por pcollazo | Feb 13, 2016 | Noticias
Hoy nuevamente uno de mis relatos, «De mañana», ha resultado ganador semanal en el programa de Radio Nacional de España 4 (Cataluña) Wonderland.
Una gran alegría, ya que el nivel de los relatos que compiten en este concurso semanal es muy alto.
Gracias a Rosa y a todo el equipo por las palabras tan generosas que han dedicado a mi relato.
Podéis escucharlo aquí «Emisión de Wonderland del 13 de Febrero» (a partir del minuto 29 del programa de hoy, sábado 13 de febrero)
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por pcollazo | Feb 13, 2016 | En pocas palabras, Premiados
Me quedo escuchando tras la puerta.
– ¿Qué haces ahí, enano? – pregunta mi hermana acomodándose el uniforme.
– Shhhh… Está con alguien… quiero saber qué hacen – susurro.
Ella escucha los sonidos aletargados que llegan del interior. Se ruboriza y cogiéndome de la mano dice que es hora de salir.
– Pero si no he saludado a mamá – protesto.
Cuando regresamos del cole a comer, mamá canturrea en la cocina. Mi hermana me hace la señal de no se te ocurra hacer preguntas.
Abrazo a mi madre en silencio, y por primera vez desde que no está papá, la veo sonreír.
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por pcollazo | Feb 12, 2016 | En pocas palabras
Nunca me regalaba flores. Ni para nuestro aniversario, ni para mi cumpleaños, ni para el día de los enamorados. Yo se lo agradecía. Las flores nunca me han gustado. Ese olor recargado que producen en los ambientes cerrados, ese caerse de pétalos inundando el mantel, ese carácter perenne que parece representar lo efímero del amor.
El día en que murió, puse su sombra en venta. Me perseguía por la casa entregándome las flores que nunca había podido darme. Al principio creí que se estaba sacando de encima tantas flores como le habían regalado en su velorio. Pero una vez que se le acabaron esas, se las ingeniaba para conseguir más y más ramos. Supongo que los robaba. Una sombra nunca levanta sospechas.
Para conseguir alguna posible compradora para su sombra, tuve que bajar su precio, ponerla en oferta. Y ni siquiera así. Al final, para sacármela un poco de encima me he conformado con alquilarla. Para ponerla en callejuelas perdidas en noches oscuras, da mucho el pego, y hay bastante demanda. Pero siempre vuelve. Con más flores, claro.
Últimamente se las acepto y las pongo en un jarrón, pero cuando se distrae, las tiro por la ventana. Las sombras no se ofenden, creo yo. Pero alguna vez, en el pasillo que va a nuestro cuarto, me ha parecido verla llorando a mares.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de este cuadro de Alice Wellinger:

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por pcollazo | Feb 5, 2016 | En pocas palabras
Mi madre dice que mis ideas son descabelladas. Que eso de ser actriz es para niñas bien y no para una jovencita de barrio como yo. Pero yo no le veo la lógica. Me parece un razonamiento absurdo. Descabellado es pretender escalar el Everest si no has subido ni al monte de tu pueblo. Descabellado es conducir una moto después de cinco copas, en plena tormenta y de noche, como hizo el de la Paqui, en paz descanse. Descabellado es llegar a casa una hora después de lo permitido y no esperar que tu padre te de una buena tunda.
A veces, cuando me dejan un rato en el baño, cosa bastante inusual en una casa en que vivimos ocho personas y un baño, me paro frente al espejo y tiro de mi pelo hacia arriba para comprobar si mi madre tiene razón. Si mis ideas fueran tan descabelladas, mi melena lisa y larga se soltaría y me quedaría con ella en la mano. Pero no es así.
Anoche le dije a mi madre que iría a un casting en la capital, y por supuesto, puso el grito en el cielo. Lo colgó de una nube y tuvo que ir a la azotea a por él. Porque mi madre sin su grito, no es nadie. Para demostrarle lo equivocada que está, aproveché ese momento en que se había quedado sin grito, y me colgué del pelo desde una rama del árbol que está junto al portal. Hay que ver lo bonito que es el atardecer contemplado desde allí.
Cuando mi madre recuperó su grito, vino a por mí, y me cantó cuatro verdades. Verdades para ella, que para mí eran todas mentiras. El asunto es que yo no me bajé de mi árbol ni por esas y comencé a balancearme para demostrarle que de descabellada no tengo nada.
Así nos tiramos horas Ella poniendo el grito en el cielo y yendo a buscarlo, y yo columpiándome en mi rama.
Hace ya un buen rato que se ha ido a buscar su grito, tal vez se haya quedado dormida en el camino. No digáis nada, voy a aprovechar para descolgarme, peinarme la melena y coger el primer autobús que vaya para la capital.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta fotografía de Mike Dempsey:

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por pcollazo | Ene 29, 2016 | En pocas palabras
Cuando nuestra casa fue blanco del primer bombardeo, mi padre estaba tocando el piano junto a la ventana, encerrado en su sala de ensayo. No pensó en mi madre, que murió en la cocina atravesada por las esquirlas, ni en mis hermanos y yo, que en el cuarto de las partituras, hacíamos los deberes. En cambio, se abrazó a su tesoro, el piano Steinway & Sons, intentando protegerlo del desastre. Y lo consiguió. Pero a cambio de salvarle la vida, se quedó sordo a causa de las explosiones.
Los niños, como cucarachas, sobrevivimos a todo. Y más allá del susto, resultamos ilesos. Ilesos si no se tiene en cuenta que perdimos a nuestra madre y fuimos testigos del ataque de locura que sufrió mi padre cuando se dio cuenta de que estaba sordo.
Las lágrimas con que no lloró a mi madre, las vertió todas mientras se golpeaba los oídos contra la cola de su piano y la frente contra el teclado.
Sobrevivimos a que permaneciera encerrado en su sala de ensayo y no nos diera ni una palabra de consuelo. Porque así como dejó de escuchar, dejó de hablar.
Los bombardeos, como todos sabéis, se han convertido en cosa de día sí y día también. Mi tía, que es quien nos cuida, insiste en que permanezcamos en la sala de partituras cuando las sirenas empiezan a tocar, más por superstición que por seguridad. Como la primera vez nos salvamos, no es cuestión de intentar desafiar al destino.
El bombardeo de ayer destrozó el tejado por completo, hizo estallar puertas y ventanas y echó a volar las partituras de mi padre desde los desaparecidos estantes. Los niños quedamos cubiertos por ciento de páginas plagadas de notas musicales. Y parece que eso, una vez más nos salvó. Mi padre no salió de su sala de ensayo ni siquiera después de que su adorado piano quedara destruido por completo y la puerta cediera. Con su traje de gala, como si fuera a dar un concierto de un momento a otro, se pasea entre los restos de madera murmurando palabras que no llegamos a comprender. No quiere vernos, por eso procuramos escucharle a escondidas, por si estuviera diciéndonos algo importante. Pero creo que no. Creo que simplemente le está hablando a su piano, confiándose a él.
Y lo cierto es que esas astillas desperdigadas nos están dando un poco de celos. Pero no hay tiempo ni de ponernos celosos. Las sirenas vuelven a sonar.
Escrito para los Viernes Creativos a partir de esta foto de Arthur Tress

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