por pcollazo | Dic 11, 2021 | Cuentos enredados, Premiados
He
vuelto a soñar que andabas. Cogidos de la mano recorríamos las calles de Praga
y nos metíamos en una cafetería. Tú pedías tu eterno capuchino y yo un expreso
solo. Se te antojaba una porción de ese espectacular pastel de chocolate que
tenían en la vitrina y yo lo pedía, aunque protestaras porque se salía de
nuestro presupuesto diario. Después, con los cuerpos más calientes salíamos a
caminar junto el río y cruzar el puente de Carlos riéndonos como niños y
deteniéndonos ante cada artista callejero.
Soñé
que podías entrelazar tus dedos con los míos, y apartarme el pelo de la cara
como te gustaba hacer después de cada beso robado en una esquina.
Soñé
que cogíamos el tranvía para llegar al hotel y yo te pasaba el brazo sobre los
hombros y tú apoyabas tu cabeza en el mío.
Soñé
que pasábamos la noche enredados y exhaustos. Que tus ojos me hablaban en ese
idioma que hace tanto que no practicamos. Que tú, con esas manos que ahora
descansan inmóviles a cada lado de tu cuerpo, trazabas una historia de deseo en
mi espalda. Escribías poemas en mi vientre, te derramabas luminosa sobre mí,
hasta fundirte sobre mi cuerpo y dejarte caer por la ladera del placer.
Soñé
que despertábamos cuando el sol de Praga se colaba entre las cortinas
descorridas y que tú me proponías guardar ese momento en el lugar de los
tesoros, de los días felices, de las fotografías no disparadas pero reveladas
para siempre en el alma.
Yo
no entendía entonces por qué decías esas cosas. Por qué querías guardar ese
momento para poder acudir a él más tarde, cuando nos hiciera falta.
Seguramente
tú tampoco supieras por qué lo hacías. O tal vez intuías lo que muchos años
después nos pondría enfrente la vida. Pero tenías la percepción de que en algún
momento necesitaríamos regresar a Praga y caminar junto al Moldava, como yo
hice anoche en sueños. Y por eso te agradezco que me instaras, que nos instaras
a conservar ese carrete de fotografías para poder repasarlas ahora. Creo, más
bien estoy seguro de que tú también acudes a ellas de vez en cuando, porque a
veces sorprendo el brillo dorado de aquel amanecer en tus ojos, y las aguas del
Moldava serpenteando en tus pupilas.
Ahora,
que tu voz se ha convertido en una sucesión disonante de sílabas pronunciadas
con gran esfuerzo, te digo buenos días mientras levanto la persiana y corro las
cortinas para que veas que ha empezado a amanecer.
Me
sigues con la mirada. Con esos ojos expresivos que son ahora casi tu única
forma de comunicación, y callas.
A
veces, cuando callas, temo que ya nunca puedas volver a hablar. Que el terrible
esfuerzo que haces para articular sílabas inconexas no alcance para hacerlas
salir de tu boca, y se acumulen allí, como las ganas de gritar, las palabras completas,
las canciones que canturreabas mientras te duchabas en aquel cuarto de hotel en
Praga en que te soñé anoche.
Pero
no, mientras te doy la espalda para preparar la medicación sobre la mesita que
he colocado en el cuarto, articulas las mismas sílabas con las que te has
despedido anoche antes de entrar en uno de tus cortos e inquietos sueños.
—FER-NAN-DO-YA-ES-HO-RA
Yo
hago como que no te escucho y me pregunto por qué ya no me llamas Amor, como
antes, cuando dos sílabas te costarían menos esfuerzo que las tres de mi
nombre. Me lo pregunto solo para poder enfadarme un poco contigo. Eso disuelve
apenas las orillas del dolor y me permite girarme para mirarte a los ojos y
asentir. Porque sé de qué hablas, aunque no quiera saberlo.
Hoy
es el día. Sospecho que hoy es el día. Te prometí que cumpliría lo acordado.
