Primer premio en el XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán

Primer premio en el XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán

Este miércoles he tenido el gusto de acercarme hasta San Fernando de Henares, donde me han recibido con mucho cariño y alegría.

La Biblioteca Pública Rafael Alberti, ha otorgado a mi obra «Lágrimas bebidas» el Primer Premio del XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán en la categoría de Relato Corto.

En un acto en que estuvieron presentes la Alcaldesa de la localidad y la concejala de cultura, los escritores presentes hemos recibido el cariño y el apoyo de gente comprometida con la cultura.

Muchas gracias a todos ellos.

Lágrimas bebidas – Primer premio XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán

Lágrimas bebidas – Primer premio XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán

Caminábamos siguiendo los pasos de mi madre. Encajando nuestros pequeños pies en sus huellas cansadas. El camino de ida era duro, el terreno muy escarpado y el calor agobiante, pero nada comparado con el de regreso. Cuando los cubos y latas que cargábamos iban llenos de agua, y cada gota que derramábamos suponía motivo suficiente para que mi madre se enfadara y nos llamara inútiles.

A mi madre el tema del agua le preocupaba mucho. No permitía bajo ningún concepto que la bebiéramos si no estábamos cien por ciento seguros de que provenía del Pozo Rojo. Ese sitio al que todos los días concurríamos con nuestros cacharros vacíos y en fila india (ordenados de menor a mayor) todos los hermanos, detrás de mamá, que era quien marcaba el camino. La estrategia consistía en poner a los mayores al final, para asegurarse de que ningún pequeño se perdería por el camino, a la vez de que los que más fuerza y experiencia tenían, alentarían, empujarían, impelerían u obligarían a los pequeños a continuar cuando las fuerzas flaquearan.

Yo era el del medio, pero había sido el pequeño hasta que mis hermanos  Anuar,  Alika  y Ashia   habían tenido edad suficiente como para andar y no ir colgados de la espalda de mamá. Así que de la primera posición en la fila había ido a ocupar la segunda, la tercera, la cuarta, y la tercera otra vez, cuando Ashia había muerto.

Mamá decía que lo de Ashia había sido por beber agua de un sitio prohibido. Se lo dijeron unos hombres blancos que llegaron a la aldea y nos examinaron a todos como si fuésemos insectos.

Por eso mamá se ponía tan nerviosa con el tema del agua y era tan estricta con aquello de tener que ir cada día a recogerla.

Ni siquiera el día en que murió Ashia, mamá permitió que faltáramos. No había ido el día de su nacimiento, ni el del nacimiento de ninguno de nosotros. Las madres se ponen muy malas cuando tienen un bebé. Y para esos días especiales habíamos ido preparándonos acarreando una cantidad extra durante las semanas anteriores que íbamos reservando.

Sin embargo, el día en que Ashia no despertó por la mañana, mamá la enterró bajo la palmera gris y con los ojos abiertos y empapados, ordenó que saliéramos a por agua como cada día.

Las lágrimas de mi madre y las nuestras llenaron los recipientes que acarreábamos antes de llegar al Pozo Rojo. Y aquel día regresamos más temprano que de costumbre. Pero sin ganas de jugar, ni de buscar hormigueros, mientras mamá preparaba ese guiso indescifrable con que nos alimentaba cada noche y papá llegaba con la espalda doblada debajo de la carga que vendería al día siguiente en el mercado del pueblo.

Papá no preguntó por Ashia.  Solo miró con pena el montículo de tierra removida bajo la palmera gris, junto al camino, y lo supo todo.

Luego nos acarició la cabeza uno a uno, como pasando revista. Como asegurándose de que a ninguno más se nos ocurriría morir, y se fue a ayudar a mamá con el fuego que aquella noche no conseguía encender debido al torrente de lágrimas con que eclipsaba las llamas en cuanto ardían. En silencio. Sin hablar del agua prohibida. Ni de Ashia.  Ni de lo injusta que es la vida, si has nacido en mal lugar.

