por pcollazo | Feb 11, 2020 | Cuentos enredados, Premiados
—Después
del triaje, no hay nada —murmura a su acompañante el hombre de abrigo sobre
pijama de rombos.
—Tranquilo,
papá. Ya nos llamarán —responde la mujer sin darle importancia a las palabras
del hombre.
Después
de cuatro horas de espera, su reflexión me parece casi el resumen de una
postura ante la vida. Sin embargo, la hija sigue inmersa en la pantalla de su
teléfono sin prestarle atención.
Yo
creo que el hombre está más pálido que cuando llegó, si eso fuera posible. En contraposición con su vecino, cuyo rostro tiene un aspecto cada vez más
colorado, como si se hubiera masticado una guindilla y no quisiera escupirla
por educación. A él también lo acompaña
una mujer, que ya se ha levantado en tres ocasiones para reclamar, sin éxito,
atención ante la ventanilla. Es una mujer ocupada. Todos en la sala nos hemos
enterado. No puede perder el tiempo. Y exige una solución inmediata.
Si
la solución estuviera en manos de la joven que está del otro lado de la
ventanilla, nunca llegaría, he creído entrever en su expresión de hartazgo y en
el silencio con el que ha respondido cada uno de los arranques de la
acompañante del hombre rojo.
Cada
vez que se oye una campanilla y aparece un número en la pantalla mustia que
cuelga sobre nuestras cabezas, todos la miramos al unísono. Esperando ser los
agraciados en un sorteo en el que nuestros números no parecen participar.
Tal
vez haya una sala de espera paralela en una entrada de Urgencias paralela a la
nuestra, y es allí donde pronuncian la clave de número y letras que tenemos
escrita sobre nuestros papeles ajados. Y es allí donde nos vamos poniendo de
pie, vamos empujando sillas de ruedas, empuñando bastones, o cojeando para hacer
nuestra tan esperada entrada en la consulta que nos hayan asignado.
Porque
lo cierto es que desde que yo estoy aquí, en nuestra sala de espera, de nuestra
entrada de Urgencias, no se ha movido (a excepción de para intentar hacer sitio
a los recién llegados) ni uno solo de los presentes.
Paso
revista al elenco creciente de afectados y acompañantes que me rodea. Además de
pijama de rombos y rostro colorado, nos acompaña una jungla considerablemente
variada.
Está
la mujer con el brazo derecho en cabestrillo, el hombre que no se anima a salir
a fumar por si lo llaman justo en ese momento, la anciana que tararea un
interminable pasodoble (estos tres sin acompañante identificable), y por otro
lado, la chica pálida que llora en silencio mientras su madre le acaricia la
cabeza, el jovencito de rostro virueloso que se niega a beber el agua ofrecida
periódicamente por su acompañante, porque exige uno de los refrescos agotados
en la máquina, y la mujer de esparadrapo cambiante sobre el párpado derecho
acompañada por el joven lívido que parece estar viendo sangre por primera vez.
De
vez en cuando, una camilla entra por la puerta lateral, y dos o tres asistentes
uniformados salen de detrás de la ansiada puerta de cristal opaco para arremolinarse
a su alrededor con tal presteza que dispara chasquidos de lengua mal
disimulados por parte de mis compañeros.
—Aquí,
si no llegas en ambulancia, no eres nadie —sentencia un hombre de barba que ha entrado
hace no más de una hora. Por lo que su comentario no es bien recibido por los
más antiguos. Como si se hubiera tomado una prerrogativa, la de protestar, que
aún no se había ganado.
Todo
es cuestión de antigüedad, me digo. Cuanto más tiempo llevas aquí, más
respetable es tu opinión. Considerando que cuando yo llegué, solo estaban en la
sala el hombre rojo y la mujer del brazo en cabestrillo, pienso que estoy casi
en la cúpula de la organización y que por ello tengo derecho a indagar acerca
de los males que aquejan a dos nuevos recién llegados.
Pregunto,
de paso, si les han comunicado tiempo aproximado de espera, porque ese tipo de
información fresca nos está vedada a quienes representamos una amenaza de
rebelión si osamos acercarnos a la ventanilla.
No
han querido decirles, aseguran. Pero desconfío. Es posible que les hayan pedido
que no difundan ese tipo de información.
