por pcollazo | Feb 11, 2020 | Cuentos enredados, Premiados
Volverán
las oscuras golondrinas, pienso mientras el
AVE va entrando en Santa Justa. La mujer
que va sentada frente a mí, teclea imperturbable en su portátil. El hombre
calvo a su lado, que durante todo el viaje ha roncado intermitentemente, abre
los ojos y consulta el reloj. Son las nueve menos cinco de la mañana y creo que
el ochenta por ciento de los ocupantes de mi vagón, vienen a Sevilla por
trabajo.
En cambio yo, llego fantaseando con
golondrinas. Como si el tiempo no fuera un eje que se desliza implacable por
nuestras vidas, y no me separaran más de treinta años de aquellas clases en que
nos recitabas a Bécquer.
Tus manos volaban mientras caminabas entre los
pupitres. Algunos te miraban con mirada vacía, otros, apenas disimulaban una
risita burlona. En cambio yo, cerraba los ojos y escuchaba tu voz grave
envolverme, acunar mis fantasías,
plegarse y desplegarse dentro de mí. Y no me preguntaba qué era la poesía,
porque la poesía eras tú.
Todo esto pienso mientras la gente empieza a
ponerse en pie, y el pasillo se llena de piernas inquietas, maletas rescatadas
desde el portaequipajes, mensajes apresurados de Whatsapp y esa expectativa con que los humanos
esperamos que los acontecimientos más triviales y seguros ocurran.
Cuando el tren se detenga, se abrirán las
puertas, y todos nos apresuraremos a salir a la atmósfera cálida de Sevilla,
que nos recibirá diáfana en una mañana de junio. Sabemos que así será. Pero no
por eso dejamos de chasquear las lenguas si la espera de unos minutos se nos
hace eterna.
Eternos son los días que he dejado pasar desde
entonces. Desde aquel diciembre en que me entregaste ese papel enrollado que me
habilitaba a seguir mi camino. Cuando mi camino debió ser, ahora lo sé, permanecer en el tuyo.
Que la vida me cruzara de hemisferio y de
continente, fue algo no planeado. Un conjuro de lunas oscuras y románticas
leyendas, que me hicieron pensar que una vez tomada la distancia necesaria,
podría por fin ser realmente yo.
Y debí saber, que no es la distancia la que te
permite reconocerte en un espejo. Porque los espejos funcionan igual en España
que en Argentina. Se empeñan en devolverte siempre la misma figura, y si la
sigues mirando con los mismos ojos, no habrá diferencia perceptible.
Pero creí que no. Que alejarme de la gente que
me conocía, incluso de ti, me ayudaría a sacarme el disfraz que me había
acompañado durante toda la vida.
La marea de pasajeros me ha arrastrado de algún
modo hacia la salida de la estación. Busco una parada de taxis, tal como hace
años la busqué cuando decidí, como rezaban las pintadas de entonces en la
ciudad, que la única salida de Argentina era Ezeiza. Sin darme cuenta de que lo
que quería no era salir de Argentina, si no de mí. Tarea imposible, ya lo ves.
He vivido durante más de treinta años en
España. Todos ellos, eludiendo el azar, el deseo, la necesidad de pisar
Sevilla. Y hoy, gracias a ti o por ti, regreso. Como si este sitio, que nunca
he conocido, fuera el mío en el mundo. Como si se pudiera regresar a un lugar
en el que nunca se ha estado.
Sé que regreso porque durante aquellas clases,
entre las paredes del aula de un instituto del gran Buenos Aires, he estado
aquí. He estado en la Sevilla de Bécquer atravesando puentes detrás de rayos de
luna. He escuchado el órgano de Maese Pérez y he volado, he volado con las alas
de aquellas oscuras golondrinas que recitabas con tu traje azul marino, tu
corbata impecable y el alma en los ojos, de pie junto a la pizarra.
Reconocerse es el trance más doloroso cuando te
decides a ser tú. Y no vale aplazar el momento, ni buscar subterfugios que te
alejen de la evidencia. Tarde o temprano tendrás que admitir quién eres y por
qué estás intentando regresar a un sitio que tus pasos nunca han pisado aún.
– Hotel Bécquer – le indico al taxista. Y me
regodeo en lo acertado y simbólico de la elección que hemos hecho al planificar
este encuentro.
Alzo la vista contemplando los edificios que me
reciben hidalgos, erguidos, elegantes, tal como tú cruzabas la clase de punta a
punta sin reparar en la mirada arrebatada con que yo observaba cada uno de tus
movimientos.
Es la expectativa la que me estruja el
estómago. Yo no soy quien era entonces, ni espero que tú lo seas. Pero me da
miedo decepcionarte, como ahora sé que te decepcioné hace tanto tiempo al no
ser capaz de enfrentarme a la realidad.