Ganadora de la Segunda edición del Concurso de Relatos «La Redonda te cuenta»

Ganadora de la Segunda edición del Concurso de Relatos «La Redonda te cuenta»

Hace un par de semanas, he tenido el gusto y el honor de visitar un sitio mágico como es el espacio cultural «La Redonda» en Vioño de Piélagos (Cantabria).

A la inmensa emoción que ha significado para mí, presenciar la teatralización de mi obra «Otra y una«, a cargo de las excelentes actrices de la compañía residente de ‘La Redonda’, Hilo Producciones, se sumó la de alzarme con el primer premio.

Una entrega de premios muy particular, en la que se representaron las cinco obras finalistas entre más de 350 obras presentadas.

Ha sido una noche de emociones, de abrazos, de encuentros con rostros conocidos que estaban entre los finalistas y entre los 30 seleccionados para compartir una antología que es un lujo. Si algo más se podía pedir, era que estuviera allí presente, el boss de los entecianos, el gran Juan Morán a quien debo (a él y a su insistencia) el haber participado en este concurso.

¡La Redonda, gracias por un premio completo y redondo (como tenía que ser)!

 

Lágrimas bebidas – Primer premio XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán

Otra y una

No era mi intención arrojar el guante a sus pies. Y supongo que tampoco hubiera sido la suya recogerlo.

Amanecía, y los pasillos del hospital estaban silenciosos y fríos. Yo me había asomado a la habitación 108 con la esperanza de no verla allí. De poder colarme cinco minutos, observar en silencio la figura quieta detrás de la maraña de tubos, rozarle la mano, y murmurarle que yo también estaba a su lado. Y que lo quería. Pero ella había visto mi pelo enmarañado, mi rostro lloroso, y había atado cabos.

– Perdón – murmuré y entorné la puerta.

Había dado apenas diez pasos cuando su voz me llego nítida.

– Sé quién eres. No soy tonta.

Me giré.  Nos miramos. Ella, demacrada,  se arropaba en un jersey grande que yo sabía, era de él. Yo, culpable de una ofensa ajena, bajé la cabeza.

En mis fantasías, en este hipotético encuentro, le iba a disparar unas cuantas verdades, le iba a decir que su marido… Pero ella me miraba y en lugar de alejarnos para girar al unísono y disparar, nos acercamos. Cinco pasos cada una. Y en medio del pasillo, nos abrazamos en silencio.

Lágrimas bebidas – Primer premio XXXIV Certámen Manuel Vázquez Montalbán

Involuciones

Desde que un par de lejanos y respetables científicos nórdicos habían descubierto y probado la relación entre cefaleas e ideologías políticas, la mitad del mundo (la que vivía en democracia) se había tambaleado, mientras que la otra mitad permanecía embebida en sus propias escaramuzas, sin darse cuenta de nada.

Al principio, los partidos políticos se habían tomado el tema a la ligera, permitiendo que las cosas llegaran más lejos. Esta debilidad había sido detectada por los aprovechados de siempre quienes habían llegado a una rápida conclusión: si la gente dejaba de creer que tenía potestad sobre sus propias ideas, dejaría de tenerlas. Ya no habría ideales por los que luchar, valores que defender, pensamientos que construir y mantener.

La orientada campaña de comunicación había sido iniciada entonces por los tambaleantes gobierno de turno, a quienes les calzaba como anillo al dedo promover la inmovilidad,  y quienes hallaron en las conclusiones de los nórdicos científicos, sus tablas de salvación.

Pugnaban por difundir, bajo la imagen de hallazgo científico determinante para el futuro de la humanidad, la inacción. El “para qué involucrarse”, el “si al final la gente vota porque sí”. Si hoy le duele el lado derecho de la cabeza, votará conservadores, fascistas, capitalistas o progresistas. Si mañana les duele el izquierdo, votará a sindicalistas, obreros, comunistas. Un concepto que dieron en llamar Caprichosismo Morfológico Involuntario.