La
acompañante del hombre rojo, la mujer de las prisas, se ha erigido en
secretaria de actas y recoge en una lista, la hora en la que ha llegado cada
uno, si ya han pasado por triaje o no, y evalúa con un criterio no muy
ortodoxo, la gravedad de las dolencias.
—Esto
es denunciable —asegura en un corrillo en que nos hemos apartado los líderes de
la reciente organización: ella, la mujer del brazo en cabestrillo y yo mismo.
Acordamos
sistematizar el método de recopilación de la información y generar unas mínimas
estadísticas antes de llamar a los medios.
Con
las primeras decisiones importantes tomadas, reunimos al resto para
comunicarles cómo procederemos.
Cualquier
cosa que acelere la atención es bien recibida por quienes solo buscan alivio
(físico o moral) antes de regresar a casa (con suerte) o tener que resignarse
al ingreso en el hospital (una alternativa que nunca deja de ser como un
fantasma para quienes esperamos en una sala de Urgencias).
Por
ello, la mayoría de reacciones son de apoyo mientras que la mayoría menos uno son
de indiferencia. En el bando de los indiferentes, el chaval virueloso y la
anciana del pasodoble, que no se inmutan ni cuando la mujer del brazo en
cabestrillo lo levanta en alto, como si fuera un puño revolucionario.
Desde entonces, los días han empezado a
transcurrir insaciables, obligándonos a agregar una columna con la fecha de
ingreso a la izquierda de la columna de hora de entrada de nuestra planilla de
recepción.
Yo
me encargo de encuestar a los recién llegados; la mujer de las prisas, los
apunta en su planilla, y dos representantes de la organización (puestos
rotativos) se ocupan de ponerlos al corriente de nuestros principios y
objetivos.
Lo
de hablar con la prensa ha quedado en suspenso, cuando durante la tercera
mañana, se han apersonado en la puerta de entrada, respondiendo a nuestras
llamadas, dos reporteros de la radio local, y el personal de seguridad no los
ha dejado entrar aduciendo razones médicas.
—
¿Cómo que razones médicas? —ha explotado el hombre del pijama de rombos.
—Tranquilo,
papá —ha pronunciado una vez más su compañera en una cadencia repetitiva que a
algunos de los presentes, empieza a repugnarnos.
Y
así las cosas, nos ha pasado casi desapercibido el hecho de que llevamos más de
veinticuatro horas sin escuchar la
altisonante campanilla que indicaba los números de los agraciados que serían
atendidos. A la última decena de llegados, no se los ha atendido ni siquiera en
triaje, lo que apunta a un innegable deterioro de nuestras condiciones.
A
la reunión establecida para cada mañana a las ocho, en la que tratamos temas
como logística de los sitios, ventilación, necesidad de garantizar el
aprovisionamiento de las máquinas expendedoras; agregamos una reunión de cierre
de jornada en la que debatimos las cuestiones más candentes: ¿estamos en
nuestro derecho de impedir que entren nuevos pacientes en nuestra sala? ¿qué pasa
con los cuadros de pronunciada desmejora que empiezan a presentar los pacientes
más vulnerables y débiles, e incluso algunos de sus acompañantes? ¿sería una
solución enviar un grupo expedicionario al exterior a riesgo de que quienes lo
integraran perdieran su turno si fueran llamados?
En
nuestra primera asamblea votamos a mano alzada y por mayoría hemos decidido
presentar un escrito en la ventanilla con un claro ultimátum. Si en
veinticuatro horas no empezamos a ser atendidos, forzaremos la puerta corrediza
semitransparente que nos separa de los boxes y secuestraremos al primer médico
que encontremos del otro lado.
Todos
firmamos el documento que la mujer de las prisas ha escrito en los márgenes de
un periódico gratuito de la semana pasada. Todos, menos la anciana del
pasodoble que lleva casi dos días sumida en un sopor del que solo sale para
tararear unos segundos su melodía antes de hundir el mentón en el pecho otra
vez.
Hemos
intentado la estrategia de congraciarnos con el trabajador que llega
arrastrando sobre un carro las cajas repletas de vituallas con las que repone
los faltantes de la máquina.
Las
monedas han empezado a escasear, por lo que hemos solicitado al empleado
cambiar varios billetes del fondo común que hemos montado por las monedas que
acaba de extraer de la alcancía de la expendedora de café.