– Entiendo que eran otras épocas y vos… – me
has tratado de justificar en una de nuestros interminables chats. Y yo agradecí
que mi profe, como cariñosamente te he llamado desde el reencuentro virtual,
tuviera esa cualidad tan importante en un buen docente: la empatía. Sin
embargo, sé que te ha dolido mi huída, te han dolido mis años de silencio, mi
forma obcecada de cerrar los ojos e intentar olvidar.
Mi vida es un erial,
flor que toco se deshoja
Como si hiciera falta tener abiertos los ojos para
verse por dentro. Como si la esencia de lo que eres no fuera contigo aunque te
mudes a doce mil kilómetros y dejes de leer poesía, y de escribirla. Y te
perfumes con fragancias masculinas, y te centres en hacerte un sitio en la
jungla de los mercados financieros.
Mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
El coche se ha detenido y observo la majestuosa
fachada del hotel. No estoy preparado para verte aún, me digo. Treinta años, un
divorcio, dos intentos de suicidio y una hija después, ¿no estoy preparado para
verte aún?
Claro que lo estoy, solo que dilato el momento,
como aquel personaje de Los árboles
mueren de pie, que daba vueltas y vueltas a los sobres de las cartas
esperadas antes de abrirlos. Para
disfrutar de la expectativa, para estirar el momento de la primera
lectura que siempre sería fugaz y atropellado. Sabiendo que iría desde la
primera línea hasta la firma y despedida final a trompicones, saltando
renglones, leyendo en diagonal, buscando indicios que le confirmaran que el
amor seguía vivo.
Recuerdo cuando leímos esa obra y tus manos
otra vez explicándolo todo, tu sonrisa eclipsando la luz que entraba por los
ventanales del aula, y mis ojos ávidos leyéndote, como si tú fueras la carta
tan esperada.
Pago el taxi y camino hacia la recepción. Sé
que todavía no habrás llegado, que tu avión aterrizará en tres horas. Y eso me
da cierta liviandad en el andar, es como si un par de paréntesis me protegieran
del abismo. Porque sé que volver a verte será como un salto al vacío. Que a
último momento, puede que el vértigo me eche hacia atrás. Pero no, no hemos
llegado hasta aquí para salir huyendo, me repito casi en voz alta.
El recepcionista me pregunta si prefiero una
habitación en el ala más tranquila del hotel, y contesto que sí con una secreta
sonrisa. Claro que necesito tranquilidad. Para nervios, ya tengo yo un equipaje
completo que me he traído desde casa.
Mientras voy hacia el ascensor, observo las
golondrinas suspendidas desde el cielorraso de la cafetería del hotel. Aquellas que aprendieron nuestros nombres…
– ¿Sos
vos, Fernando? ¿mi alumno del Padre Gallegos?
– Sí,
soy yo, profesor. Pensé que no se acordaría de mí.
– Claro,
que me acuerdo. Cómo no me iba a acordar. Pasaron treinta años, Fernando. ¿No
te parece que podrías llamarme por mi nombre y tutearme?
Primera sonrisa de una cadena interminable de
ellas. De confesiones trasnochadas salvando la diferencia de cinco horas. De
madrugadas compartidas escribiendo frenéticamente en un teclado.
He sido yo el que te ha buscado, pero tú me has
estado encontrando todo este tiempo sin decírmelo. Esperándome. Deseando que
algún día me decidiera a ser yo.
Empezamos a planificar este encuentro la noche
en que me confesaste que te habías emborrachado por única vez en tu vida, luego
de mi acto de graduación. Cuando te acercaste para decirme que no me fuera, que
querías hablar conmigo, y yo, incómodo, te rechacé con una sonrisa torpe y unas
excusas más ridículas aún.
¡y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!
Tú sabías lo que querías decirme, y yo lo
sabía. Porque era un joven aterrado ante la perspectiva de dar un paso que me empujaría
al rechazo de todo mi entorno, pero no era tonto. Podía percibir perfectamente
la corriente que fluía entre nosotros. Pero creía, gracias seguramente a tantos
años en colegios de curas, que eso que me hacías sentir estaba mal, que era
sucio, que era abominable.
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre… ¡y también lloro!
– ¿Y a qué edad saliste del armario al fin? – preguntaste
una noche después de intercambiar confesiones y deseos que habíamos guardado
demasiado tiempo. ¿Y tú me lo preguntas?, pensé. Porque yo supe quién era
gracias a ti. Pero no supe cómo decirte
que nunca había terminado de salir. Que mi familia en Argentina, no sabe quién soy.
Solo un buen hijo que regresa para navidades a atiborrarse de Vitel Toné y turrón de
Alicante con treinta y cinco grados a la sombra. Que estando a miles de
kilómetros llama regularmente para decir que está bien, que con mucho trabajo,
que la niña…
–
¿Tenés una hija, Fernando??? ¿De verdad me estás diciendo que tenés una hija?