Recién cuando la maniobra comenzó a tomar visos importantes, el resto de los partidos políticos empezaron a ser conscientes de a qué tipo de enemigo se estaban enfrentando. Intentaron de inmediato contrarrestar el mensaje, pero el inmovilismo había calado hondo. Resulta tan fácil dejarse llevar cuando lo único que hay que hacer es flotar sin sentido, sin esfuerzo, que a eso pronto se acostumbra la gente.

Como siempre ocurre en estos casos, se enredaron en absurdas luchas internas, escaramuzas heredadas del pasado y giros bruscos de timón que sólo apuntaban a intentar ganarse el favor de la opinión pública.

Para complicar aún más las cosas, algunos medios periodísticos comenzaron a asegurar que la cura definitiva para las cefaleas y migrañas era un hecho consumado. Y que si los laboratorios no sacaban al mercado la parafernalia química que tenían diseñada y probada, era por cuestiones de índole ética. El fin de los dolores de cabeza significaría  el fin de la democracia. Si a la gente no le dolía la cabeza, no se inclinaría por ninguna de  las cada vez más escasas opciones disponibles. Y ya no habría votaciones ni soberanía ni poder de decisión.

El panorama era nefasto. O al menos eso percibían quienes aún no se habían dejado arrastrar por la propaganda y el tsunami de la comunicación de masas.

La revolución contra tan funestas perspectivas, se forjó, como suele ocurrir, en la clandestinidad.

Y no fueron los desorientados políticos, ni los reputados neurólogos, ni los poderosos dueños de los laboratorios quienes consiguieron rehacerse con el timón de la situación.

El movimiento se fue forjando en la calle, en los medios de transporte, en las esquinas, en las plazas, en los campos de fútbol, en las oficinas. Sin recursos económicos y sin influencia sobre los medios de comunicación, los revolucionarios empezaron a identificarse y a reconocerse de un modo muy visual. Se rapaban por completo, y justo en mitad del cráneo se realizaban una incisión que dividía la cabeza en dos, dejando a su vez visible y expuesta, parte del cráneo. Esto tenía un doble significado: equilibrio y mentalidad abierta.

Los craneoletas, que así empezaron a ser llamados, fueron poco a poco haciéndose fuertes en la sociedad. Y aunque las campañas con slogans ridículos y machacones seguían en marcha y se multiplicaban intentando contrarrestarlos, no lo conseguían.

El conflicto estaba servido. El gobierno comenzó a perseguir a lo que llamaban “hordas de bárbaros descabezados” sin ofrecer ningún tipo de garantía de justicia.

Los craneoletas, por su parte, no se quedaron detrás, y comenzaron a organizarse en células cada vez más violentas.

Durante décadas, la situación se mantuvo al borde del colapso. El gobierno retrasaba indefinidamente las convocatorias de elecciones, con la excusa del Caprichosismo Morfológico Involuntario, mientras que los cranoelatas intentaban debilitar su poder utilizando medios clandestinos de presión, y conductas que rozaban el terrorismo.

Cuando aquellos lejanos sabios nórdicos murieron, nuevas generaciones de  científicos, llegaron para refutar sus irrefutables y comprobadísimas teorías, como siempre ocurre en todas las ciencias.

Entonces, ahondando en nuevas líneas de investigación, se descubrió una relación incuestionable entre la ideología política y la longitud de las alas que llevábamos sobre nuestras espaldas.

¿Qué no sabéis de qué alas os hablo? Perdón. Esa es otra larga historia, que creí que conocíais ya.

Recién ahora caigo en que ya no quedan vivas generaciones que hayan sido testigo de nuestras habilidades aerodinámicas. Una verdadera pena. Fue aquella una época gloriosa para la humanidad.

Pero desafortunadamente, a partir de que las alas y la política se mezclaron, la raza humana perdió su capacidad de volar.