Que cuando llegara el momento me recordarías el trato diciéndome exactamente
esas palabras. Fernando ya es hora. Que lo harías tres veces, para asegurarnos
de que no pronunciarías la clave por error o descuido. Y para darte tiempo a
pensarlo con calma.
Sé
que el tiempo para pensar te sobra, ya que eso es lo único que puedes hacer sin
ayuda. Lo que eres capaz de hacer a la velocidad de siempre, o tal vez con más
agilidad, creo. Que el hecho de haber ido perdiendo movilidad, ha obligado a
tus pensamientos a fluir con mayor intensidad, y que la claridad que siempre
has tenido a la hora de expresarte se ha vuelto ahora hacia tu interior. Para
hacerte pensar con dolorosa clarividencia en todo lo que has perdido junto a lo
poco que tienes. Tienes una ventana a través de la cual ves pasar el día, un
reproductor en el que suena tu música clásica preferida casi todo el tiempo,
una docena de rosas rojas en el florero, un ambientador con olor a vainilla que
no llega a tapar el de los desinfectantes y medicamentos, una silla de ruedas
que ya casi no usas, un reloj que parece no avanzar, una pila de libros sobre
la mesilla, un ordenador apagado y mi presencia permanente. Mis sonrisas
condescendientes, mi gesto cansado, mi tozudez.
Me
acerco con el vaso y te pongo la pajita entre los labios resecos. Tal vez,
cuando la dosis de la mañana te surta efecto, y el dolor ceda un poco, cambies
de opinión, me digo. Pero sé que no será así.
—¿Llamo
a los chicos? ¿Quieres despedirte de ellos? —pregunto cuando ya no soporto tu
mirada expectante clavada en mí.
—SÍ-PE-RO-NO-LES-DDI-GAS-NA-DA
Sé
que me reprocharán por no hacerlo, pero te lo debo. Te debo que todo ocurra tal
cual lo has planeado. Ya que la vida te ha pagado exactamente con lo contrario,
al menos que este momento sea tal como tú quieres que sea.
Me
pregunto cómo será todo a partir de mañana cuando ya no sepa cómo querrías tú
que fuera. Pero prefiero no pensar en mañana. Centrarme en este hoy que te
debo. En este hoy en que te haré el regalo más importante de todos estos años.
Eso me dijiste cuando empezaste a planearlo todo. Que necesitabas de mí, un
último regalo, el más importante. Y que no podías pedírselo a nadie más. Y yo,
para convencerte de que el suicidio era una decisión demasiado precipitada, y
de que aún teníamos mucho por compartir, acepté. Prometí hacerte ese regalo
cuando llegara el momento. Lo acepté entonces sin convicción, por miedo, por
egoísmo. No quería perderte. Pero a lo largo de los más de cinco años que
transcurrieron desde entonces, supe que te merecías ese regalo que esperabas de
mí. Que te merecías tener el poder de decir basta, hasta aquí llegué.
Te
dejo descansando luego de la rutina de higiene diaria. Sé que te agota que te
levante los brazos, que te gire en la cama, incluso que te tironee del pelo intentando
peinarte. Sé que después de eso entras en un sueño ligero, como de bebé
afiebrado y tengo tiempo para organizar las cosas en la cocina, para poner una
lavadora con las sábanas que acabo de cambiarte, con la absurda idea de que el
roce de unas sábanas limpias tal vez te haga cambiar de opinión.
—Papá,
¡qué temprano! ¿Está bien mamá? —pregunta la niña al coger el teléfono.
—Esta
como siempre, cariño. Ya sabes…
—Sí
—contesta simplemente. Y me la imagino con los ojos cargados de lágrimas como cuando
viene a visitarte. Luchando por no derramarlas, como si fueran valiosas perlas
que tuviera que mantener escondidas.
—¿Vendrás
a verla hoy? —pregunto.