–
Sí, Lucía tiene 22 años. Y vive con su madre desde que nos separamos, cuando
tenía 3.
– …
Tres puntos, tres eternos puntos que iban y
venían indicándome que estabas escribiendo, borrando, volviendo a escribir. Y
yo, con el alma en vilo, temiendo leer palabras de rechazo, de reproche, de
incomprensión. Pendiente de esos tres puntos titilantes, como si en ello se me
fuera la vida. La vida que había empezado a soñar desde el momento que habíamos
iniciado ese juego de encuentros virtuales, de intercambio de historias vitales
a través de la fibra óptica.
La habitación es amplia y clara. Me gusta ese
aire minimalista y a la vez acogedor. Miro la cama matrimonial con respeto. Sin
animarme a sentarme en ella. Abro la maleta y empiezo a sacar camisas para
intentar que se arruguen lo menos posible. Las cuelgo en la mitad izquierda del
armario y abro el minibar. Creo que necesitaré una copa.
Estoy aterrado. Como si fuera mi primera vez. Y
tal vez, de algún modo lo sea. Porque es la vez que debió ser la primera si no
hubiera sido por mi cobardía. ¿Y si me dejas plantado? ¿Y si todo esto no es
más que una parte de un plan de venganza perfectamente trazado?
Intento centrarme en tus palabras siempre
cargadas de cariño, en tu voz cálida que después de muchos devaneos nocturnos,
me permitiste escuchar al teléfono. Tal como yo la recordaba. Mucho más
cascada, insistías tú. No, profe, no. Recítame Bécquer, por favor. Estás hecho
un gallego, Fernando. Un verdadero gallego. Me encanta tu acento. Y yo
ruborizado. Venga, profe, algo de Bécquer… Como
yo te he querido, desengáñate…
Y esos tres puntos suspensivos que se habían
convertido en una marea de comprensión.
– No
todos somos capaces de dejar atrás los mandatos, las imposiciones de la
sociedad, Fernando. Y una hija es un regalo que te dio la vida. Ojalá yo
hubiera podido…
–
Gracias, profe. Gracias, Román. Siempre me estás enseñando. Qué es lo
importante, qué es la generosidad
– No
digas boludeces, gallego. Así que tengo una especie de ¿”sobrina”? Me
encantaría conocerla
– Y
a mí, profe. Es una niña muy especial…
– Si
sale al padre…
El discreto golpe en la puerta me provoca un
respingo. Consulto aterrado el reloj. No, todavía no puedes ser tú. Tanto
fantasear me ha hecho perder la noción del tiempo.
El botones me entrega un paquete y me sonríe.
– Ha llegado esto para usted
Rasgo apresurado el papel. Una edición preciosa
de las Rimas de Bécquer y tu letra, esa que trazabas en la pizarra mientras la
tiza flotaba en el aire, llenando la primera página.
“Por
un beso, yo no sé, lo que diera por un beso.
Para
Fernando, tantas veces esperado. Tantas veces aborrecido. Siempre, amado. De tu
profe, que en un rato podrá abrazarte al fin.”
Abrazo el libro y te abrazo y me recuesto sobre
la cama enorme y lloro, y río, y agradezco a la vida que me haya dado la fuerza
de darle al enter cuando te envié aquella solicitud de amistad tres o cuatro
meses atrás.
Nunca bebo. Menos aún algo tan fuerte como el
whisky que me serví mientras releía una a una las rimas que sé de memoria.
Comprobando si alguna palabra difería de mi versión, esa que internamente me recita tu voz. No,
está todo en orden. Las rimas no han cambiado, yo he cambiado, pero las rimas,
no.
De tanto mirar el reloj y calcular el tiempo
que te llevará recoger el equipaje, coger un taxi en el aeropuerto y llegar
hasta la puerta del hotel, me he quedado dormido.
No he escuchado el sonido insistente de tus
mensajes de Whatsapp, y me despierto sobresaltado con el timbre estridente del
teléfono de la habitación. Suena como sonaban entonces los teléfonos de
campanilla, taladrando mis sienes doloridas. Me incorporo de golpe con el
corazón desbocado.
Me lleva unos segundos entender que estoy
tumbado sobre la cama del hotel Bécquer, con la ropa arrugada, el pelo de punta
y la lengua pastosa con la que contesto.
– Dígame…
– Señor Ramírez, en recepción una persona
pregunta por usted.
Me pongo de pie y tiro el teléfono al suelo en
el impulso. Tengo que ducharme, no puedo dejar que me veas así…
– Dígale que en un momento bajo
– Creo que tiene prisa, señor. Acaba de decir
que mejor sube él y ha ido hacia el ascensor. ¿Quiere que avise a seguridad?
– No. No hace falta. No hace falta…
¿Quién unió la tarde a la mañana?
Lo ignoro; sólo sé
que en una breve noche de verano
se unieron los crepúsculos, y… «fue».
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