Cuando
el empleado ha intentado obtener ventaja aduciendo que si necesitamos monedas,
tendremos que pagar por ellas, nos hemos puesto en pie de guerra. Al final,
después de muchas negociaciones, hemos tenido que aceptar que nos diera un
noventa por ciento del valor de los billetes que le ofrecimos en monedas de
distintos valores. De lo contrario, se hubiera llevado su recaudación, y aunque
dejase las máquinas bien cargadas, nunca hubiéramos podido acceder a las
imprescindibles provisiones.
Hemos
negociado también que en la próxima reposición varíe el sabor de los sándwiches
y agregue algún producto de picoteo liviano, sin grasas saturadas, porque es
evidente que tenemos que cuidar nuestra salud.
Las
condiciones están empezando a mermar nuestras fuerzas y hemos tenido que
habilitar una zona en el rincón más alejado de la entrada de ambulancias para
que los más débiles puedan descansar. Sobre el suelo hemos desplegado abrigos y
sobre ellos varios juegos de sábanas que la mujer del brazo en cabestrillo ha
conseguido en un descuido de dos camilleros que traían un herido de bala.
Las
cosas se van organizando a pesar del caos al que debemos enfrentarnos cada vez
que llegan nuevos pacientes a la sala. El protocolo está claro: cuestionario,
registro, formación intensiva y pautas de comportamiento. Lo que no está tan
claro es dónde podremos seguir poniendo gente.
A
pesar de que algunos tenemos asiento propio ya que nos han facilitado sillas de
ruedas al ingresar, el problema más acuciante ahora mismo, además de mantener
la higiene, es que todos tengamos dónde sentarnos.
Como
durante el día, nunca estamos todos sentados, no se nota la cada vez más
acuciante escasez de sillas o sillones, y es por las noches cuando el problema
salta a la vista.
La
noche pasada he podido comprobar que una vez que todos ocupamos nuestros
puestos, solo quedaban libres tres sitios. Por lo que en la asamblea de la
mañana, he planteado la necesidad de tomar una decisión con respecto a las
nuevas incorporaciones.
—
¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que saturen nuestra sala? —he arengado
a los compañeros.
Ya
no soy capaz de recordar los nombres de todos los presentes ya que la fluidez con que llegan día tras día,
en comparación con el ritmo nulo con que nos abandonan, me impiden identificar
sus problemas, sus necesidades, sus sueños, porque en muchos casos son para mí
solo un número.
En
segunda votación, y por mayoría simple, se ha acordado no dejar pasar a nuevos
pacientes, y se ha dejado en suspenso la medida propuesta por la mujer de las
prisas: impedir también el paso de camillas aunque se traten de traslados con
situaciones de vida o muerte.
El
día ha transcurrido de conflicto en conflicto, porque los nuevos pacientes son
ciertamente reacios a abandonar el hospital sin ser atendidos. Y en varias
oportunidades, el personal de seguridad de la entrada se ha visto obligado a deshacer
riñas que habían llegado a las manos.
Por
la noche, compruebo que seguimos teniendo tres sitios libres y eso me alivia en
parte.
Es
de madrugada cuando la mujer del brazo en cabestrillo me despierta. Tiene un
dedo sobre los labios y me indica que la siga.
—La
del pasodoble —pronuncia con tono dramático mientras hace un gesto rápido hacia
nuestra área de atención intensiva.
No
hace falta que diga nada más. Lo que tenemos que pensar es qué haremos con el
cuerpo. Nos sentimos responsables de procurar mantener animada a la población
de la sala, y sabemos que la vista constante de un cadáver no contribuirá a que
se mantengan ciertas pautas de convivencia sin caer en la desesperación, cosa
que no nos podemos permitir.
Los
presentes, integrantes de la cúpula de la organización, decidimos, sin
demasiado acierto, que lo menos traumático será intentar deshacernos del cuerpo
colocándolo sobre alguna camilla de entrada, aunque esta se halle ocupada, como
es el caso de todas ellas.
Y
así lo hacemos cuando se produce el primer ingreso de ambulancia del día.
