no es necesario
para entenderse.
Señaló
mi cámara. Le fui mostrando una a una las fotografías, captadas durante todo mi
periplo por África. Sonreía y me abrazaba cuando alguna imagen le llamaba la
atención. Le mostré todas las que tenía hasta llegar a la que él protagonizaba con
la cara llena de sol y los ojos abiertos y colmados de vida. Aplaudió
sorprendido al verse y ensayó un bailoteo feliz sobre sus pies desnudos.
Le
robé una última instantánea, posando con desparpajo esta vez.
No
podía dejar de llorar. No porque me hubieran pisado el bocadillo, ni por mi
estuche desaparecido otra vez. Tampoco por la falta de tolerancia de mis
compañeros ante eso que me hace distinto a ellos.
El motivo por el que, encerrado en un baño de las chicas, no podía dejar de llorar, era que Vicente, por primera vez, en lugar de mirar hacia otro lado, había salido en mi defensa, aunque le contagiara el rótulo de mariquita. Lloraba, porque cogido de su mano, uno a cada lado del inodoro, confinados en un metro cuadrado, me sentía absurdamente feliz.
Y sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano
en el río. Luego se giró despacio y me miró. En sus ojos aún se veía con
claridad el reflejo de los rizos de la niña volando enloquecidos en el
forcejeo.
Esos rizos que ahora estaban desparramados
sobre una piedra cercana a la orilla, mientras el resto del cuerpo mantenía una
postura imposible sobre la tierra húmeda.
Bajé la mirada. No hubiera soportado presenciar
otra vez la escena de la niña sucumbiendo bajo su fuerza indudablemente superior.
Aunque en el espejismo de sus ojos no se escucharan los gritos infantiles que
hacía apenas un momento habían provocado desbandadas entre los pájaros de los
árboles cercanos.
Ahora, él palidece al ver en mis ojos lo que
ocurrirá a continuación. Los suyos funcionan con retraso y los míos adelantan.
En los míos se ve a sí mismo flotando boca
abajo sobre la corriente del río. Un río que lo arrastra indiferente. Sin
reparar en la brecha que, desde la nuca hasta la coronilla, le atraviesa la mollera
dejando a la vista parte del cráneo.
Él sacude la cabeza para olvidar la visión.
Piensa que está dejándose llevar por el nerviosismo. Pero lo que ha visto
ocurrirá.
Yo, ni siquiera sé que ocurrirá, por eso temo
que ahora venga a por mí. Confiar en mi
lealtad, a pesar de que nunca le he fallado, tal vez sea pedirle demasiado. Nunca
las cosas han llegado tan lejos.
Solo sus macabros jueguecitos, vuelta al
maletero, y devolverlas a alguna calle del pueblo más cercano en que puedan encontrarlas
deambulando desorientadas y devolverlas a su sitio.
—Hay que enterrarla —le digo haciendo un gesto
hacia los rizos sobre la piedra.
Él se queda paralizado. Supongo que esperaba cualquier
cosa menos que me preocupara por el cadáver de la niña.
Evita mirarme a los ojos y lo agradezco. La
desesperación en el rostro de la niña sigue flotando en los suyos.
Cojo las palas que llevamos siempre en el
maletero y comienzo a excavar entre dos árboles.
—Tenemos que irnos —dice con urgencia.
—¿Qué quieres, que encuentren el cuerpo y aten
cabos?
El coge la pala que dejé apoyada en un tronco y
me ayuda. Resoplamos. En forma alternativa, al unísono. El sudor le inunda la
nuca. Prefiero ver eso que sus pupilas.
El cuerpo de marioneta rota de la niña sigue
allí, a apenas unos metros. Me acerco a cerrarle los ojos. Y en ellos, que no
retrasan ni adelantan, veo el presente. Me veo alzando la pala por encima de mis
hombros, con una fuerza que nunca he tenido, y clavándola por la parte del filo
en la cabeza sudada de él. Una línea recta e impecable desde la nuca hasta la
coronilla, que deja ver parte del cráneo.
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