Sin esperanzas

Sin esperanzas

– Sí, claro que hay tierra del otro lado. Solo que no se ve

– ¿Y por qué no se ve? – preguntamos una noche mi hermano, la siguiente yo.

Entonces papá nos cuenta que el mar se balancea para no mostrarnos lo que esconde. Porque si nos lo mostrara, echaríamos a nadar como locos y como no sabemos nadar, nos ahogaríamos.

– ¿Entonces cómo cruzaremos?

-Cuando llegue el momento lo veréis – responde en tono misterioso y cenamos cosquillas, que es lo que papá nos trae cuando no consigue raíces o algún animal pequeño para asar.

Esperamos. Hemos esperado que mamá se pusiera buena para irnos de la aldea. Al final, la tuvimos que dejar.

Hemos esperado hasta que el amigo de papá vino a por nosotros y empezamos a andar.

Esperamos que el camino fuera más corto, que los pies no dolieran tanto, que nos tocara el turno de ir en brazos de papá.

Y ahora, frente al esperado mar, seguimos esperando.

Papá riñe mucho con su amigo. Cada noche le dice que no podemos esperar más,  que ya le ha pagado, pero no hay caso. No ha llegado nuestro turno aún. Así que nos acostamos entre la vegetación y como cada noche, nos cuenta lo que hay del otro lado del mar. Hasta que nos quedamos dormidos. Esperando.

Sin esperanzas

Lágrimas bebidas – Primer premio XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán

Caminábamos siguiendo los pasos de mi madre. Encajando nuestros pequeños pies en sus huellas cansadas. El camino de ida era duro, el terreno muy escarpado y el calor agobiante, pero nada comparado con el de regreso. Cuando los cubos y latas que cargábamos iban llenos de agua, y cada gota que derramábamos suponía motivo suficiente para que mi madre se enfadara y nos llamara inútiles.

A mi madre el tema del agua le preocupaba mucho. No permitía bajo ningún concepto que la bebiéramos si no estábamos cien por ciento seguros de que provenía del Pozo Rojo. Ese sitio al que todos los días concurríamos con nuestros cacharros vacíos y en fila india (ordenados de menor a mayor) todos los hermanos, detrás de mamá, que era quien marcaba el camino. La estrategia consistía en poner a los mayores al final, para asegurarse de que ningún pequeño se perdería por el camino, a la vez de que los que más fuerza y experiencia tenían, alentarían, empujarían, impelerían u obligarían a los pequeños a continuar cuando las fuerzas flaquearan.

Yo era el del medio, pero había sido el pequeño hasta que mis hermanos  Anuar,  Alika  y Ashia   habían tenido edad suficiente como para andar y no ir colgados de la espalda de mamá. Así que de la primera posición en la fila había ido a ocupar la segunda, la tercera, la cuarta, y la tercera otra vez, cuando Ashia había muerto.

Mamá decía que lo de Ashia había sido por beber agua de un sitio prohibido. Se lo dijeron unos hombres blancos que llegaron a la aldea y nos examinaron a todos como si fuésemos insectos.

Por eso mamá se ponía tan nerviosa con el tema del agua y era tan estricta con aquello de tener que ir cada día a recogerla.

Ni siquiera el día en que murió Ashia, mamá permitió que faltáramos. No había ido el día de su nacimiento, ni el del nacimiento de ninguno de nosotros. Las madres se ponen muy malas cuando tienen un bebé. Y para esos días especiales habíamos ido preparándonos acarreando una cantidad extra durante las semanas anteriores que íbamos reservando.

Sin embargo, el día en que Ashia no despertó por la mañana, mamá la enterró bajo la palmera gris y con los ojos abiertos y empapados, ordenó que saliéramos a por agua como cada día.

Las lágrimas de mi madre y las nuestras llenaron los recipientes que acarreábamos antes de llegar al Pozo Rojo. Y aquel día regresamos más temprano que de costumbre. Pero sin ganas de jugar, ni de buscar hormigueros, mientras mamá preparaba ese guiso indescifrable con que nos alimentaba cada noche y papá llegaba con la espalda doblada debajo de la carga que vendería al día siguiente en el mercado del pueblo.

Papá no preguntó por Ashia.  Solo miró con pena el montículo de tierra removida bajo la palmera gris, junto al camino, y lo supo todo.

Luego nos acarició la cabeza uno a uno, como pasando revista. Como asegurándose de que a ninguno más se nos ocurriría morir, y se fue a ayudar a mamá con el fuego que aquella noche no conseguía encender debido al torrente de lágrimas con que eclipsaba las llamas en cuanto ardían. En silencio. Sin hablar del agua prohibida. Ni de Ashia.  Ni de lo injusta que es la vida, si has nacido en mal lugar.