El
revuelo que provoca nuestra actuación alcanza dimensiones insospechadas. Tras
el lógico susto que se ha llevado el auténtico ocupante de la camilla, se monta
un griterío, idas y venidas desde el otro lado de la mampara, manos a la cabeza, miradas de reproche hacia
nuestro grupo y comentarios despreciativos respecto al ínfimo nivel de
solidaridad que tenemos los ocupantes de la sala de espera.
La
mujer de las prisas no ha dejado ni un solo insulto sin usar a la hora de dar
respuesta a tan injustas acusaciones. Y la mujer del brazo en cabestrillo, no
ha parado hasta conseguir que se llevaran a la anciana del pasodoble fuera de
nuestra sala.
Después
de una mañana entera de rifirrafes, la paz ha retornado. Las ambulancias siguen
llegando con normalidad, y los pacientes seguimos esperando aunque no sepamos
muy bien qué.
Esta
actividad frenética no ha impedido que a primera hora presentáramos nuestro
ultimátum en la ventanilla y exigiéramos que nos sellaran una copia para
quedarnos con un comprobante de su entrega.
Después del habitual reparto de sándwiches y cafés de las catorce horas, una especie de
sopor se ha instalado entre los presentes.
Desde
mi silla de ruedas, se me ha dado por intentar recordar sin éxito dónde he
puesto el papel en que se indicaba mi código de turno. Pero lo que más me
preocupa no es el contenido del papel. Después de todo, recuerdo perfectamente
la combinación de letras y números que llevaba. Lo que más me preocupa es que
ya no tendré forma de probar que soy el paciente SCG4509 si me llamaran. Eso,
si algún día vuelven a llamarnos, me digo antes de quedarme dormido.
En
la sala de espera, el sueño es como un balón que va pasando de mano en mano,
sin que nadie se lo quede para siempre, ni mucha gente pueda tenerlo a la vez.
Sin embargo, en esta tarde, que si funciona nuestro ultimátum, puede ser la
última de espera, todos parecemos necesitar descansar.
A
la hora de la cena, algunos, aún adormilados, recorremos los pasillos
intentando no pisar pies ajenos y repartiendo las viandas correspondientes.
Todos
me preguntan qué creo que pasará mañana. Y a todos les contesto con una sonrisa
y una palabra de aliento. Mañana terminará nuestra pesadilla. Estoy seguro.
Nuestras
reivindicaciones serán escuchadas y no será necesario usar la fuerza ni secuestrar
a nadie. Pero esto no deja de ser una expresión de deseo, porque a la mañana
siguiente nos encontramos con que los trabajadores de detrás de las ventanillas
ya no están en sus puestos. El último turno ha abandonado el lugar sin ser
reemplazado por uno nuevo.
La
gente que siempre ha venido sobre las seis a limpiar los baños, tampoco se
presenta. Ni el hombre de las máquinas expendedoras.
En
nuestras filas, la inquietud se hace patente. Los que pueden hacerlo, caminan
de aquí para allá, tropezándose entre ellos, y los que no podemos andar, no
estamos menos nerviosos.
Asamblea
extraordinaria de emergencia y a las diez de la mañana, vencido el plazo de
nuestro ultimátum, se decide actuar.
Se
designa un grupo de avanzadilla que provisto de muletas, palos con ruedas de
los que se usan para colgar el suero, y dos sillas, se acercan a la mampara
acristalada con intención de romperla. Pero regresan al punto, habiendo
fracasado absolutamente en tal propósito. Es cristal blindado, dicen algunos.
Es la prueba de que estamos abandonados a nuestra suerte, aseveran otros.
La
ausencia de ambulancias (la última que recordamos ha llegado ayer a última hora
de la tarde) no hace más que confirmarnos que estamos metidos en un callejón
sin salida.
Los
que llevan menos tiempo con nosotros, son, curiosamente, los primeros en decir
que es hora de abandonar la espera. Que es evidente que nadie va a atendernos.
Los más antiguos intentamos hacerles razonar. ¿Y si después de tanto tiempo de
espera se van y es en ese momento cuando les llaman para entrar a una consulta?
—Vosotros
estáis pirados. Ahí os quedáis —asevera el benjamín del grupo, un joven de
cabello enmarañado que ha permanecido doblado sobre su estómago desde que ha
llegado.
Empieza
a caminar hacia la salida. Está a diez pasos de abandonarlo todo. Los más
antiguos lo miramos entre preocupados y envidiosos. Ninguno de nosotros tiene
tantos arrestos.