—Sí,
papá. Como todos los domingos
Cuelgo
pensando qué hará el próximo domingo cuando ya no pueda venir a verte. ¿Sentirá
alivio? Muchas veces la muerte es un alivio. Lo será para ti, que ya no tienes
fuerzas para seguir batallando, lo será para nuestra hija, que ya no tendrá que
contener sus lágrimas perlas, pero ¿lo será para mí? ¿no podrá más el remordimiento
que el alivio?
Al
niño le mando un Whatsapp. Le digo que lo esperamos esta tarde, que hace mucho
que no viene, que su madre pregunta por él y quiere verlo.
Ahora
que te has ido con la bandeja cargada de jeringuillas y pajitas de plástico, y
las sábanas apretadas bajo el brazo derecho, me quedo mirando mi trocito de
cielo. Mirarlo, cuando está así, recién encendido, parece aliviarme un poco el
dolor. O tal vez sea la medicación que me acabas de administrar.
He
visto en tus ojos la pena. Pero por suerte he visto también la resolución. No
había en ellos ni un resquicio de la duda que temí hallar. El dolor no se irá
con mi muerte, pero cambiará de color. Te permitirá ver la vida bajo otro
prisma. Volver a pensar en ti. Volver a preguntarte qué te apetece comer. A
encontrarte con los amigos que llevamos años sin ver, a salir a caminar por las
mañanas por el parque. A reacomodar la biblioteca y rescatar todos esos libros
que no leíste porque a mí no me interesaban, y tú solo leías para mí.
Leerme
en voz alta ha sido una de las cosas más bellas que has hecho por mí. Nadie lo
había hecho desde la infancia, cuando mi padre me acompañaba a la cama con un
libro lleno de dibujos.
Tú,
en cambio, me has leído sin mostrarme ni una sola imagen. Las has dibujado con
tu voz, con ese modo tan tuyo de meterte en la historia y regalarme la ilusión
momentánea de saberme allí contigo. Lejos de esta cama, lejos de la silla de
ruedas, a una distancia prudente del dolor. Una distancia que nos permitiera
mantenerlo a raya mientras transitábamos juntos cientos y cientos de páginas.
Has
sido un compañero extraordinario. Tan abiertamente generoso que eres capaz de
entregarme este regalo final sin miedo. Con firmeza. Con dolor, pero también
con amor, con un amor que no sabe de egoísmos. Espero, y ese es mi último deseo
al abandonar este mundo, que todo esto no te traiga consecuencias. Lo hemos
hablado hasta la saciedad. Hemos dejado muy claro en sucesivos videos que se
trata de mi decisión. Una decisión personal y libre. Que tú solo me estás dando
las manos que no tengo. Pero que no eres responsable. Ni responsable ni
cómplice. Eres, únicamente, un instrumento que necesito para poder llevar a
cabo mi voluntad. En esta sociedad democrática en que nos creemos libres de
elegirlo todo, desde nuestros gobernantes hasta nuestras preferencias sexuales,
hay algo que aún no podemos elegir. Una elección que debería ser la más
importante de la vida: cuándo y cómo morir.
Ojalá
llegue pronto eso que tanto esperamos. Yo y muchos otros. Pero yo ya no puedo
esperar más. Y tú lo sabes. Sabes que cada día me es más complicado expresarme,
pero que eso no acortará mi vida. Mi cuerpo es aún joven. Mi corazón y mis
pulmones seguirán dando guerra mucho más tiempo del que quisiera. Del que puedo
soportar.
Los
niños entenderán. Sé que eso te preocupa. Que lleguen a pensar que tú… Puede
que al principio les cueste. Ellos no han vivido tan de cerca todo esto. Pero
lo entenderán. Tal vez sería más valiente por mi parte decírselos, hacerlos
partícipes de mi decisión. Pero sé que por impulso se opondrían. Y ya no tengo
las fuerzas para convencerlos. Tú dices que es mejor mantenerlos al margen para
protegerlos de las posibles consecuencias legales de todo esto, y sé que ese es
el motivo por el que respetas mi decisión de dejarlos fuera. Pero mi motivo es otro.
