Ciencia inexacta

Ciencia inexacta

Pero ya nada sería igual. Cada igualdad fundamental se había quebrado, las fórmulas yacían desparramadas a sus pies. El seno de ella, contra toda propiedad, había aparecido elevado al cuadrado y sumado a un coseno ajeno. Él revisó por enésima vez su demostración. Sólo había utilizado identidades irrefutables, axiomas, hipótesis firmes y probadas. No veía donde estaba el error. Tal vez en una interpolación, en una derivada, en un redondeo demasiado inexacto… Ella prefirió la tangente para evitar dar explicaciones. Él recogió uno a uno sus términos, sus signos, sus incógnitas para alinearlos prolijos en otra página.
Empezó a pensar en un nuevo teorema.

Ciencia inexacta

Quimera

Que mi hermano Toni termine la carrera es una quimera. Eso dice mi abuela. Pregunto qué significa quimera. Que Toni no es un genio y la ingeniería le queda grande, responde. Como una camiseta. Vamos, que ella no se lo cree.

Aunque la abuela dice que Toni pronto seguirá la huella de papá y nos abandonará, siempre está ahí. Él me enseñó a dibujar de un solo trazo circunferencias con compás, y me consoló diciéndome que nadie había puesto tanta garra como yo, cuando quedé último en la carrera intercolegial. Porque él estaba allí, y mamá trabajando. Y la abuela diciendo que cómo me apunto si no valgo para nada.

Pero hoy no. Hoy Toni no estaba. Cuando un policía llamó al timbre pidiendo hablar con mamá, Toni no estaba.

Que ya no volverá a estar, me dicen. Eso debe ser una quimera. Porque yo no me lo creo.

Hermano mayor – Primer premio en el IV Concurso El folio en malva

Hermano mayor – Primer premio en el IV Concurso El folio en malva

Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre cuando está oscureciendo. Mamá mira desde la ventana de la cocina. Si la figura oscura se tambalea mientras camina hacia la puerta, nos da la señal. Ha llegado con ese humor, dice. Y los niños nos  echamos a temblar. Yo intento disimular ante los pequeños, pero el sonido de los pasos irregulares sobre la grava del camino, me eriza la piel.

Mamá me indica con la mirada que debo hacer lo que ya sé. Lo que hemos planeado para cuando llega con ese humor. Llevarme a mis hermanos al sótano y procurar que no hagan ruido. No cruzarnos con él, que ya está intentando embocar la llave en la cerradura. Eso le llevará algunos minutos. Los que tenemos para recoger los pijamas, las mochilas del cole, los ositos de las mellizas y bajar a la carrera.

No quiero dejarla sola. Sé lo que va a pasar. Y me siento un cobarde por huir junto con los pequeños. Aunque ella me haga creer que no estoy huyendo, que mi misión es evitar que ellos se pongan en el trayecto de un golpe, que sean testigos de los insultos, que vean en primera persona lo que no debería pasar.

Nos perdemos en las escaleras que bajan. Me aseguro de que pasen todos: Lucas, Esteban y las mellizas. Y después, echo una última mirada a mi madre. Para rogarle que me deje permanecer con ella. Y defenderla, o al menos aguantar juntos el chaparrón. Pero ella solo dice “Vete”, y me cierra la puerta del sótano en la nariz para ir a abrirle la de entrada, porque sabe que cuanto más lo intente él sin conseguirlo, más furioso se pondrá.

En esas noches, cuando terminan los gritos, y los peques ya se han dormido agotados de tanto llorar, subo las escaleras sigiloso. Papá duerme tirado en el sofá o en la cama, y mamá… Mamá se abraza las piernas sentada siempre en el mismo rincón de la cocina, sobre el suelo de baldosas salpicadas de rojo, con el rostro hundido entre las rodillas. No me escucha llegar, y yo no me animo a hablarle. No quiero que levante la cabeza y tener que ver las lágrimas rodando imparables  por sus mejillas.

