Mi madre había dicho que por respeto no iríamos a la feria. Yo no lo entendía. Pero tampoco tenía mucho ánimo. Además, llevaba días enferma.
Las fiestas estaban ligadas al abuelo desde que de pequeña se montaba conmigo en el tiovivo y no se cansaba de dar vueltas sosteniendo mi inseguridad al vaivén de aquellos corceles sin crines. O cuando me enseñaba a apuntar en el tiro al blanco y ganaba para mí aquellos enormes peluches.
De todos modos, aquel año, las fiestas fueron suspendidas. Una tormenta de lluvia y viento impidió abrir los puestos y montar las atracciones.
Cuando paró de llover, el abuelo vino a buscarme con un globo rojo y su sonrisa de siempre. No me importó que llevara muerto un mes. Cogí confiada su mano y nos fuimos a la feria.
Allí estamos, saltando charcos entre los puestos vacíos, desde hace una eternidad.
Relato basado en la serie de fotografías “Abuelos” de Ángel Atanasio Rincón