Reconocer ante mis hijos, a quienes siempre inculqué el esfuerzo, la voluntad,
el pelear por alcanzar las metas, que me doy por vencida, que ya no me siento
capaz de seguir, me resulta demasiado duro.
La
vida está hecha de fracasos, y esta forma clandestina de morir tal vez no sea
más que mi peor fracaso. Yo, que siempre he sido optimista, que ante las
adversidades siempre he dicho que nunca está todo perdido, ahora me desdigo de
esta forma tan aparatosa y cruel. Cruel para ellos, pero no para mí. Lo que es
cruel para mí es tener que hacerlo en silencio y dependiendo de ti. No porque
no me sienta segura en tus manos. Siempre lo estuve. He confiado en ti
ciegamente y vuelvo a hacerlo hasta el final. Ya es hora. Fernando, ya es hora,
repetiré cuando los niños hayan regresado a sus casas después de la incómoda
visita de domingo en que me despediré en silencio de sus rostros preocupados.
De sus gestos contenidos, de esa forma que tienen desde hace años de hablarme
como si yo no pudiera entenderles, como si yo necesitara que me repitan que
debo ser paciente una y otra vez.
La
paciencia es un bien que se me ha agotado. La he exprimido, la he puesto a
secar al sol, la he vuelto a remojar con las lágrimas que siguen saliendo de
mis ojos cuando hace tanto tiempo que soy incapaz de enjugarlas. Nadie debería
llorar si no puede secar sus propias lágrimas. La naturaleza debería ser lo
suficientemente sabia como para obstruir los lagrimales de quienes no tenemos
manos, pero sí tantos motivos para llorar.
Pero
hoy no me quiero centrar en eso. Quiero pensar en los cientos de momentos
felices que hemos compartido. Recuerdo la escapada a Praga después de aquella
reconciliación que fue la única que necesitamos. No hubo más reconciliaciones,
porque no hubo más batallas. Después de aquellos días y aquellas noches en
Praga, supimos que lo nuestro era tan fuerte como para poder terminar como
terminará ahora. Y las batallas que libramos a lo largo de tantos años, nos
hallaron a ambos siempre en el mismo bando. Un frente común inquebrantable, que
aún hoy nos une ante la adversidad.
Te
escucho trastear en la cocina, abrir la lavadora, hablar por teléfono,
seguramente con la niña. Estoy cansada, podría dormirme, pero prefiero mecerme
en los sonidos que me llegan acolchados mientras observo con admiración la
belleza de un par de nubes que se han instalado en mi pedacito de cielo.
—Silvia,
cariño. Ha venido la niña a verte
Abres
los ojos. Sé que no dormías, que estabas escuchando la Quinta de Beethoven, una
de tus favoritas. Lo sé porque algo parecido a una sonrisa se dibujaba en la
comisura de tus labios, hasta que has abierto los ojos y has intentado hablar.
El dolor te ha anegado la mirada, pero lo has controlado.
—HO-LA-MI-NI-ÑA
—has dicho con evidente esfuerzo. Y María, visiblemente emocionada, se ha
sentado en la silla junto a la cama y te ha cogido la mano derecha.
Os
he dejado solas. Supongo que es lo que deseas. Despedirte de nuestra hija, aunque
ella no sea consciente de que esto es una despedida.
—CUI-DA-DE-TU-PA-DRE-CUAN-DDO-YO-NO-ES-TÉ
—pronuncio con esfuerzo. Nuestra hija se lleva una mano a la boca como
intentando atajar un sollozo.
—Mamá,
tú siempre estarás —dice.
Esas
palabras me reconfortan. Me hacen sentir menos culpable, menos egoísta por
decidir marchar. Siempre estaré. Es algo bonito de escuchar en un momento como
este.
La
niña guarda silencio. Como si intuyera que este domingo no es como los de
siempre, no actúa como suele hacerlo, parloteando sin parar, contándome
cualquier tontería en un intento de distraerme de mi dolor. Hoy está distinta,
más mayor, me parece. Más mujer. Sé que sobrevivirá. Todos sobrevivimos a la
muerte de nuestros padres. Es el ciclo natural de la vida. Por suerte, uno de
mis mayores terrores, el ver morir a uno de mis hijos, no se ha hecho realidad.