Bitácora – Segundo premio en el Certamen de Narrativa Breve Jorge Maldonado

Bitácora – Segundo premio en el Certamen de Narrativa Breve Jorge Maldonado

Como si fuera tonto o sordo o las dos cosas a la vez ¿abuelo quieres probar una torrija? ¿Y por qué me gritas, niña? pero no se lo digo… me mira ansiosa como preguntándome ¿aún te acuerdas de que soy Alba, no es cierto?… por eso le contesto: No, gracias, Albita, he comido demasiado… No disimula su sonrisa de alivio, como su madre que se acerca y me dice ¿está bien, suegro? Asiento, pero no lo estoy. Desde que me he perdido de camino de regreso desde el banco todo ha cambiado. Un despiste, insistí en hacerles entender pero no, que al médico de inmediato. Pero si ya me habéis encontrado y aquí estoy… Papá, insistió Julio. Tuvimos suerte de que justo pasara Marta por allí… No sé dónde era allí, pienso, y tampoco se lo digo… qué alivio cuando alguien me llamó Don Pedro ¡sí, ese soy yo! supe de inmediato. Como pisar terreno  un poco firme después de tanto hundir los pies en el lodo… Desde ayer que me duele ese pie… yo creo que se me ha encarnado la uña… eso nunca pasaba cuando estaba María, ella siempre cuidándome, cortándome las uñas… ¿dónde está María? miro a mi alrededor buscándola y tres o cuatro personas me observan  preocupadas… ¿necesitas algo, papá? dice el hombre de camisa de rayas…. ¿María? pregunto aunque de inmediato sé que no debí hacerlo… Papá, ya sabes que mamá… Asiento. Sí, ya sé que mamá nos dejó al final de la primavera pasada, cómo pude haberme olvidado.

Y ahora este matasanos que dice que tengo principio de Alzheimer… eso es mentira… y tú más quise decirle, pero me daba no se qué hacer quedar mal a mi hijo y a mi nuera que empezaron a hacer preguntas y a hablar de mí como si yo no estuviera presente.

Puede que estos episodios se empiecen a repetir con más frecuencia… yo me preguntaba si alguien le estaba prestando atención porque mi hijo lo miraba con los ojos nublados, y mi nuera me miraba a mí como con pena.

¿Le duele la cabeza? me preguntaba el de la bata blanca…. Bueno ¡por fin alguien que se entera de que estoy aquí! Sólo cuando a las urracas se les da por anidar en ella, contesto… la cara del galeno es un poema…. Que es broma, lo tranquilizo… sonríe no del todo convencido.

Abuelo, que vamos a ver la peli esa del tsunami… siéntate aquí a mi lado, dice Alba. Se la ve preocupada por mí, yo no quiero que se preocupe… y me siento a su lado aunque no estoy seguro de querer ver una película. Tengo mucho en qué pensar.  ¿Este año no vais a la procesión? pregunta el chaval de gafas. Intentar recordar su nombre me produce un dolor sordo en la sien, por eso he dejado de intentarlo. No, cariño, el abuelo no está para procesiones dice su madre, que es mi nuera, eso es seguro. Me revuelvo inquieto en el asiento, Albita me  mira preocupada y me toma la mano pensando que me impresiona la ola que acaba de barrerlo todo en pantalla… Abuelo, ¿prefieres que quitemos la película? niego con la cabeza en la penumbra de la sala, no quiero que vea que tengo los ojos húmedos. No quiero que mi memoria se disuelva en la arena cuando el mar suba apenas, cuando la oscuridad vaticinada sobre mí, venga a intentar borrarlo todo. Tengo que hacer algo para seguir entendiendo este mundo que poco a poco dejará de hablar mi idioma.