A
punto de cruzar la puerta, cuando el sensor lo detecta y las hojas de cristal
se desplazan para darle acceso al exterior, se gira. Juraría que las lágrimas
nublan sus ojos. Levanta la mano en gesto de despedida. Dos, tres pasos. El sol
se adivina en el exterior. Una corriente de aire renovado se cuela en la sala.
Cabello enmarañado avanza decidido. Por un momento pienso que las puertas
corredizas lo atraparán a su paso y no lo dejarán salir. Pero me equivoco. El
chico sale y sin girarse desaparece de nuestro ángulo de visión. En ese mismo
momento, la campanilla indicando el siguiente turno nos sobresalta rompiendo el
silencio conmovido con que éramos testigos de la escena.
Todos
buscamos instintivamente nuestros papeles para acreditar que el número llamado
no es el nuestro.
La
mujer en cabestrillo hace las comprobaciones pertinentes, aunque todo intuimos
cuál será su conclusión una vez que revise su lista de pacientes. El turno que
acaban de llamar indicando que debe pasar a la consulta 10, es el del chico del
pelo enmarañado y el estómago dolorido.
Algunos
se acercan a la puerta cuidándose de no traspasarla y gritan llamándolo. Pero
es inútil. El joven se ha ido.
La
sucesión de campanillas sonando hace imposible pensar. Y es que, como si
hubieran estado atascadas y con la del desertor se hubieran liberado, no paran
de sonar, obligándonos a estar todo el rato atentos a los números que se
suceden en pantalla. Aunque ninguno ha correspondido por ahora a alguno de los
presentes.
Dividimos
tareas. Mientras unos chequean números contra la planilla para no dejar pasar
alguno válido, otros nos reunimos para idear una estrategia común.
Las
discusiones se suceden sin desencallar la situación. ¿Deberíamos salir para
“engañar” a la máquina derivadora de pacientes y forzarla así a llamar a
nuestro número? Luego sería cuestión de volver a entrar enseguida y dirigirse a
la consulta que correspondiera. Los más expertos opinamos que no será tan
sencillo engañar a la máquina y que si hiciéramos eso, el sistema nos obligaría
a volver a pasar por la ventanilla para gestionar otro turno. Y como nosotros
mismos hemos cerrado el acceso a nuevos pacientes, y tampoco hay ya personal en
las ventanillas para recibirnos…
Las
campanillas no dejan de sonar y resultan desquiciantes. Por sobre las cabezas
de mis compañeros estrategas observo el sol reflejándose en el cristal de la
puerta de entrada, cuyas hojas permanecen cerradas.
Una
fuerza desconocida se apodera de mí, y ante las miradas asombradas de los
presentes, me pongo en pie. Nunca me han visto andar y un murmullo contenido se
dispersa como una ola por toda la sala.
Yo
he llegado andando, me digo para darme fuerzas. Es más, ni siquiera recuerdo
por qué me han ofrecido la silla de ruedas en la que permanezco desde aquel
remoto día en que crucé la puerta de acceso e hice pacientemente la cola ante
la ventanilla.
Doy
unos primeros pasos titubeantes. El silencio que se ha instalado entre mis
compañeros solo se ve interrumpido por el sonar intermitente de la campanilla.
Han dejado de chequear los turnos que son llamados contra la planilla. Todas
las miradas están clavadas en mí.
Avanzo
adquiriendo seguridad a medida que me voy acercando a la zona de salida. Un
paso más y el sensor me detecta. Las puertas se abren a un ritmo
sospechosamente parsimonioso. O al menos a mí me lo parece. Como si estuviera
viviendo la escena a cámara lenta. El aire del exterior me da en la cara. El
murmullo del tráfico fuera del hospital es como una música que me llama.
Decidido,
abro los brazos y atravieso la línea que me ha estado separando de la vida.
Como
un atleta que ha llegado a su meta después de un gran esfuerzo, hinco las
rodillas en el asfalto de la carretera de acceso a Urgencias y beso el suelo.
Un
cerrado aplauso se dispara a mis espaldas. Llego a escucharlo antes de que las
puertas vuelvan a cerrarse tras de mí y una voz grave justo encima de mi cabeza
pronuncie: “lo tenemos, ha vuelto”.
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...