Aquel verano lo pasamos de la playa a la discoteca. Sólo parábamos en casa para ducharnos, asaltar la nevera y dormir algunas horas. “Esto no es un hotel” “Si estuviera vuestro padre…”, repetía mamá amenazante.
Una tarde, por más que nos pegamos al timbre y aporreamos la puerta, nadie contestó. Decidimos trepar por el balcón. Pero así como subimos volvimos a bajar. Mamá se lo estaba montando en el salón con un tío calvo.
Nunca nos atrevimos a contarle lo que habíamos visto. Y ella nunca mencionó haber encontrado nuestras chanclas en el balcón, cuando horas después aparecimos descalzos.