Y me toca a mí primero. Por decisión propia. Por convicción.
—¿Quieres
beber un poco de agua?
No
contesto. Cierro los ojos. Quiero quedarme con esta imagen de la niña. Su pelo
largo enmarcado por la luz vacilante de la ventana. Sus ojos turbios, el calor
de sus manos acunando la mía, como tantas veces yo la acuné a ella en la
oscuridad de las noches de pesadillas.
—Gracias
por venir, hijo
—¿Qué
pasa? ¿Está peor? —pregunta preocupado.
Prefiero
no contestar a esa pregunta. Prefiero que te vea y juzgue por sí mismo.
—Recién
se acaba de ir tu hermana —le digo mientras camino por el pasillo.
Abro
la puerta. El atardecer va llenando de sombras el cuarto. Enciendo la lámpara
de la mesa de los medicamentos.
—NO-POR-FA-VOR
—dices. Y la apago de inmediato.
Sé
que no te gustan las luces artificiales, pero la semi penumbra en que se ha
sumido la habitación me ha provocado una tristeza profunda. La noche se acerca
y con ella el momento en que pronunciarás la frase por tercera vez.
Y
yo, que sé que la mejor luz es la de los atardeceres en tus ojos, que a nadie
le sienta mejor que a ti la luz del Moldava en la mirada, observo la luz tenue
entrar por la ventana y detenerse en tu perfil para delinearlo con delicadeza
en un único y mágico momento.
Nuestro
hijo se sienta en la cama, intentando no moverla y te pasa sus dedos largos y
finos por el antebrazo. Abres los ojos en los que la oscuridad se va
adentrando, y lo miras intentando sonreír.
Él
no sabe que se está despidiendo de ti, me digo. O a lo mejor lo sabe mejor que
nosotros. Siempre fue un niño perspicaz al que se hacía imposible engañar con
mentiras piadosas. Un auténtico buceador de la verdad. Y ahora, la verdad está
ante sus ojos. Tan cruda como tus articulaciones inútiles, como el modo
doloroso en que el aire parece abrirse paso hasta tus pulmones.
Hago
ademán de salir, pero me detiene su voz, casi un murmullo.
—Quédate, papá.
Me
acerco a su lado y le acaricio la cabeza. Como cuando era un niño y llegaba con
las rodillas raspadas, y yo intentaba tranquilizarlo mientras tú le limpiabas
las heridas diciéndole que tenía que ser valiente. Y lo era, sí. Habíamos hecho
un buen trabajo.
—Lo
que decidáis estará bien para mí —dice. —Lo que decida mamá. Sé que tú la
apoyarás
Doy
un respingo. Una vez más hace gala de su capacidad de intuir cualquier
situación. Nunca lo hemos hablado con claridad, pero aquí está él, diciéndonos
que nos apoya.
Lo
abrazo, mientras te abraza. Luego, lo acompaño hasta la puerta.
—Gracias,
hijo. No sabes lo importante que es esto para mí. Pero sobre todo para ella.
Cuando
vuelvo al cuarto ya ha oscurecido. Por la ventana entra el reflejo tenue de una
farola lejana.
Pongo
en el reproductor tu CD preferido. La música va inundando el silencio que nos
une. No hay nada que decir. Hubiera querido hablarte de Praga y de mi sueño,
pero en tu mirada tranquila, sé que no hace falta. Que tienes el Moldava en los
ojos, y que como en tantas ocasiones a lo largo de la vida compartida, no
necesitamos hablar para comprendernos a la perfección.
—FER-NAN-DO-YA-ES-HO-RA
—pronuncias al cabo de un rato.
Suelto
tu mano y asiento. Entonces, con una tranquilidad que no esperaba sentir, abro
decidido el último cajón.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...