por pcollazo | Sep 11, 2017 | En pocas palabras, Premiados
La casa ha comenzado a llenarse de hormigas, dice mi madre. Y nos mudamos de ciudad. Eso ocurre cada tres o cuatro meses. Mi hermana y yo hemos pasado por tantos colegios que ya no recordamos sus nombres.
Cuando nos instalamos, llama a mi tía y le dice que ya estamos a salvo. Pero nunca le quiere dar la nueva dirección. Te conviene no saberla, suele decirle. Como si las hormigas fueran capaces de sonsacársela para poder dar con nosotros de nuevo. Aunque tome tales precauciones, lo mismo da. Ellas terminan encontrándonos. Y toca recogerlo todo, cargar el coche y cambiar de amigos y de cole. Otra vez.
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por pcollazo | Ago 25, 2017 | En pocas palabras
Aprovechando la jornada de verano, cada tarde de agosto sobre las cuatro, pasaba a verte. Me quedaba largo rato observándote. Admirando la serenidad y el control con que mantenías una postura insostenible sin mover un solo músculo. Solías dejar tus dorados brazos suspendidos en el aire, como si estuvieras a punto de despegar para estrenar al fin las alas que cargabas sobre tu espalda.
Yo me preguntaba cómo aguantabas el peso de aquel disfraz sin siquiera pestañear. Solo tus ojos, enmarcados en el dorado de tu rostro, se movían de vez en cuando, como para evitar que te terminaran confundiendo con una estatua de verdad.
Eras la más bella de las Ramblas y yo no tenía ojos más que para ti.
Siempre echaba unas monedas en la caja que colocabas a tus pies, solo para contemplar el brillo de tu blanca sonrisa agradecida, que se abría paso entre tanta pintura dorada para volverse a esconder de inmediato.
Hoy, después de una semana, he vuelto. Lo he hecho por ti, porque el cuerpo me sigue pidiendo mantenerme lejos de este lugar. Yo sí tengo miedo, pero la perspectiva de volverte a ver, me ayuda a camuflarlo.
Te busco en el lugar de siempre. Hay allí un ser fantástico que misteriosamente se mantiene levitando cogido de una vara.
Pregunto a los dueños de los puestos cercanos. Nadie sabe decirme dónde estás. No han vuelto a verte, aseguran con una mueca triste. Pero no se atreven a pronunciar una hipótesis sobre lo que te pudo pasar.
Me quedo mirando la figura flotante cogida a su vara, los altares llenos de velas, las cartas plagadas de corazones, de lágrimas invisibles. Y quiero pensar que aquella tarde, después de que te dejara mis monedas diarias y me alejara caminando hacia el mar, echaste a volar justo a tiempo como para no ser testigo de la barbarie. Pero sé que no pudo haber sido así. Que eras la estatua más verosímil de toda la calle, y que nunca, bajo ningún concepto, te hubieras salido de tu papel.
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por pcollazo | Ago 25, 2017 | En pocas palabras
Al final, ni Caribe, ni Costa Dorada, ni Benidorm. Al final fueron dos tumbonas compradas en el chino (de las cuales solo una sobrevivió hasta el final del verano) y un pedido al Mercadona que incluía gazpacho, sandía y conservas de atún en grandes cantidades.
En junio me había llegado la esperada jubilación y nos fuimos a vivir a la casa del pueblo.
Dicen que la cantidad de divorcios crece considerablemente en septiembre, porque después de las vacaciones y el tiempo extra compartido, la gente se da cuenta de que no conoce a la persona que tiene al lado. Y que si lo conociera, no querría vivir con ella.
Si hubiéramos tenido una casa a la cual regresar en septiembre, una mesa cargada de papeles, doscientos correos electrónicos sin leer, unas plantas que intentar revivir en el balcón, hubiéramos terminado engrosando las estadísticas de divorcios estivales. Pero al no tenerlos, hubo que apechugar. Meter en el salón la única tumbona sobreviviente, hacer un pedido de mandarinas, lentejas y garbanzos al Mercadona, llenar de gasóleo el depósito de la caldera que no conseguimos hacer funcionar y alargar nuestro amor de verano hasta nuevo aviso.
Soportamos los rigores del invierno con aquel calefón que siempre te dejaba enjuagándote con agua helada, y precintando puertas y ventanas para evitar que la cama se cubriese de escarcha y los reproches que cruzábamos con fruición terminaran formando estalagmitas sobre los muebles.
La primavera comenzó a florecer una mañana cualquiera como por casualidad. Ella, sentada junto la ventana, se había aflojado la bufanda que llevaba enrollada al cuello desde hacía cinco meses. No sé por qué, volvió a enamorarme como cada abril. Pero no se lo dije. Uno también tiene su orgullo. Agosto estaba a la vuelta de la esquina, y pronto volveríamos a empezar.
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por pcollazo | Ago 25, 2017 | En pocas palabras
Desde que el abuelo había muerto, la abuela había dejado de ir a la verbena. Ese año, logré convencerla. Fue un trabajo de hormiga: notas brillantes, comportamiento irreprochable durante todo el verano y muchos recados llevados a cabo sin protestar.
Yo tenía doce años. Y la certeza de poder arreglar el mundo.
Llegada la noche señalada, me perfumé demasiado y me peiné con abundante agua. Parecía un galán sudoroso oliendo a alcohol.
Cuando sonó el pasodoble del abuelo, me acerqué a su sitio y la invité a bailar. Ella dudó, pero algo en mi aspecto de ángel caído, la obligó a acceder.
El abuelo siempre decía que se había enamorado de su fortaleza. Y ella, como si no quisiera defraudarlo, aguantó con estoicismo cada uno de mis pisotones.
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por pcollazo | Ago 25, 2017 | En pocas palabras
Aquel verano lo pasamos de la playa a la discoteca. Sólo parábamos en casa para ducharnos, asaltar la nevera y dormir algunas horas. “Esto no es un hotel” “Si estuviera vuestro padre…”, repetía mamá amenazante.
Una tarde, por más que nos pegamos al timbre y aporreamos la puerta, nadie contestó. Decidimos trepar por el balcón. Pero así como subimos volvimos a bajar. Mamá se lo estaba montando en el salón con un tío calvo.
Nunca nos atrevimos a contarle lo que habíamos visto. Y ella nunca mencionó haber encontrado nuestras chanclas en el balcón, cuando horas después aparecimos descalzos.
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