por pcollazo | Jul 24, 2014 | En pocas palabras, Premiados
Había conseguido regresar. Contaba los días que lo separaban del aeropuerto, los abrazos, los gritos, las lágrimas de bienvenida. Pero cuando puso pie en tierra, comprendió que deshacer el camino no significa regresar. Los árboles no eran tan verdes, y el aire no olía a naranjos. Las sonrisas no eran tan radiantes y las ausencias borroneaban las caras avejentadas que le aguardaban. Sollozó abrazado a su pasado, mientras palmeaban su espalda y le preguntaban si se iba a quedar. La respuesta le estremeció el alma. El tiempo había desplazado los sitios y él ya no sabía dónde estaba el suyo.
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por pcollazo | Jul 2, 2014 | En pocas palabras, Premiados
Mucho me temo que vienen a rescatarme. Dirán que me estás consumiendo, que acabarás conmigo. Tú no escuches.
La jeringuilla en equilibrio en el borde del lavabo no responde, pero tiembla cuando los golpes en la puerta trabada arrecian.
Juan, ¡ábrenos!. Te ayudaremos…
Estira la goma, un extremo en la mano libre y otro entre los dientes. Percibe la presión tranquilizadora en el brazo. No temas, mi niña, musita mientras sus dedos expertos tantean en busca del lugar exacto. No temas. No nos separarán. Tú no eres solo un amor de verano para mí.
Ella rueda trémula y culpable hasta los pies de Juan, que ya ausente, se ovilla sobre las baldosas frías y comienza a temblar.
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por pcollazo | May 11, 2014 | Cuentos enredados, Premiados
Era la primera vez que se emborrachaba. Nunca le había gustado beber. Por eso, no lo había hecho por placer. Y tampoco le gustaba mostrarse como realmente era ante los demás. Por eso, lo había hecho estando sola.
Un lago rojizo e irregular se dibujaba alrededor de la copa volcada sobre el mantel blanco. Ella miraba alternativamente la figura difusa cuyos contornos crecían lenta e inapelablemente y un punto preciso en la pared. Aún veía la fotografía que ya no estaba, pero que de tanto tiempo colgada allí, había dejado una huella geométrica alrededor del punto de pintura descascarada. La fotografía yacía ahora ahogada en un mar de cristales sobre el parqué brillante.
Ella se sentó en el sofá con la segunda copa en la mano y trató de no recordar las últimas palabras sino las primeras. Pero la marea iba y venía en su mente, subiendo, subiendo. Haciendo más estrecha la franja del entendimiento y obligándola a sumergirse en las aguas turbulentas y oscuras de los recuerdos. Los que permanecían a flote y se entremezclaban con la espuma, eran los más recientes, los más dolorosos, y aunque ella se mantuvo flotando en el enfado durante un tiempo, pronto comprendió que tenía que sumergirse y así lo hizo. Buceó alejándose del último portazo y del definitivo sonido del cristal rompiéndose. Pataleó con fuerza hasta llegar a tocar con los dedos la arena de los atardeceres dulces y las palabras acalladas con besos, de los planes trazados en el cielo estrellado, de los caminos transitados a dúo hombro contra hombro. El aire había empezado a escasear en sus pulmones y tuvo que emerger. Para encontrarse jadeante y despeinada sobre el sofá. Tiritando viento, restregándose la sal de los ojos y el desasosiego de la piel.
La copa de su mano había encontrado un hueco propicio entre su pecho y sus dedos, y al abrir los ojos, comprobó que la otra, la que había sido de él, permanecía tumbada sobre la mesa justo delante de la botella vacía. Desde la perspectiva que le daba la cabeza apoyada sobre el brazo del sofá, parecían dos grandes monumentos colocados estratégicamente sobre la mesa.
Recordó con cuanto esmero había preparado esa receta que nunca iban a llegar a probar. Y con cuanta precisión había borrado él cada una de sus tontas expectativas. Debí saberlo, se dijo. Debió haber señales. Y se puso de pie de pronto, como si trajinar en la cocina fuera cosa de vida o muerte. Se golpeó el pie desnudo con la pata de la mesa baja y masculló una palabrota que se quedó atragantada en su garganta detrás de un sollozo silencioso. Caminó descalza rumbo a la cocina y mientras echaba su magistral receta en el cubo, comprobó que algunos cristales se le habían clavado en los pies. El lago rojizo del mantel se desparramaba ahora por las baldosas y ella apenas atinó a sentarse y a poner los pies en alto sobre la mesa de la cocina. La sangre bajó inundando de rojo otro mantel. Ella atisbó sobre la mesada la segunda botella borgoña y se la acercó mientras bajaba las piernas dejando dos huellas bermellón en el suelo y hurgaba en la mesa en busca del sacacorchos. Para una vez que se emborrachaba lo haría a conciencia. Apartó a manotazos los corazones rojos que envolvían empalagosos e inútiles chocolates. Observó el par de globos con la inscripción en inglés flotando contra el techo de la cocina y deseó que rozaran la lamparilla y explotaran de una vez. Sus pies descansaban ahora en dos pantanos rojos rodeados de corazones rojos y papel de regalo a medio utilizar. Se bebió casi sin respirar la mitad de la botella y dejó la otra mitad para cuando tuviera fuerzas de acercarse al cajón de la cocina en busca de las pastillas. Su cabeza retumbó con ese último pensamiento mientras chocaba contra las baldosas rojas y aplastaba los corazones de San Valentín.
El resto, son detalles que no tienen importancia. No vale la pena profundizar en ellos. Ya los conoceréis en las noticias de hoy.
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