Sin esperanzas

Otra y una

No era mi intención arrojar el guante a sus pies. Y supongo que tampoco hubiera sido la suya recogerlo.

Amanecía, y los pasillos del hospital estaban silenciosos y fríos. Yo me había asomado a la habitación 108 con la esperanza de no verla allí. De poder colarme cinco minutos, observar en silencio la figura quieta detrás de la maraña de tubos, rozarle la mano, y murmurarle que yo también estaba a su lado. Y que lo quería. Pero ella había visto mi pelo enmarañado, mi rostro lloroso, y había atado cabos.

– Perdón – murmuré y entorné la puerta.

Había dado apenas diez pasos cuando su voz me llego nítida.

– Sé quién eres. No soy tonta.

Me giré.  Nos miramos. Ella, demacrada,  se arropaba en un jersey grande que yo sabía, era de él. Yo, culpable de una ofensa ajena, bajé la cabeza.

En mis fantasías, en este hipotético encuentro, le iba a disparar unas cuantas verdades, le iba a decir que su marido… Pero ella me miraba y en lugar de alejarnos para girar al unísono y disparar, nos acercamos. Cinco pasos cada una. Y en medio del pasillo, nos abrazamos en silencio.

Sensaciones fuertes – Un micro que vale un viaje a Futuroscope

Sensaciones fuertes – Un micro que vale un viaje a Futuroscope

Esta semana, escribir me ha dado una alegría extra porque es compartida en familia.

Mi micro «Sensaciones fuertes» ha resultado ganador en un concurso organizado por Fnac España:

Por lo que ¡nos vamos a Futuroscope! 

Ha sido muy divertido escribir montada en una atracción desconocida, de un parque de atracciones desconocido y en 300 caracteres convertir el vértigo en historia.

Este es mi relato que transcurre en una atracción muy particular, el Aerobar:

 

Sensaciones fuertes

Mi chica, vértigo. Su chico, idiotez crónica, me confesó montados en el Aerobar. Brindamos. Su sonrisa se coló bajo mi piel y en mi móvil. Junto con su número. Nos separamos al salir de la atracción. Cuando la atracción era ya imparable.

Volvimos a Futuroscope con nuestros niños.

 

 

¡Gracias Fnac y Futuroscope! ¡Allí vamos! 

Sin esperanzas

Entemofobia – Mención especial en el III Certamen Literario “Universidad Popular de Almansa” 

En este barrio cada vez hay más hormigas negras, dijo mi abuelo asomado al balcón. En la calle, los nuevos vecinos acarreaban bolsas de la compra cargadas de ropa, muebles desarmados y enceres indescifrables. Entre ellos había dos niños. Parecían simpáticos. Sonreían todo el tiempo y tenían ojos grandes y dientes muy blancos.

– Padre, no diga esas cosas –reprochó mamá.

– En cuanto la líen, insecticida y fuera.

Yo revisé paredes, baldosas y macetas sin encontrar ni una sola hormiga.

– Fascista – murmuró mi madre. No entendí lo que quería decir, pero pensé que sería la marca de un insecticida.

Supongo que el abuelo no lo habrá querido comprar. Para colmo, mamá debe tener pánico a las hormigas. Porque desde aquel día, no hemos vuelto a visitarlo.

Fin de fiesta

Fin de fiesta

Mi madre había dicho que por respeto no iríamos a la feria. Yo no lo entendía. Pero tampoco tenía mucho ánimo. Además, llevaba días enferma.

Las fiestas estaban ligadas al abuelo desde que  de pequeña se montaba conmigo en el tiovivo y no se cansaba de dar vueltas sosteniendo mi inseguridad al vaivén de aquellos corceles sin crines.  O cuando me enseñaba a apuntar en el tiro al blanco y ganaba para mí aquellos enormes peluches.

De todos modos, aquel año, las fiestas fueron suspendidas. Una tormenta de lluvia y viento impidió abrir los puestos y montar las atracciones.

Cuando paró de llover, el abuelo vino a buscarme con  un globo rojo y su sonrisa de siempre. No me importó que llevara muerto un mes. Cogí confiada su mano y nos fuimos a la feria.

Allí estamos, saltando charcos entre los puestos vacíos, desde hace una eternidad.

Relato basado en la serie de fotografías “Abuelos” de Ángel Atanasio Rincón