Tengo que concentrarme en una estrategia, en algo que me asegure no perderme por completo. Un ovillo de lana que me permita transitar el camino de regreso cuando lo necesite. Quiero seguir sabiendo cómo se llama Albita y que su mamá es mi nuera, aunque se parece tanto a mi hermana Amalia cuando era joven, o a mi madre…

Tengo un plan. Escribiré, lo escribiré todo. Bastará con un cuaderno, un boli y tiempo. No sé cuanto tengo, pero el plan es genial, me digo.

Amalia, le digo a mi nuera que me mira sorprendida. Alguien pausa de inmediato la película…. Papá, ella es Martina, mi esposa ¿te acuerdas? dice el hombre de camisa de rayas… Julio, eso es…. Claro, le digo. ¿Me darías un poco de agua? Las luces se encienden, todos buscan algo que hacer. Amalia o Martina se apresura a ponerme un vaso de agua entre las manos… ¿Abuelo, puedo hacer algo por ti? pregunta Albita. Bebo varios sorbos y le sonrío. Sí, puedes, mi niña, sí puedes….

Desde ese momento Alba me ayuda con mis anotaciones. Ha buscado fotos de todos y las hemos pegado en mi cuaderno, “mi bitácora” la llamamos en secreto. Hemos anotado nombres, fechas, lugares.. De vez en cuando repasamos los nombres y ella me los pregunta, y si no me acuerdo, me dice la primera sílaba y yo pienso y pienso hasta que soy capaz de dibujar otra vez mi huella en la arena y recordarlo.

Sé que llegará un momento que no seré capaz de volver a dibujar mi huella, y mi mundo quedará completamente sumergido en el tsunami. Mi bitácora no servirá de nada entonces. O servirá de mucho. Será mi tabla de salvación, aunque no pueda entenderla, podré sobrevivir asido a ella.

Releeré esa primera página en que Alba ha apuntado con su prolija caligrafía “Este cuaderno pertenece a Pedro, mi abuelo. El hombre más maravilloso del mundo, y su objetivo es que él recuerde que lo queremos. Aunque nuestras caras le parezcan desconocidas, él para nosotros no lo es. Nunca lo será”

A veces, por las noches, pienso que tal vez llegará un momento en que no recuerde cómo leer, y mi bitácora ya no me sirva. Pero por la mañana, cuando Alba, me da un beso antes de salir y me pregunta si recuerdo nuestro secreto, me tranquilizo. Puede que yo algún día no lo recuerde, pero ella, ella siempre lo recordará por mí.

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Otra carrera

Apagó el despertador mucho antes de que sonara. Se deslizó despacio fuera de la cama para no perturbar a la oscura figura extendida a su lado. Lo hizo por costumbre, porque en realidad sabía que no despertaría. Hurgó en el fondo del cajón y extrajo el dorsal. Allí había permanecido oculto para que él no pudiera prohibirle participar. La sonrisa culpable se convirtió en risa de satisfacción cuando se miró al espejo, preparada ya. Las mallas de color brillante que no tenía permitido usar, el impensable top, las zapatillas recién compradas.

Acomodó su pelo largo en una coleta. Usó una capa precisa de maquillaje para disimular con maestría el último golpe. Sabiendo que era exactamente eso: el último. No se despidió del cuerpo inerte de la habitación.

Al salir de casa, el cielo de Salamanca le confirmó que ese era el día. Ya podía correr su siguiente carrera.

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Planta infantil

Al otro lado de la ventana, pasan dos señoras regordetas, aunque Nico opina que son dos vacas. Tampoco nos ponemos de acuerdo con respecto al hombre de barba. Él cree que se trata de un cachorro de ornitorrinco. Menos aún si nos centramos en el coche de carreras. El muy terco dice que es ¡una cuadriga romana!

Al final termino echándolo de mi cama. Él se levanta remoloneando y dice que mañana volverá a visitarme. Y que le diga a mis nubes que se porten mejor. Yo muevo el tubito del suero que se ha puesto en medio, y sigo observando mi trocito de cielo.